AMISTAD, AMOR Y CHOCOLATE

La historia oculta de Simone Ortega y '1.080 recetas', el 'best seller' que casi no se publicó

Fue mucho más que nuera de Ortega y Gasset y esposa del fundador de 'El País'. Simone Klein no solo cambió la gastronomía española para siempre, también nuestra historia

Foto: Una de las copias de '1.080 recetas' de su hija, Inés. Al fondo, una de las ediciones internacionales de Phaidon. (Foto: Jorge Álvarez Manzano)
Una de las copias de '1.080 recetas' de su hija, Inés. Al fondo, una de las ediciones internacionales de Phaidon. (Foto: Jorge Álvarez Manzano)

Es posible que en las casi 700 páginas del inmortal '1.080 recetas de cocina' solo haya un error grave, y que este se encuentre en la primera frase. "Este libro de cocina no pretende, naturalmente, hacer época dentro de la espléndida y numerosa bibliografía del tema", escribió Simone Klein Ansaldy, más conocida como Simone Ortega. Se equivocaba de cabo a rabo. No solo hizo época en la literatura gastronómica, sino que ha pasado a la historia como el libro más vendido en la España democrática tras la Biblia y el Quijote sin haber gastado un duro en publicidad.

El resto del libro, las susodichas 1.080 recetas, funcionan con la precisión de un reloj suizo, siempre y cuando se sigan al pie de la letra. "El gran éxito del libro es que, si sigues los pasos, salen", recuerda su hijo José Ortega Klein (1950), facultativo en el hospital mallorquín de Son Llàtzer. Manual de cocina, magdalena proustiana para varias generaciones españolas y vertebrador familiar, '1.080 recetas' es el regalo por excelencia que las madres hacen a sus hijos cuando se marchan de casa. Como dijo Arcadi Espada, solo se llevó dos libros cuando se fue de casa, el de Simone y el libro rojo de Mao; le cundió más el primero. Un éxito que nadie se esperaba y que estuvo a punto de no ver la luz por la desconfianza del consejo editorial de Alianza Editorial.

Simone Ortega tenía carácter, era bastante estricta con la familia pero, en cambio, era encantadora con los amigos y las visitas

Fue un personaje conocido pero no público, tan accesible como misterioso. Muchos desconocían que el Ortega de su apellido era el mismo que el de José Ortega y Gasset, su suegro. Que sin ella y las más de tres millones de copias vendidas de '1.080 recetas', Alianza, una de las grandes editoriales españolas, quizá nunca habría despegado. Simone Ortega no fue solo una cocinera o una ideóloga gastronómica, sino el icono más desconocido de la cultura española del siglo XX. Fue ella quien pulsó el botón para que las rotativas imprimiesen el primer número de 'El País', quien hermanó la cocina francesa y española o quien defendió a Ferrán Adrià cuando todos le atacaban.

"He pasado de ser el hijo de Ortega y Gasset al marido de Simone", solía comentar jocosamente su marido, José Ortega Spottorno, fundador de Alianza y 'El País'. Una sentencia a la que en ocasiones añadía la coletilla "pero así como bien". Fue él quien tuvo la idea de '1.080 recetas' a finales de los años 60, cuando Alianza acababa de ser fundada. No le costó convencer a su esposa, pero sí al consejo editorial de la editorial, que arrugó el morro mientras murmuraban "nepotismo" o "anatema" ante la posibilidad de que la mujer del presidente publicase el que iba a ser el libro más voluminoso de la colección. Y de cocina, nada menos.

El retrato clásico de Simone Ortega
El retrato clásico de Simone Ortega

El trabajo, eso sí, fue todo de Klein, renombrada en la portada del libro como Ortega por razones editoriales. Lógicamente, argumentaba el editor, un libro de cocina española debía de ir firmada por un nombre español. El proceso fue minucioso. Tres años de preparación y redacción en el que Simone probó todas y cada una de las 1.080 recetas. "Hasta que no salía bien tres veces seguidas, no cerraba una receta", recuerda el consultor y director del Observatorio de las Ideas, Andrés Ortega Klein (1954), el pequeño de la familia, desde Washington. Andrés, al pasar más tiempo en casa, fue el principal conejillo de indias de su madre. "Fueron años de una gastronomía casera de variación constante, ¡imagínese hasta llegar a 1.080 recetas!".

