EN LAS MEJORES MANOS

La increíble historia de la bandera española de 1898 que aún se iza en Puerto Rico

Desde hace más de 200 años las Siervas de María conservan orgullosas la tradición de ondear la bandera española para recibir y despedir embarcaciones patrias

Foto: El buque-escuela de la Armada española Elcano llega a Puerto Rico. (EFE/Thais Llorca)
El buque-escuela de la Armada española Elcano llega a Puerto Rico. (EFE/Thais Llorca)

"El libro del estratega dice: no provoques la lucha, acéptala; es mejor retroceder un metro que avanzar un centímetro".

–Lao Tse

Era un 16 de julio del año 1898. El panorama era sombrío y las nubes de la guerra asomaban plomizas y sin freno a pasos agigantados sobre los últimos territorios españoles de ultramar. Entre tanto, en la isla de Puerto Rico, un marinero nadaba desesperadamente entre la vida y la muerte hacia una cercana playa con la bandera española enrollada en la cintura mientras se desangraba irremisiblemente como un grifo pasado de rosca.

El alba hacía un rato que lo llevaba intentando y sus primeros rayos bañaban aquella arena dorada donde, exhausto, un nativo lo arrastraría lejos del oleaje. Un agradecido trago de ron de un marrón intenso fue el primer auxilio que recibió. El resto de la botella lo rociaría el local sobre las heridas abiertas por efecto de la metralla con la idea de desinfectar aquella sangría galopante. Un torniquete de fortuna intentó parar lo imparable. Poco o nada pudo hacer el compasivo isleño por aquel desgraciado, solo cumplir la última voluntad del interfecto. Balbuceando al borde del umbral que lleva al Gran Tránsito, aquel marino pidió a su benefactor que la bandera no cayera en manos de los soldados de la cañonera yanqui que se había acercado a distancia de tiro para disparar casi a cañón tocante su mensaje de destrucción.

El colapso de una superpotencia

Aquel año sería el final de la larga agonía de un imperio que llegaría en su momento a abarcar la tercera parte del mundo conocido en la época de la Unión Ibérica bajo Felipe II. Todo indicaba que el porvenir estaba predeterminado, algo así como la crónica de una muerte anunciada. El siglo había sido pródigo en enfrentamientos civiles y en asonadas militares; el país, convulso y enfrentado –quizás sea el algoritmo natural inserto en nuestra peculiar genética nacional–, y desde su inicio tras la contundente derrota de Trafalgar, que se podía haber evitado de escuchar los premonitorios consejos de Churruca, quien había advertido que aquel trabajo lo podía hacer muy bien la brutal caída de barómetro o ciclogénesis portante que se atisbaba; ya olía a mal fario desde aquel acontecimiento y del advenimiento del rey felón. El desgaste económico tras las Guerras Carlistas dejaría al país devastado mientras los trenes de la revolución agrícola e industrial pasaban sin parar en la ociosa estación de la nada en la que estábamos instalados y enfrentados por minucias, por no calificarlo aquello de forma más grosera.

Rocaforte cumpliría la petición de aquel anónimo marinero extinto, guardando la bandera y entregándola después a las Siervas de María

De aquella gran nación que fuimos y que podríamos volver a ser si imperara el sentido común aderezado con un poco de autocrítica y menos arrogancia solo quedaban los fuegos de artificio de una hoguera magra en rescoldos cuyo resplandor desgastado por la mala gestión y desatinos varios ya se confundía en el vacío de las cosas que fueron y ya no son.

Dos semanas antes del naufragio de aquel barco vomitado a la arena, la eximia y heroica escuadra del almirante Cervera había salido a combatir sin expectativas de triunfo en un combate tan heroico como estéril, siendo aniquilada en la inmediata desembocadura próxima a Santiago de Cuba por el incontestable poder naval norteamericano. Mientras tanto, buques de guerra de la armada yanqui bloqueaban la isla de Puerto Rico evitando la llegada de refuerzos y suministros a las tropas sitiadas.

El Antonio López era un moderno y ágil carguero que en velocidad punta podía batir a cualquier buque norteamericano llegando prácticamente a la sorprendente velocidad de 18 nudos sostenidos sin reventar calderas pudiendo incluso forzar máquinas de ser preciso. Había salido de Cádiz con armamento, munición y pertrechos para abastecer sobradamente a la guarnición ante un previsible largo asedio.

