La Guerra de los 30 años y el hastío del pueblo español
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HISTORIA

La Guerra de los 30 años y el hastío del pueblo español

Falta de imaginación y mucha carne de cañón es lo que faltó y sobró en la Guerra de Flandes, además de un país hastiado por la falta de soluciones internas

Foto: La Guerra de los 30 años y el hastío del pueblo español
La Guerra de los 30 años y el hastío del pueblo español

Era una mosca de tamaño descomunal que parecía estar dando palmas con las patas delanteras. Su aeródromo particular era una impoluta pared encalada sobre la que destacaba de una manera escandalosa. Desde su privilegiado observatorio lo tenía todo bajo control.

El comandante de aquel enorme ejército, harto de las tropelías del osado insecto, lo había intentado todo para deshacerse de tan molesto y ruidoso inquilino, incluso había llamado a su mujer, especialista en problemas extremos, pero no estaban preparados para un combate tan desigual. El mequetrefe alado le tomaba el poco pelo que le quedaba en el cuero cabelludo de una manera insultante. Pero la suerte vino a aliarse con el humillado uniformado cuando el elusivo bicho fue a dar con una telaraña que hacia esquinazo en el rincón del despacho del militar. De un pequeño estuche aterciopelado sacó el monóculo y, satisfecho, se dispuso a disfrutar del tercer acto. Como si de un ritual se tratara, se sentó cómodamente en primera fila para disfrutar de aquella venganza delegada. Su némesis, una elegante araña estilizada que parecía llevar una dieta radical, hizo los 100 metros lisos en un abrir y cerrar de ojos y se 'trapiñó' a quien creía gozar de una impunidad 'ad eternum'.

Una guerra siempre es un desastre moral y económico; cuando acaba, si sales de ella vivo, hay algo que jamás podrás recuperar: la inocencia

Un exultante éxtasis invadió al hasta hacia poco desesperado hombre ante la vastedad de los mapas que tenía sobre la mesa. Ya podía concentrarse en decisiones de mayor calado e ir al frente tranquilo. El avieso bicho era ya historia. Aquel general, ya más relajado tras el duro trance, era ni más ni menos que el Cardenal Infante, Fernando de Austria, victorioso estratega donde los haya, radicado por sus enormes capacidades en Flandes (en ese momento en tregua en el marco de la larga y costosa Guerra de los Ochenta años) contra los rubicundos neerlandeses. Este destacado militar, estaba a punto de intervenir en aquella enorme carnicería en la que sería un protagonista de primera línea. Una guerra siempre es un desastre moral y económico; cuando acaba, si sales de ella vivo, hay algo que jamás podrás recuperar: la inocencia.

Una vasta guerra civil entre católicos y protestantes

A la Guerra de los Treinta Años (1618 – 1648) se la definió como un conflicto religioso, quizás, el más sangriento de la historia europea (hasta la I Guerra Mundial), pero a la postre, la religión no dejaba de ser una coartada o sucedáneo de otras verdades más profundas. Se luchaba como siempre por el control de territorios, engordar la cesta de los impuestos en detrimento de los perdedores, hacerse con las rutas marítimas más jugosas y rentables, extender los tentáculos de poder para obtener control y prestigio, y de paso, ensayar los nuevos juguetes bélicos y valorar sus resultantes. Por el camino, la carne de cañón de varios millones de desgraciados que si creían estar luchando por la verdadera fe en ese casino teológico que no es otra cosa que un galimatías sin respuestas, iban cayendo, ignorando la cara oculta de la estafa. En esencia, la Guerra de los Treinta años fue una vasta guerra civil entre católicos y protestantes a nivel global con el epicentro en el Sacro Imperio Romano Germánico, pero que en meses, se convirtió en una descomunal melé a la que se apuntó todo quisque con barra libre.

Retrato del Cardenal-Infante por Gaspar de Crayer en el Museo del Prado. (Wikipedia)
Retrato del Cardenal-Infante por Gaspar de Crayer en el Museo del Prado. (Wikipedia)

Asombra de este período la enorme cantidad de civiles caídos en esta trágica guerra. Al principio se combatía entre ejércitos profesionales pero en las postrimerías, la demanda de reclutas llegó a incorporar a filas a chiquillos de hasta 14 años de edad; los recursos del agro, tan indispensables para mantener alimentados a aquellos vastos ejércitos y a la población civil, llegaron a ser tan codiciados por la falta de mano de obra en el medio rural, que se asesinaban poblaciones enteras para robarles los graneros y animales de granja. Por efecto de la erosión de aquel infierno, los ejércitos profesionales quedarían muy mermados siendo reemplazados por hordas de delincuentes patibularios enrolados como bandidos y mercenarios, que en ausencia de la ley, cometían todo tipo de atropellos y desmanes. Despobladas las villas y ciudades por enfermedades, hambre, peste, acciones de bandolerismo y el paso de ejércitos enteros; fueron los civiles los que despojados de todos sus haberes, padecieron con mayor intensidad aquella interminable guerra.

