80 aniversario de la batalla de francia

La hora en que el mundo tembló: la invasión nazi de Francia y el gran error alemán

El 14 de junio de 1940 el ejército nazi entró en una París desierta y acongojada

Foto: Hitler tras la toma alemana de París en 1940 posa con la Torre Eiffel a sus espaldas
Hitler tras la toma alemana de París en 1940 posa con la Torre Eiffel a sus espaldas

El 14 de junio de 1940 el ejército nazi entró en una París desierta y acongojada, con decenas de miles de sus ciudadanos perdidos en las carreteras de Francia en uno de los más tristes éxodos de la Historia del siglo XX. Era el trauma, la derrota y el fin de una esperanza cimentada en el sueño de la Tercera República, surgida de las cenizas del Imperio vencido tras el conflicto franco-prusiano de 1870-71, del que nuestro país vecino se resarció con el triunfo de 1918, vengativo e inapelable en la mesa de negociaciones. Todo empieza el 28 de junio de 1919. Para el mariscal Foch, uno de los grandes héroes de la recién terminada Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles era un armisticio para los siguientes veinte años debido a su extrema dureza. Se equivocó por pocos días.

Ese toma y daca franco-germánico ha configurado la suerte del Viejo Mundo. Durante el periodo de entreguerras se establecieron las bases para repetir la eterna conflagración. Desde París se respiraba una cruel inseguridad, mientras en Berlín el maltrato sufrido en las cláusulas del Diktat empapaba la vida cotidiana, despedazada con la hiperinflación y el continuo tembleque hasta 1924 de la República de Weimar, más sólida tras el Plan Dawes, con sus créditos estadounidenses y el progresivo reconocimiento internacional hasta su ingreso en la Sociedad de las Naciones en 1926.

Entonces empezó una época de concordia entre ambos gigantes, simbolizada por la entente y la apuesta europeísta del dúo Briand-Stresemann, truncada en 1929 con la muerte del segundo y el estallido de la crisis económica mundial tras el crack otoñal de la bolsa neoyorquina.

Si quieres paz, prepárate para la guerra

Cuando acaece una tragedia los errores causantes de la misma se aprecian tras su eclosión. Para un idealista la Tercera República tiene algo de paraíso de meritocracia y progreso con su laicismo, educación obligatoria, gobiernos de quita y pon sin testas carismáticas y una habilidad bastante poco pulida a la hora de ocultar sus contradicciones, desde el caso Dreyfus hasta los escándalos de corrupción emulados generación tras generación, como si la clase política no supiera aprender de sus propios errores, un clásico imperecedero.

Durante los años veinte Francia optó por el pacifismo como axioma, algo muy criticado por varias escuelas de historiadores. Se ensalzaron los monumentos en los caídos, se aplaudieron los testimonios de la trinchera como muestras del horror y la educación aspiró a crear una sociedad contraria a las armas mientras se fortalecían las fronteras con Alemania con la, a priori, inexpugnable línea Maginot. La prueba más fehaciente del miedo al enemigo se materializó en 1923 con la ocupación de la cuenca del Ruhr para cobrarse con materias primas lo impagado monetariamente.

Soldados franceses en el Ruhr en 1923
Soldados franceses en el Ruhr en 1923

Alemania permanecía en una temerosa expectativa, desvanecida cuando el paro desenfrenado y el corte del grifo de dólares americanos relanzó el populismo, capó los formulismos democráticos y avivó la llama del revanchismo, culminado con el ascenso al poder de Adolf Hitler en enero de 1933. A partir de ese momento la partida tomó otro viraje. Francia se tiñó de odio entre semejantes y esterilidad para librarse del contexto y sus circunstancias. El país padecía un problema demográfico de primera magnitud y sus líderes cayeron en la retórica de enfrentamiento civil. Desde la mirada lejana los triunfos de la jornada de cuarenta horas y las dos semanas de vacaciones son un paso adelante para toda la Humanidad, pero las medidas del Frente Popular francés llegaban justo cuando los nazis decretaban el servicio militar obligatorio. Unos empuñaban libros y otros acero desde un crecimiento desacomplejado y un optimismo hacia el mañana bien untado por la propaganda del pensamiento único e indiscutible.

