María Cristina de Borbón, la vergonzosa ambición económica de una reina impune
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María Cristina de Borbón, la vergonzosa ambición económica de una reina impune

Fue la cuarta esposa de Fernando VII y también su sobrina. Férreamente tradicionalista, su vida consistía en obedecer al hombre, hasta que tuvo que reinar

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María Cristina de Borbón.

Si tu intención es describir la verdad, hazlo con sencillez y la elegancia, déjasela al sastre

-Albert Einstein

Decía Marie Curie que “Nada en esta vida debe asustarnos, solo debe ser comprendido; es tiempo de entender más para que temamos menos”. Como en este país no ganamos para sustos, sería conveniente entrar en detalle sobre cómo algunos honorables sujetos hacen sus fortunas, así, como quien no quiere la cosa, porque España no es como Silicón Valley en la que algunas docenas de osados estudiantes del MIT se meten en un garaje para dejarse las seseras en el empeño en aras de la ciencia y parir tecnología punta, no. Para hacer pasta gansa en un abrir y cerrar de ojos, está España, referencia mundial en la levitación de la materia en lo que somos un avanzado exponente, un inapelable abracadabra del arte de la mangancia, en la que algunos espabilados, se encaraman al poder para hacerse subrepticiamente una fortuna en un abrir y cerrar de ojos. Para muestra, un botón.

Nuestra voraz reina María Cristina de Borbón, no sabía casi nada de etiqueta y menos de buenas maneras. Esta reina llevaba en el ADN la indiferencia por la cultura y no digamos ya, por la educación, algo que tampoco supo transmitir a su hija Isabel II. Su formación en el arte de afanar era inigualable, en las calificaciones de Forbes habría estado ahí, en el top ten.

Creyendo que actuaba por el bien de la nación, María Cristina se cargó las aspiraciones sucesorias de su primogénita

Era el 22 de agosto del año 1878, y nuestro osado y virginal "caco" (el cambio de género suena feo), especializada en el elevado arte del levantamiento del real de plata, el de vellón, el maravedí, etc., (nuestras añoradas pesetillas llegaron hacia 1868 con la caída de Isabel II para acabar con aquel caos), dejaba este mundo de terrícolas y una fortuna que quitaba el hipo.

Doña Mª Cristina de Borbón, Regente de España hasta la mayoría de edad de su hija, otra pieza de aquí te espero, había tramado múltiples travesuras, travesuras que perfectamente podrían generar una enciclopedia o compendio de todas las picardías patrias y pupa de la gorda al fisco, algo al parecer bastante habitual en nuestros monarcas.

Fernando VII el “felón”, a la sazón encerrado en el Palacio de La Granja de San Ildefonso, estaba en ese trance inevitable en el que uno no quiere irse, pero la vida con su contumaz calendario cronológico y biológico, le recuerda la inevitable caducidad de la materia; sea cual sea la oposición del sujeto, acaba doblegando su voluntad y resistencias ante este hecho fatídico y quizás en ocasiones, liberatorio. Un episodio de gota lo tenía doblado y bajo los influjos groseramente manejados por su cuarta esposa, María Cristina de Borbón, que no venía a darle cariño sino a darle caña una vez más; forzaba a su medio moribundo maridito a que firmara el famoso decreto que revocaba la Pragmática Sanción (implementada en el año 1830) que regulaba la sucesión dinástica en favor de su única hija, Isabel II.

Es más que probable que la ira de los partidarios del hermano del rey Fernando VII, Carlos María Isidro, generara las posteriores algaradas y las desgraciadas guerras civiles Carlistas

Como es sabido, la Ley Sálica no permitía a las mujeres reinar y es introducida por el Borbón Felipe V en España, hasta ser definitivamente conculcada por el Título II de nuestra actual Constitución. Es más que probable que la ira de los partidarios del hermano del rey Fernando VII, Carlos María Isidro, generara las posteriores algaradas y las desgraciadas guerras civiles Carlistas, alimentando así un sentimiento en las periferias, que todavía hoy colea impidiendo cerrar heridas del pasado, porque de entre las muchas cosas maravillosas que tiene este país, la mala, mala, mala; es que somos muy sanguíneos y jodi…..te rencorosos.

