UN ENORME CONFLICTO CIVIL

El siglo en que España empezó a meterse el dedo en el ojo

La época de 1900 son los años del gran fracaso español. Todo el tinglado se resiente y no hay dirección competente que tome decisiones de calado

Foto: Calderote (Primera Guerra Carlista) de Ferrer Dalmau.
"Calderote" (Primera Guerra Carlista) de Ferrer Dalmau.

A veces en esta vida, lo más difícil es saber que puente cruzar y cual quemar.

Zenk.

El carlismo no fue en modo alguno, o al menos exclusivamente, el resultado de la sucesión femenina del rey Fernando VII en la figura de su hija Isabel. Como corriente ideológica y hecho sociopolítico es anterior a la Pragmática Sanción –alumbrada en 1830–, que derogaba las disposiciones en relación con esta anómala forma de sucesión y ponía patas arriba la tradicional Ley Sálica de origen francés (por otro lado bastante machista por injusta y excluyente hacia los vástagos femeninos).

El adjetivo "carlista" designa a una corriente política preexistente, que despunta mediada la última década de la actuación del ominoso monarca fernandino (1823-1833). Esa corriente o paraguas abarcaba a los llamados realistas, un conjunto muy heterogéneo de individuos o grupos que en aquel tiempo del reinado de aquel bandarra llamado Fernando VII eran partidarios de la monarquía absoluta o, lo que es lo mismo, la preservación de las instituciones del Antiguo Régimen, por otra parte, bastante rancias y con poca o nula ventilación.

En los años veinte del siglo XIX, se hacía perentoria la sustitución del rey traidor a la Constitución de Cádiz, no solo por eso, sino por su aura de malvado

De un análisis global sobre el carlismo o realismo se traduce que su “pensamiento” político era radicalmente antiilustrado y antiliberal, ingredientes en un contexto más amplio, pero con un tufillo que impregnaría en buena parte del siglo XIX y XX muchos de los movimientos sociales, reaccionarios a cualquier forma de evolución del país hacia un futuro más acorde con las demandas intramuros y las exigencias posicionales exteriores de una nación que aspire a la modernidad. Un “tic” endémico de la España eterna, y en definitiva, de nuestro poco aburrido 'kindergarten' patrio.

En los años veinte del siglo XIX se hacía perentoria la sustitución del rey traidor a la Constitución de Cádiz, no solo por eso, sino por su aura de malvado con cola tridentina. Su retorno tras el secuestro de su oronda figura en Francia y las insanas decisiones posteriores en política doméstica no habían sido olvidadas por una buena parte de los ciudadanos agraviados por los desatinos de este incalificable personaje. Para ello, se había pensado en su hermano, el infante Carlos María Isidro, en esos momentos, heredero directo de la Corona. Quizás de ahí surgiera la derivada o mutación de realistas a carlistas.

Entonces, como consecuencia de la Pragmática Sancion, Isabel II se convirtió en el primer monarca constitucional de España, habida cuenta las peculiares circunstancias en las que se desarrolló –o no– la constitución de Cádiz. Cuando murió en 1833 el infame e infumable Fernando VII “el deseado”, Isabel II todavía andaba en taca-taca, y la clase política de la época, en un inusual arrebato de lucidez, aprovecharía la ocasión para establecer un régimen constitucional, que se decantaría en la “criatura” de 1837. La España reaccionaria, los llamados realistas, ante la pérdida de protagonismo y el inevitable desplazamiento y centrifugado de los círculos de poder, van y se sublevan. Las llamadas guerras carlistas (o realistas) fueron verdaderas guerras civiles en toda regla.

El gran fracaso español

Como en cosmética, siempre se trata de ocultar (o potenciar) lo obvio con habilidad y destreza. La cuestión aparente era la de negar la legitimidad de Isabel II para ser reina por el hecho de ser mujer, pero el meollo de la cuestión, la esencia del conflicto giraba en torno a la lucha entre absolutistas y liberales. Los reaccionarios sufrieron algunos correctivos y la España liberal intentó acercarse al futuro, aunque la escora de la nave era bastante acusada por las taras endémicas de una nación poco dada a crecer o renovarse en su propia identidad. Bascular lastre para equilibrar la algarabía del gallinero nacional no estaba en el ADN o el “Ethos” de los sanguíneos y temperamentales españoles.

El siglo XIX es el siglo del gran fracaso español. Todo el tinglado se resiente y no hay dirección competente que tome decisiones de calado. Se pierden las colonias, la gran potencia que fuimos se diluye en el retrovisor. Llegamos tarde a los dos grandes procesos históricos en ciernes, la revolución industrial y el establecimiento del estado liberal de derecho. Y como proyección o espejo de lo que ocurre en ese periodo, la figura de Isabel II simboliza nuestra decadencia. Un desgobierno, el español, con causas mucho más amplias que las situadas en las libidinosas fronteras del pubis de esta reina de vida alegre, que en el fondo favorecía el saneamiento de la endogamia borbónica a través del vital intercambio genético, evitando así la letal consanguinidad y secuelas periféricas.