Las medidas francesas llegaban justo cuando los nazis decretaban el servicio militar obligatorio: unos empuñaban libros y otros acero

Los síntomas de la derrota invadían el cielo. Francia se escudaba en el miraje de su ejército, el mejor del planeta sobre al papel pese a la astracanada de teorizar sobre la excelencia del caballo para cualquier batalla en 1935, cuando sus oponentes pensaban en tanques y en acciones veloces para desballestar a sus rivales.

En 1936 Hitler reocupó Renania. En 1938 violó una de las cláusulas de Versalles al anexionar Austria al Reich. La penúltima puntilla fue el pacto de Múnich, con las democracias occidentales, sin contar a nuestra abandonada República, se bajaron los pantalones por puro pavor ante los dos dictadores fascistas. Esta cesión sin contrapartida era otra palada hacia una tumba futura, confirmada el primero de septiembre de 1939, cuando la Wehrmacht, tranquila por el reciente pacto germano-soviético del 23 de agosto del mismo año, se lanzó a por Polonia, sorprendiendo a propios y extraños con su Blitzkrieg, guerra relámpago de insultante modernidad.

La guerra de broma

Francia e Inglaterra debieron aprovechar los meses de calma en el frente occidental, y sin embargo sólo se atrevieron a realizar tímidas incursiones en los dominios de Hitler, retirándose como si sólo quisieran sacar pecho con un yo estoy aquí más bien patético. Este ridículo sólo afianzaba la ambición del Führer, desatado y con su mente obcecada por el anhelo de atacar cuanto antes mejor para forzar al frágil Reino Unido del Premier Neville Chamberlain, inmerso en una doble agonía política y vital, a una negociación para cerrar las hostilidades. Planificó más de veinte fechas para la gran ofensiva, todas ellas vacilantes para su alto mando, y al final el Plan Amarillo, 'Fall Gelb', se orquestó para el 10 de mayo de 1940, conservándose en secreto sus directrices hasta pocas horas antes del gran envite.

El Benelux se derritió en un santiamén y la armada francesa cometió el error de acudir en ayuda de los belgas

El mes anterior la alianza franco-británica, estigmatizada en su fuero interno por su apego defensivo, quiso purgar su apocamiento plantando cara en Narvik, Noruega, con el fin de cortar ese punto crucial para el suministro de las minas de hierro. Los tres duelos, decantados en su conjunto a favor de la esvástica, no amilanaron el optimismo hitleriano, y cuando el 10 de mayo explotó el infierno en la tierra su impacto fue inesperado por veloz. El Benelux se derritió en un santiamén y la armada francesa cometió el error de acudir en ayuda de los belgas al imaginar que sus fronteras, como en la Primera Guerra Mundial, serían trascendentales para la suerte de la Batalla de Francia.

'El gran delirio: Hitler, drogas, III Reich' - (Crítica)
'El gran delirio: Hitler, drogas, III Reich' - (Crítica)

Esta, como todas las de la Segunda Guerra Mundial, queda en la memoria como una retahíla de tópicos. En 'El gran Delirio' (Crítica), Ohler Norman atribuye parte de la fulgurante ofensiva de la Wehrmacht al contraste entre los efectos del Pervitin nazi y el vino galo. Puede ser. Sin embargo, las carencias de los soldados capitaneados por el arrogante general Gamelin eran estructurales y anquilosados al usar, como bien esgrimió William L. Shirer en su monumental 'Auge y caída del Tercer Reich' (Booket), tácticas de la Gran Guerra en una situación inédita, con los alemanes encaramados en la celeridad de sus tanques, el uso de la aviación y unos métodos insuperables a la vanguardia del arte bélico, más mordientes si cabe por la inferioridad técnica y estratégica del adversario.

