La historia de amor y hematomas del Conde de Villamediana
  1. Alma, Corazón, Vida
Un verso suelto culto y solitario

La historia de amor y hematomas del Conde de Villamediana

Asaltaron al aristócrata en un callejón sin darle muchas opciones para seguir con vida, muriendo así uno de los más famoso asalta camas de la época en medio de un charco viscoso

Foto: La historia de amor y hematomas del Conde de Villamediana
La historia de amor y hematomas del Conde de Villamediana

“Lo que hace la literatura es lo mismo que una cerilla en medio de un campo en mitad de la noche. Una cerilla no ilumina apenas nada, pero nos permite ver cuánta oscuridad hay a su alrededor"

— William Faulkner.

Cinco experimentados espadachines, probablemente expertos en “La destreza”, una forma de manejo de espada y daga de “patente” española “en la que daga y espada se maridaban a la perfección en duelos y combates cuerpo a cuerpo; asaltaron al aristócrata en un callejón sin darle muchas opciones para seguir con vida. Aunque este gentilhombre estaba contra la pared y solo tenía que defender un escenario de 180º, las estocadas lo iban debilitando hasta que el flujo de sangre acabó convirtiéndose en un grifo. El empedrado parecía un lodazal viscoso y el líquido vital se había convertido en una miríada de afluentes entre las intersecciones que separaban el empedrado antes de desaparecer por una alcantarilla rumbo a la eternidad. De a poco, su alma comenzó a levitar y su cuerpo a derrumbarse ante tamaña agresión.

Moría uno de los más famoso asalta camas de la época en medio de un charco viscoso y a manos de unos anónimos muy bien entrenados.

Don Juan de Tasis, también conde de Villamediana, era un ingenioso cortesano y poeta de vida algo más que accidentada. Su rey, el primero de los dos que le tocó padecer, Felipe III, le tenía ojeriza por su descarado coqueteo con la mujer del coronado, con la que no se sabe si llegó a las manos. Su violenta muerte no ha sido a día de hoy esclarecida por lo imbricado del elenco de potenciales enemigos que este apuesto Don Juan tenía en derredor y por las controvertidas versiones. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre cuál fue el autor intelectual de la carnicería del callejón, lugar donde este experto espadachín, ganador en tantos duelos, pasó al más allá. Si bien es cierto que entre todos ellos están de acuerdo en las causas que llevaron a este amante contumaz y empedernido narcisista hasta la médula; la autoría de la escandalosa agresión nunca se pudo poner en claro. Lo que sí es sospechoso, es que alguien se hizo (o le hizo) un regalo a alguien, curiosamente el día del cumpleaños del rey.

Foto: Wikipedia
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Hay quien atribuye a Felipe IV el fatal desenlace de este peregrino del amor sin correspondencia entregada. Era ciertamente un fornido galán pero no tuvo fortuna con las mujeres más allá de lo numérico o contable. Enemigos no le faltaban pues su arrogancia osadía le pudieron haber granjeado resentimientos en una España apasionada y sanguínea. Mucho romance y poca chicha en una España con las arcas llenas de telarañas y con una solemne grandiosidad que comenzaba a declinar estrepitosamente.

Su leyenda y amoríos con la reina, serían transmitidos boca a boca, siendo la comidilla de cortesanos desde la hipócrita Inglaterra hasta la bella Florencia. La Fontaine, el fabulista, dijo con buen tino y mejor verbo en uno de sus versos que este galante espécimen era (sic) «un alma española más grande que loca». Cuando se confirmó su muerte, todas las grandes firmas del Barroco le rindieron un sentido homenaje; probablemente fue un catalizador del no menos famoso Don Juan Tenorio.

Una herencia cuantiosa

Juan de Tassis, que así se llamaba el joven interfecto, tuvo una buena herencia que le permitió llevar una vida distendida, poeta vocacional, por mor de su status social se movía como pez en el agua por la corte. Su porte era puro esplendor y el impacto de sus modales estaba a la altura del lujo de su ropaje. Era un exhibicionista nato y un osado impenitente., Su amistad con Góngora generó algunas suspicacias pues era manifiestamente bisexual. Ponía a caldo al estrepitoso y vulgar chorizo Conde-Duque de Olivares, valido defenestrado tardíamente por Felipe IV.

En una ocasión, acudió a un torneo con un traje confeccionado de de reales de plata y un dudoso mensaje que aludía a la reina; «Son mis amores reales». La descripción que hace de su muerte Góngora es desgarradora y merece capítulo aparte. La crudeza de la descripción del crimen es muy potente aunque difiera de entre otras versiones, pues la sitúa en un carruaje y no en un combate cuerpo a cuerpo en el adoquinado. Otras versiones sitúan la espectacular lid en medio de la Plaza Mayor madrileña a cinco días de distancia de cumplir los cincuenta años.

