El infame juicio a Núñez de Balboa
  1. Alma, Corazón, Vida
una víctima

El infame juicio a Núñez de Balboa

Por envidia tuvo que subir al patíbulo, tras ser juzgado por casos de los que ya había sido absuelto y de otros que no tenían razón de ser. Su nombre y legado serán eternos

Foto: Núñez de Balboa (Wikipedia)
Núñez de Balboa (Wikipedia)

Somos huérfanos bajo el rocío /somos el horizonte de nuestros sueños

Somos la mano que avienta las semillas hacia el mar,

¡Hacia el mar poetas! que se hace tarde para soñar.

-Eugenia Sánchez Rodríguez (Poeta alicantina).

Era un mar desconocido, ningún cartógrafo de la época ni anterior, lo había reflejado, escamoteado u ocultado; era una vasta e inabarcable inmensidad líquida que nunca antes había existido en el conocimiento de los “occidentales”. Con el tiempo se supo que unos valientes aborígenes muy pigmentados de melanina cobriza y sobrados de valor – gentes audaces de la Polinesia embarcados en canoas con estabilizadores – , habían pululado por unas islas microscópicas allende el Gran Océano. También se aventuró con la hipótesis de que los chinos en la última época Ming pudieran haber cruzado en sus enormes sampanes y juncos aquel arrollador e imponente azul. Pero en los albores del siglo XVI, solo existía Europa en las mentes de la ignorancia y el conocimiento euro centrista.

Hacia 1513, otro extremeño, Vasco Núñez de Balboa, sería el primer europeo que tras atravesar el Atlántico y aventurarse en la insondable y profunda selva de lo que hoy es Panamá, descubriría el océano Pacífico. Gracias al apoyo de los guías indígenas, esta hazaña sin precedentes en la historia conocida, esta impresionante visión desde las verdes colinas que en la vertiente oeste del país hacia el mar, descienden menguando sus colosales magnitudes, señala una posible percepción de la eternidad.

Vasco Núñez de Balboa sería el primer europeo que tras atravesar el Atlántico y aventurarse en la insondable y profunda selva de lo que hoy es Panamá, descubriría el océano Pacífico

Aquel legendario mar que con tanto denuedo había buscado Colón y otros navegantes durante centurias, contemplaba al extasiado conquistador, que atónito y consciente a la vez de tan enorme descubrimiento, asistía incrédulo y confundido a su propio asombro. Durante largo tiempo, extático, en un trance cercano al shock, Balboa se diluyó en aquella desconcertante lejanía antes de que la exuberante noche tropical lo arrollara alfombrándolo con su miríada de estrellas.

Pero aquella extraordinaria visión traería un legado de enfrentamientos entre españoles en los años subsiguientes. Es sabido que en nuestra ancestral genética hay un gen defectuoso que nos acerca al abismo constantemente como en el ciclo maldito de Sísifo y su famosa piedra. Hay un vórtice que nos arrastra al enfrentamiento constante y es por ello, que no escapamos a él, pues la pasión nos ciega y no nos permite ver con perspectiva la grandeza perdida, ni tampoco –si no nos quitáramos la venda–, las potencialidad latente del porvenir en el caso de ser capaces de afrontarla juntos; pero hay todavía demasiados resentimientos larvados y en hibernación que resucitan en atroces ciclos.

En aquel turbulento escenario de ambiciones encontradas, envidias mal disimuladas, alianzas de oportunidad y juramentos de fidelidad baldíos; un tal Pedrarias (Pedro Arias Dávila) sujeto rencoroso, malvado y patibulario, a la sazón gobernador del territorio de Castilla del Oro y posterior gobernador de Nicaragua, le tenía una manía intensa a Balboa por sus logros y la naturalidad con que los materializaba. El propio Fernando el Católico, le había favorecido en un probablemente desacertado salto en el escalafón de beneficios y encomiendas y ello lógicamente había dejado poso en un personaje de esta ralea.

Por lo tanto, como la fama de Balboa crecía enteros y estos dos elementos no estaban por la labor de que asomara la cabeza en aquel barullo de ambiciones, decidieron cortar por lo sano

Balboa era en suma, un incómodo rival para sus delirantes proyectos de conquista y control férreo de sus subordinados; y luego estaba por ahí un tal Francisco Pizarro, que tenía asimismo planes propios para ir hacia el sur, pues al parecer las historias relativas al oro, un metal hipnótico y magnético sin discusión, generaban unas tensiones fuera de lo común en aquellos ávidos conquistadores. Además, el hecho de que ambos compinches se quitaran de en medio a tan incómodo rival, suponía la consolidación del primero en el poder y del segundo, en una carta blanca para sus posteriores correrías –(y consiguientes guerras civiles intestinas contra los almagristas que también quería su cuota de mercado) en su pulso contra los enfrentados incas en el llamado Tahuantinsuyo, posteriormente parte del Virreinato del Perú, un territorio de unos 3.000.000 de kilómetros cuadrados, que se dice pronto.