¿Y su carácter? "Pues eso, de carácter", recuerda Andrés, a la sazón autor de 'La imparable marcha de los robots', editado en, obviamente, Alianza. "Bastante estricta con la familia, pero cariñosa, y encantadora con los amigos y las visitas". "Nos llevaba a todos como un palo, pero se lo agradezco porque nos ha dado una educación muy buena", coincide Inés Ortega Klein (1951), su hija mediana, quien ha recogido su testigo durante los últimos años al frente de la franquicia '1.080 recetas'. Su dicción, tranquila, perfecta y algo acelerada, recuerda a la de su madre, esa mujer "nerviosilla" en palabras de Andrés.

¿Por qué Simone introdujo chorizo en su receta de paella? "Debe de ser un error, a nosotros no nos ponía chorizo nunca", recuerda su hija

Pero antes de adentrarnos en la historia de Simone Ortega, pregunto a Inés por una de las polémicas recurrentes en las que el nombre de su madre sale a colación con frecuencia. La paella, que según el inmortal volumen, hay que preparar "con medio chorizo en rajitas, quitada la piel", además de un arsenal de marisco, verdura, pimiento y pescado. Inés se queda un poco sorprendida y agarra el libro: "¿Eso lo escribió mi madre?" Sí, sí, ahí está. Y admite el que tal vez sea el segundo fallo del volumen: "Es un claro error, a nosotros, que yo recuerde, no nos echaba chorizo en la paella".

Cuatro calles de Madrid

En una de las estanterías de su casa, Inés guarda con cuidado uno de los grandes tesoros familiares, el cuaderno de su bisabuela borgoñona, una de las grandes influencias de Simone junto a su suegra Rosa. Ese es uno de los grandes mitos que rodean '1.080 recetas', que ha pasado a la historia como el gran libro de cocina española cuando en realidad es un crisol de cocina internacional, donde el caldo gallego se da la mano con los 'muffins'. La pulcritud de la letra y la impecable estructura de la página también serían heredadas por Simone, cuyos cuadernos están organizados con una limpieza obsesiva. Al lado de cada receta, un comentario sobre la calidad del plato. Como era de esperar, abundan los "muy bueno".

Detalle de uno de los cuadernos de Simone Ortega, que escribía en español y en francés. El 'muy bueno' era su aprobación para ser publicado. (Foto: Jorge Álvarez Manzano)
Detalle de uno de los cuadernos de Simone Ortega, que escribía en español y en francés. El 'muy bueno' era su aprobación para ser publicado. (Foto: Jorge Álvarez Manzano)

Simone nació en Barcelona el 29 de mayo de 1919, hija de un empresario de origen francés llamado Roberto Klein, que tenía una fábrica de caucho en Badalona. En el Liceo aprendió a amar la música, una afición que le acompañaría hasta sus últimos días. La inestabilidad política catalana llevaría a Roberto a Segovia, donde instalaría la fábrica, y a su esposa —"que no trabajaba, como las señoras de la burguesía de antaño"— e hija a Madrid, para que estudiase en el Liceo Francés como buena descendiente de franceses.

Una de las espinas que Simone siempre tuvo clavadas fue la de no haber podido estudiar una carrera, algo que le impidió la guerra civil. Desde su juventud fue una gran lectora, recuerda su hijo Andrés, tanto de novela como de ensayo. El estallido de la guerra, poco después de terminar el Bachillerato, le pilló en Francia. Desde allí, pasaron a Donostia. Durante la guerra civil, Simone contribuyó como enfermera en San Sebastián, antes de ser puericultora en una clínica en la calle Ferraz. A su retorno, se casaría con su primer marido, Fernando Gálvez-Cañero, pero enviudaría apenas tres años después.

