ópera en el teatro real

Donizetti se ahoga en la playa de Madrid

Capuano subordina la musicalidad a la musicología en un 'Elisir' de dramaturgia trepidante

Foto: 'L'elisir d’amore'. (Javier del Real)
'L'elisir d’amore'. (Javier del Real)

La musicología y la musicalidad no son conceptos en contradicción, pero han demostrado estarlo en el reestreno madrileño de 'L’elisir d’amore'. Concierne el conflicto a la batuta y criterio del maestro Gianluca Capuano, cuya concepción filológica de la partitura ahoga la experiencia del bel canto, la transforma en un ejercicio contra natura, la somete a una rigidez contraproducente.

No respira la música sobre la escena. Se resiente de una prueba de estrés —los 'tempi', los contrastes, las dinámicas— que deteriora la naturalidad de la interpretación. Proliferan los desajustes. Incluso los cantantes corren el riesgo de terminar sepultados por la marea del foso. Capuano no parece escucharlos. Los expone al desafío de un naufragio.

Tienen sentido estas metáforas marítimas o náuticas en cuanto la producción de la ópera de Donizetti transcurre en una playa. Ya la conocían los melómanos madrileños porque se estrenó en el Teatro Real hace ahora seis años. Y han vuelto a juzgarla con prudente entusiasmo. Le sobran los gags, la sal gorda y algunos brochazos de vulgaridad, pero la producción de Damiano Michieletto, en cartel hasta el 12 de noviembre, transcurre trepidante e hiperactiva. Divierte.

'L'elisir d’amore'. (Javier del Real)
'L'elisir d’amore'. (Javier del Real)

Y pone a prueba la audacia dramatúrgica del director de escena italiano. De otra forma, no hubiera conseguido una extrapolación contemporánea tan verosímil de la ópera de Gaetano Donizetti (1835). Que no dirime los amores de un campesino analfabeto y una dama instruida y altiva, sino las tribulaciones de un socorrista cuya devoción a una mujer sofisticada transcurre, por ejemplo, en una playa de Benidorm.

Se explica así que el espectáculo contenga entre líneas un retrato sociológico de las costumbres celtibéricas al uso en 2019. Incluidos el culto al cuerpo, el hacinamiento sobre la arena, la analgesia alcohólica, la religión de pilates, las despedidas de soltera, la resaca, las drogas y las bebidas energéticas que permiten alcanzar la madrugada.

El retrato sociológico incluye el culto al cuerpo, el hacinamiento en la arena, la analgesia alcohólica, la religión de pilates, las drogas...

Son el verdadero elixir contemporáneo. Y la bebida de la que se vale Michieletto para exagerar la agitación de la escena. La proliferación de detalles y de subtramas distrae a veces la experiencia musical, aunque el problema no concierne a los pasajes tiernos y amorosos. Los aísla con audacia el 'regista'. Les proporciona un 'pathos' contemplativo.

Sirva como ejemplo la cápsula de 'Una furtiva lágrima'. La trepidación del espectáculo se detiene para que Francisco Gatell pueda mecerse en el columpio de la música de Donizetti. Canta con gusto, sensibilidad y pulcritud el tenor argentino. Y proporciona un pasaje de sosiego en medio de la congestión sensorial, como si la ópera fuera el reflejo de la saturación sensorial en que vivimos, menos mal que con los teléfonos móviles obligatoriamente apagados. Impresionan los recursos con que Michieletto mantiene a los espectadores en permanente estado de alerta, de sorpresa y de excitación. No como un mero alarde de hiperactividad visual. Michieletto escruta el estado de ánimo de la ópera con sus alegorías y extrapolaciones escénicas: los cañones de espuma de la fiesta nupcial trasladan la efervescencia del argumento en su momento decisivo, mientras que el castillo de aire donde los adultos invocan el síndrome de Peter Pan se desinfla como un embuste para dejar espacio a la verdad de los amores sinceros y correspondidos.

Donizetti se ahoga en la playa de Madrid

Debutaba la estadounidense Amanda Rae en el papel de Adina. Una interpretación de técnica impecable y de escasa profundidad teatral, quizá porque la sobreactuación de Erwin Schrott en el papel de Dulcamara lleva al extremo el histrionismo y la falta de escrúpulo canoro. El barítono uruguayo se jacta de la metrosexualidad. Y parece Jack Sparrow en una playa del Caribe. Lo aplaudieron con entusiasmo. Y también lo hicieron con el voluntarismo de Alessandro Luongo (Belcore), pero la producción escénica y musical a la que han sido expuestos los cantantes más parece una yincana que una experiencia artística: Capuano los ahoga con el agua del foso y Michieletto los convierte en atletas olímpicos. Hubieran necesitado un salvavidas.

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