'La muerte del conde de Villamediana' por Manuel Castellano, 1868
'La muerte del conde de Villamediana' por Manuel Castellano, 1868

El ilustre médico e historiador Gregorio Marañón describe en una de sus obras como en la pared de un viejo palacio de un pueblo de la Mancha» se llegó a ver una lámina tipo Banksy con el retrato de Isabel de Borbón, la esposa de Felipe IV, pintado por el ilustre e insuperable Velázquez con un texto que rezaba así tal cual, «bajo el nombre de la reina, una mano anónima había escrito con una tinta desleída y casi imperceptible: “la novia de Villamediana”».

Es más que probable que algún ofendido marido o alguien delegado para tal menester, le hubiera hecho un roto al avieso y osado conde.

Quizás quien más se haya acercado a una aproximación de la verdad de lo acontecido al Conde de Villamediana, sea el escritor Luis Rosales, que hacia 1969 y tras una ardua labor detectivesca a juzgar por la entidad y detalles de la obra (Pasión y muerte del Conde de Villamediana), lo debió de dejar sin resuello. En esta magna obra, exprime los miles de documentos con una agudeza y precisión rayana con la pasión que lo caracterizaba.

Su liberación de prejuicios, abre en canal al denostado a la par que mitificado personaje. Desde su punto de vista las sátiras políticas difundidas por el conde de Villamediana tenían un poder factual incontestable. –Durante el cambio de tercio entre Felipe III y Felipe IV, se le llegaron a atribuir sátiras apócrifas de otros buenos escribanos del humor versado. No faltaron las que se le atribuyeron a su enemigo acérrimo el Conde Duque de Olivares, un ladrón que dejó a la Corte al borde de la quiebra mientras él hacía una gigantesca fortuna.

Foto: El Conde Duque de Olivares, una oportunidad perdida para España

A la postre, no hay que mirar la mano que mata si no la mano que la dirige. El autor intelectual de la muerte canalla de este mujeriego irreverente no pudo ser otro que Olivares el más que probable mecenas del sicario o sicarios-, sicarios que bien pudieron estar amparados por la más alta magistratura del estado, que ofendido por los excesos del funambulista que era Villamediana y sus coqueteos con la reina bien pudieron ser hurtados a la verdad camuflándolos como un ajuste de cuentas entre otros agraviados por los impenitentes amoríos de este alegre conde.

Circulaban anécdotas sobre los supuestos amoríos entre Villamediana e Isabel de Borbón, la reina. En uno de ellos, se escuchó una frase premonitoria y quizás, lapidaria. El conde participaba en una corrida de cabestros y morlacos mientras ella, su majestad, al verlo dijo a su marido Felipe IV: "¡Qué bien pica el conde!". "Pica bien, pero muy alto", respondió la testa coronada. ¿Humor negro? ¿Sentencia adelantada? A saber…

La podredumbre maloliente de una estructura cuyo andamiaje estaba corrompido por la voraz carcoma de la tradicional envidia patria en un sistema cuya finalidad era la de perpetuarse a cualquier precio, permitía hurtar a la justicia los escándalos de los grandes del reino, una élite autista que medraba como los cuervos sobre la miseria general a la par que dictaba sentencias con carta blanca ejecutadas por asesinos profesionales.

Un verso suelto culto y solitario

El Conde de Villamediana era un verso suelto culto y solitario, rupturista, un adelantado en medio de la hipocresía rampante de la época, alguien que desvela que la existencia no tiene más límites que los que nos imponemos cuando no nos atrevemos a apostar por la vida.

Fue el ínclito Góngora el que dijo que el barroco europeo había quedado huérfano de su mejor apuesta literaria; no le faltaba razón.

La literatura del Siglo de Oro con Cervantes al frente y Lope de Vega, el rey de los pillos, Quevedo, y otras señaladas plumas - se ocuparían de que su memoria no muriera jamás.

Foto: El otro lado de Lope de Vega, el amante al que el Kamasutra se le quedaba corto

Sus sonetos, sátiras estuvieron a una altura infrecuente; pero los recelos, envidias y calumnias impulsaron a eso que hoy llamamos “Estado Profundo” a acabar con un personaje que denunciaba las corruptelas de palacio y las laberínticas y podridas relaciones endogámicas entre algunos indeseables que veían en el poder el talismán con el que eliminar a cualquiera que discrepara, aunque para ello, usara el humor más mordaz.

En el Conde de Villamediana, (romance tercero), el llamado el “Sarao”, hay unos versos imperdibles – y en particular dos estrofas- que rezan así:

Mientras que la Monarquía / Se desmorona, y el borde

Toca de una sima horrenda/ Duermen en pueriles goces,

Entre placeres se aturden/Deleites sólo conocen,

Sin cuidarse del peligro/El Rey de España y sus nobles.

Lo dicho, España.

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