Foto: EFE/Alfonso Rodríguez.
Foto: EFE/Alfonso Rodríguez.

El capitán del Antonio López, don Ginés Carreras, era un veterano lobo de mar con mucho rodaje en el duro Cantábrico, y deslizándose durante la noche sigilosamente intentaría atravesar el bloqueo impuesto por los norteamericanos. Su intento de burlar a la poderosa flota del norte bogando a toda mecha y en zigzag daría como resultado un éxito a medias. El día 28 de junio, con una ventolina de popa, navegaba sin luces, pegado a la costa mientras intentaba entrar en San Juan de Puerto Rico.

Localizado por el crucero ligero USS Yosemite, recibiría varias andanadas de considerable poder disuasorio sin mayores consecuencias ya que ante la determinación del capitán español en su deliberadamente errático rumbo, evitaría que impactaran más del 80% de los disparos en el casco de la veloz nave. Carreras conseguiría con determinación y habilidad incontestable varar la embarcación en la zona llamada de la Ensenada Honda, cercana a la paradójicamente llamada playa del Socorro, y desde ahí, en un esfuerzo denodado y titánico, durante los días siguientes llevaría a tierra la casi totalidad del cargamento. Lamentablemente, algo más de dos semanas después, el USS New Orleans localizaría y destrozaría los restos de la nave española literalmente a quemarropa en una aproximación tan ajustada que bien pudo costarles embarrancar a su vez.

Hombre de palabra

Volviendo a la playa donde el náufrago había sido asistido en su trance moribundo, su auxiliador, de nombre Rocaforte, un hombre de bien, cumpliría la petición de aquel anónimo marinero extinto, guardando la bandera en su modesta casa durante años.

Mas un día, la congregación de las Siervas de María, radicadas desde un año antes de la alevosa declaración de guerra norteamericana, atendían un hospital para desheredados cerca de la bocana donde estaba el Castillo y baluarte del Morro –hoy Patrimonio de la Humanidad–, próximo a la entrada del puerto. Tras la derrota española, estas siervas del ubicuo y escurridizo Señor, permanecerían allá tras la salida de España. Concluida la guerra, las hermanitas adoptarían la costumbre de saludar desde la balconada del hospital con sus pañuelos, cuando algún barco procedente de la península y con pabellón español entraba o salía por la bocana entre el Morro y el fortín de San Juan de la Cruz.

Todas ellas son enfermeras tituladas y su labor y su compromiso hacia los enfermos que no tienen dónde ser asistidos es impagable

Entonces, al bueno de Rocaforte le asaltó la idea de confiarles la bandera que atesoraba en su humilde casa. Por las mismas, se presentó en el hospital y tras exponer la historia de aquella bandera a la superiora, le entregó la enseña. Es desde entonces, que la tradición se perpetúa cuando entra o sale de San Juan una embarcación española, que las monjitas ondeen en la galería la vieja bandera que aquel anónimo naufrago entregó ya moribundo a su benefactor.

A día de hoy, Sor Luisa, Sor Virtudes, Sor Maximina, Sor Dolores y Sor Prudencia son cinco de las españolas de pura cepa que desde la frontal del hospital ondean aquella reliquia y son respondidas con tres sonoros pitidos y el pertinente izado de la bandera del barco que transite la bocana en ese momento tanto de arribada como de salida.

Foto: EFE/Thais Llorca.
Foto: EFE/Thais Llorca.

Es usual que las monjas sean informadas personalmente o por teléfono por el propio cónsul de la llegada de los barcos nacionales a aquella tierra que fue parte de nuestro imperio y corazones. Desde entonces, conservan centenares de dedicatorias de los capitanes que en visita de cortesía de manera tradicional (o quién sabe si quizás para comerse los deliciosos roscos anisados acompañados de vino dulce) cumplen con el testimonio de una tradición que, a pesar de los años, sigue en vigor.

Al margen de la historia referida, las hermanas son conocidas por mantener no solamente esta tradición, sino por su continua labor de atención a los más necesitados desde hace ya 120 años. Todas ellas son profesionales de la enfermería tituladas, y su compromiso hacia los enfermos que no tienen dónde ser asistidos, tiene respuesta en estas compasivas religiosas, encomiable labor que se detiene cada vez que un navío español pasa delante del hospital.

Alma, Corazón, Vida

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