arte y literatura

Y el opio fundó el Surrealismo: centenario de la muerte de Jacques Vaché

Estamos en Nantes. El lunes 6 de enero de 1919 amanece lluvioso. El inspector Laroze espera una jornada tranquila. Hasta que llega un aviso del Hotel

Foto: Una imagen de Jacques Vaché.
Una imagen de Jacques Vaché.

Estamos en Nantes. El lunes 6 de enero de 1919 amanece lluvioso. El inspector Laroze espera una jornada tranquila. Hasta que llega un aviso del Hotel de France. En la habitación 34 yacen dos cadáveres desnudos, dándose la espalda. El cuerpo de Paul Bonnet, residente en la estancia desde mediados de noviembre, ya está frío. Jacques Vaché acaba de expirar. En una urna de porcelana hay opio reseco.

Las investigaciones reconstruyeron los hechos que condujeron a la catástrofe; nunca llego a dilucidarse si se trató de suicidio o muerte accidental. Poco antes de medianoche Bonnet y Vaché dejaron un bar junto al soldado estadounidense Woynow y André Caron, que conocía a los finados desde tiempos del instituto. Ya en el cuarto Bonnet sacó la confitura y, ante la imposibilidad de fumarla, hicieron bolitas y la comieron.

A las siete de la mañana Caron se sintió mal y volvió a casa de su padre, un cirujano que le salvó. En el interior Bonnet y Vaché pidieron chocolate caliente y continuaron su idilio con la droga. Woynow se durmió en el sofá, se despertó a las cinco de la tarde y al ver el estado de sus compañeros acudió a la recepción del hotel. A veces una muerte constituye un hecho fundacional.

La creación de un mito

Al cabo de dos semanas la noticia llegó a París. El joven André Breton había conocido a Vaché en el hospital militar de Nantes, donde ejercía de auxiliar médico. Entablaron amistad y el aspirante a poeta albergó grandes esperanzas de un futuro compartido junto a Theodor Fraenkel. Ambos veían en el soldado convaleciente una especie de genio mágico que les transmitiría la energía necesaria para revolucionar el ambiente cultural y cimentar un movimiento capaz de alterar las mortíferas dinámicas del nuevo siglo, perfecto para inaugurar una época tras el silencio de las trincheras.

Una imagen de André Breton durante la IGM
Una imagen de André Breton durante la IGM

A Breton, que siempre fue un inigualable mistificador, el óbito le sirvió para generar una leyenda que ha durado hasta nuestros días. Su relación con Vaché fue escasa, pocos encuentros y diez epístolas donde el militar de circunstancias siempre tomó el pelo al que Tristan Tzara definió como una estatua de bronce en movimiento. Lo hizo con gracia y la conciencia de ser mucho más inteligente que el receptor de las misivas, demasiado petulante y solemne, fácil de desenmascarar en su ambición de alcanzar la cúspide sin apenas sudar al subir la montaña.

Breton, joven rebelde a la búsqueda de las teclas mágicas para auparse a la inmortalidad, había leído mucho y vio en Vaché la oportunidad de un santo laico. En 1919 publicó sus cartas de guerra, sólo editadas en España en el ya lejano 1974 por Anagrama, le dedicó 'Los campos magnéticos' que escribió junto a Philippe Soupault y al crear un mártir parió el terreno para la inminente proclama de su religión que, sin embargo, necesitaba un relato sólido para prosperar.

Breton fue un joven rebelde a la búsqueda de las teclas mágicas para auparse a la inmortalidad

Para ello inventó un choque generacional de primera, un momento primigenio digno de figurar en los anales de la Historia. El instante elegido fue el estreno de la obra teatral 'Les Mamelles de Tirésias', de Guillaume Apollinaire, cuya primera función se celebró el domingo 24 de junio de 1917. Vaché irrumpió en la sala vestido de soldado alemán y empezó a disparar con su revólver para quejarse de la mediocridad de ese drama que su autor denominó surrealista.

Una de las cartas de Vaché
Una de las cartas de Vaché

Louis Aragon nunca conoció en persona a Vaché; aun así refrendó la versión de Breton para dar rienda suelta a esa fantasía. Lo cierto es que los tiros sin ton ni son eran un delirio adoptado de la novela 'Los sótanos del Vaticano', de André Gide, donde Lafcadio comete el acto gratuito de matar a un compañero de vagón y tirarlo más allá de las vías por mero divertimento, para ver qué ocurre.

Aragon, siempre de acuerdo con los postulados bretonianos, incrementó la senda del mito en 1920, cuando publicó su ópera prima, 'Anicet ou le panorama, roman', donde Vaché aparece bajo su seudónimo de Harry James, "el hombre moderno al que los héroes de novelas populares, entregas americanas y filmes de aventuras sólo muestran con reflejos fragmentarios, digno de admiración porque era imposible discernir si se suicidaría al día siguiente o cometería un bello crimen; se reconocía en su haber una fuerza indisciplinada, el verdadero hombre moderno que no podía reducirse a mero espectador pese a no ser ni un artista ni un especulador, pues sobre todo vivía. Buscaba con ardor los más violentos placeres y plegaba todo a la fantasía. Lejos de acordar las circunstancias a un sistema poético dominaba las contingencias y actuaba con tal intensidad, con una velocidad tan demoledora, que parecía moverse sin reflexionar ni obedecer a ningún tipo de plan".