Ortega y Gasset consideraba a su nuera como una persona "auténtica, porque era ella y no pretendía ser otra cosa" y siempre confió en ella

Fue en la casa de los Garrigues, una de esas familias llamadas a cambiar la historia de España, donde conoció a José Ortega Spottorno. "Mi madre era muy amiga de la familia, fue madrina de Catalina Garrigues, la hija de Mariano", recuerda Inés. Hubo algo de vacile social entre el joven Ortega, ingeniero agrónomo, y la vivaz Simone. Ella decía que montaba muy bien a caballo, él le respondía que él también… lo que era mentira. Cosas del cortejo. El noviazgo fue breve y se casaron el 7 de junio de 1949. El comentario de su suegro, Ortega y Gasset, al ver al bien nutrido sacerdote, fue que "¡este más que un cura parece un miura!".

Se puede decir que gran parte de la vida de Simone Ortega transcurrió en las cuatro calles que rodeaban la embajada italiana, en pleno corazón del barrio de Salamanca. A un lado, la iglesia de San Luis de los Franceses, donde se casó. Al otro, la residencia familiar, en la calle Padilla. Y, al otro, la calle Lista, que terminaría llamándose Ortega y Gasset. Para Inés siempre fue raro montarse en un taxi y dar su primer apellido como dirección.

La élite intelectual, a la mesa

Ortega y Gasset siempre consideró a su nuera como una persona "auténtica, porque era ella y no pretendía ser otra cosa", recuerda Andrés. El filósofo encomendaba a la esposa de su hijo la tarea de organizar sus cenas con sus amigos, algo que despertaba no pocos celos entre el resto de mujeres de la familia, que se lanzaban a la calle en cuanto era temporada de criadillas de tierra (una trufa de mayo) para satisfacer al filósofo. "Preparaba muchas cenas para mi abuelo, que la quería mucho, porque decía que tenía más tranquilidad que en casa", recuerda Inés.

Simone Ortega (segunda a la izquierda) y José Ortega Spottorno (tercero a la izquierda) con Julián Marías (tercero desde la derecha). (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
Simone Ortega (segunda a la izquierda) y José Ortega Spottorno (tercero a la izquierda) con Julián Marías (tercero desde la derecha). (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)

Es posible que ahí naciese '1.080 recetas', en las tertulias del autor de 'La rebelión de las masas'. Como recuerda Andrés, su madre era "una mujer que recibía bien". Por la casa de los Ortega Klein pasó gran parte de la flor y nata de la intelectualidad española. Los Marías, Pedro Laín Entrialgo, el músico Xavier Montsalvatge o el escritor Juan Benet. Muchos músicos, lo que reflejaba la afición de Simone por la música.

Inés recuerda que de pequeña ella y sus hermanos espiaban las tertulias que montaba su familia en casa. Solo cuando fueron mayores pudieron sentarse a la misma mesa de, por ejemplo, el escritor Juan Rulfo, autor de 'Pedro Páramo', que causó una gran impresión en Inés. "Era un señor maravilloso", recuerda. "Solo me dejaron hacer una pregunta, así que le dije '¿por qué no ha escrito más libros?'. Y me respondió 'porque ya he dicho todo lo que tenía que decir'. Me pareció increíble que fuera capaz de reconocer algo así".

Simone siempre se quejaba de Fraga, que se servía todos los filetes de la bandeja, lo que la obligaba a volver a la cocina a preparar más

Había otra buena razón por la que el comedor de los Ortega Klein era frecuentado por intelectuales de todo signo político. José Ortega, que había revivido la 'Revista de Occidente', tenía el proyecto de montar un nuevo diario que terminaría llamándose 'El País'. Las reuniones no podían celebrarse en restaurantes, a la vista de todos, así que la calle Padilla, al calor de los guisos de Simone, terminó convirtiéndose en la sede oficiosa. "El País se fundó en casa de mi madre", recuerda Inés.