Pero lo más paradójico de todo esto, es que lo que parecía revolucionario, novedoso y de justicia, ya lo había apuntado aquel gran rey castellano llamado Alfonso X el Sabio en las antiguas leyes de las Siete Partidas. La tragedia de este país, es que conviven grandes innovadores con verdaderos “border line”… Así nos crece el pelo…

María Cristina, en la creencia de que operaba por el bien de la nación (a veces el machismo no solo es patrimonio de los hombres), se cargó las aspiraciones sucesorias de su primogénita, que si no hubiera reinado, tampoco habría pasado nada a la luz del legado que dejó la criatura. No obstante, la Ley Sálica, nunca llegaría a buen puerto pues, Fernando VII se recuperó milagrosamente y volvió a su vieja afición de hacer “pirulas” a diestro y siniestro e hizo una limpia entre los conspiradores que utilizaron la presunta inocencia de la reina que vino de Nápoles. Pero como es de rigor en este extraño tránsito, al final el aberrante monarca que tanto daño hizo a este país mediante traiciones y represión a discreción, palmó.

María Cristina fue la cuarta esposa de Fernando VII a la par que su sobrina. Férreamente tradicionalista y conservada en salmuera, su vida consistía en obedecer al hombre y darle descendencia, un trágico clásico del que afortunadamente la mujer de hoy ha podido zafarse a medias y no sin dificultad. En 1833 tuvo que hacerse con las riendas de un país de locos y lamentablemente, muchas de las decisiones que adoptó bajo el paraguas del absolutismo más severo, recordaban a las de su extinto e impresentable marido.

En 1833 tuvo que hacerse con las riendas de un país de locos y muchas de las decisiones que adoptó recordaban a las de su impresentable marido

Es más que probable que al ver el desaguisado posterior producto de su urdimbre manipuladora, se arrepintiera, pues a partir de ahí intentó que su hija Isabel accediera al poder a toda costa. La conducta de la aciaga protagonista le hizo un flaco favor a este país y a su futuro, la avería fue de calado y en la línea de flotación de una nación desconcertada y seriamente afectada por la caprichosa dirección de incompetentes coronados de pequeñas gónadas y estrechas mentes o directamente, como sería el caso del melifluo espécimen o figurante de secundario, el marido de Isabel II; claramente afeminado y vilipendiado por un pueblo harto de aguantar incompetencia.

La conflictiva regencia y posterior y esperpéntico reinado de su controvertida figura y la de su ninfómana criatura, transcurren entre la escandalosa avaricia y ambición desmedida de la corrupta monarca en un país sumido en la desolación más absoluta. Hay quien acusa a Agustín Fernando Muñoz, su marido y compinche de correrías de la regente, de todos los males acaecidos, pero el hombre era un pan bendito, solo robaba lo justo para hacerse rico.

En el caso de ella, en el que la simplista concepción proveniente de algunas personas para las que la delgada línea roja del clasismo, el dinero, el poder, y porque no, también del soporte de una mullida cuna junto a una arrogancia manifiesta en el ADN de una rancia aristocracia (la de aquel tiempo por supuesto), hicieron de la regente, un ser objeto de mofa por parte del pueblo y de sus declarados enemigos, los liberales.

Exilio en París

Cuando abdicó en el todo poderoso general Espartero (el del caballo y sus colosales atributos), se fue una temporadilla al exilio parisino. Sus entendederas no le daban para asumir que España requería en ese momento renunciar al absolutismo y hacerle la peineta al Antiguo Régimen. Su hija, una hedonista de manual poco ejemplar en su conducta social ( hay que señalar que nunca recibió cariño por parte de su gélida madre), (sus naturales derechos carnales nadie se los niega, así como su afición inveterada a los temas horizontales), tampoco veía nada claro lo de una España constitucionalista y no tenía ni idea de que hacía unos años, unos honorables, lúcidos y clarividentes señores en Cádiz, habían creado una cosilla llamada “La Pepa “ y que por ella, habían dado sus vidas a manos de un padre (el suyo), que era un mendaz de manual, aparte de embustero cum laude y traidor a su nación(hacia manitas con los franceses en Bayona durante la Guerra de la Independencia).

