Duelos, depravación y misa: un paseo por la historia del barrio de las Letras de Madrid
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Duelos, depravación y misa: un paseo por la historia del barrio de las Letras de Madrid

Caminamos por los rincones de esta zona de escritores, que conserva su estructura desde hace 400 años y fue rehabilitada para hacerse peatonal no hace mucho tiempo

Foto: Duelos, depravación y misa: un paseo por la historia del barrio de las Letras de Madrid
Duelos, depravación y misa: un paseo por la historia del barrio de las Letras de Madrid

España respira historia por sus cuatro costados y, sin duda, uno de los barrios que más puede presumir de ello es el barrio de las Letras, en Madrid. Hace no mucho tiempo, si comparamos la edad del mundo con el momento en que el ser humano pisó esta Tierra, artistas de la talla de Cervantes (aunque él no fue el único) se paseaban por sus calles.

El territorio que encierran el Paseo del Prado, la plaza de Jacinto Benavente, la calle Atocha y la carrera de San Jerónimo haciendo un triángulo imaginario fue habitado también por Lope de Vega, Quevedo, Góngora, y tiempo después por Zorilla, Valle-Inclán o Gustavo Adolfo Bécquer, entre otros, a los que se sumaban visitantes ilustres y habituales como Ramón y Cajal o Benito Pérez Galdós. Por ello, precisamente, nunca gozó de buena fama: durante tres siglos fue el barrio de los artistas por excelencia, un lugar de depravación para personas con una vida un tanto desordenada.

Retrato de Francisco de Quevedo
Retrato de Francisco de Quevedo

El Madrid más enfrentado

En la calle Cervantes vivió el escritor en 1615, un año antes de su fallecimiento. Curiosamente, en esa calle a la que da nombre el escritor del Quijote también vivió su adversario literario, Lope de Vega, concretamente en el número 11. El transeúnte que quiera acercarse podrá ver un museo imprescindible que ofrece curiosidades sobre el escritor, así como un espléndido jardín. La Divina Providencia ha querido que, como la casa de Lope de Vega esté en la calle Cervantes, en la calle Lope de Vega esté enterrado Cervantes, en la capilla del monasterio de las Trinitarias Descalzas.

Casa Museo de Lope de Vega en Madrid

No fue hasta marzo de 2015 cuando un grupo de investigadores descubrieron sus restos, y aunque cada uno haya acabado en restos o en espíritu en la calle del otro, lo cierto es que, según los expertos, su enemistad en vida fue latente: Lope organizaba tertulias en su magnífico jardín y jamás invitaba a Cervantes.

La famosa enemistad entre Quevedo y Góngora culminó cuando el primero adquirió la vivienda del segundo le obligó a desalojarla

No fue con mucho el enfrentamiento más conocido entre dos escritores, pues sin duda, la enemistad más popular de la historia de España fue la que fraguaron Francisco de Quevedo y Luis de Góngora que, por otro lado, fueron vecinos. Ambos vivieron en la que hoy se conoce como calle de Francisco de Quevedo, la primera calle que corta a la izquierda si nos dirigimos por la de Cervantes. Al parecer, la famosa enemistad entre los dos poetas surgió cuando coincidieron en Valladolid y con el paso del tiempo fue acrecentándose, mientras se dirigían rimas que han pasado a formar parte de la historia de nuestro país. El culmen de la venganza llegó cuando Quevedo adquirió la vivienda de Góngora, que por aquel entonces sumaba una gran deuda, y le obligó a desalojarla. En 1832 en esa misma calle también nació José Echegaray.

El Madrid más pecaminoso

Pero si hay un lugar que, sin duda, sea famoso en el Barrio de las Letras, es la zona de Huertas. Ya antes de convertirse en el sitio de ocio nocturno que es hoy, su fama le predecía, un refrán muy típico de la época decía: "en la calle Huertas hay más putas que puertas". La zona estaba llena de tabernas y mesones, era el centro de ocio de la ciudad. También había unas cuantas mancebías legales. No es exagerado decir que el Barrio de las Letras (conocido en la época también como Barrio de Parnaso) fue el barrio rojo del Siglo de Oro. Por poner otro ejemplo: al lado de la casa de Lope de Vega (en la calle Cervantes 9) había un prostíbulo denominado 'Las Soleras' que, en aquel tiempo, era el más cotizado de Madrid. Admitía niñas de 12 años en adelante.

