La máquina del tiempo | Del 'secreto' para derrotar a Napoléon a los '300' españoles
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HISTORIA

La máquina del tiempo | Del 'secreto' para derrotar a Napoléon a los '300' españoles

España y Francia, Francia y España... Dos imperios en continua disputa y dos historias que contar: el día que Napoléon cayó derrotado y el pueblo que se sublevó contra los galos

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Foto: Irene de Pablo.

Bien es conocido el dicho de 'la historia la escriben los vencedores' o, expresado de otra manera, las versiones que transcienden el tiempo y las fronteras son aquellas que cuentan siempre los que tienen el poder necesario para hacerlo. Pero, en realidad, la historia tiene muchos pliegues, diferentes enfoques y diversas interpretaciones que son necesarios conocer para poder hacernos una imagen lo más fidedigna posible de la fotografía que queremos narrar. Desde El Confidencial, les ofrecemos 'La máquina del tiempo' con la intención de explicar, analizar y narrar pequeños episodios no muy conocidos de la manera más fiel posible a la realidad. Y dos de ellos son los que hoy recordamos: el día que Napoleón cayó derrotado y el pueblo español que se sublevó contra la poderosa Francia.

El valor de Nelson

Hacia las dos de la tarde del 1 de agosto de 1798, la flota británica finalmente avistó los barcos franceses, tras más de dos meses de persecución infructuosa por las aguas del Mediterráneo. La escuadra que dirigía el joven contraalmirante Horatio Nelson, compuesta de 14 buques, aún se encontraba a unos 15 kilómetros de la bahía de Abukir —una de las desembocaduras del río Nilo—, donde estaban anclados los 13 buques y cuatro fragatas al mando del vicealmirante François-Paul Brueys d'Aigalliers. Si decidía emprender la ofensiva sin más dilación, parecía inevitable que la batalla se dirimiera bajo la luz de la luna, un escenario aparentemente poco sugestivo para una fuerza que se adentraba en aguas desconocidas.

"La mayoría de los almirantes, en tales circunstancias, habrían esperado hasta el amanecer", explica John Julius Norwich en su obra ' Sicilia' (Ático de los Libros, 2019). "No obstante, al ver que los franceses no estaban preparados y que soplaba un viento favorable del noroeste, Nelson decidió atacar de inmediato", prosigue.

Con una posición estratégica desfavorable, 'a priori', unas fuerzas ligeramente inferiores (especialmente en términos de potencia de fuego) y ante la eventualidad de una batalla nocturna, la osadía de Nelson parecía excesiva —el mismo Napoleón Bonaparte la denostaría como una acción "desesperada"—, pero el marino inglés se mostraba especialmente confiado en sus posibilidades de éxito. ¿Contaba con algún secreto para estar tan seguro de su victoria?

Foto: Imagen: Irene de Pablo.

Una carta fechada apenas una semana antes parece indicar que sí. En ella, Nelson agradecía al embajador británico en el Reino de Nápoles y a su esposa, William y Emma Hamilton, su ayuda durante los días en que su flota estuvo anclada en el puerto siciliano de Siracusa: "Gracias a vuestro esfuerzo, nos hemos abastecido de comida y agua; y ciertamente habiendo tomado agua del manantial de Aretusa, debemos obtener la victoria. Navegaremos con la primera brisa y te aseguro que regresaré coronado de laurel o cubierto de ciprés".

El marino, ya manco tras una fallida incursión en aguas canarias, atribuía así propiedades especiales a una fuente que se encuentra entre las más citadas en la literatura clásica. Virgilio, Ovidio, Pausanias, Estrabón, Píndaro, Cicerón o Alexander Pope son algunas de las numerosas plumas que dedicaron su atención a aquel llamativo manantial de agua dulce, ubicado en el islote de Ortigia, y en torno al cual se estructuraba la leyenda clásica de Aretusa y Alfeo. El atractivo de aquella fuente que vertía al mar las copiosas aguas que le llegaban por vía subterránea la había dotado de una fama que trascendía fronteras, capaz de convencer al propio Nelson de su poder para obtener el triunfo en la difícil batalla hacia la que se dirigía.

