norman ohler publica 'el gran delirio'

Un yonqui llamado Adolf Hitler. Cómo las drogas desmadraron al Tercer Reich

Una investigación desvela por primera vez la influencia de la cocaína y la metanfetamina en la deriva del régimen nacionalsocialista durante la guerra

Foto: El doctor Theodor Morell (a la izquierda, detrás de su paciente, Adolf Hitler)
El doctor Theodor Morell (a la izquierda, detrás de su paciente, Adolf Hitler)
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Podría ser una secuencia inverosímil de 'El gran dictador', pero es real: Un Adolf Hitler completamente drogado le explica a Mussolini que la guerra está ganada, justo cuando la invasión aliada de Italia es ya una realidad. Lo cuenta el periodista alemán Norman Ohler en 'El gran delirio. Hitler, drogas y el Tercer Reich' (Crítica), investigación que desvela por primera vez datos cruciales sobre la importancia del consumo compulsivo de estupefacientes en la deriva del nacionalsocialismo.

Theodor Morell, médico personal del Führer, le inyectaba a diario un “cóctel de hormonas, esteroides y vitaminas” para que el comandante en jefe mantuviera el ritmo durante el arrollador inicio alemán de la II Guerra Mundial. Pero cuando el conflicto empezó a torcerse, llegó la hora de las drogas duras. El 18 de julio de 1943, el Ejército Rojo había aplastado a los blindados alemanes en Kursk, los aliados ya estaban en Sicilia e Italia barajaba capitular. Hitler, que había pasado la noche en vela y con dolores de estómago, tenía una reunión vital con Mussolini en unas horas. La situación era tan límite que el doctor Morell decidió tirarse a la piscina: inyectó Eukodal a Hitler.

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El Eukodal era un narcótico cuyo principio activo era un robusto opioide. Su efecto analgésico, que “doblaba el de la morfina”, “tenía un potencial euforizante de efecto inmediato, el cual es claramente superior a la heroína, su primo hermano farmacológico. Con una dosis adecuada, el Eukodal no produce cansancio ni deja KO, sino todo lo contrario”, explica Ohler.

Era la primera de las decenas de dosis de Eukodal que se iba a meter Hitler. El Führer iba a pasar el resto de la guerra con un ciego considerable.

El descubrimiento del Eukodal puso al líder nacionalsocialista como una moto. La primera vez que lo tomó se sintió tan bien que le pidió más mandanga a Morell casi inmediatamente. El doctor le inyectó una nueva dosis de Eukodal antes de la reunión con el Duce.

Tanto los testigos directos como los informes de los servicios secretos estadounidenses confirman que Hitler llegó pasado de rosca a la reunión, celebrada en Villa Gaggia (Feltre, Venecia). “El Führer estuvo hablando sin parar tres horas seguidas, intentado persuadir a su colega dictador, quien, agotado, no tomó la palabra ni una sola vez… En realidad, Mussolini quería convencer a Hitler de que lo mejor para todos era que Italia se saliera de la guerra, pero lo único que pudo hacer fue amasarse su dolorida espalda, secarse la frente con un pañuelo y suspirar profundamente. Constantemente alguien abría la puerta y le informaba sobre los bombardeos que estaban teniendo lugar en Roma, pero ni siquiera de eso podía hablar a Hitler, quien no dejaba de describir con lenguaje pomposo a los confundidos presentes los motivos por los que no se podía dudar de una victoria del Eje. El Führer, artificialmente venido arriba, tenía al deprimido Duce contra las cuerdas. Resultado de la reunión: Italia no se iba, de momento. El doctor Morell se sintió ratificado, como si con sus jeringuillas hubiese hecho alta política”.

El atrincheramiento bioquímico de Hitler trajo consigo otro efecto: quienes debían mantener una reunión con él, agradecían un sostén farmacológico para salir indemnes del encuentro

En otras palabras: tratar esos días con Hitler era como tratar con borrachos o drogados cuando uno está sobrio: la cosa -entre engorrosa e incomprensible- no suele tener gracia; a no ser, claro, que uno decida ponerse a tono/a la altura del otro. Eso es precisamente lo que hizo el staff del búnker hitleriano – la Guarida del Lobo (Rastenburg, Polonia) - para poder seguir el delirante hilo político y emocional del Führer.

“El atrincheramiento bioquímico de Hitler trajo consigo otro efecto: quienes debían mantener una reunión con él, agradecían de pronto un sostén farmacológico para salir indemnes del encuentro. Exhaustos, agotados o, simplemente, sobrios, para muchos era demasiado complicado comunicarse con un comandante en jefe constantemente embriagado… La pervertina (una potente metanfetamina ingerida masivamente por los soldados alemanes durante la guerra relámpago) era la droga más eficaz para soportar una reunión informativa de realidades maquilladas… El hecho de que los visitantes de Hitler necesitaran drogas cada vez más duras para soportar la presión en la sala de reuniones contribuía a reforzar todavía más la atmósfera de virtualidad en los más altos niveles de la dirigencia nazi. La presencia politoxicómana de Hitler descompuso los vínculos con la realidad de todas las personas de su entorno”, razona Ohler.

