Ofensiva del Tet: 'Los archivos del Pentágono' no fueron la peor filtración de Vietnam

La ofensiva que cambió la guerra y la historia del periodismo en EE.UU

Foto: Ofensiva del Tet
Ofensiva del Tet

Los actores principales de la primera gran debacle de la imagen pública del gobierno de EEUU sobre las mentiras de la guerra de Vietnam no fueron ni Katherine Graham, dueña del Washington Post, ni su director, Ben Bradlee, ni la redacción del periódico, tal y como narra la última obra de Steven Spielberg en los 'Los Archivos del Pentágono'. Entre ellos tampoco está ni siquiera Daniel Ellsberg, el hombre que sustrajo y fotocopió miles de documentos secretos -los denominados Papeles del Pentágono-, aunque éste sí participara de alguna forma en lo que ocurrió en marzo de 1968, tres años antes de los acontecimientos que narra la película.

Ellsberg se inspiró precisamente en la fuente anónima que filtró a los periodistas del New York Times, Neil Sheehan y Smith Hedrick, la revelación más grave e influyente de toda la historia de la Guerra de Vietnam: “Cuando contemplé el efecto de esta filtración fue como si se hubiera abierto el cielo. Entonces entendí lo más crucial, la habilidad del presidente para proseguir con la escalada militar, toda su estrategia durante la guerra dependía del secretismo y las mentiras” (Daniel Ellsberg, 'Secrets: A Memoir of Vietnam and the Pentagon Papers’, Penguin Books', 2003). Se refería a las deliberaciones y recomendaciones de la Junta del Estado Mayor para el presidente Lyndon B. Johnson como respuesta al ataque por sorpresa del Vietcong del 30 de enero de 1968: el inicio de la Ofensiva del Tet, de la que se cumple ahora medio siglo.

El plan militar acabó impreso en el periódico y como consecuencia, Ellsberg se convencería de que esa era la única forma de acabar con la guerra. A partir de ese momento comenzó a facilitar mensualmente secretos a los periodistas del Times, tres años antes de los Papeles del Pentágono, tal y como él mismo explica en sus memorias. La Torre de Babel que habían construido durante casi 15 años cuatro administraciones de EEUU con Dwight Eisenhower, John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson al frente, comenzó a derrumbarse durante la madrugada de la celebración del cambio de año lunar vietnamita.

Música y petardos en la embajada

Los funcionarios de la embajada de EEUU en Saigón no se privaron de celebrar la vistosa festividad del 'Tet' que marca el año nuevo en Vietnam. George Jacobson, uno de los altos cargos diplomáticos ofreció una imponente fiesta de gala en el jardín de su chalet, en la que se encontraban la plana mayor de los funcionarios de EEUU incluido el embajador, Ellsworth Bunker y lo más granado de la sociedad survietnamita, con destacados representantes del gobierno al frente (Nick Turse, 'Dispara todo lo que se mueve', Sexto Piso, 2014).

A las 3:00 de la madrugada una sucesiva descarga de morteros y armas de fuego sacaron de la cama al anfitrión Jacobson

No había motivo para esconderse en sus casas, porque apenas dos meses antes, el general William Westmoreland, jefe supremo de las fuerzas de EEUU en Vietnam había anunciado durante una charla en el National Press Club que “estaban entrando en la “Fase final del esfuerzo bélico”. El Washington Post tituló al día siguiente con sus optimistas palabras: “El final de la guerra a la vista” (Daniel Ellsberg, 'Secrets'). Durante la agradable velada en la lujosa villa de Jacobson, los acordes de la banda de música se fundieron con los ruidos de unos petardos que formaban parte del festejo, destinados, como era tradicional, a espantar los malos espíritus del año nuevo.