La guerra de los Treinta Años concluyó con la Paz de Westfalia y la Paz de los Pirineos, pero en el caso de España, involucrada por su vinculación con la Casa de Habsburgo, las pérdidas fueron más que onerosas y una sentencia de muerte a cámara lenta en el panorama internacional, porque eso es lo que fue en definitiva esta guerra, una guerra mundial que se libró no solamente en Europa, sino también en territorios lejanos en pos de la tan ansiada hegemonía.

La Paz de Westfalia (Gerard ter Borch, Ratificación del Tratado de Münster, Wikipedia)
La Paz de Westfalia (Gerard ter Borch, Ratificación del Tratado de Münster, Wikipedia)

Los territorios de los Habsburgo (Imperio Español y Sacro Imperio Romano Germánico) perderían influencia en beneficio de una Francia emergente, aliviarían la tremenda presión sobre los correosos alzados en los Países Bajos, consolidarían la potencia marítima de Inglaterra y generarían una escandalosa pérdida demográfica de alrededor de una cuarta parte de la población continental (estimaciones conservadoras), llegándose a situaciones en las que innumerables enclaves de lo que hoy sería la actual Alemania, acabarían arrasados por los ejércitos suecos (finalmente derrotados contundentemente por los tercios peninsulares españoles en Nordlingen) que destruirían cerca de 20.000 pueblos y ciudades quedando hasta el día de hoy muchos de ellos como pueblos fantasmas de por vida. Los fragmentados estados alemanes embrionarios de lo que posteriormente llamaríamos Prusia, además de Italia, los Países Bajos e incalculables áreas de la Europa Central, quedarían en la más absoluta bancarrota.

Una merienda de blancos

El comienzo de esta historia es la viva expresión de a lo que nos puede conducir la ambición humana y la incapacidad de diálogo. Felipe III, rey de la Corona Española, nieto de Carlos V, era dinásticamente un Habsburgo y era poseedor de territorios colindantes con la frontera occidental de los estados alemanes, tales como Flandes y el Franco Condado. Los franceses también estaban interesados en varios de los estados alemanes con la idea de darle lustre y esplendor a sus expansivas políticas imperialistas. Finalmente, Dinamarca y Suecia estaban detrás de los puertos que antaño habían usado los asociados a la Liga Hanseatica en el Báltico y así, impulsar su expansión mercantil hacia el sur. Vamos, que aquello era una merienda de blancos.

Fernando III de Estiria, al convertirse en emperador del Sacro Imperio, era un católico recalcitrante que, rosario en mano, rezan una jaculatorio cada diez segundos

En el caso de España se daba la situación de que nuestro país necesitaba perentoriamente proteger el famoso Camino Español, el pulmón del abastecimiento para los ejércitos que combatían en Flandes (el mayor error estratégico en la historia de España). Los calvinistas, una escisión de los protestantes primigenios, se agruparon en la Liga Protestante muy asentada en El Palatinado, encrucijada crucial de la logística española. La lógica reacción de grupo, llevó a los católicos a hacer lo mismo para prevenir su desaparición y crearon La Liga Católica.

El entonces emperador del Sacro Imperio y a su vez rey de Bohemia, Matías de Habsburgo, se fue al “otro lado” en 1619 dejando un testamento explosivo en favor de su primo hermano a falta de herederos directos. Fernando III de Estiria, que así se llamaba el beneficiario, al convertirse en rey de Bohemia y de paso en emperador del Sacro Imperio, era un católico recalcitrante de estos que rosario en mano rezan una jaculatorio cada diez segundos. Obviamente, era bastante impopular en Bohemia, predominantemente calvinista. El rechazo de Bohemia a través de un agravio a unos embajadores enviados por el mencionado rey, episodio que concluyó con una defenestración sobre un estercolero, fue el detonante de la guerra de los Treinta Años.