Supersticiones al margen, no obstante, el triunfo de Nelson en la batalla de Abukir o batalla del Nilo puede explicarse exclusivamente a través de los aciertos y, sobre todo, desaciertos estratégicos de los contendientes. Cuando las fuerzas británicas avistaron las costas egipcias, hacía ya un mes que la expedición francesa —encabezada por el emergente general Napoleón Bonaparte— había desembarcado, iniciando la conquista de aquel territorio otomano, que ya podía darse casi por lograda el 24 de julio, cuando el propio Napoleón hizo entrada en El Cairo.

placeholder Batalla de Trafalgar, donde Nelson tuvo un papel principal. (CC/Wikimedia Commons)
Batalla de Trafalgar, donde Nelson tuvo un papel principal. (CC/Wikimedia Commons)

Para llevar a cabo sus planes militares en territorio egipcio, Napoleón había llevado consigo a los 600 mejores marineros de la expedición, encargados de dirigir la flotilla que acompañaría a las tropas francesas a través del Nilo. Así, la flota comandada por Brueys había quedado en manos de "soldados achacosos, la escoria del ejército", según descripción de Michèle Battesti, profesora de la Universidad París-Sorbona, en un artículo publicado en 'Desperta Ferro. Historia Moderna' (2019). Sin contacto con el contingente napoleónico, las tripulaciones galas se mostraban ya al inicio de agosto indisciplinadas, al borde de la hambruna y diezmadas por enfermedades como la disentería.

Pero, si sus hombres ofrecían pocas garantías, el plan de defensa pergeñado por Brueys acabaría resultando fatal, empezando por el emplazamiento elegido para esperar el combate. "Brueys nunca debería haber anclado en una zona tan insegura como Abukir, demasiado alejada de la costa para que le protegieran las baterías de cañones y dejando suficiente mar a sotavento como para que penetrase la 'Banda de Hermanos' entre la línea de batalla y la costa", asegura David G. Chandler en su obra ' Las campañas de Napoleón: un emperador en el campo de batalla, de Tolón a Waterloo (1796-1815)' (La Esfera de los Libros, 2005).

Con su movilidad reducida por la decisión de Brueys de combatir al ancla y de unir sus barcos mediante cables para evitar la ruptura de la línea, la flota francesa no pudo impedir que Nelson llevara adelante su plan de ataque por partes a la línea gala, empezando por la vanguardia, mientras varios de sus buques ejecutaban una maniobra de envolvimiento que sería decisiva. Poco a poco, la armada británica fue destrozando los barcos franceses. A la caída de la noche, su vanguardia estaba fuera de juego y los ingleses concentraron su fuego sobre el centro de la línea, provocando, entre otras, la muerte de Brueys. Hacia las 10 y media de la noche, el Orient, el buque insignia de la flota francesa, saltaba por los aires, en lo que suponía la viva imagen de su aplastante derrota.

"En la retaguardia francesa imperaba el caos absoluto; los buques cortaron amarras para evitar los restos en llamas y colisionaron entre sí o fueron alcanzados por sus propios disparos. El desastre se había consumado: uno a uno, diez navíos franceses arriaron la bandera", apunta Battesti. A su término, el balance de la batalla resultaba concluyente: los franceses habían sufrido 1.700 muertos, otros tantos heridos y hasta 3.000 prisioneros, junto a la pérdida de 11 navíos y dos fragatas, mientras que los británicos apenas habían encajado la muerte de 218 de sus hombres, a los que se sumaban 678 heridos, amén de la pérdida de dos navíos.

Los franceses sufrieron 1.700 muertos, otros tantos heridos y 3.000 prisioneros; los británicos apenas encajaron la muerte de 218 hombres

Aquella expedición que se había puesto en manos del afamado general Napoleón como parte de un plan para desafiar el control de Inglaterra de las rutas de Oriente había tornado en una durísima derrota naval que entregaba a la armada británica el dominio del Mediterráneo y que deterioraba severamente la imagen de la Francia revolucionaria, dando pie a que sus enemigos alumbraran en los siguientes meses la Segunda Coalición, que condenó a Europa a 16 años más de guerra.

Napoleón no había estado presente en aquella batalla, pero, como cabeza visible de la expedición, sus responsabilidades parecen fuera de todo lugar, como parecen acreditar sus esfuerzos por enjugar sus culpas, achacando a Brueys la decisión de mantener la flota en Abukir o acusando a Pierre Charles Silvestre de Villeneuve (el responsable de la flota derrotada en Trafalgar siete años después) de haber actuado como un "espectador ocioso" por no haberse atrevido a combatir a los barcos franceses. La fama de Bonaparte saldría indemne de aquel episodio, pero, de momento, aquella expedición había resultado en fracaso.