Poco después de la simpática ráfaga se avecinaría el verdadero fin de fiesta. A las 3:00 de la madrugada una sucesiva descarga de morteros y armas de fuego sacaron de la cama al anfitrión Jacobson. Su residencia estaba dentro del recinto amurallado de dos hectáreas que protegían el imponente complejo diplomático estadounidense. Se había terminado tan sólo dos meses antes, después de que el secretario de Defensa, Robert McNamara advirtiera en 1965 al presidente Johnson de la necesidad de construir casi una fortaleza (Conversación telefónica entre McNamara y Johnson. Biblioteca LBJ. National Archives).

“¡Están entrando! ¡Ayudadme!"

Aún así, fue asaltada. Según informó el propio Westmoreland al presidente al día siguiente “una unidad formada por 20 soldados del vietcong equipada con armas automáticas, lanzacohetes, minas y granadas atacó el complejo de la embajada abriendo un boquete en una de las murallas exteriores por donde se introdujeron al jardín”, (Biblioteca LBJ).

Uno de los policías militares acertó a alertar a gritos por la radio: “¡Están entrando! ¡Ayudadme!” poco antes de ser abatido por el enemigo. Jacobson se encontró atrapado en el segundo piso del mismo chalet en donde habían bailado hace unas horas, cuando un guerrillero herido del vietcong se refugió en la planta baja. Lo único que pudieron hacer los marines por el diplomático, atrincherado en pijama y batín en su propia casa, fue lanzarle una pistola y una máscara de gas por la ventana para que se enfrentara él mismo al soldado del vietcong, al que logró eliminar (Nick Turse, ‘Mata a todo lo que se mueve’).

Escena tras el asalto al complejo diplomático estadounidense en Vietnam en 1968
Escena tras el asalto al complejo diplomático estadounidense en Vietnam en 1968

Al mismo tiempo, los marines acudieron a escoltar al embajador Ellsworth Bunker y se lo llevaron a toda prisa a las oficinas de la cancillería para quemar todos los documentos clasificados que pudieran mientras la Policía Militar seguía enzarzada en un tiroteo en el jardín del recinto con los asaltantes. Aunque Bunker quitaría hierro con posterioridad al ataque de la embajada (Ellsworth Bunker, 1980, Biblioteca LBJ) lo más grave es que esa noche, aproximadamente 600.000 guerrilleros del vietcong, un contingente superior al de todas las fuerzas militares de EEUU desplegadas, -unas 510.000 en esa fecha- habían penetrado sin ninguna dificultad en la misma capital de Vietnam del Sur. Ninguna ráfaga de petardos de año nuevo les iba a ahuyentar.

Los balbuceos de McNamara

Además de Saigón, esa noche el fuego enemigo batió prácticamente todas las ciudades del país. Entre ellas la importante ciudad de Hue, antigua capital imperial, donde se libraría más adelante la mayor batalla de la ofensiva, además de Da Nang, Vinh Long, Quang… y la estratégica base de Khe Sanh, en la frontera con Vietnam del Norte. El enclave había sufrido un pequeño ataque de diversión un día antes y acabaría asediada durante meses. Despertaría los fantasmas de Dien Bien Phu de 1954, cuando las unidades de élite francesas fueron aniquiladas durante la Guerra de Indochina, el colofón de su derrumbe colonial.

El secretario de Defensa McNamara reconoció que la ofensiva del vietcong era “una derrota psicológica y propagandística”

En Washington, 48 horas después del asalto, el secretario de Defensa, Robert McNamara trataba de explicarse por teléfono con el presidente. Quince minutos históricos que transcribe y reproduce El Confidencial de los archivos del presidente Lyndon B. Johnson, en los que queda claro que no sólo había sido una sorpresa total: “muestra que el enemigo es más fuerte de lo que pensábamos”, explicaba McNamara, sino que además era “una derrota psicológica y propagandística”. El secretario de Defensa reconocía que “por toda la nación, el pueblo americano se levantará está mañana con la sensación de que son mucho más fuertes de lo que se había previsto inicialmente” (Audio de la conversación Telefónica #12617. LBJ y McNamara, 1/31/1968, Biblioteca LBJ). Por supuesto, ninguna de estas conversaciones, estrictamente confidenciales, llegaban al público, ni a la prensa.