El 15 de mayo, día de la capitulación holandesa, sólo un batallón francés separaba a la Wehrmacht de tomar París. La leyenda nos dibuja, sin errar, a Rommel desatado, pletórico con su división fantasma de panzers, cortando comunicaciones, dificultando el suministro aliado y maravillando a Hitler por su osadía, no tanto al gobierno francés de Paul Reynaud, una casa de los líos sin rumbo con el plus de mentir cuando mascó el desastre y no supo ni pudo reaccionar para evitarlo.

El gran error alemán y la caída francesa

Reynaud, un hombre digno, no era como el nuevo primer ministro británico, Winston Churchill, a quien le llegó su mejor hora cuando el mundo se hundía. Sus arengas a sus homólogos al otro lado del Canal de poco o nada sirvieron, no así el único episodio redentor de toda la debacle, narrado con prepotencia y demasiado patriotismo por Christoper Nolan en 'Dunkerque', filme notable con sobredosis de refinamiento en vez de explicar con didactismo, nadie se lo critica, esas jornadas de incertidumbre en el puerto donde los nazis y la Luftwaffe de Hermann Göring dilapidaron una oportunidad de oro para finiquitar todas las posibilidades de resurrección Aliadas.

'Dunkerque'
'Dunkerque'

El reembarque heroico depositó en el último bastión de la democracia europea a casi todo el contingente británico y a decenas de miles de combatientes franceses, y no por ello debemos rememorarlos como mediocres en su cometido. Se batieron en medio de un caos agravado por las rencillas internas, la desbandada de la ciudadanía, con muchos funcionarios republicanos uniéndose a la millonaria estampida, y el drama intestino en el gobierno, a la fuga hacia Tours para dejar París como ciudad abierta para, a continuación, recalar en Burdeos, donde se consumó la traición perpetrada por los partidarios del Armisticio. El mariscal Philippe Pétain, emblema de 1918, asumió el cargo de primer ministro, y si su nombre evocaba un pasado glorioso ahora convertía su apellido en santo y seña de la bandera blanca desde su senilidad y odio a todos los significados positivos del republicanismo.

El 16 de junio, con Churchill empeñado en una unión nacional franco-británica, todos los fantasmas aparecieron en la sala. La paz no sería plácida. Algunos senadores y parlamentarios escaparon al norte de África para continuar la resistencia. Otros, como De Gaulle, escritor de su propia epopeya, fueron a Londres, mientras las cancillerías negociaban una serie de puntos innegociables, pues Hitler quería devolver la moneda de Versalles, y para ello hizo trasladar el vagón donde se firmó el Armisticio de noviembre de 1918 al mismo lugar donde se escenificó lo que consideraba no una derrota militar, sino una puñalada por la espalda.

El 16 de junio, con Churchill empeñado en una unión nacional franco-británica, todos los fantasmas aparecieron en la sala

Antes de ese 22 de junio de 1940, auténtica apoteosis de la Alemania Nazi, Pétain y los suyos vislumbraron un porvenir aún más negro si el tratado concedía a Italia, en guerra contra Francia y el Reino Unido desde el 10 de junio con absoluto oportunismo, injustas ventajas. Habría un gobierno francés en una zona libre, mientras la zona ocupada hasta el cese de los combates formaría parte íntegra del Reich, con París como víctima propiciatoria para contentar a Goebbels y su ansía de fulminar el domino cultural francés en Europa, no sin antes servir para esa foto corrosiva de Hitler en el Trocadero, con la torre Eiffel al fondo. Las fábricas debían permanecer intactas. Pétain recibió la medalla de Vichy, colaboracionista y ufana al mutar Libertad, Igualdad y Fraternidad por Trabajo, Familia y Patria. Sólo quedaba el Imperio Británico. El 3 de julio de 1940 la armada de Su Majestad arremetió contra la flota francesa atracada en el puerto argelino de Mers el-Kebir. De Gaulle se enfureció. Churchill, quien lo consideraba su gran cruz, se justificó porque esos acorazados pertenecían al Eje. La última letra de la partitura estaba por escribir.

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