EL PAÍS QUE EXPLOTÓ DE MIEDO

Por qué Japón es cada vez más violento

Presenta uno de los niveles de criminalidad más bajos del mundo, pero cuando se produce un asesinato, suele ser a lo grande. ¿Qué está pasando en el país nipón?

Foto: Dos policías frente a la casa donde la esposa de un viceministro fue atacada en noviembre de 2008. (Reuters/Kim Kyung-Hoon)
Dos policías frente a la casa donde la esposa de un viceministro fue atacada en noviembre de 2008. (Reuters/Kim Kyung-Hoon)

A finales de mayo, la joven Yuka Takaoka apuñaló al hombre del que estaba enamorada a la entrada de un edificio de apartamentos en Shinjuku, Tokio. La razón, le amaba demasiado. Tras acuchillarle en el vientre y el pecho, se sentó en el suelo, junto al cuerpo ensangrentado, a fumar tranquilamente un cigarrillo. Las fotografías la muestran hablando por teléfono mientras los policías intentan que les haga caso.

“Después de apuñalarle, yo también quería morir”, afirmó durante el interrogatorio policial. No tuvo suerte. Ni la mujer de 21 años se suicidó, ni el objeto de su desenfrenado amor falleció. Takaoka se convirtió en un fenómeno viral, parte admiración, parte repulsa. Algunos vieron en ella un icono contracultural, casi pop. Otros, el signo de una sociedad que se encamina hacia el desastre. Una excepción reveladora en un país donde los delitos no existen.

Historias semejantes se acumulan en la prensa local. Que si una discusión en un andén de metro en Chigasaki (Tokio) que terminó con un joven empujado a las vías del tren porque la música demasiado alta de sus cascos molestaba a otro viajero, que si un vecino advirtiendo a las familias de los pisos circundantes que no se quejasen si le pasaba algo a sus hijos por no dejar de hacer ruido, que si un 'hikikomori' de 51 años asesinando a un niño de 11 años y a un adulto de 39 en un colegio…

Muchos de los ataques tienen como objetivo a niños y se producen en colegios. El último, un hombre de 51 años que apenas trataba con nadie

Relatos salvajes en un país que siempre se ha caracterizado por sus bajísimos niveles de criminalidad, en descenso continuo durante los últimos 14 años, de forma inversamente proporcional a su brutalidad. Hace apenas un año, los medios se hacían eco de la noticia de que el problema con la criminalidad japonés era que había demasiados policías para pocos criminales. Un círculo vicioso: era el resultado de haber contratado a miles de agentes para hacer frente a la escala de delitos.

Es una mancha de Rorschach social. A todos estos casos de violencia cotidiana, entre el estallido repentino de violencia y el atentado planificado, hay que añadir varias estadísticas que preocupan cada vez más a los nipones. Por una parte, el aumento imparable de la violencia doméstica desde hace 15 años. 2018 batió todos los récords con 77.482 casos, un 6,9% más que el año anterior. El número de víctimas masculinas casi se ha triplicado desde 2013.

Los niños abandonan el colegio de Osaka tras el atentado de 2001. (Reuters/ES/CP)
Los niños abandonan el colegio de Osaka tras el atentado de 2001. (Reuters/ES/CP)

Junto a la violencia doméstica, el acoso laboral en el país de los 'hikikomori' y las funcionarias que se suicidan tras hacer 159 horas extra al mes también parece imparable. El pasado diciembre, Human Rights Watch instó al gobierno japonés a tomar medidas para detener el “acoso de poder”, el más frecuente en el país nipón, entre los superiores y sus trabajadores. El problema, que el acoso o la violencia no están explícitamente prohibidos por la ley.

Por último, muchos de los ataques tienen como objetivo a niños. En 2001, el trabajador de un centro para discapacitados entró en una escuela de Osaka y acuchilló hasta la muerte a ocho niños de entre 7 y 8 años, además de herir a otras 15 personas, un antes y un después en la historia del país. En 2005, un profesor hizo lo mismo después de una discusión con una estudiante de 12 años con la que al parecer había flirteado.

Violencia al azar

El tópico presenta a Japón como el país cordial, educado e introvertido por antonomasia, cuya utilización de la violencia puede llegar a ser exagerada –una idea difundida durante la Segunda Guerra Mundial, pero cuyos orígenes se remontan a mucho antes–, sacrificial como los kamikazes, observadora de un riguroso código de reglas como la de los samuráis. Tópicos que no encajan con la presente epidemia de violencia.

Así que lo más sencillo suele ser interpretarla como el síntoma de una sociedad enferma, en la que la preocupación por el futuro termina explotando en forma de agresiones extemporáneas. ¿Qué futuro? El del implacable invierno demográfico, en un país en el que cada año mueren casi 445.000 personas más de las que nacen, y donde la esperanza de vida no deja de aumentar. Tampoco hay que perder de vista un pasado, el de las últimas décadas, donde Japón ha experimentado tempestades económicas.

