'Los archivos del Pentágono', el canto a la prensa de Spielberg no malgasta un plano

La nueva película del aclamado director funciona como advertencia de lo que la sociedad se arriesga a perder si dejan de existir los reporteros y los informadores

Foto: Tom Hanks y Meryl Streep protagonizan la última película de Spielberg. (E One)
Tom Hanks y Meryl Streep protagonizan la última película de Spielberg. (E One)

“Tenemos que controlar su poder. Si nosotros no los hacemos responsables, ¿quién lo hará?”, declara el director del 'Washington Post' Ben Bradlee en 'Los archivos del Pentágono'. Y lo hace en nombre no solo de su periódico o de la prensa en general sino, en realidad, del honor y la integridad mismos y, por supuesto, en el del pueblo americano. Es lógico, pues, que el encargado de darle vida sea un actor como Tom Hanks, la representación misma de todo lo virtuoso.

Quienes éramos niños hace más de 20 años, por entonces solíamos ver los periódicos como una cosa que nuestros padres usaban para tener información seria y veraz sobre lo que pasaba en el mundo. Dábamos por hecho, por tanto, que eran algo necesario. Su desaparición era inconcebible. Hoy, sin embargo, lo inconcebible está pasando —se conoce que la culpa es de internet—, y la nueva película de Steven Spielberg funciona como advertencia de lo que la sociedad se arriesga a perder si dejan de existir los reporteros y los informadores, y las cabeceras que publican su trabajo. Especialmente, claro, en la época de las 'fake news'.

En ese sentido, 'Los archivos del Pentágono' es tan descarada en su intento de meditar sobre el presente político aunque transcurra en los setenta que a ratos parece haber sido producida por un gabinete de prensa. Habla de periodistas que se ven amenazados por una Casa Blanca que los ve como el enemigo; también de una mujer acostumbrada a ser menospreciada en su lugar de trabajo, la que fuera propietaria del 'Washington Post' Katharine Graham (Meryl Streep), que descubre ser tan fuerte como cualquiera de los hombres que la rodean, si no más.

Para ello, la película recuerda una de las mayores victorias en la historia de la prensa independiente: la publicación en 1971 de un documento de 7.000 páginas que detallaba la historia secreta de la actuación de Estados Unidos en Indochina y Vietnam desde la Segunda Guerra Mundial, y revelaba tres décadas de mentiras gubernamentales.

El estruendo de una redacción

El 'New York Times' sacó a la luz los primeros extractos del dosier a lo largo de tres días de mediados de junio, hasta que el Departamento de Justicia expidió un mandato judicial que impedía al rotativo seguir haciéndolo. Inmediatamente, Graham y Bradlee se vieron obligados a decidir si el 'Post' debía recoger el testigo y seguir publicando material, y arriesgarse así a afrontar sanciones legales, problemas financieros y quizás hasta la cárcel.

Mientras relata ese proceso —y al mismo tiempo señala el cambio que sucedió en la prensa estadounidense en los setenta, en virtud del que los editores de diarios tuvieron que redefinir su relación de afinidad con aquellos en el poder—, Spielberg se sumerge con entusiasmo en los detalles de la vida en una redacción a principios de esa década: las volutas de humo de tabaco suspendidas en el aire, los teletipos, el estruendo de las imprentas funcionando. Y mientras lo hace, convierte 'Los archivos del Pentágono' en una de las películas más dinámicas que jamás ha rodado, con o sin dinosaurios.

'Los archivos del Pentágono' en una de las películas más dinámicas que jamás ha rodado Spielberg, con o sin dinosaurios

La cámara se desplaza incansable a través de salas de redacción y residencias pijas convertidas en oficinas caóticas y reuniones informales que inesperadamente se vuelven cruciales, fijándose en teléfonos que suenan furiosos y reporteros que aporrean las teclas de la máquina de escribir. Spielberg no malgasta un solo plano. Puede que el contenido de su historia evoque el cine de Frank Capra, pero formalmente recuerda los 'thrillers' conspiranoicos de los setenta —después de todo, no es descabellado verla como una precuela de 'Todos los hombres del presidente (1976)'—.

El problema es que el dilema que ocupa el centro del relato —publicar los papeles o no— en realidad no es dilema alguno. Y para compensar la falta de verdadera tensión, Spielberg llena el metraje del tipo de diálogos pomposos que la gente solo mantiene en las películas, parrafadas sobre la importancia de la Primera Enmienda y el valor de la verdad enunciadas por Bradlee y, sobre todo, por Graham. 'Los archivos del Pentágono' muestra un empeño casi sonrojante en santificar a la que a su juicio es una mujer que cambió el curso de la historia. No solo se contorsiona para ponerla a ella en el centro de gran parte de la acción, a pesar de que son los periodistas a su cargo quienes hacen el verdadero trabajo; también la retrata como una especie de cruzado antisistema, olvidando toda la presión editorial que su rotativo había ejercido durante los sesenta para defender la presencia de Estados Unidos en el sudeste asiático.

Asimismo, es una película que habla y habla sobre los derechos del público, pero en la que el público es apenas representado por un puñado de 'hippies', cuyo verdadero interés por explorar concretamente los crímenes, las falsedades y las manipulaciones geopolíticas recogidos en la documentación filtrada se reduce a fugaces ráfagas de diálogo carentes de contexto.

'Los archivos del Pentágono'.
'Los archivos del Pentágono'.

Eso, ojo, no significa que 'Los archivos del Pentágono' sea una mala película. No lo es, pero sí es una obra excesivamente autocomplaciente, y descaradamente diseñada para ganar premios, y embutida de escenas pensadas para provocar sonoros aplausos, y profundamente convencida de estar diciendo algo muy importante. Y es cierto que lo que dice es muy importante, pero es posible que Spielberg haya sobreestimado el poder de sus palabras. Quienes sean sensibles a su discurso ya vendrán convencidos de casa, y quienes no lo sean seguirán haciendo oídos sordos. Una prensa libre y fuerte es necesaria para mantener a raya a los poderosos, sí, pero ¿es suficiente? Que Donald Trump siga donde está después de toda la porquería que los medios han desvelado sobre él deja claro que no.

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