Los '300' españoles: el pequeño pueblo que declaró la guerra a Francia
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Los '300' españoles: el pequeño pueblo que declaró la guerra a Francia

"Al pasar por París el Rey D. Alfonso, de regreso de su viaje, fue insultado, apedreado y cobardemente ofendido por turbas miserables, pertenecientes a la Nación Francesa"

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Imagen: Irene de Pablo.

No hace falta mucho esfuerzo para probar que las relaciones entre España y Francia han estado plagadas de momentos tensos. Con la Guerra de la Independencia, contra las tropas napoleónicas, como hito esencial de la historia contemporánea española, la crónica de los conflictos bélicos entre ambas naciones (en sus distintas formulaciones políticas) se remonta muchos siglos atrás y abarca un sinfín de batallas.

El último de estos enfrentamientos, sin embargo, no dejó ninguna lid digna de estudio, ni víctimas ni verdugos, ni vencedores ni vencidos. Pero sí representa uno de los episodios más curiosos de cuantos hay registrados en las relaciones entre los dos países vecinos.

"El Ayuntamiento tomando en consideración lo expuesto por el Alcalde, acuerda unánimemente declararle Guerra a la Nación Francesa, dirigiendo comunicado en forma debida directamente al Presidente de la República Francesa, anunciando previamente al Gobierno de España esta Resolución", señala el acta de la reunión del consistorio de Líjar el día 14 de octubre de 1883.

Foto: Ilustración: Learte

Aquel pequeño pueblo almeriense, que por entonces apenas rondaba el millar de habitantes, lanzaba así un osado reto al poderoso vecino del norte, un país que ya rozaba los 40 millones de habitantes, como respuesta a los sucesos ocurridos en París apenas dos semanas antes, durante la visita del monarca español, Alfonso XII, a la capital francesa. "Por el Presidente se hizo saber al Ayuntamiento que al pasar por la Ciudad de París el Rey D. Alfonso, de regreso de su viaje el día veinte y nueve de septiembre último, fue insultado, apedreado y cobardemente ofendido por turbas miserables, pertenecientes a la Nación Francesa", explicaba el acta del ayuntamiento lijareño.

Y en efecto, las noticias que habían llegado hasta allí se correspondían con lo que había pasado en la capital francesa a la llegada del rey español. Aquella representaba la última parada de un viaje que había llevado al joven monarca por territorios de Austria, Bélgica y Alemania, adonde había sido invitado por el emperador Guillermo I para presenciar unas maniobras militares en las proximidades de la ciudad de Hamburgo junto a un amplio número de soberanos europeos.

Fue, precisamente, la presencia de Alfonso XII en territorio alemán la que despertó las suspicacias de la prensa y el pueblo francés. Aunque ya habían pasado 13 años desde que el ejército prusiano humilló al francés en la batalla de Sedán y puso cerco sobre París, ahogando las aspiraciones revolucionarias de la Comuna, las heridas seguían supurando. La Francia de aquel último tercio del siglo XIX se veía como un estado aislado, en contraste con la atracción que parecía ejercer sobre el resto de coronas el pujante Imperio Germánico al que había dado forma el mariscal Otto von Bismarck.

En estas circunstancias, la mera visita del monarca español a Alemania ya resultaba un motivo suficiente para alimentar los recelos del pueblo galo. Y este sentimiento tornaría en rabia cuando se conoció que el hijo de Isabel II —paradójicamente, educado en Francia, tras el derrocamiento de su madre— había aceptado el nombramiento honorífico por parte del emperador alemán de coronel del regimiento de ulanos, un cuerpo que se había distinguido durante la guerra franco-prusiana y que en ese momento se encontraba destinada en la ciudad de Estrasburgo, arrebatada a Francia tras el conflicto.

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Documento de la declaración de guerra de Líjar a Francia. (Diputación de Almería)

Aquel episodio, azuzado por la prensa, generó tal sentimiento de rechazo entre el pueblo galo que algunos de los miembros de la comitiva real advirtieron al monarca sobre los riesgos que asumía al visitar París. Pero el monarca decidió mantener su agenda y llevar a cabo una visita que se había pospuesto ya en varias ocasiones, desde su acceso al trono español a finales de 1874.

