cien años de su muerte

Apollinaire: al poeta que sabía demasiado lo mató la gripe española

Un mes antes de su muerte la definió como la enfermedad de moda. Poco podía sospechar Guillaume Apollinaire que la fulminante gripe española le arrancaría la

Foto: Guillaume Apollinaire
Guillaume Apollinaire

Un mes antes de su muerte la definió como la enfermedad de moda. Poco podía sospechar Guillaume Apollinaire que la fulminante gripe española le arrancaría la vida el 9 de noviembre de 1918, a las seis de la tarde. Las versiones difieren en función del protagonismo del narrador. Jean Cocteau y Blaise Cendrars estuvieron junto al finado hasta el último suspiro, mientras en la calle los transeúntes proferían muertes a otro Guillermo, el recién abdicado emperador de Alemania.

Tras saber la noticia Pablo Picasso se autorretrató como nunca antes lo había hecho, con una expresión de estupor bien consciente. Con el fallecimiento de Apollinaire terminaba su juventud gloriosa e iniciaba su etapa hacia los altares del arte del siglo XX. El adiós del poeta no tendría consecuencias para el mañana porque una legión de bardos parecía ansiosa por recoger el testigo y recorrer el camino no tanto desde el verso, sino desde la promoción personal para acaparar los focos. Breton, Soupault, Cocteau, Tzara y muchos otros estaban al acecho en la senda de convertir la palabra en imagen, de lucir la vanguardia en el sacrificio de la palabra. El entierro del gigante inauguraría los fastos de la promoción de uno mismo, de la que fue pionero con su estela iconoclasta.

Días antes del óbito Cendrars había acudido al ático del número 202 del Bulevar Saint-Germain recomendándole ingerir aceite de Harlem, un remedio medieval prohibido por el códex vaticano e infalible según sus percepciones. No lo tomó. De todos modos, su suerte estaba echada, como si antes de la fatídica fecha hubiera iniciado la pasarela de despedida, como si el tiempo venidero hubiese pensado de antemano en su exclusión porque los adalides previos a la guerra no contarían más una vez callaran las balas mensajeras del futuro.

El monstruo prematuro

Wilhem Albert Wlodzimierz Apolinary Kostrowitzcky luchó toda su existencia contra la encrucijada de su nacimiento en el verano romano de 1880. Basta leer la combinación de nombres y apellidos, mezclarla con su alba en la capital del mundo y sacar conclusiones de inadaptación espoleadas por su traslado a Francia a los seis años de edad. Para añadir más misterio a sus orígenes su padre lo abandonó y él mismo se encargó de jugar con las identidades del progenitor, que según el momento bien podía ser un cardenal o un soldado italiano.

Marie Laurencin - 'Apollinaire et ses amis', 1909
Marie Laurencin - 'Apollinaire et ses amis', 1909

Sólo sabemos con certeza que su madre era polaca. Más tarde el enfant terrible inventó su hipotética descendencia napoleónica. Como ven los ingredientes de la leyenda estaban servidos en la mesa de su fantasía a la búsqueda de configurar una personalidad única para escapar del misterioso pasado. Es posible que, en realidad, quisiera ocultar los claroscuros para crear una luz propia válida para la energía contenida en su cuerpo, enorme y disparatado como su mente, repleta de humor y vitalista incluso en las peores circunstancias.

Antes del éxito transitó por oficios de todo tipo y condición. Como Jules Laforgue fue preceptor de nobles en Alemania y trabajó en el campo económico mientras hacía sus primeros pinitos poéticos. En 1904 conoció a Max Jacob y Pablo Picasso. Su amistad con el español sería decisiva, hasta el punto que ambos deben entenderse como una unidad fundacional de la Modernidad del siglo XX. Desde esta perspectiva parece claro que Apollinaire jugó el papel de ideólogo y Picasso el de ejecutor de la misma mediante el Cubismo como lanzadera de todos los demás ismos con permiso de los 'fauves', quienes en 1905 dieron el pistoletazo de salida con la polémica del Salón de Otoño.

Nuestro protagonista jugó a caballo ganador desde una confianza ciega en su amigo, a quien idolatró a sabiendas que, mediante su papel de transmisor estético, como otrora intentara Baudelaire con Courbet y Manet, ganaría réditos para su apostolado poético contrario a los epígonos del Simbolismo, por entonces en boga como una mala resaca del Ochocientos.