La batalla de Nördlingen

Las hostilidades continuaron, y los daneses por su parte y posteriormente los suecos haciendo pandilla con los aliados protestantes alemanes, serían derrotados en la famosa batalla de Nördlingen por una potente y entrenada fuerza combinada, entre los que destacarían con nombre propio el cardenal-infante don Fernando de Habsburgo, hermano de nuestro rey Felipe IV al mando de los tercios con el apoyo del talentoso general Matthias Gallas, en combinación los tropas católicas alemanas. Todo el prestigio sueco se desmoronaría como por arte de magia. Pero el tema se fue complicando más si cabe.

La paz de Westfalia introdujo un modus operandi en el que el diálogo entre naciones cobró valor y se asentó como medio de negociación

En este punto hay que destacar que Francia, muy dada a la diplomacia de salón y a las patadas bajo la mesa (ya se alió en su momento con los turcos para combatir a los españoles y les cedió Marsella para su avituallamiento, descanso y tropelías), en este momento de la Guerra de los Treinta años con objeto de debilitar a España, hizo lo mismo, pero esta vez con los protestantes de los Países Bajos y de paso, con los suecos. No es que consiguieran objetivos materiales importantes, pero si un efecto disuasorio puesto que sus dos aliados de oportunidad, rodeaban a los españoles que a su vez, rodeaban a Francia desde el norte y el este. Richelieu, el católico cardenal, que era un conspirador nato, pues su rey Luis XIII andaba todo el día persiguiendo faldas, fue el perejil de todas las salsas.

Pero el conspicuo purpurado, allá por 1642, se fue al más allá sin previo aviso, y un año después lo hizo su rey. Para entonces, los franceses hacían números y no les cuadraban las cuentas. Luis XIV, cuando subió al trono de Francia, tenía tan sólo cinco años, y su regente, el Cardenal Mazarino, un hombre más templado y prudente, comenzó a trabajar para buscar una salida diplomática a aquel follón, ganando así tiempo para rearmar a su país. Por fin llega la paz y comienzan las sumas y restas… y la tabla de multiplicar.

Foto: El Tratado de Londres: así se fraguó la paz entre Inglaterra y España tras la guerra

Europa, concebida hoy como una asociación de inter pares, había saltado por los aires y perdido en el conjunto de los intervinientes, un 15% de la población masculina (Solo Rusia, país determinante en la II Guerra Mundial, perdió el 12% de su población); pero la paz de Westfalia introdujo un modus operandi en el que el diálogo entre naciones cobró valor y se asentó como medio de negociación. La población civil pagó un precio terrorífico que se calcula en un 85% del total de los caídos. Solamente en el saqueo de Magdeburgo por los católicos en 1631, perecieron más de 20.000 habitantes, la casi totalidad de sus habitantes.

La brutalidad de los enfrentamientos alcanzó cotas cercanas al peor infierno imaginado sin límites precisos, y no es retórica simple. Canibalismo documentado, violaciones en masa, saqueos por doquier, pueblos y ciudades incendiados, tierra quemada, falta de indulgencia con los prisioneros, carencia total de la ley, etc. hicieron de aquellos años (el pintor Rubens, espía de la Corona Española, 'dixit') como él definió” los años de acero”. A su vez, otro pintor, francés en este caso, Callot; dibujó y definió de manera siniestramente magistral el horror y el drama en su famoso Árbol de los ahorcados. Para que luego nos cuenten que el cielo y el infierno existen en lugares abstractos y lejanos. Es probable que tras aquella enorme matanza, Europa como concepto político comenzara a gestarse a través del multilateralismo.

Las repercusiones de la Paz

España perdió tras el Tratado de los Pirineos, un epílogo del de Westfalia, los territorios que aún poseía en los ultrapuertos de esa divisoria orográfica pirenaica (Rosellón y la Cerdaña) además de Alsacia y Lorena, vitales distribuidores de las tropas peninsulares del Camino Español. En los Países Bajos concluyeron ocho décadas de la guerra más cara de la historia (con tres quiebras de por medio) como consecuencia del estrabismo político de nuestro país, que podía haber permitido docenas de formas más conciliadoras (a Felipe II 'se le fue la 'olla' con las ejecuciones de los negociadores católicos, condes de Egmont y Horn) y tener a los precursores de los actuales holandeses como vasallos bien tratados, contribuyentes e incluso, como amigos; y todo esto, solo con un poco de mano izquierda.

Falta de imaginación y mucha carne de cañón es lo que faltó y sobró en la Guerra de Flandes, además de un país hastiado por la falta de soluciones internas.

Hoy como ayer.

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