Uno de los invitados más incómodos para la francesa, poco acostumbrada a ciertas displicencias gallegas, fue Manuel Fraga, que debía dar luz verde al periódico. "Cuando venía a comer siempre me decía '¡es que este señor es tremendo!'", recuerda su hija. El entonces Ministro de Información y Turismo se servía casi todos los filetes de la bandeja, lo que obligaba a Simone y sus cocineras a algo que atacaba de frente su espíritu organizado y metódico: volver a la cocina para preparar más para el resto de comensales. Y una buena metáfora de quién tenía la sartén por el mango en aquella España.

Un libro para unir a todos los españoles

'El País' no era el único proyecto de José Ortega. En su mente comenzaba a formarse la idea de lanzar una alianza entre editoriales españolas para, en una época en la que los libros resultaban inasequibles para la mayor parte de la población, lanzar una línea de libros de bolsillo baratos y accesibles. La propuesta no cuajó, así que optó por el plan B. En lugar de una alianza entre editoriales, decidió lanzar Alianza Editorial, fundada en 1966 y cuyo mascarón de proa fue la colección 'El libro de bolsillo'.

Inés Ortega, hija de Simone, durante la entrevista en su domicilio. (Foto: Jorge Álvarez Manzano)
Inés Ortega, hija de Simone, durante la entrevista en su domicilio. (Foto: Jorge Álvarez Manzano)

Raymond Aron, Frank Zafka, Miguel de Unamuno, Marcel Proust… ¿y Simone, a la que tan bien se le da cocinar? Era toda una oportunidad de negocio. En ese momento los dos grandes libros de cocina española eran el de la Sección Femenina, que como recuerda Irene, no era malo pero estaba algo desfasado, y el de la marquesa de Parabere. José se lo propuso a Simone, que aceptó rápidamente, y en Alianza, donde le costó bastante más. Diego Hidalgo, que sería consejero delegado de la editorial durante los años 80, recuerda en un documental emitido en Telemadrid cómo el consejo se mostró en contra en un primer momento.

"Aunque era el presidente y fundador de Alianza Editorial, a mi padre le costó mucho convencer al consejo editorial formado por sesudos intelectuales de publicar este libro en la colección de bolsillo junto a autores como Hesse, Camus o Freud", recuerda Andrés. "Pero lo aceptaron y luego tuvieron que callarse ante su éxito y los ingresos que ha supuesto para la editorial a lo largo de todos estos años. Gracias a ese libro, muchos autores noveles han podido publicar en Alianza". Rápidamente, el libro de Simone Ortega terminaría convirtiéndose en el principal pilar económico de la editorial.

Mi madre, que era muy francesa y muy cartesiana, intentó hacer todas las recetas una por una hasta que le salieran bien. Y, por supuesto, lo hizo

"Mi madre solía escribir cartas con sus amigas, como solía hacerse en la época, pero nunca había pensado ser escritora", recuerda José Ortega. Para llevar a cabo el libro, que aún no tenía nombre, tenía que echar mano de otra de sus cualidades, su minuciosidad casi científica. "Mi madre, que era muy francesa y muy cartesiana, intentó hacer todas las recetas una por una hasta que le salieran bien y quedaran exactamente escritas", explica su hijo. "Por eso es un libro de cocina científico. Tantos minutos, tantos gramos, nada de 'un rato' o 'un pellizco'. Por eso salen todas las recetas".

El libro tenía una vocación didáctica y práctica que la propia Simone había conocido cuando tenía que formar a las nuevas cocineras del hogar. Aunque suena increíble, José recuerda que su madre contaba que en la primera edición del libro, Simone escribió en una de las recetas "sírvase con una rama de perejil en la boca", y cuando una de las cocineras preparó el plato, se presentó con una rama en su boca. Así que en las siguientes ediciones el texto matizaría "sírvase con una rama de perejil en la boca del besugo".