Vasco Nuñez de Balboa
Vasco Nuñez de Balboa

Por lo tanto, como la fama de Balboa crecía enteros y estos dos elementos no estaban por la labor de que asomara la cabeza en aquel barullo de ambiciones, decidieron cortar por lo sano. Un tal Andrés Garabito, colaborador de Balboa en la campaña del Pacífico estaba enloquecido por los huesos de una criatura parecida a una diosa; su nombre era Anayansi. Anayansi, era una joven india que levitaba con su espectacular belleza y la verdad, era duro retirar la vista cuando pasaba delante de los ojos de la codicia. Anayansi le dio calabazas al irrespetuoso pretendiente, y enterado del acoso, el extremeño a la vuelta de una exploración, le recriminó su actitud. Todo parecía haber concluido con las falsas excusas del despechado. Pero la cosa se puso bastante fea y para más inri, Balboa no percibía ni era informado de las maniobras de este Judas.

Garabito envió una misiva a Pedrarias Dávila en la que argumentaba que el adelantado quería conquistar por su cuenta y desmarcarse de su Majestad. El sibilino castellano fingió creer el testimonio del mal perdedor que era Garabito y actuó en consecuencia. Ordenó el apresamiento de Balboa temiendo su fama in crescendo y la potencialidad o expectativa que las riquezas pudieran otorgar a la Corona en detrimento de su autoridad y los viejos rencores que albergaba contra el extremeño, por lo que dispuso una artera celada.

Pedrarias Dávila ordenó el apresamiento de Balboa temiendo su fama in crescendo. Fue acusado falsamente de intentar traicionar a su rey

Apresado bajo la falsa acusación de intentar traicionar a su rey, el mismísimo Francisco Pizarro – que iba a pachas con el infumable Pedrarias–, encadenaría al incrédulo y sorprendido descubridor del Océano Pacífico, conduciéndolo a la pequeña villa fortificada de Acla, siendo arrojado a una lóbrega mazmorra. Balboa que estaba al mando de más de 300 hombres, no había opuesto resistencia puesto que pensó que el tema no tenía mayores consecuencias.

Pedrarias (de quien ya hablamos aquí en anterior artículo), era temible por sus métodos y crueldad. Los que le habían jurado lealtad hasta la muerte a Balboa, habían desaparecido por ensalmo cuando las cosas se tornaron crudas para aquel gran explorador. El temor a las represalias del despreciable Pedrarias sobrevolaba las mentes de los que en un entorno de calamidades y sueños, solo aspiraban a sobrevivir para volver con cierto prestigio y recursos a la España que dejaron atrás. El temor y porque no decirlo, el terror que inspiraba esta bestia humana y sus confidentes, tenían una presencia latente en aquel hostil entorno en el que no sabías en quien confiar ni quien te podía apuñalar por encargo.

Núñez de Balboa. Fuente: iStock
Núñez de Balboa. Fuente: iStock

Se le instruyó juicio sumarísimo mientras Pedrarias y Pizarro se frotaban las manos. El caso de Francisco Pizarro es si cabe, más sangrante pues había sido amigo suyo “de toda la vida". Con una buena sarta de testigos comprados (que no tuvieron ningún reparo en declarar bajo juramento), en los albores de 1519 fue condenado a morir junto a cuatro amigos de la infancia e incondicionales. Se le acusaba de casos por los que ya había sido juzgado y absuelto, y de otros cargos que no tenían enjundia para ser encausado. El extremeño juró que de ser así, jamás se habría dejado apresar, pero la confabulación de aquellos arteros compañeros de armas, era ya un hecho consumado.

El caso de Francisco Pizarro es si cabe, más sangrante pues había sido amigo suyo “de toda la vida “

Gaspar de Espinosa, un capitán ecuánime en medio de aquella horda de silenciosos cómplices, rompió una lanza en favor de Balboa. A sabiendas de la injusticia que se estaba cometiendo con el ilustre explorador, arguyó que el cúmulo de méritos del adelantado merecían otro tratamiento diferente al que se le estaba aplicando. Pedrarias permanecía en sus trece y fue taxativo con las órdenes dadas. Espinosa, sabiendo cómo se las gastaba el animal de bellota de su jefe, ejecutó la orden.

Núñez de Balboa resignado ante tamaño atropello, subió al cadalso acompañado de una lúgubre cacofonía de tambores y de un silencio monumental. La espada de su único defensor y verdugo a la vez, le indicó cuál era el camino del silencio y la clave para despejar la mayor incógnita del ser humano ante el postrer momento.

El influjo de la envidia es el peor virus que existe, pues va de la mano de la calumnia.

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