Dos días después de hablar por teléfono con McNamara, Johnson invitó a varios reporteros a la sala del Gabinete en donde les explicó que en realidad “esperaban el ataque y se habían preparado con anterioridad” -desmintiendo a McNamara-, que el enemigo “había fracasado completamente” y que no había habido “victoria psicológica”, tal y como apreciaría el pueblo americano “cuando conocieran los hechos” (Neil Sheehan, Hedrick, Kenworthy, Fox y Greenfield, ‘The Pentagon Papers: The Secret History of the Vietnam War’, Race Horse Publiching, 2017) . Una mala copia en negativo de lo que en privado le había trasmitido por teléfono su propio secretario de Defensa. Lo más grave es que en esa misma reunión aseguró que no estaba previsto ningún aumento de tropas de las 510.000 que servían entonces en Vietnam, que es precisamente lo que se plantearía inmediatamente después.

Las implicaciones de la Ofensiva del Tet eran demasiado incluso para Johnson, el hombre que era capaz de “hablar con los dos lados de la boca”, como se le conocía en Washington. Según transcurrieron las primeras semanas, la insoslayable realidad de los duros combates en las calles de las ciudades, a plena luz del día y no en los recónditos poblados o en la jungla, brindó a la prensa una cobertura en directo que despertó definitivamente a la opinión pública.

Se pasó a imágenes vívidas: fotos del horror, reportajes en televisión que mostraban los escombros de la ciudad imperial de Hue por donde deambulaban las tropas estadounidenses bajo el fuego enemigo. El reportero Walter Cronkite, la cara y la voz que se colaba por la televisión en los hogares de todo EEUU se posicionó en contra. Para rematar, la bomba periodística sobre Vietnam estalló un mes después, cuando el New York Times publicó lo que el gobierno preparaba como respuesta para hacer frente al nuevo escenario bélico tras la ofensiva.

La filtración que cambió la historia

En marzo, Ellsberg tuvo acceso a uno de los varios memorándum que había preparado la Junta de Jefes del Estado Mayor para el presidente y que consistían en las diferentes alternativas que proponían para encauzar de nuevo la guerra: “Mis miedos se confirmaron el 27 de febrero cuando leí el informe clasificado como alto secreto que había enviado el general Wheeler al presidente trasladando la petición de Westmoreland de 206.000 hombres más”. El documento al que se refería Ellsberg, provenía del estudio que había comenzado el 12 de febrero la Junta de Estado Mayor a petición de McNamara, y que había presentado tres planes:

1) Aumentar en 196.000 hombres a las tropas ya asignadas en Vietnam, 525.000, según el programa vigente, además de los seis batallones de emergencia,10.500 unidades, ya desplegadas, (un total de 206.500). Reducir las restricciones sobre las operaciones en Camboya y Laos

2) Mantener el actual programa autorizado de 525.000, sin variar la fuerza ya asignada de los seis batallones de emergencia de 10.500 hombres.

3) Aumentar en 50.00 hombres las tropas ya autorizadas de 525.000.

(National Archives: [Part IV. C. 6. c.] Evolution of the War. U.S. Ground Strategy and Force Deployments: 1965 - 1967. Volume III: Program 6)

Todos estos informes seguían siendo absolutamente secretos. A pesar de que muchos de los redactores de los informes tenían ya una postura decididamente contraria a continuar con la escalada militar en el sureste asiático, no parecía que nada pudiera parar la espiral. Lo mismo ocurría con muchos militares: uno de los oficiales expresó que con la campaña aérea, “básicamente estaban luchando contra la tasa de natalidad de Vietnam del Norte” (National Archives. Evolution of the War. Volume III). Ni siquiera Ellsberg se había decidido todavía a desvelar material clasificado. El primer plan era una petición directa de Westmoreland, que secundaba el general Joseph Wheeler, Jefe de la Junta del Estado Mayor. Significaba aumentar en unos 206.000 soldados el contingente de Vietnam.