Inés publicó con su madre varios libros y enciclopedias: 'Era muy meticulosa y exigía mucho, pero también me hacía caso en muchas cosas'. (Foto: Xavier San Fulgencio)
Inés publicó con su madre varios libros y enciclopedias: 'Era muy meticulosa y exigía mucho, pero también me hacía caso en muchas cosas'. (Foto: Xavier San Fulgencio)

Año tras año, mientras el hombre llegaba a la luna, ETA cometía su primer asesinato y Massiel ganaba Eurovisión, Simone fue perfeccionando todas y cada unas de sus recetas, a veces, a menudo, con concesiones al gusto del editor, que prefería que el volumen se orientase hacia la cocina española. Sin embargo, '1.080 recetas' fue la puerta por la que entraron en España ciertas tendencias de la cocina francesa. El ejemplo más clara, la quiche lorraine, cuya receta Simone prestó al dueño de las Pastelerías Mallorca, que la convirtió en un éxito.

No todo funcionaba, y hay un (pequeño) porcentaje de platos que terminaron en el cajón porque no salieron ni a la tercera. Si hubo uno que se resistió, ese fue el tocino de cielo. No porque saliese mal de sabor —Andrés lo recuerda como "delicioso"—, sino porque era incapaz de obtener la consistencia que deseaba. "Le entraba agua y salía demasiado líquido". La presencia era tan importante como el sabor, así que hasta que no dio con la clave para que quedase perfecto al desmoldarlo, no formó parte del repertorio del libro.

El suflé provocaba tensiones y temblores de piernas en la casa: la posibilidad de que se derrumbase podía provocar el "mal humor" de Simone

En él también brillaba el polémico suflé, uno de los platos estrella de Simone Ortega que, sin embargo, no le gustaba a su esposo ("la cocinera le preparaba en su lugar un plato de maicena", recuerda Andrés). Además, generaba nervios en la cocina y entre el servicio. Si un invitado tardaba demasiado en llegar, cabía la posibilidad de que el postre perdiese su consistencia y se derrumbase a la vista de todos, lo que causaba el "mal humor" (y las broncas) de la anfitriona. Una escena que, recuerda Inés, aparece recogida en una novela del novelista y cineasta Augusto Martínez-Torres, que asistió en primera persona a la crisis del suflé y alivió la tensión con un "no te preocupes, estará igual de bueno". Nada podía evitar que a la cocinera no se le saltasen las lágrimas.

El ritmo era casi marcial. Simone siempre madrugaba, y se levantaba entre las siete o siete y media los días de diario y, en vacaciones en Bandol, el pueblo de la Costa Azul natal donde veraneaban, era capaz de ponerse el despertador a las ocho. Había una buena razón para ello: comprar el mejor género en el mercado. A lo largo del día, hacía un poco ejercicio (Inés la recuerda practicando diariamente ¡abdominales!), recogía a sus hijos en el colegio y les llevaba la merienda. Un tazón de leche, y yogur cuando el yogur solo se vendía en farmacias.

La copia, destrozada por el uso, que la madre del autor del artículo compró en 1978. (Foto: Jorge Álvarez Manzano)
La copia, destrozada por el uso, que la madre del autor del artículo compró en 1978. (Foto: Jorge Álvarez Manzano)

Tras años de trabajo en la cocina, con la colaboración de las cocineras de la casa, nació un volumen abotargado de 700 páginas con la habitual portada de Daniel Gil, una de las señas de identidad de la editorial Alianza, y dibujos del tamaño de cada cucharada cortesía de una amiga de la familia que muestran el obsesivo nivel de detalle con el que Simone concibió su trabajo. El objetivo, poder darle a alguien el libro y que fuese capaz de cocinar un plato sin saber nada de cocina.

