tragedia histórica

Caníbales desesperados, héroes eternos: 'La balsa de la medusa'

El lienzo de Théodore Géricault supuso una convulsión en el mundo del arte, pero también representó el caos de Francia tras el derrumbe napoleónico y la Restauración borbónica

Foto: 'La balsa de la Medusa', de Théodore Géricault (Óleo sobre lienzo, 1819)
'La balsa de la Medusa', de Théodore Géricault (Óleo sobre lienzo, 1819)

"Monsieur Géricault, un naufragio que no será el del artista que lo ha pintado". La frase es de Luis XVIII ante 'La balsa de la medusa', un lienzo de cinco metros de largo y siete de ancho presentado en el Salón de 1819. La reacción del monarca esconde muchos matices inasibles para nuestros días. Las medidas sorprendieron al ser las de una pintura histórica; lo era, pero basándose en la actualidad tras nueve meses de investigación en pleno contacto con los damnificados de una tragedia que marcó los primeros años de la política gala tras el derrumbe napoleónico y la restauración del antiguo orden absolutista.

De este modo Géricault, muerto en 1824 a la edad de Cristo, quebraba los cánones rutinarios y lanzaba un sonoro puñetazo sobre la mesa. Antes del 'Enterramiento de Ornans' de Gustave Courbet se atrevía con una obra de grandes dimensiones que no plasmaba dioses, batallas o mitos de la antigüedad grecolatina. Su ardid fue una especie de no ficción con pinceles, una 'A sangre fría' decimonónica que los expertos consideran el nacimiento del Romanticismo al proponer una dimensión desconocida acorde con el aire respirado en esa Europa confusa y sin rumbo pese al restablecimiento de cetros y dinastías. Los mitos siempre tienen un origen y el paso del tiempo lo desdibuja. Recuperémoslo.

Historias del año extraño

1816 fue una rareza inolvidable. El mundo sufría una resaca galopante de la era napoleónica, culminada con más sobresaltos de lo previsto en junio del año anterior tras los breves cien días del Emperador y su derrota en Waterloo. La insana recuperación del pasado había teñido el cielo con velos congelados, como si Cronos se hubiera parado y no supiera cómo continuar su ruta con las manecillas del reloj, algo incrementado por la erupción en 1815 del volcán Tambora, en la lejanísima isla indonésica de Sumbawa. El fenómeno, el mayor registrado hasta la fecha, provocó anomalías climáticas globales para dar pie al famoso año sin verano de malas cosechas, temperaturas muy por debajo de la media y una sensación caótica de incomprensión ante lo venidero.

Extracto de 'Naufragio de la fragata Medusa'
Extracto de 'Naufragio de la fragata Medusa'

Sin embargo, la rueda nunca se paró. A nivel político los acuerdos de París y el Congreso de Viena recompusieron lo destrozado durante la epopeya revolucionaria. Francia, en parte gracias a las triquiñuelas del diabólico Talleyrand, tenía derecho a retomar posesión de sus colonias, y por eso el 17 de junio de 1816 cuatro embarcaciones zarparon de Rochefort con el objetivo de alcanzar Senegal y recuperarlo para el trono borbónico. Eran el bergantín Argos, la corbeta El Eco, el buque-bodega Loira y la fragata Medusa, esta última capitaneada por Hugues Duroy de Chaumareys, un ultra monárquico sin currículum marinero desde 1792. Su poca pericia se revelaría decisiva para explicar la inminente catástrofe, intuida por sus maniobras en el camino. En Madeira no se aprovisionó lo suficiente, paró en las Canarias, celebró la fiesta del paso del Trópico de Cáncer y luego, en vez de ir de la mano con las otras embarcaciones se destacó de sus compañeros y siguió en solitario hasta embarrancar el 2 de julio en las aguas del banco de Arguin.

Mapa del lugar donde ocurrió la tragedia
Mapa del lugar donde ocurrió la tragedia

En principio los tripulantes intentaron reflotarlo y prepararon una balsa de veinte metros de largo y siete de ancho para transportar los ingentes víveres del navío, pero la irrupción de una tormenta desató los nervios y se perdió toda esperanza de salvar el escollo mientras muchos se emborrachaban y otros gritaban desesperados al no haber espacio para todos en seis los botes salvavidas habilitados para este tipo de contingencias. Sólo 17 personas decidieron quedarse en la fragata, a la espera de acontecimientos.

La idea inicial fue remolcar a los ciento cuarenta y siete desgraciados que se apilaron en la balsa, cargada con botes de vino, agua y una escasa provisión de galletas. Todo, dentro de la desdicha, iba razonablemente bien hasta que Duroy de Chamaureys decidió soltar amarras y dejarlos condenados, a la deriva.

La metáfora de un mundo al límite

Cualquier descripción de los hechos fracasará en su intento de relatar lo acaecido durante los doce días transcurridos entre su abandono y su descubrimiento efectuado por el Argos, con sus cien ojos. Hay una excepción. El geógrafo Alexandre Corréard y el médico Jean-Baptiste Savigny sobrevivieron para escribir 'Naufrage de la frégate la meduse', devastadora crónica que tras la salvación propiciaría la aniquilación de la nueva pero vieja cúpula de los oficiales de Marina, reintegrados tras la caída de las águilas napoleónicas.

Sus palabras aún aturden. El primer día diez hombres fueron engullidos por las olas. Las maderas que componían la balsa eran endebles para soportar tanto peso humano. Las personas apenas tenían espacio para moverse. Por aquel entonces el vino era considerado un alimento, y en aquella tesitura era casi la única opción para proporcionar energía al organismo. Se acordó repartirlo a partes iguales, pero en casos de este calado la lógica sirve para poco o nada, a lo que se añadió la división entre los presentes que derivó en una batalla entre marineros y soldados para dominar los toneles, con el balance de veinte víctimas, multiplicadas por tres veinticuatro horas después, cuando una segunda revuelta avivó más los ánimos entre delirios, calenturas y muchos ya desahuciados con sus extremidades en estado crítico por el contacto con el salado líquido elemento.

Esbozos de Géricault para 'La balsa de la Medusa'
Esbozos de Géricault para 'La balsa de la Medusa'

Al tercer día empezó el canibalismo. Los biscotes se habían agotado al cabo de pocas horas y la cuestión era aguantar como fuera. Para deglutir mejor la carne humana dejaban tostarla al sol en pequeñas tiras. Mientras tanto, con la tristeza de no poder salvar a la única mujer embarcada, tiraron a la mar a heridos y moribundos para tener más espacio y evitar riesgos de hundimientos. Cazaron peces voladores y bebieron sus orines, experiencia tan inusual que en el reportaje se registran hasta sus diversos sabores.

El 16 de julio volvió la esperanza al ver mariposas blancas en el cielo. A la mañana siguiente creyeron atisbar un bergantín. Dos horas después el Argos acudía para llevarlos a tierra, recalando en la senegalesa Isla de San Luís el 19 de julio.

La pintura como testimonio

Sobrevivieron, si es que así podemos llamarlos, quince pasajeros. Cinco murieron en el hospital. En Francia la prensa no pudo divulgar la noticia. Duroy de Chaumareys fue condenado por un consejo de guerra a tres años de prisión. El escándalo, pese a la censura, supuso un antes y después en la sociedad del momento, la misma que durante decenios manifestó una extrema nostalgia por el punto y final de tantos sueños de grandeza dilapidados entre la insensata campaña rusa y rúbricas en salones austríacos.

Un joven esperaba su oportunidad. Théodore Géricault era un entusiasta de su oficio. Había despuntado con cuadros a la moda en 1812, con oficiales e insignias militares. Más tarde aspiró al Premio de Roma y al no ganarlo viajó a Italia sin prebendas gubernamentales, empapándose de Michelangelo, influencia bien visible en la obra que lo hizo pasar a la posteridad.

Bocetos para 'La balsa de la Medusa'
Bocetos para 'La balsa de la Medusa'

En 1817 estaba a la búsqueda de una temática de impacto en su apuesta por asesinar lo neoclásico e implantar paradigmas insólitos basados en anécdotas reconocibles para el espectador sin recurrir a manuales iconográficos. Su primer tiro apuntó al caso Fuàldes. Un antiguo procurador napoleónico había sido secuestrado en una calle de Rodez, transportado en un trípode y degollado en una mesa. El vox populi añadió más detalles truculentos. Se depositó su sangre en una bañera y la dieron a beber a un cerdo. El cadáver fue lanzado al río Aveyron.

El episodio contenía todos los elementos para hacer saltar la banca, porque más allá de su sadismo reflejaba el enfrentamiento político entre dos visiones de Francia. Hizo varios bocetos y abandonó la cuestión.

Estudio de 'La balsa de la Medusa'
Estudio de 'La balsa de la Medusa'

La fortuna le sonrío al llegarle ecos de la Medusa. El drama era idóneo tanto en lo filosófico como en lo pictórico. Visitó morgues para dibujar fragmentos corporales y precisar el cromatismo de la piel exánime, contactó con los supervivientes, les dedicó largas sesiones de posado y compró una inmensa tela que le obligó a cambiar de taller para culminar su tarea, bien ardua y con muchos ensayos de por medio para comprender los límites de lo visible. Quizá Delacroix, íntimo suyo y presente en el cuadro, le ayudó en ese debate sobre las fronteras de lo aceptable. Lo demás llegó con la información disponible, factor bien útil para situar al único negro de la tropa en esa cúspide sin punto de fuga, recurso comprensible si se atiende a la situación mostrada en la tela, con la zozobra como metáfora de la misma inestabilidad entre los mandamases.

La balsa de la Medusa, con sus tonos sombríos y una nada disimulada teatralidad, resucitó para siempre la catástrofe, hasta el punto de ser clave para ver nacer en el diccionario una locución familiar para describir situaciones en el abismo. Cristalizó emociones y enhebró un arquetipo. Desde entonces el vocabulario francés la adoptó, pero más allá del léxico debemos calibrar la explosión suscitada durante su irrupción, una denuncia en toda regla de la ineptitud de la corona en el cambio de tercio cuando aún nadie hablaba como el Gatopardo. Quizá Napoleón, envenenado sin saberlo a ciencia cierta en Santa Elena, sonreiría para sus adentros. Su espectro planearía invisible hasta el retorno de sus cenizas.

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