Apollinaire fue un artista sin vejez y eso incrementó a posteriori el impacto de su actividad. En su caso el muere joven y deja un bonito cadáver se intercaló con una voluntad transgresora de quien entiende los límites de la moralidad vigente para voltearla como si se tratara de un pelele goyesco. En 1907 publicó con cubierta muda su novela erótica 'Las once mil vergas', a la que siguió en 1911 'Las hazañas de un joven Don Juan', editada no hace mucho en nuestro país por Barataria. Ese mismo año su vínculo con Picasso sufrió un leve resquebrajo ante el escándalo del robo de la Mona Lisa, otro episodio fundacional del Novecientos, entre otras cosas por la afluencia de visitantes al Louvre para ver el espacio dejado vacío por el lienzo desaparecido.

Apollinaire - 'Onze mille verges'
Apollinaire - 'Onze mille verges'

Más allá de esta anécdota la implicación del malagueño y el aún súbdito del Zar se debió a viejos tejemanejes, pues con anterioridad sí habían estado implicados en la sustracción de estatuillas ibéricas que ayudaron a la formulación del Cubismo. En un museo sin alarmas era fácil ocultar piezas en la gabardina y salir impune sin pitidos ni estridencias sonoras.

El episodio conllevó una semana de cárcel para Apollinaire y el bochorno picassiano de afirmar no conocer a su casi alma gemela, lo que no impidió una fácil reconciliación en su tarea de trastornar el orden establecido, algo que sólo consumarían por completo tras la Gran Guerra.

El nacionalismo del converso

Para entender su impacto basta con apreciar la serie de homenajes que le dedicaron sus coetáneos durante los dos primeros decenios de la pasada centuria. Chagall, De Chirico, De Zayas, Picasso, Cocteau, Marie Laurencin, el Douanier Rousseau y muchos otros le homenajearon con lienzos y dibujos. Era un mito viviente para un reducido círculo de happy few. Quizá en su imaginario estaba en otra dimensión. El ego del poeta, más ufano que nunca tras la salida al mercado de Alcools en 1913, era imparable, pero adolecía de carencias derivadas de su nula pertenencia geográfica. Para remediarlo el conflicto de 1914 fue el bálsamo ideal. Se enroló al ejército galo con la esperanza de conseguir la nacionalidad, siéndole concedida en 1916. Con ella se sintió menos huérfano y, como agradecimiento, desarrolló un nacionalismo cercano al credo de la Action Française de Charles Maurras, al que añadió una especie de obsesión con el catolicismo, en claro contraste con su antigua iconoclastia.

Era un mito viviente para un reducido círculo de happy few. Quizá en su imaginario estaba en otra dimensión

El 17 de marzo de 1916, justo una semana después de recibir la ciudadanía francesa, fue herido en la sien. Dos meses después fue trepanado y no tuvo más remedio que aguantar una larga convalecencia, bien aprovechada entre la publicación de sus cuentos en el volumen 'El poeta asesinado' y la puesta a punto de su compilación de caligramas, vocablo ideado por él mismo a partir de la contracción de caligrafía e ideograma. La intelectualidad progresista europea conocía esta supuesta innovación porque Apollinaire la presentó en revistas a lo largo del decenio sin decir, quizá ni siquiera lo sabía, que no era precursora de nada, pues en 1834 la revista Le Charivari había encabezado una de sus portadas con uno que parodiaba al Rey Louis-Philippe con forma de pera.

Esta apropiación tiene algo de justicia poética si se atiende que en 1917 inventó para el libreto de Parade el término surrealismo, más tarde adoptado sin ningún rubor por André Breton para denominar al último gran ismo de los tiempos gloriosos. Para concretar el neologismo Apollinaire gestó la obra teatral 'Les mamelles de Tirésias', que según su biógrafo Laurence Campa esconde un alegato a favor de políticas pronatalistas entre arengas antibelicistas y feministas.

Como pueden comprobar Apollinaire nunca dejará de brotar polémicas. En el otoño de su trayectoria parecía un ente antediluviano por haberse anticipado demasiado a lo venidero. Quizá tras la guerra hubiera sido un viejo juvenil, una rémora a considerar pese a no haber llegado a los cuarenta. La muerte le alcanzó en el instante justo. Dos días después todo un universo se desmoronaba para plantear nuevos horizontes de los que fue artífice entre el cálculo y el entusiasmo. Todos le reconocieron el coraje y sólo los más allegados continuaron la misión de reivindicarlo con una tumba en el Père-Lachaise cercana a la de Proust y una estatua de Picasso que figura en la iglesia de Saint-Germain-des-Prés desde 1958. Tras los fastos fúnebres reinó el silencio y la escabechina entre los diadocos de la Vanguardia para ocupar su puesto, vacante para siempre entre el exceso de demanda y la manifiesta incapacidad de los contendientes.

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