El hombre de todas las modernidades

Jacques Vaché nació en Nantes en 1895. Su padre era un militar francés de origen británico y su madre la heredera de muchas propiedades rurales. Eso no le impidió una infancia viajera en la que siguió los destinos de su progenitor por el sudeste asiático. Volvió a la patria chica y en la escuela aprendió a odiar los mecanismos académicos y artísticos, tan bien diseñados para adocenar mediante la serie clásica de escuelas, libros y salones. Por ello inventó juntó a sus compañeros de pupitres varias revistas adolescentes, de 'En route mauvaise troupe' a 'Le canard sauvage', que le granjearon problemas con las autoridades por escribir artículos considerados antipatrióticos, terrible delito cuando el Hexágono y Europa se encaminaban hacia la primera gran guerra de la pasada centuria.

Otra carta firmada por Vaché
Otra carta firmada por Vaché

El estallido del conflicto lo sorprendió en pleno apogeo de sus capacidades. Pese a tener una miopía galopante se alistó en el ejército y sirvió en el frente hasta que una bolsa con más de treinta granadas le estalló en los pies, salvándose de puro milagro. Recaló en el ya mencionado hospital militar, conoció al futuro adalid del surrealismo, intimó con la enfermera Jeanne Derrien, que siempre le consideró un puro hasta en lo sexual, y consiguió ser destinado como intérprete de un batallón australiano, lo que no le impidió evitar el horror de esa lucha casi inmóvil donde los hombres entregaban su último aliento para avanzar pocos metros entre nubes de polvo, gas, escombros y carne caliente, descuartizada al azar.

Pese a tener una miopía galopante se alistó en el ejército y sirvió en el frente hasta que una bolsa con más de treinta granadas le estalló en los pies

En sus cartas, quizá el mayor acierto de Breton para con su fetiche, Vaché desgrana la génesis del mañana tanto por el estilo como por lo narrado. Para dar énfasis privilegia el uso del guion, válido para suplir cualquier otro signo de puntuación. De este modo confiere a sus letras un ritmo más propio del jazz, pero la música no contiene ningún tipo de suavidad al dotarse de una crudeza insólita al describir la tragedia desde una enloquecida normalidad, sin épica ni notas más altas, sólo con destreza y la licencia de mezclar palabras sin aparente relación para adquirir una voz propia, inimitable y henchida de naturalidad. En uno de los combates cree topar con los restos de un compañero, mira hacia abajo y descubre una estatua de Jesucristo. En otra ocasión las bombas alemanas revelan un nicho con un pergamino napoleónico, archivos de 1700, cuadernos de clase y novelas infantiles. Por si fuera poco, un toque de genialidad hilarante, desayuna con un tanque británico y sueña con vestir mil divisas marciales para confundir a sus conmilitones sin olvidar su sempiterno monóculo. De haber sobrevivido a su calvario mental, única causa probable de su hipotético suicidio, hubiera triunfado como dibujante de moda por su facilidad en diseñar maniquíes, como demuestran los brillantes garabatos de su correspondencia.

Portada del periódico
Portada del periódico

Tristan Hilar, Jacques d’O, M. Cocose, Jacques V. de la Rez, Vincent d’O, Jean-Michel Strogoff, Jacques Trystan Hylar, Harry James, tantos eran sus heterónimos, en definitiva, Jacques Vaché inspiró a Breton porque sí supo enhebrar un sistema propio que contenía el germen del surrealismo, otra cosa es que el resultado final siguiera los postulados de ese chico muerto por Francia, pues esa tarde de Reyes aún no había abandonado su labor soldadesca y mereció ese epíteto en su tumba.

Entre las perlas que constituyen su legado figuran tres pilares que son libres interpretaciones de su admirado Alfred Jarry. El primero es el Umour, consistente en comprender la absoluta inutilidad teatral de todo. Esto conecta con el segundo concepto. El arte es una tontería y, por lo tanto, conviene desacralizarlo, por eso llama a Breton poheta y plantea si de verdad existió Rimbaud, al que por otra parte se pareció póstumamente al entregarnos una chispa revolucionaria y desaparecer. Criticaba a Guillaume Apollinaire y a Jean Cocteau por desarrollar su poética desde una perspectiva demasiado científica, atada por mecanismos perpetuadores de la tradición. Por último, esta actitud se conjuga con un absoluto desdén por publicar al considerar todas las revistas de vanguardia, de 'Nord-Sud de Revérdy' a 'SIC', una farsa para medrar en el mundillo bajo la máscara de la transgresión. Pese a todo ello su penúltima carta, fechada el 26 de noviembre de 1918, debería figurar como el primer poema surrealista, ese Blanco acetileno cargado de cartujas verdes, apoplejías, signos de exclamación, globos oculares, cigarros mojados y chalecos escoceses.

Vaché sobre la guerra
Ampliar
Vaché sobre la guerra

Lo cierto es que Vaché era un inadaptado y la guerra, como acaeció con tantos otros coetáneos, le marcó hasta incrementar su neurosis y hundirlo. Para fomentar el umour siempre se mantuvo en otra dimensión. Nunca daba la mano, soñaba con esfumarse y este alejarse de la convención le confirió una especial lucidez propia de quien se distancia para observar todo con la objetividad del desapasionamiento, evitando así caer en las garras del rabioso presente, siempre perfecto a la hora de engendrar imbéciles a partir de la opinión y la tendencia. Cuando murió sus órganos fueron despedazados por Breton hasta el paroxismo, como un cerdo tras la matanza. Hasta hace bien poco no hemos apreciado la verdadera esencia del personaje, mucho más interesante en su integridad que en la fabulación de sus cínicos titiriteros.

Cultura

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios