la reina ninfómana

Isabel II, la conquista del poder desde la alcoba

Soledad Galán retrata la intensa y lujuriosa vida de la única reina de los Borbones en la novela con forma de autobiografía 'El diablo en el cuerpo'

Foto: Isabel II, de joven. (Dionisio Fierros)
Isabel II, de joven. (Dionisio Fierros)

"Es puta, pero pía". Palabras reales del papa Pío IX para definir a la que estaba postrada frente a él a la espera de recibir la Rosa de Oro: Isabel II, la única reina de los Borbones, que vivió más tiempo en el exilio que sentada en el trono y que hizo de su frecuentada cama cuestión de Estado. Soledad Galán retrata la vida de la primogénita de Fernando VII y María Cristina de Borbón-Dos Sicilias en 'El diablo en el cuerpo' (Grijalbo), una novela con forma de autobiografía -producto de dos años y medio de investigación buceando en archivos, cartas y documentos oficiales, biografías y hasta estancias en sus palacios- que destapa todas las caras de "una hembra que se daba. A todo y a todos".

Narrada en primera persona, la novela desgrana la larga lista de amantes que tuvo Isabel II, una mujer víctima de su corona y de la situación política de una España que pierde las colonias y se reinventa en otra nueva, pero también víctima de sí misma y de sus placeres carnales. "Fue una reina a la que no dejaron gobernar porque, intencionadamente, todos se empeñaron en que no fuera instruida, desde su propia madre, la regente María Cristina, a quien le interesaba seguir en el poder de una forma u otra. No la formaron emocional ni social ni políticamente", cuenta la autora. "Aunque parece una novela de alto contenido erótico, también muestra cómo desde las relaciones amorosas de Isabel II se puede plasmar el final de una España y el inicio de otra nueva. Se plantea como un juego, aunque tiene un gran rigor histórico".

Isabel, apodada 'la frescachona' por el pueblo, fue también una reina adelantada a su tiempo. No sÓlo por su fama de ninfómana y por ser una mujer ávida de encamarse con todo 'bienplantao' que se le pusiera por delante (desde guardias alabarderos a nobles o militares), sino por el uso de su sexualidad para ejercer un poder que le tenían usurpado desde las instituciones políticas.

Retrato de Isabel II.
Retrato de Isabel II.

"A las mujeres del siglo XXI, que alguien intente gobernar desde la intimidad nos parece algo baladí, pero en el XIX, cuando la mujer era 'el ángel del hogar' y su función era servir al placer del hombre, Isabel II se pone el mundo por montera y peca -lo dice en la novela: "Me he dado cuenta de que soy una pecadora"- y se revela contra esa encarnación de la mujer. Ella exige placer. Y como no la dejaron gobernar desde la política, lo hizo desde la intimidad", explica Galán. Pero también en su lecho fue utilizada, porque, como relata en su obra, los políticos que se acostaban con ella lo hacían para utilizarla.

La colección de amantes de 'la reina castiza' o 'de los tristes designios' (reinó entre 1833, cuando con tres años fue proclamada monarca bajo la regencia de su madre, y 1868) comienza con frustración."El amor era, con él, así, agotador; una se cansaba antes de comenzar, solo con verlo", dice. Con 16 años la casan con Francisco de Asís, su primo carnal, más proclive al género masculino y con un grave problema de impotencia. 'Paquito' o 'Paquita', como le llamaba Isabel II, tardó un mes en consumar su matrimonio. "Qué podía esperar de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes que yo", se queja la soberana. 

"Tenían una relación de odio brutal, aunque al final de sus días evoluciona hacia una relación de amistad. Él se convierte en su consejero y la cuida en los últimos años de su vida", apunta Galán. Aun así, su relación fue de todo menos buena. "No le atraía Isabel, no podía ni aunque fuera una cuestión de Estado. No está probado que Francisco de Asís fuera homosexual pero se sabe que tenía una relación especial con Ramón María Meneses, además de que no podía tener erecciones", cuenta. "Para él una corona era una corona. Aunque para obtenerla hubiera de sufrir el peor de los castigos: el caballaje de una hembra", relata en 'El diablo en el cuerpo'. 

"Montarlo a él fue mi manantial. Mi balneario"

"Montarlo a él fue mi manantial. Mi balneario", dice de Francisco Serrano y Domínguez, el 'general bonito'. Fue quien abrió en ella la espita del placer. Su gran amor, el que más daño le causó y quien la traicionó para levantarse contra ella, junto a Prim y Topete, en lo que derivaría en la revolución Gloriosa. "Fue el primer hombre que la marca, el gran amor de su vida, que le rompe el corazón y la manda al exilio para quedarse él como regente", explica Galán.

Ilustración de 'Isabel II fornicando con un asno' de 'Los Borbones en pelotas'.
Ilustración de 'Isabel II fornicando con un asno' de 'Los Borbones en pelotas'.

Por eso, prosigue, cuando descubrió el placer, "se entregó a él hasta el último hálito de su vida. La relación con Serrano era de poder. Ella le quiere a él pero él quiere a España. La traiciona y es cuando algo cruje dentro de ella y decide dedicarse de forma corporal al sexo sabiendo que ese apetito sexual podía conducirla a la destrucción o al poder". A partir de aquí, su lista de amantes es incontable y difusa -Galán ha tenido acceso a una relación con el número y nombre de sus amantes de la Prefectura de Policía de París-, y su perdición.

De hecho, cuando pisa España poco antes de morir, reconoce que estaba exiliada por ello. "Me echaron por tener amantes", le dijo al marqués Molins, y recupera la autora, porque sus cuitas amorosas y sexuales eran vox pópuli. Divertían a sus súbditos, protagonizaban las coplillas, la prensa o el célebre libro 'Los Borbones en pelotas', de los hermanos Bécquer, que fue reeditado el año pasado y cuyos dibujos satíricos recreaban coitos de la reina o retrataban al rey consorte con cuernos y como "el rey pajillero de la Corte".

"Vivió inmersa en la contradicción. Podía tener una relación amorosa pero después corría a confesarse con el padre Claret porque había sido educada en un mundo en el que las mujeres no podían disfrutar. Era excesiva para lo bueno y para lo malo, generosa pero excesiva y caprichosa. La prensa del siglo XIX la devoraba con coplillas, el pueblo le gritaba piropos y le tiraba flores y el pueblo fue quien se levantó contra ella. Vivió en esa dualidad", analiza esta escritora que hasta ahora había cultivado el ensayo, además de ser columnista y profesora de talleres de escritura creativa. Ella se queda con su fuerza y su sentido del humor y, sobre todo, con el hecho de que Isabel II fue "una adelantada a su tiempo que pagó el precio de ser mujer y disfrutar del sexo". "El rasero era muy diferente si eras hombre o mujer tanto en el siglo XIX como en el XXI", zanja.

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