Cuando se seguían discutiendo los pormenores de las alternativas, que incluían la petición de Westmoreland de que los primeros 100.000 hombres fueran enviados antes del 1 de mayo, saltó la primicia que cogió por primera vez en fuera de juego a todo el gobierno. La mañana del 10 de marzo de 1968, el New York Times publicó un historia de Sheehan y Hedrick sobre el incremento de tropas, que en la práctica significaba la movilización casi total de la reserva: "WESTMORELAND PIDE 206.000 HOMBRES MÁS, Y DESATA UNA POLÉMICA EN EL GOBIERNO. ACTUALMENTE HAY 510.00".

Portada del New York Times del 10 de marzo de 1968
Portada del New York Times del 10 de marzo de 1968

La información era tan precisa y fidedigna, no sólo por que clavaba el número exacto de tropas -que salía de la suma del Plan I-, que fue imposible de desmentir. En su crónica Sheehan y Hedrick, ahondaban más allá de la cifra. Recogían detalles como que a la propuesta inicial de Westmoreland le había seguido un viaje del general Wheeler a Saigón de tres días para evaluar la propuesta -New York Times, 10 de marzo de 1968-, como corroborarían los Papeles del Pentágono años después. Wheeler había vuelto el 28, convencido de las peticiones de éste último, y el presidente era proclive a acceder a sus recomendaciones. La pieza metía además el dedo en la llaga al señalar las disensiones dentro del gobierno con el polémico plan.

Cuando estalló el escándalo, Clark Clifford el nuevo secretario de Defensa que había sustituido a McNamara y que se oponía al plan, ordenó investigar la filtración y la Casa Blanca se apresuró a achicar agua con la explicación de que sólo era una “petición preliminar y no una recomendación formal”. En realidad, se trataba nada menos que de un elaborado documento de la Junta del Estado Mayor que se estaba discutiendo en ese momento.

El presidente Johnson se vio tna presionado que, por primera vez en toda la guerra, decidió detener la escalada bélica

Lyndon B. Johnson se ajustó como pudo a las circunstancias, dado que era imposible negar la existencia del plan. Según Hedrick, los cada vez más numerosos desencuentros dentro del propio gobierno, la preocupación del Congreso, las críticas generalizadas en la prensa y la opinión pública desfavorable, le presionaron de tal forma, que por primera vez en toda la guerra decidió detener la escalada bélica.

No había forma ya de convencer prácticamente a nadie de que un aumento de tropas fuera a cambiar nada. Lo mismo ocurría con la evaluación de la Ofensiva del Tet. En su fase inicial había resultado ciertamente un fracaso para el Vietcong, puesto que no consiguieron su principal objetivo, que era provocar un levantamiento general en Vietmam del Sur. Sin embargo, ya nadie lo veía así. Era imposible creerse a Westmoreland dos veces: el que vaticinaba en noviembre de 1968 que se estaba llegando al final de la guerra, y el que en febrero del año siguiente explicaba que, en realidad, el Tet les beneficiaba. A la fuerza una de las dos tenía que ser falsa, sino ambas. Lo más preocupante es que pasara lo que pasara, la receta era siempre la misma: más soldados.

Garganta Profunda

El artículo de portada del New York Times se llevó por delante al general William Westmoreland, que fue ascendido a Jefe del Estado Mayor: “una forma de quitarle del medio del teatro de operaciones”, según el periodista del Times, Hedrick Smith -Pentagon Papers-. Johnson anunciaría poco después, en abril, que renunciaba a la reelección. Robert McNamara se libró porque que ya había salido del gobierno, tal y como se había previsto con anterioridad.

Algunos autores han insinuado que Daniel Ellsberg pudo ser la fuente anónima, pero éste reitera en sus memorias que fue más bien su inspiración: “fuera quien fuera éste héroe, patriota o simplemente un indiscreto, me había abierto los ojos (…) Hasta ese momento pesaba que desvelar secretos era traición. Estaba equivocado. Filtrarlos podía ser un acto patriótico (…) A mediados de marzo fui por primera vez a la redacción de un periódico con informes y telegramas clasificados para dárselos a un periodista. Escogí a Neil Sheehan”. Se convirtió en una rutina. El reportero del Times matiza que fue también su persuasión durante los siguientes años los que acabarían por convencer al analista de dar un paso más rotundo (Sheehan, ‘Pentagon Papers’). Los documentos no cayeron solos por la inspiración. En 1971, Ellsberg dio el paso definitivo cuando decidió llevarse de la RAND Corporation varias cajas con los documentos para fotocopiarlos: los papeles que llegarían primero al NYT y después al Post, el resto es historia.