Por su parte, Nelson pudo hacer realidad el presagio expresado en aquella carta a los Hamilton y, a su llegada a Nápoles a finales de septiembre, sería recibido como un héroe por aquella victoria, la que los estudiosos en su trayectoria consideran la más completa de su carrera. Un logro al que pudo ayudar el agua obtenida en Aretusa, pero al que sin duda contribuyeron más su arrojo y los errores de sus rivales.

Declarar la guerra a Francia

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Foto: Irene de Pablo.

No hace falta mucho esfuerzo para probar que las relaciones entre España y Francia han estado plagadas de momentos tensos. Con la Guerra de la Independencia, contra las tropas napoleónicas, como hito esencial de la historia contemporánea española, la crónica de los conflictos bélicos entre ambas naciones (en sus distintas formulaciones políticas) se remonta muchos siglos atrás y abarca un sinfín de batallas.

El último de estos enfrentamientos, sin embargo, no dejó ninguna lid digna de estudio, ni víctimas ni verdugos, ni vencedores ni vencidos. Pero sí representa uno de los episodios más curiosos de cuantos hay registrados en las relaciones entre los dos países vecinos.

"El Ayuntamiento tomando en consideración lo expuesto por el Alcalde, acuerda unánimemente declararle Guerra a la Nación Francesa, dirigiendo comunicado en forma debida directamente al Presidente de la República Francesa, anunciando previamente al Gobierno de España esta Resolución", señala el acta de la reunión del consistorio de Líjar el día 14 de octubre de 1883.

Foto: Ilustración: Learte

Aquel pequeño pueblo almeriense, que por entonces apenas rondaba el millar de habitantes, lanzaba así un osado reto al poderoso vecino del norte, un país que ya rozaba los 40 millones de habitantes, como respuesta a los sucesos ocurridos en París apenas dos semanas antes, durante la visita del monarca español, Alfonso XII, a la capital francesa. "Por el Presidente se hizo saber al Ayuntamiento que al pasar por la Ciudad de París el Rey D. Alfonso, de regreso de su viaje el día veinte y nueve de septiembre último, fue insultado, apedreado y cobardemente ofendido por turbas miserables, pertenecientes a la Nación Francesa", explicaba el acta del ayuntamiento lijareño.

Y, en efecto, las noticias que habían llegado hasta allí se correspondían con lo que había pasado en la capital francesa a la llegada del Rey español. Aquella representaba la última parada de un viaje que había llevado al joven monarca por territorios de Austria, Bélgica y Alemania, adonde había sido invitado por el emperador Guillermo I para presenciar unas maniobras militares en las proximidades de la ciudad de Hamburgo junto a un amplio número de soberanos europeos.

Fue, precisamente, la presencia de Alfonso XII en territorio alemán la que despertó las suspicacias de la prensa y el pueblo francés. Aunque ya habían pasado 13 años desde que el ejército prusiano humilló al francés en la batalla de Sedán y puso cerco sobre París, ahogando las aspiraciones revolucionarias de la Comuna, las heridas seguían supurando. La Francia de aquel último tercio del siglo XIX se veía como un estado aislado, en contraste con la atracción que parecía ejercer sobre el resto de coronas el pujante Imperio germánico al que había dado forma el mariscal Otto von Bismarck.

En estas circunstancias, la mera visita del monarca español a Alemania ya resultaba un motivo suficiente para alimentar los recelos del pueblo galo. Y este sentimiento tornaría en rabia cuando se conoció que el hijo de Isabel II —paradójicamente, educado en Francia, tras el derrocamiento de su madre— había aceptado el nombramiento honorífico por parte del emperador alemán de coronel del regimiento de ulanos, un cuerpo que se había distinguido durante la guerra franco-prusiana y que en ese momento se encontraba destinado en la ciudad de Estrasburgo, arrebatada a Francia tras el conflicto.

placeholder Documento de la declaración de guerra de Líjar a Francia. (Diputación de Almería)
Documento de la declaración de guerra de Líjar a Francia. (Diputación de Almería)

Aquel episodio, azuzado por la prensa, generó tal sentimiento de rechazo entre el pueblo galo que algunos de los miembros de la comitiva real advirtieron al monarca sobre los riesgos que asumía al visitar París. Pero el monarca decidió mantener su agenda y llevar a cabo una visita que se había pospuesto ya en varias ocasiones, desde su acceso al trono español a finales de 1874.

