La desamortización de Madoz, la gran olvidada
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La desamortización de Madoz, la gran olvidada

Fue la que alcanzó un mayor volumen de ventas y tuvo una importancia superior a todas las anteriores. Sin embargo, los historiadores se han ocupado más de la de Mendizábal

Foto: Pascual Madoz. Foto: Wikipedia
Pascual Madoz. Foto: Wikipedia

“Estamos peor, pero estamos mejor. Porque antes estábamos bien pero era mentira. No como ahora que estamos mal pero es verdad"

-Cantinflas

A finales del siglo XVIII se inicia en España un largo proceso económico e histórico por el cual el gran chorizo patrio, el valido de Carlos IV, Godoy , sin duda la mayor fortuna privada de ese momento y probablemente del entero siglo, alguien que pasó de la gloria y las cumbres del poder a la más absoluta irrelevancia por la jeta de contumaz caco de altos vuelos que se gastaba, alguien que con la fortuna amasada durante su mandato pudo haber pagado íntegramente de su bolsillo la bancarrota del país en aquel entonces; prefirió el derrumbe y quiebra de la nación antes de aligerarse del vil metal obtenido en sus lucrativas correrías. Este tragaldabas de voracidad incontrolable, amante de mil féminas -cuya progenie ha debido de polinizar a muchos de los políticos que pululan en la actualidad a costa del contribuyente mientras se rascan sin pudor sus parte pudendas-, fertilizó con su notable priapismo a cortesanas, lavanderas, mujeres casadas, muchachitas raptadas al vuelo o simples mozas de buen ver; este alguien por su significada cortedad moral, inició una tradición de economía inversa que se extendió hasta finales del siglo XX con resultados diversos pero con un mecanismo muy original de recaudación para el estado. A mí que me registren, pero a los demás déjenlos desnudos, era su lema.

El método consistía en sacar al mercado a través de sucesivas subastas públicas: tierras, bienes varios y grandes patrimonios, que una vez amortizados, no se podían comprar ni vender. La mayoría de los bienes embargados estaban en manos de la Iglesia católica, órdenes religiosas o de la aristocracia y puntualmente, eran bienes comunales de los castigados agricultores que usaban los pastos para su ganado.

placeholder Caricatura de la 'Revista La Flaca' (1869)
Caricatura de la 'Revista La Flaca' (1869)

Uno de los tradicionalmente más graves problemas que acuciaban a España y que podríamos definir como endémicos, era la colosal acumulación de bienes inmuebles y tierras en manos de la Iglesia y de las órdenes religiosas como resultado de testamentos y donaciones que a través de generosas dádivas a esta secular institución que expedía pasaportes para una vida mejor, garantizaban a los finados un último tránsito con la obtención de un buen palco con generosas vistas en el más allá a la par, que un trato más compasivo y benévolo por parte del Altísimo.

Estos bienes tan temerosamente cedidos a los tonsurados por los que aguardaban en el umbral del Gran Viaje, estaban bajo el control de lo que se llamaba “manos muertas” o dicho en román paladino, de nula productividad. Mientras que la picaresca, el hambre y la “sopa boba” campaban a sus anchas; tierras con una potencialidad de producción extraordinaria, se dedicaban a cotos de caza para la realeza y sus adláteres, o sencillamente, estaban cubiertas por una maleza amurallada en medio de un abandono insultante.

La enajenación de estos patrimonios bajo el control de la Iglesia, tenía como propósito último la obtención de liquidez para las colapsadas arcas públicas, y la idea impelente que empujaba al estado a hacerse con estas tierras, no era otra a priori, que la de impulsar la productividad de aquellos terrenos baldíos, y por ende a la postre, inyectar una solvencia extra en una economía esclerotizada.

El blanco y negro, el acierto y despropósito, el sarcasmo y atino de estas decisiones políticas; condujeron a que los objetivos de la desamortización, reformaran la estructura de la propiedad, proporcionando a la Hacienda pública recursos y de paso, un apoyo popular a la causa liberal creando la falsa creencia de que se despojaba a los purpurados y engolados de sus bienes para generar un nuevo orden para los desheredados. Solo era un camelo. Pero claro, esto no ha ocurrido nunca jamás con el aval de ninguna religión o ideología por mucho que nos pongamos a rascar en los entresijos de la historia. Ni el valeroso Espartaco, ni los trabucaires revolucionarios franceses, ni los malvados bolcheviques, generaron cambios al pueblo que lo llevaran a un orden más justo y estable. Los perdedores son siempre los mismos y el guiñol podrá cambiar su escenario o decorado, pero las manos que mueven la sugestión de un mundo mejor, son siempre las mismas.