En el bar 'El Parnasillo' se reunían los artistas y criticaban al gobierno, pues consideraban que les acribillaba a impuestos

Para paliar las epidemias provenientes de las mancebías se creó un hospital especializado en venéreas en la glorieta de Antón Martín, en el límite del barrio. Cuando terminaban de disfrutar de los placeres de la carne escritores, actores y demás artistas se reunían en lugares como El Parnasillo, el bar más cutre de Madrid, el del Teatro Español o en la fonda de San Sebastián que después se convirtió en un palacio. Hablaban y conspiraban contra el Gobierno, pues consideraban que les acribillaba a impuestos. Nada nuevo bajo el sol.

El Madrid más religioso

No solamente se acudía a las casas del placer, sino también a misa (aunque esta sirviera, en parte, para encontrar pretendientes). Las mujeres preferían la de las once, y entre las anécdotas más famosas del momento del rezo está la que asegura que, a la hora de arrodillarse se solía decir: "Creo en Dios" (y en voz baja) "y en Lope de Vega, poeta del cielo y de la tierra".

En el Convento de San Sebastián enterraron a la actriz María Ignacia Ibañez, amante de Cadalso, a la que este intentó desenterrar (según la leyenda)

Si continuamos andando llegaremos a la pequeña Plaza del Ángel, donde se conserva un pequeño jardín o vivero arbolado que en otro tiempo fue el cementerio del Convento de San Sebastián. Un barrio no es nada sin, por lo menos, alguna anécdota terrorífica, y este cementerio tiene la mayor de todas: según cuentan, el extraordinario poeta José Cadalso se había enamorado de una prometedora actriz llamada María Ignacia Ibañez que, desgraciadamente, murió prematuramente, presa del tifus, a la edad de 23 años. Roto de dolor, según cuenta la leyenda, Cadalso quiso desenterrar a su amada para llevársela a casa. Sea cierto o no, lo cierto es que la trama principal de 'Noches lúgubres' guarda un extraño parecido. Si seguimos el recorrido llegaremos hasta la plaza de Santa Ana, donde nos observa Federico García Lorca desde 1984, fue obra de Julio López y tiene una alondra en la mano.

Monumento a Federico García Lorca en la plaza de Santa Ana

No obstante, las calles del Barrio de las Letras (y de Madrid en general) comenzaron a bautizarse como las conocemos en el siglo XIX. Antes se las conocía por apodos, por ejemplo, la que actualmente es Echegaray en tiempos se denominó la del Lobo, simplemente porque había un comerciante que colgaba una piel de lobo en la puerta de su establecimiento.

La rehabilitación cultural y urbanística

En los años 90 la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo se planteó rehabilitar y recuperar la villa antigua. El objetivo era crear una zona peatonal que fuera desde la Plaza Mayor hasta el Museo del Prado, y para ello era imprescindible hacer peatonal la calle de Huertas, pues era el paseo obligatorio hacia el centro, (en aquellos momentos la única calle peatonal era Preciados, y había costado mucho conseguirlo, con consiguientes guerras empezadas por comerciantes y dueños de locales que estaban en contra del proyecto).

En los años 90 la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo se planteó rehabilitar y recuperar la villa antigua

Sociológicamente era muy difícil llevar a cabo un proyecto así, puesto que la zona se encontraba muy degradada y los vecinos eran reacios a cualquier cambio. El barrio tenía poca vida diurna y mucha nocturna, y, para revertir esa situación había que 'desempolvar' a cada escritor y sacarle a la calle, recordar que muchos de los más importantes del país habían nacido o vivido en la zona. De esta manera se colocaron las placas conmemorativas que hoy en día son tan famosas, se pusieron los fragmentos literarios en el suelo para que la gente se parara a leer y se le dio un nombre de escritor a cada calle. Se trataba de una rehabilitación no solo urbanística, también cultura.

Barrio de las Letras de Madrid

El Barrio de las Letras es uno de esos barrios cuya estructura se conserva después de 400 años. Un barrio de mentideros (en los que los actores hacían los cástings), teatros y hoteles que a día de hoy conserva ese carácter que le acompañará siempre: el de ser el corazón literario de la capital, un lugar para viajar al pasado.

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