Los temores a un recibimiento hostil no tardaron en confirmarse en la tarde del 29 de septiembre, cuando el rey arribó a la Estación del Norte de París. "El espectáculo que siguió fue deplorable. Los miles de individuos apiñados en la plaza aullaban como fieras, lanzando silbidos a todos los carruajes que parecían formar parte de la comitiva real; los oficiales españoles vestidos de uniforme fueron insultados. Además, oímos proferir mil injurias groseras que la pluma se niega a transcribir. Mientras tanto, los guardias de paz veían aquellas escenas vergonzosas con los brazos cruzados. Los gritos que más distintamente llegaban a nuestros oídos eran: ¡Abajo el ulano! ¡Viva la República!", describe Alfredo Escobar, director del diario 'La Época' en su relato 'El viaje de Don Alfonso XII a Francia, Alemania, Austria y Bélgica (septiembre 1883)'.

Aquella desagradable escena y la sensación de que el Gobierno francés no había estado suficientemente diligente para evitar los incidentes estuvieron cerca de provocar un conflicto diplomático entre ambos países. El Ejecutivo nacional, entonces presidido por Práxedes Mateo Sagasta, aprobó la decisión del monarca de adelantar su regreso a España, mientras que en Madrid la excitación del ánimo popular se plasmó, entre otras acciones, en la publicación de distintos pasquines como uno que rezaba: "Españoles: las turbas del pueblo de París han ultrajado al rey de España, que acaba de expresar recuerdos amistosos a la Francia. El populacho que ha insultado a un príncipe indefenso, ni es salvaje, porque es cobarde, ni es culto, porque le falta dignidad de la cultura".

Antes de que Alfonso XII abandonara la capital francesa, las disculpas manifestadas por el presidente de la república gala, Jules Grevy, que fueron publicadas por la prensa, lograron, no obstante, encauzar la situación, rebajando aquel incidente a poco más que una molesta anécdota en las relaciones entre ambas naciones.

Las disculpas manifestadas por el presidente de la república gala, Jules Grevy, lograron, así, encauzar la situación y evitar un grave problema

Pero los responsables del Ayuntamiento de Líjar no parecían dispuestos a olvidar tan fácilmente aquella afrenta. Así, el que se describía como "el más insignificante pueblo de la Sierra de Filabres (...) que se compone únicamente de 300 vecinos y 600 hombres útiles, está dispuesto a declararle la guerra a toda Francia, computando por cada 10.000 franceses un habitante de esta villa". Tal disparidad de fuerzas no parecía arredrar a los políticos lijareños, que enumerando una larga lista de episodios históricos en los que las tropas españolas habían salido victoriosas ("cuenta la Historia Española, un Sagunto, un San Marcial, Bailén, Zaragoza, Otumba, Lepanto y un Pavía, que ninguna historia de las que se conocen hasta el día puede presentar ejemplos tan terribles") para con sorprendente osadía expresar que "hay todavía vergüenza y valor para hacer desaparecer del mapa de los continentes a la cobarde Nación Francesa".

Es de imaginar que los miembros del consistorio de Líjar lanzarían aquella amenaza con la convicción de que no merecería réplica por parte de las autoridades francesas y que, de ser necesario, contaría con el respaldo del Gobierno y el Ejército español. En cualquier caso, este pequeño pueblo almeriense puede presumir de haber estado un siglo entero en guerra contra Francia sin haber sufrido la menor derrota. El 30 de octubre de 1983, el director provincial de la Administración Territorial, Fernando Fernández Montero; el cónsul general de Francia en Málaga, Charles Santi; el alcalde de Líjar, Diego Sánchez Cortes; el vicecónsul francés en Almería, René Bicer; y 568 vecinos firmaron la paz, poniendo término a "100 años de guerra incruenta".

No hace falta mucho esfuerzo para probar que las relaciones entre España y Francia han estado plagadas de momentos tensos. Con la Guerra de la Independencia, contra las tropas napoleónicas, como hito esencial de la historia contemporánea española, la crónica de los conflictos bélicos entre ambas naciones (en sus distintas formulaciones políticas) se remonta muchos siglos atrás y abarca un sinfín de batallas.

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