Foto: Juan Álvarez de Mendizabal, en un grabado de José Gómez.

En general, las desamortizaciones del doctorado pícaro Godoy y más tarde la del banquero bilbaíno Mendizábal y posteriormente Madoz, serían un éxito, aunque bastante relativo. Jamás el campesino que se curraba la tierra de sol a sol y que tenía derechos adquiridos sobre la misma, llegaría a ser el beneficiario de estas subastas, pues aunque inicialmente el propósito fingiera que serían los destinatarios naturales de la enajenación de estos bienes, tierras y patrimonios; al cambiar el concepto de la propiedad, los campesinos perderían sus escasos derechos tradicionales quedándose en pañales, dado que la mayoría de las tierras eran enormes latifundios y sus nuevos propietarios –casi siempre aquellos a los que se les había enajenado-, no tenían especial interés en favorecer un nuevo orden que permitiera a los condenados a vagar por la vida tras un mendrugo de pan o un empleo de tercera, conseguir un bienestar tangible, no fuera a ser que con el estómago lleno se pusieran a pensar en otra cosa que comer. En geometría, sociología y también en economía, se usa el símil de lo que se ha dado en llamar la teoría circular, o sea, que todo cambie para que no cambie nada. Simple cosmética.

La nobleza acaparó todo

Básicamente, el truco de toda esta milonga estribaba en que los objetivos de carácter social de integrar al campesinado en un “nuevo orden”, fracasarían, sencillamente porque la nobleza y la consolidada burguesía acapararían la compra por lotes concentrados geográfica o territorialmente en subastas inaccesibles por sus altos costes de puja, para los descamisados. La sempiterna condición de desheredados los había abocado a no poder competir en dichas subastas y como corolario, tenían que asumir unas rentas más altas que antes de la desamortización. En fin, para llorar lágrimas de sal.

Si a eso le añadimos el analfabetismo rampante y el temor secular a los “amos de siempre", los resultados eran más que patentes. Todo esto hacía que cualquier aproximación de la gente pequeña, no tuviera opciones de participar equitativamente en el logro de una mejora de su bienestar a través de esta apuesta de recapitalización del estado. Las partes expropiadas comenzaron a jugar un mus de alta intensidad, y lo que pretendía ser una idea predicada con una mueca de fina ironía por los muñidores de un futuro bienestar para la población más afectada por la pobreza, acabaría siendo la tumba de cientos de miles de braceros y aparceros que de una forma trágicamente poética, se suicidarían discretamente en los olivares de una abandonada Andalucía o en la tradicionalmente condenada Extremadura.

placeholder Godoy. Foto: Wikipedia
Godoy. Foto: Wikipedia

En conclusión, por aquel tiempo la Santa Madre Iglesia, entre “pitos y flautas”, era propietaria de cerca del 30% del pastel económico a dirimir. Además, hay que añadirle a esta historieta que no eran “stricto sensu” capitales circulantes y por ende productivos, sino bienes estáticos o directamente infértiles. Entonces a Madoz, como a Mendizábal y a Godoy en su momento, se le encendió una bombilla.

Pero más allá del ínclito y doctorado chorizo de Cantimpalos llamado Godoy, chorizo -el de Cantimpalos-, cuyo sabor y probada calidad no tiene que ver nada con la catadura moral del orondo valido; la desamortización más importante de las tres mencionadas, fue la de Pascual Madoz, que a partir de 1855 se prolongó hasta los albores del siglo XX. En ella, se llevó a cabo dicha desamortización encarando a los eclesiásticos en primera instancia y expropiando muchos de los bienes estatales, haciendo hincapié en las tierras comunales baldías con idea de hacerlas rentables vía capitalización y con el trabajo del campesinado como efecto secundario.

Foto: Manuel Godoy retratado como vencedor de la guerra de las Naranjas, por Goya.

Habida cuenta de que de donde no hay no se puede sacar -las arcas del reino estaban de un esquelético pavoroso, y pobladas de una pléyade de arácnidos no catalogados por su variedad y libertad de circulación, además de habitadas por unos bien instalados roedores bípedos para variar; pocas opciones había de poner en circulación una suficiente cantidad como para poder resucitar aquel cadáver; los únicos que mantenían con vehemencia que los milagros existían, eran por lógica apátrida, los delegados del Vaticano, siempre instalados en el irrevocable e ignífugo asunto de la fe.