Lamentablemente para nuestra nación, no educó a Isabel para las duras exigencias de un puesto de tan difícil gestión y tan alta representación

María Cristina de Borbón, lamentablemente para nuestra nación, no educó a Isabel para las duras exigencias de un puesto de tan difícil gestión y tan alta representación. Para colmo la forzaría a casarse con su primo Francisco de Asís de Borbón, conocido como la "Paquita" por su afeminamiento y que había dejado el armario a las primeras de cambio. A la joven monarca le dio una pataleta del copón y corrió a sus aposentos a llorar como una magdalena cuando le presentaron a aquel adefesio tan poco varonil. El vapuleado pueblo español, no acabó de asimilar a aquella reina y su problemática – tampoco su conducta social le ayudaba mucho pues era un zote irreparable-, y lo de la promiscuidad en una España tan hipócritamente esquizofrénica, donde la Iglesia Católica era omnipotente y la moral de puertas para afuera debía de simular buenas maneras, tampoco ayudaba a su deteriorada imagen.

Pero la susodicha María Cristina lamentablemente pasó a la historia como una botarate regia. Sus ambiciones económicas eran directamente desmedidas y rozaban una absoluta falta de vergüenza, amparada en la impunidad más absoluta. La hacienda pública no daba pábulo a las fechorías de esta máquina fagocitadora de bienes públicos y privados que ya fuera a velocidad de crucero o en vuelo rasante, parecía arramplar con todo lo que tenía un mínimo atisbo de brillo; era un ser de una amoralidad inhumana.

placeholder Isabel II de España.
Isabel II de España.

Su segundo marido era un ladrón certificado que actuaba a expensas de la intocable testa coronada y sus atributos de invulnerabilidad. Agustín Muñoz que así se llamaba el chorizo que trabajaba tras la tramoya y que usaba como marca de la casa la clásica postura egipcia de elongar ligeramente la mano para menear el árbol de la fruta del oro, era un director de orquesta que dejaba a Rieu, Karajan o Solti a la altura del betún.

En las colonias, se forró literalmente con el mercado de esclavos, era un negrero impío y un auténtico criminal de lesa humanidad que no dudaba en deshacerse de los desgraciados que contraían enfermedades en las sentinas de sus goletas; todos sabían lo que iba a ocurrirles en caso de que la desgracia se cebara en ellos durante la travesía. Por las bordas de aquellos barcos endemoniados eran arrojados sin compasión alguna los futuros interfectos.

Cuando el clamor popular se convirtió en aullido, abandonó España en el año 1854. Legó una herencia de sangre y horror

Su fama se acrecentó enteros con el mercado del azúcar y su demanda exponencial en Europa convirtiéndose hacia 1844 en la primera fortuna del país. Eran ambos un binomio infernal. Y para rematar de cabeza y por la escuadra, allá donde el scorzo del arquero roza la perfección, metía goles a la justicia y al erario público por docenas. No había contrato de obras pública que se le resistiera, las comisiones por momentos parecían granizadas de mete-oros, y por supuesto, todo todito, a dedo. Si a toda esa ciénaga de corrupción de la noble pareja le añadimos que el ferrocarril, y por ende la potenciación del transporte de la minería a través de él pegaron un subidón de aquí te espero, estaríamos hablando de la mayor estafa del país en su fase lenta pero irreversible de decadencia en el plano internacional. Esta gente no se conformaba con el chocolate del loro, no; le gustaba el de Lady Godiva.

Pero desgraciadamente, la fama de ladrona se la quedó quien daba la cara desde su incontestable atalaya de superioridad y privilegiada inmunidad; ella, María Cristina de Borbón. Cuando el clamor popular se convirtió en aullido, abandonó España en el año 1854. Legó una herencia de sangre y horror de un monto aproximado de unos 50 millones de pesetas, que a la baja y sin exageración alguna, podrían suponer hoy el equivalente a unos 1.500.000.000 de euros; el equivalente a la actual decima fortuna española. Casi “na”. Y eso que vino de Nápoles con lo puesto.

España, suma y sigue.

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