Un libro que Simone, francesa y moderna en muchos sentidos, nunca pensó exclusivamente para amas de casa. Ella misma aclara en la introducción que se trata de recetas concebidas para "mujeres (y muchas veces hombres)". "Mi madre tenía claro, quizá porque era francesa, que los hombres debían aprender a cocinar", recuerda Inés. "A mis hermanos, aunque había gente en casa que podía hacerlo, los enseñó a coserse un botón, el bajo de un pantalón, a limpiar y a hacer la cocina. Otra cosa es que en mi casa siguiese pensándose eso tan antiguo de que los hombres no tenían que hacer mucho". Algo que vivió en sus carnes. Mientras Inés iba con Simone a misa, su padre, que había heredado el ateísmo de Ortega, se llevaba a sus hijos de cañas.

El misterio Simone

'1.080 recetas de cocina' fue un éxito desde su publicación en 1972. Las reediciones siguieron un ritmo casi anual, a razón de 60.000 copias despachadas al año, como recordaba Diego Hidalgo. Un clásico de las estanterías españolas que se extendería a las páginas de 'El País Semanal' y a colaboraciones en radio con Joaquín Prat (a quien Simone consideraba "un gran señor"), un divertimento para la cocinera. La televisión era harina de otro costal, y sus apariciones fueron contadas. Si apareció en 'Con las manos en la masa' fue por su amistad con Elena Santonja.

"Ella al principio estaba asombrada por el éxito, le daba un poco de vergüenza", recuerda Inés. "Luego bien, porque era muy natural y abierta, le gustaba hablar con la gente, era mucho más abierta que mi padre". Simone se convirtió en un personaje público, pero no sorteaba las entrevistas ni las firmas de libros donde, a veces, se encontraba con parejas que le confesaban que su libro había salvado su matrimonio. Recibía encantada muchas cartas, especialmente por las fichas semanales que publicaba en 'El País Semanal'.

Y, sobre todo, salía mucho. Le gusta la hípica, el esquí, la música, el teatro, los museos (sobre todo, el Prado), la charla, las excursiones —quiso conocer todos los pueblos de España— y la buena comida. A menudo quedaba con Luis Irízar, el artífice de la Nueva Cocina Vasca, y con el gastrónomo Manuel Martínez Llopis, para paladear unas tostadas de trufas de temporada. En 1993 visitó por primera vez El Bulli, y siempre defendió a su amigo Ferrán Adrià, a quien consideraba el cocinero que había puesto a la cocina española en el número uno. El catalán, de hecho, guarda enmarcada una cartera de bolsillo que le regaló Simone y que llevó entre 1998 y 2005.

Cuando murió su marido, nos dijo 'yo me voy a una residencia, os pongáis como os pongáis', y lo hizo

También Carme Ruscadella o Arzak, que en alguna ocasión ha reconocido que cuando no sabe muy bien por dónde tirar, echa mano de '1.080 recetas'. "A Simone Ortega habría que ponerle una calle", ha defendido. Una agitada vida social que siempre afrontó con recato. Una de las grabaciones de la noche en que recibió la Medalla de las Artes y las Letras francesas la muestran, ya anciana, sujetando una copa de champán en una fiesta mientras habla con dos amigas. Cuando se da cuenta de que la están grabando, mira a la cámara, sonríe, y se tapa la cara algo contrariada. La imagen que mejor resume el enigma Simone.

La última cena

José Ortega Spottorno falleció el 18 de febrero de 2002, lo que permitió a Simone cumplir uno de esos sueños a los que su marido se había negado: cerrar la casa familiar, ya trasladada a la calle Cochabamba, cerca de donde vivían sus hijos, y entrar en una residencia para no ser una carga. "Mi padre decía '¡por dios, no la dejéis, que yo no quiero ir!', así que la toreamos, pero cuando murió, ella nos dijo 'os pongáis como os pongáis, yo me voy' y lo hizo", recuerda Inés. "Era muy práctica".

Dos horas antes de morir, pidió su última cena, aunque ya le costaba mucho masticar: vichyssoise, salmón en salsa y champán

Dicho y hecho. Simone Klein pasó los últimos años de su vida en el que había sido su barrio, en un apartamento en el Hogar Residencia San Luis de los Franceses, donde fue "muy feliz". Siguió cultivando la afición por la que era conocida, y que no era tanto la cocina como la tertulia. Entre sus últimas compañías, profesoras que habían formado parte del Club Siglo XXI o diplomáticos franceses retirados. El menú diario, charla y champán, siempre francés. "Aunque nació en Barcelona, siempre dijo que como el champán francés, nada", rememora Inés.