Trabajaba por la noche, sus padres se habían divorciado a los 11 años y apenas hablaba con los vecinos. No se sabe mucho más sobre él

Lo explica la expolítica y profesora de ciencias sociales en la Universidad de Waseda en Tokio Mieko Nakabayashi a Julian Ryall en 'South China Morning Post': “Nuestra sociedad es cada vez más competitiva, lo que causa estrés y fricción, y nuestra economía no es tan boyante como en el pasado”. Quizá el futuro para los japoneses ya no sea lo que fue hace décadas.

¿Qué clase de competitividad? El reportaje intenta proporcionar otras claves. El envejecimiento de la población ha planteado serias dudas entre el segmento de mayor edad, especialmente después de las ambiguas manifestaciones del gobierno sobre su viabilidad. Los jóvenes han descubierto que el mercado laboral es incierto, con sueldos mucho menores que los de sus padres, contratos temporales y a tiempo parcial, además de un singular cambio en la cultura laboral donde la empresa ha dejado de ser una familia para convertirse en un negocio particularmente opresivo. La única razón para vivir.

Los policías escoltan al sospechoso del asesinato de una inglesa. (Reuters/Kim Kyung-Hoon)
Los policías escoltan al sospechoso del asesinato de una inglesa. (Reuters/Kim Kyung-Hoon)

El caso de Ryuichi Iwasaki, el 'hikikomori' de 51 años que atacó a los escolares japoneses, resulta significativamente poco revelador. Sobre todo, porque nadie conocía sus motivaciones; sus contactos con el mundo exterior eran contados. Trabajaba por la noche, sus padres se habían divorciado a los 11 años, le pidió a una vecina que podase sus plantas porque una de sus ramas le había dado en un ojo y poco más. La perfecta incógnita.

¿Y las mujeres?

Durante mucho tiempo, los japoneses observaron la violencia doméstica con cierto triunfalismo. Su idea de la misma no tenía nada que ver con la occidental. Hasta hace poco, “violencia doméstica” era sinónimo de niños agrediendo a sus padres. La profesora de la Universidad de Kioto Mioko Fujieda se preguntaba en 1989 por qué había tanta distancia entre Oriente y Occidente en cuanto a violencia familiar. ¿Era simplemente que los japoneses son menos violentos, o por el contrario, que silenciaban sistemáticamente la violencia contra las mujeres?

Hasta 2017, la violación se definía exclusivamente como la introducción de un pene (de hombre) en una vagina (de mujer)

Los datos más recientes parecen señalar en esta última dirección. Durante mucho tiempo, las japonesas ocultaron los abusos y las violaciones, ya que solían ser revictimizadas. Haber sido agredida era una vergüenza. El gobierno japonés ha llegado a considerar que el 95% de las agresiones sexuales no se denuncian. Una vez más, es el resultado de una ley particularmente permisiva: hasta 2017, la violación se definía exclusivamente como la introducción de un pene (de hombre) en una vagina (de mujer).

Por lo tanto, es posible que el 'boom' en la violencia de género nipona no sea tal. Simplemente, ahora se denuncia, y antes no. Como manifestó un portavoz de la Agencia de Policía Nacional a los medios, “el número creciente de casos de violencia doméstica es atribuible a una mayor atención social sobre este problema, un mayor número de informes y denuncias, y los esfuerzos proactivos de la policía”. Como suele ocurrir en los países occidentales, la mayor parte de los casos (76,1%) se producen entre parejas o exparejas.

La erótica del mal

Otra posibilidad es que esta fascinación por la violencia tenga un cierto carácter pop, fogueada en la ambigüedad moral de las redes sociales. Como indica 'The Japan Times', Takaoka, la impávida acuchilladora, encaja en el perfil del 'yandere', (“loco de amor”), que define a “una persona con personalidad dulce y agradable por fuera, pero hostil y agresiva por dentro”.

Casi una definición perfecta de la sociedad japonesa actual. La joven aparecía, como tantos otros jóvenes nipones, en su perfil de Instagram haciendo cosplay. Ello la convirtió en una pequeña celebridad pop. Un vídeo en YouTube recoge algunos tuits que defienden a la joven y recuerda que se han llegado a poner en marcha campañas para recaudar dinero. “La gente quiere salvar a la asesina de yandere porque es mona y no doy crédito”, rezaba el título.

El autor traza un paralelismo entre la fascinación repentina por Takaoka y el culto alrededor de Issei Sagawa, que, mientras estudiaba literatura inglesa en la Universidad de París a comienzos de los años 80, devoró poco a poco el cadáver de otra estudiante, Renée Hartevelt. Un icono cultural en Occidente (ha inspirado tanto canciones de los Rolling Stones como de la dramaturga Angélica Liddell) y en Oriente, donde se ha convertido en un icono cultural, escribiendo columnas y reseñas de restaurantes para la revista 'Spa'.

Una fascinación amoral en una sociedad obsesionada por la moralidad, la costumbre y las reglas. La violencia desmedida puede ser la respuesta a un estado de las cosas en el que los policías tienen que investigar hasta la más mínima conducta ilegal para justificar su sueldo. Un lugar donde hace dos años se aprobó la ley antiterrorista de la “conspiración”, que proporciona a la policía potestad para investigar y detener a quien copie música, se manifieste contra la construcción de apartamentos o coja setas en un bosque protegido. Un país donde la pirámide poblacional está aplastando a todos.

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