Los temores a un recibimiento hostil no tardaron en confirmarse en la tarde del 29 de septiembre, cuando el Rey arribó a la Estación del Norte de París. "El espectáculo que siguió fue deplorable. Los miles de individuos apiñados en la plaza aullaban como fieras, lanzando silbidos a todos los carruajes que parecían formar parte de la comitiva real; los oficiales españoles vestidos de uniforme fueron insultados. Además, oímos proferir mil injurias groseras que la pluma se niega a transcribir. Mientras tanto, los guardias de paz veían aquellas escenas vergonzosas con los brazos cruzados. Los gritos que más distintamente llegaban a nuestros oídos eran: ¡Abajo el ulano! ¡Viva la República!", describe Alfredo Escobar, director del diario 'La Época' en su relato 'El viaje de Don Alfonso XII a Francia, Alemania, Austria y Bélgica (septiembre 1883)'.

Aquella desagradable escena y la sensación de que el Gobierno francés no había estado suficientemente diligente para evitar los incidentes estuvieron cerca de provocar un conflicto diplomático entre ambos países. El Ejecutivo nacional, entonces presidido por Práxedes Mateo Sagasta, aprobó la decisión del monarca de adelantar su regreso a España, mientras que en Madrid la excitación del ánimo popular se plasmó, entre otras acciones, en la publicación de distintos pasquines como uno que rezaba: "Españoles: las turbas del pueblo de París han ultrajado al rey de España, que acaba de expresar recuerdos amistosos a la Francia. El populacho que ha insultado a un príncipe indefenso, ni es salvaje, porque es cobarde, ni es culto, porque le falta dignidad de la cultura".

Antes de que Alfonso XII abandonara la capital francesa, las disculpas manifestadas por el presidente de la república gala, Jules Grévy, que fueron publicadas por la prensa, lograron, no obstante, encauzar la situación, rebajando aquel incidente a poco más que una molesta anécdota en las relaciones entre ambas naciones.

Las disculpas manifestadas por el presidente de la república gala, Jules Grevy, lograron, así, encauzar la situación y evitar un grave problema

Pero los responsables del Ayuntamiento de Líjar no parecían dispuestos a olvidar tan fácilmente aquella afrenta. Así, el que se describía como "el más insignificante pueblo de la Sierra de Filabres (...) que se compone únicamente de 300 vecinos y 600 hombres útiles, está dispuesto a declararle la guerra a toda Francia, computando por cada 10.000 franceses un habitante de esta villa". Tal disparidad de fuerzas no parecía arredrar a los políticos lijareños, que enumerando una larga lista de episodios históricos en los que las tropas españolas habían salido victoriosas ("cuenta la Historia Española, un Sagunto, un San Marcial, Bailén, Zaragoza, Otumba, Lepanto y un Pavía, que ninguna historia de las que se conocen hasta el día puede presentar ejemplos tan terribles") para con sorprendente osadía expresar que "hay todavía vergüenza y valor para hacer desaparecer del mapa de los continentes a la cobarde Nación Francesa".

Es de imaginar que los miembros del consistorio de Líjar lanzarían aquella amenaza con la convicción de que no merecería réplica por parte de las autoridades francesas y que, de ser necesario, contaría con el respaldo del Gobierno y el Ejército español. En cualquier caso, este pequeño pueblo almeriense puede presumir de haber estado un siglo entero en guerra contra Francia sin haber sufrido la menor derrota. El 30 de octubre de 1983, el director provincial de la Administración Territorial, Fernando Fernández Montero; el cónsul general de Francia en Málaga, Charles Santi; el alcalde de Líjar, Diego Sánchez Cortes; el vicecónsul francés en Almería, René Bicer, y 568 vecinos firmaron la paz, poniendo término a "100 años de guerra incruenta".

Bien es conocido el dicho de 'la historia la escriben los vencedores' o, expresado de otra manera, las versiones que transcienden el tiempo y las fronteras son aquellas que cuentan siempre los que tienen el poder necesario para hacerlo. Pero, en realidad, la historia tiene muchos pliegues, diferentes enfoques y diversas interpretaciones que son necesarios conocer para poder hacernos una imagen lo más fidedigna posible de la fotografía que queremos narrar. Desde El Confidencial, les ofrecemos 'La máquina del tiempo' con la intención de explicar, analizar y narrar pequeños episodios no muy conocidos de la manera más fiel posible a la realidad. Y dos de ellos son los que hoy recordamos: el día que Napoleón cayó derrotado y el pueblo español que se sublevó contra la poderosa Francia.

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