Pero, no todo el campo es orégano

El neonato régimen liberal necesitaba invertir capitales y activarlos a la par que traducirlos en un mercado que le generara dividendos. Ese mercado había que crearlo por inducción para luego poder “recoger peras”. El problema de fondo, es que Madoz y sus mecanismos de desamortización pusieron en evidencia algo que no fue considerado con antelación, o si…

La especulación y el dinero fácil, sustituyeron al esfuerzo, iniciativas con imaginación y al riesgo, de tal manera que la gran mayoría de los montes que pertenecían a estos lotes donde lo forestal primaba, fueron talados con objeto de dar paso a pastos para la ganadería y la agricultura extensiva. La deforestación, fue de tal magnitud, que se calcula que un 15% de la masa arbórea nacional -o de lo que quedaba de ella-, desapareció por ensalmo en una destrucción salvaje y sin precedentes en la Europa de aquel tiempo. Sin ir más lejos, en los robledales del sur (desde Ciudad Real hasta Sierra Morena) las especies autóctonas focalizadas en esa área de la península, fueron barridas sin compasión en una superficie nada despreciable que podría abarcar fácilmente la extensión de una provincia como Murcia y Almería, que en hectáreas fundiría una calculadora de última generación.

placeholder Pascual Madoz. Foto: Wikipedia
Pascual Madoz. Foto: Wikipedia

Sin ir más lejos, el bullicioso pájaro carpintero que estaba instalado en todas las latitudes de la península campando a sus anchas, al talar los robledales, desapareció de vastas áreas de la península y hoy en día es muy difícil de encontrar a no ser que se busque por encima de la cordillera cantábrica. Como efecto colateral de esa espectacular devastación por parte del mayor depredador conocido, el hombre, las colonias de osos pardos, hoy solo perceptibles en enclaves como Asturias o el bajo pirineo aragonés, desparecieron tras la letal tala de árboles en zonas como la Sierra de Gata, las Hurdes, la Sierra de Albarracín y otras zonas en las que estos animales vivían en un equilibrio razonable con su entorno.

En lo social, la extinción de los bosques en los montes comunales, asestó al mundo rural un golpe mortal enviando a los campesinos a las grandes ciudades a crear ensanches en el incipiente urbanismo reglamentado. Otros, miles de ellos, tuvieron que emigrar a Argentina y Méjico en cantidades inaceptables e intolerables para un estado que entraba en la industrialización, aunque tardíamente. Pero ya se sabe que en este tipo de ajustes del “mercado”, los descalzos tienden a salir centrifugados.

A la postre, los bienes sujetos a expropiación, no podían ser vendidos o repartidos, por lo que estaban imbricados en ese proceso denominado como «amortizados» y cuyo efecto inverso ante la urgente capitalización del estado o el reino, los convertía de facto en desamortizados, salvo que estuvieran sujetos en ese momento a un proceso de herencia que los perjudicados aprovechaban, para prolongar al máximo con la esperanza de evitar su incautación.

Los factores que condujeron a Madoz –como anteriormente a Mendizábal y al impresentable de Godoy-, (el general Espartero también aportó su granito de arena pisando el acelerador a principios de la década de 1840), tenían como objetivo aminorar la Deuda Pública, proteger los inmuebles como Patrimonio Histórico y Artístico (aunque a veces su uso fue otro menos altruista) y finalmente, vender las ingentes propiedades pasivas o estáticas de la Iglesia en beneficio de la creación de una economía más dinámica. Otra cosa serían los resultados…No obstante, a este ilustrado, hombre de leyes y geógrafo, España le debe las primeras traviesas y puesta a punto del ferrocarril, un motor industrial de primerísima magnitud en aquel momento por la cantidad de riqueza solapada que encerraba en su propósito de futuro.

En este punto hay que decir, que al igual que hay una Iglesia cristiana que sigue a través de hombres de impecable honestidad y valores elevados el camino señalado por el profeta llamado Cristo; hay otra más oscura y mercantil muy alejada del formidable relato legado por aquel increíble hombre esenio. Es inevitable reconocer la obra social de esta anciana institución, pero también debería de ser llamada a capítulo para actualizarse en muchos aspectos, y uno de ellos, debería de ser el fiscal. Les honraría pasar por caja de vez en cuando.

Una cosa es predicar y otra, dar trigo.

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