El siglo en que España empezó a meterse el dedo en el ojo

Los españoles nos lanzamos a degüello entre nosotros como si de una trivial partida de futbolín se tratara, pero en la realidad comenzábamos a cruzar las latitudes negras del siglo venidero, y transcurridos solo seis años nos volvimos a echar en manos de los Borbones como mal menor. Amadeo de Saboya, hombre culto y sensible al factor humano, lo clavaba en eso de que los españoles éramos los peores enemigos de nosotros mismos. Del mismo modo, Cánovas, el promotor de la Restauración, decía que había venido a galvanizar el cadáver político de España; y no nos olvidemos de la famosa frase de Otto von Bismarck, que ese sí que lo bordaba, cuando decía: "Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí mismo y todavía no lo ha conseguido. El día que deje de intentarlo, volverá a ser la vanguardia del mundo”. Esta frase histórica y lapidaria nos podía hacer reflexionar para perder la arraigada costumbre nacional de meternos el dedo en el ojo un día sí y otro también, y empezar a demostrar responsabilidad y altura de miras a través de pequeñas y simbólicas concesiones que engrasarían muy bien la máquina de la concordia y un horizonte más prometedor.

Con la Iglesia hemos topado

En un primer asalto ganaría a los puntos el realismo, que a partir de ahora llamaremos carlismo. Los Cien mil hijos de San Luis, liderados por el Duque de Angulema ,penetraron en tromba por los Pirineos e hicieron unos cuantos rotos en la piel de toro. Fernando VII se instalaría cómodamente en la poltrona, cogiendo algo de sobrepeso, aunque, curiosamente, las entendederas le funcionaron algo mejor que antaño. Buscó crear un fulcro donde asentar el “centrismo”, que llamaríamos ahora.

En una sociedad abocada al cambio o al estancamiento, no se podía imputar a una razón “mono causal” los acontecimientos en liza. La Iglesia estaba entre bambalinas empeñada en que la revolución liberal no prosperara y para más abundamiento quería revitalizar la extinta Inquisición y, obviamente, tocaba aquellos palos que podían coadyuvar a sus propósitos. La pervivencia de las antiguas instituciones estaba amenazada y el clero con sus enormes privilegios agitaba la cuna sin reparo alguno. La Iglesia corría el peligro de perder su hegemonía económica, cultural y social, y hasta ahí podíamos llegar mangas verdes.

Aunque entre 1872 y 1874 hubo alguna esperanza de reavivar al viejo ideario carlista, el tiempo de la gloria ya había pasado

Es bastante probable que las llamadas tres guerras carlistas se redujeran a dos, pues la segunda tuvo mucho de enfrentamientos entre partidas fuertemente armadas, pero sin consistencia estrictamente militar. Algunos historiadores han visto en nuestra terrible Guerra Civil de 1936 una cuarta proyección de esta calamidad patria, pues de alguna manera refleja cierta mentalidad carlista sobre el carácter de nuestros enfrentamientos civiles.

Quizás el visado para una cierta aprobación del movimiento carlista residiera en que actuaba como vehículo de repudio del orden social imperante por las amplias capas sociales excluidas de la representación y participación, en el anhelo de una transformación negociada o consensuada ante un poder oligárquico amurallado y enrocado. Lamentablemente, las llamadas partidas nunca tuvieron mandos de altura que supieran llevarlas hacia una consolidación territorial para después traducirla en administrativa. Jamás, salvo escasos periodos de cierta duración, en el País Vasco-Navarro, Cataluña y el Maestrazgo hubo atisbos de asentamiento duradero.

Baldomero Espartero, príncipe de Vergara.
Baldomero Espartero, príncipe de Vergara.

Aunque entre 1872 y 1874 hubo alguna esperanza de reavivar al viejo ideario carlista, el tiempo de la gloria ya había pasado. A pesar de victorias sonadas como la de Montejurra y Somorrostro, se estrellarían contra Bilbao una y otra vez. Ante la indiferencia de Europa en una anacrónica guerra legitimista y la acción de un astuto Cánovas, que recogería bastantes de las aspiraciones carlistas, este movimiento se iría diluyendo con el viento del tiempo, quedando acciones testimoniales residuales como la de la colaboración con los sublevados en la Guerra Civil del 36 por parte de un carlismo montaraz y retrogrado.

De toda esta pequeña historia de rencillas, golpes de mano y un irracionalismo a ultranza, cuyo frenado hizo al país restar las energías necesarias para ir hacia adelante, quedará la figura del Abrazo de Vergara entre Espartero y Maroto en el año 1839. Un ejemplo de cómo podría haber finalizado nuestra trágica y todavía cercana Guerra Civil, y un símbolo de arranque para una nueva época en nuestra confusa coyuntura política actual.

Mi particular visión sobre nuestro país no deja de ser una verdad relativa –pues eso es lo que es cualquier verdad– y solo busca ser una reflexión para aquellos que creen estar instalados en los territorios de la razón pura. Los otros siempre son una parte de la solución. Si queremos evolucionar con ambición y perspectiva, tal vez sería mejor que dejáramos de darnos estacazos.

Alma, Corazón, Vida

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