La presencia politoxicómana de Hitler descompuso los vínculos con la realidad de todas las personas de su entorno

No ya es que Hitler tuviera bruscos cambios de humor, es que su desajuste emocional era de traca. El día que los aliados desembarcaron en Normandía y Alemania comenzó a perder la guerra, el Führer estaba exultante. Sus comentarios sobre la invasión, de hecho, parecen salidos de un 'Celebrities' de Joaquín Reyes. “El humor de Hitler el Día D presentó severas fluctuaciones. A las nueve de la mañana debió de entrar en el salón de desayuno gritando: 'Pero ¿ya es la invasión o no?' Cuando Morell se pasó por allí y le inyectó, se tranquilizó de inmediato, se mostró súbitamente afable y de buen humor, disfrutó del día y del buen tiempo y dio joviales palmaditas en el hombro a todo el que se cruzó con él. En la reunión informativa de las doce, el dictador, a pesar de la catástrofe que se avecinaba y para sorpresa de los presentes, estaba radiante”, cuenta Ohler.

Tras ingerir ese día la cena -sopa de albondiguillas de sémola, champiñones con arroz y strudel de manzana- el Führer “cayó en uno de los interminables monólogos totalmente alejados de la realidad. Esta vez iba de elefantes, de los que decía que eran el animal más fuerte y, cómo él, aborrecían el pescado”. Una conversación surrealista ya de por sí, pero que el contexto sitúa en niveles disparatados históricos: mientras Hitler divagaba sobre paquidermos, los aliados desembarcaban con éxito en Francia.

Dame veneno que vais a morir

“Ahora tengo la cabeza despejada y me encuentro perfectamente”, dijo Hitler tras probar la cocaLa cosa se salió definitivamente de madre tras el fallido atentado contra Hitler en la Guarida del Lobo el 20 de julio de 1944. Las secuelas físicas (dolor de tímpanos) y emocionales generaron una crisis médica cuya resolución fue tal chapuza que resulta difícil de creer. Un otorrino llamado Erwin Giesing se unió al equipo médico de Hitler. Los piques laborales entre Giesing y Morell llegaron al punto de no informarse entre ellos de las drogas que suministraban al paciente. Así que el Führer se convirtió en una bomba química. Giesing le daba cocaína para paliar los dolores nasales y auditivos - “era un material de primera, absolutamente puro”- y Morell continuaba con su habitual suministro de Eukodal. En efecto, más que la Guarida del Lobo aquello parecía el Festival de Woodstock.

Cocaína y Eukodal. El cóctel en la sangre del Führer actuó como el clásico speedball: la acción sedante del opioide compensaba el efecto estimulante de la cocaína. Una euforia desmedida y un estado de exaltación de todas y cada una de las fibras del cuerpo son el efecto de este ataque farmacológico por dos frentes en el el que dos potentes moléculas bioquímicamente contrapuestas luchan por la hegemonía del organismo”, resume Ohler.

Hitler saluda al doctor Morell
Hitler saluda al doctor Morell

 

“Ahora tengo la cabeza despejada y me encuentro perfectamente”, dijo Hitler tras probar la coca vía pincelaciones nasales.

Lo que Hitler entendía por “tener la cabeza despejada” era en realidad el clásico estado cocainómano de egocentrismo delirante: había llegado la hora de las bravatas. “Cuando, el 16 de septiembre de 1944, volvió a recibir otra dosis de manos de Giesing, tuvo una de sus temidas ocurrencias e hizo saber a su desconcertado séquito que, a pesar de la descomunal inferioridad de efectivos y material, quería retomar la ofensiva en el oeste… ¡La gran victoria estaba asegurada!… A Giesing empezó a inquietarle la afinidad de Hitler por la cocaína y su efecto inhibidor de la inseguridad y potenciador de la megalomanía, así que decidió acabar con las potentes pincelaciones. Sin embargo, Hitler no se lo permitió”, explica el autor.

La sangrienta rave del Führer iba a seguir hasta que los aliados le sepultaran a bombazos: “El dictador hizo un uso generoso de los paraísos artificiales en este último otoño de la guerra y de su vida. Cuando, en las reuniones informativas, el paciente caminaba solemnemente por su Olimpo farmacológicamente creado, apoyando primero el talón y estirando después la rodilla, chasqueando la lengua y balanceando las manos, creyendo poder pensar con claridad meridiana y urdiendo un mundo a la altura de su éxtasis de Führer, a los generales, más que desilusionados por la opresiva situación en el frente, les era imposible seguirle. La medicación mantenía al comandante en jefe estable en su locura y levantaba un muro inexpugnable, una armadura integral que nada ni nadie podía atravesar. Cualquier duda era disipada por la confianza artificialmente provocada. Aunque el mundo quedara reducido a cenizas a su alrededor y sus actos acabaran con la vida de millones de personas, el Führer se sentía más que justificado en sus actos si una sustancia dura corría por sus venas y la euforia artificial se instalaba”, zanja Ohler.  

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