Y chocolate, claro, porque los dulces eran una de sus grandes pasiones. "Cuando era mayor tuvo algunos problemas estomacales y el médico le dijo que no podía comer chocolate", recuerda José. "Así que ella le respondió: 'mire usted, a una francesa no le sienta nunca mal el chocolate". Fue longeva (89 años) y siguió muy activa hasta el final, cuando apenas podía andar, acudiendo a conciertos siempre que podía. También, descubriendo nuevos platos de mano de su hija, como el risotto o el sushi.

Ortega, en una fotografía tomada el 2 de febrero de 2006, dos años antes de su muerte. (EFE/Zipi)
Ortega, en una fotografía tomada el 2 de febrero de 2006, dos años antes de su muerte. (EFE/Zipi)

Simone falleció el 2 de julio de 2008, y ella misma diseñó su última cena, que pidió a sus hijos. Vichyssoise, salmón en salsa y un poco de champán, que se tuvo que tomar con pajita. "Se debía de estar dando cuenta de que le quedaba poco, y aunque no podía masticar, quería sentir ese sabor concreto", recuerda su hija. "Y dos horas más tarde… Fue un poco lo de Brillat-Savarin, que antes de morir dijo '¡rápido, el postre, que me muero!".

La herencia de Simone Ortega, además de sus recetas, es todo un subgénero que sigue alimentando anualmente a Alianza y su editora extranjera, Phaidon. Acaban de reeditarse en estuche 'Cocina, sana y sencilla' y 'Cocinar sin gluten, sin huevo y sin lactosa' de Inés y su nuera, Marina Rivas. Además, está a punto de salir la edición especial centenario de Simone, que también conmemora el 200 aniversario del Prado. '1.080 recetas' sigue siendo el pulmón económico de Alianza.

La paradoja española

¿Resulta curioso que Simone Ortega ha terminado siendo más leída que su suegro, uno de los grandes filósofos modernos? "Eso dice mucho de nuestra cultura de la gastronomía y de la falta de cultura por otro lado", valora Inés. "Ahora mi abuelo está de moda de nuevo, me hace gracia oírle en boca tanto de políticos de izquierdas como de derechas, porque aunque estuviese siempre en el exilio, unos siempre le han acusado de facha, otros de rojo… Él siempre decía que ser de izquierdas o de derechas era sufrir hemiplejia”.

Los libros de Ortega y Gasset se leen. El de Simone Ortega se usa, e incluso se desgasta y se ensucia

La valoración de Andrés es un poco diferente. "No es comparable. Para empezar, porque Simone Ortega es una autora de un único título (aunque tenga algún otro) y Ortega y Gasset tiene una obra ingente, traducida a muchísimos idiomas, aún hoy", razona. "Los libros de Ortega y Gasset se leen. El de Simone Ortega se usa (e incluso se desgasta y se ensucia, lo que hace que mucha gente se lo vuelva a comprar)". Basta con echar un vistazo a millones de cocinas españolas, con sus copias destrozadas del volumen, para corroborarlo.

Simone Ortega probablemente no quiso pasar a la historia, pero lo hizo. Lo que sí pretendía y logró fueron dos hitos nada desdeñables, mejorar la comida española del día a día, la de los hogares, y hacerla un poco más saludable. Como presume Inés, tanto ella como su madre siempre fueron delgadas a pesar de comer mucho. Simone Ortega relativizó la importancia de las carnes canónicas, los guisos pesados y los pescados con caché para encontrar un poco de placer en las verduras o las frutas. Y el dulce, claro, siempre el dulce. Como ella mismo dijo al ganar la Medalla de las Artes y las Letras francesas, "habéis hecho feliz a una vieja dama que siempre necesitó amistad, amor y chocolate".

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