El escándalo de los Papeles del Pentágono le cayó a Richard Nixon: fue la primera batalla que libró y perdió con la prensa

Es tentador pensar que la ‘Garganta Profunda’ que abrió la caja de Pandora fuera el propio McNamara, pero poco probable. La decisión de crear el panel de expertos que recabara información de la guerra en el momento en que se producía fue suya, pero su objetivo era precisamente que quedara como legado para posteriores investigaciones. Paradójicamente, sirvió para todo lo contrario: tanto los periodistas del NYT como los del Post trabajaron a contrarreloj con porciones de documentos clasificados para recomponer un puzzle peliagudo en un salto a menudo sin red. Un buen ejemplo del valor del periodismo de investigación como primer borrador de la historia.

El escándalo de los Papeles del Pentágono le cayó a Richard Nixon, que había llegado a la presidencia en su segundo intento en 1969. Fue la primera batalla que libró y perdió con la prensa. La segunda, el escándalo Watergate destapado por el Post le costaría el cargo. De forma oportunista, uno de los puntales de su campaña había sido la promesa de la retirada de tropas, espoleado por la demanda popular que ya no sólo se ceñía a las protestas en las universidades. Pero cuando se sentó en la Casa Blanca sus promesas se difuminaron. Las conversaciones de Paz con Vietnam del Norte estaban en marcha desde 1968 con continuas interrupciones sin que se avanzara de forma significativa.

La guerra privada de Nixon

Su respuesta fue aumentar los bombardeos, y más concretamente extenderlos a Camboya. Al igual que su predecesor, sus asesores le convencieron de que era la única forma de acabar con la pesadilla para mantener el “prestigio” y la “credibilidad” del gobierno de EEUU. Mintió y le pillaron. Con el nuevo plan de “vietnamización” del conflicto, tal y como denominó a la retirada de tropas, a excepción de la fuerza aérea, se puede concluir que Nixon fue el presidente que inició el fin de EEUU de Vietnam, Kennedy el que lo comenzó y Johnson, el responsable de la principal pesadilla, con la inestimable ayuda de McNamara y Westmoreland. Pero con su intervención en Camboya, Nixon despertó de las profundidades del campo a los Jemeres Rojos de Pol Pot. Su posterior apoyo a los insurgentes camboyanos, enemigos de sus vecinos de Vietnam del Norte, facilitó uno de los mayores genocidios de la Historia.

EE.UU no solo perdió la “credibilidad” y el “prestigio”. Hasta el final de la guerra en 1975, murieron más de 58.000 soldados de EE.UU y 75.000 quedaron gravemente discapacitados. Sus aliados vietnamitas perdieron a más de 254.000 y sus enemigos del norte aproximadamente a un millón, a los que habría que sumar 300.000 que aún siguen desaparecidos. Otros 65.000 fallecieron a causa de las incursiones aéreas de EEUU según las cifras de Nick Turse. Es casi imposible de precisar el número de desarmados campesinos de Vietnam del Sur que los mismos soldados estadounidenses masacraron sin motivo. La célebre matanza de My Lai, acaecida en marzo de 1968, no fue una excepción aislada, sino una constante, consecuencia del “Search and Destroy”, el “Body Count” o el “Kill Ratio”, los mantras de la estrategia militar en Vietnam. “Buscar y Destruir”, “Tanteo de Cadáveres” y “Ratio de Muertos”. En definitiva, toda la estrategia militar se resumía en una única y cruda consigna: matar a todo lo que se moviera.

Cultura

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios