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La lluvia de los escorpiones: la gran hazaña española en Arizona

Un acontecimiento meteorológico imprevisto abdujo una ingente colonia de alacranes de gran tamaño y los embarcó hasta la zona donde los españoles protegían a los colonos

Foto: Foto: iStock.
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"La justicia siempre va almidonada mientras muerde a los descalzos".

–Zenk

Desde Tucson, al sur de Arizona, hasta el inmenso arenal de Sonora, en el norte del México actual, no hay más de 200 kilómetros de distancia. Sonora es probablemente el desierto en el que existen más serpientes de cascabel del mundo y los escorpiones suman legión. Atravesar este infierno en la tierra es más que un acto de fe, una decisión suicida, pero hubo humanos hace siglos que retaron lo imposible, y estos eran españoles.

Esa zona limítrofe con la nación hispana más septentrional del continente americano fue disputada a los colonizadores españoles duramente en una guerra de una crueldad inimaginable por ambas partes, primero contra los apaches en el siglo XVIII y posteriormente, dentro del mismo siglo, contra los comanches en una sangría desatada de un paroxismo inconcebible.

Aborígenes locales

Los primeros finalmente se avinieron a una paz muy distante, pero respetada por ambas partes y que gravitaba en torno a mercados estratégicamente situados donde se comerciaba con azúcar, chocolate, agua de fuego (el orujo gallego era muy apreciado por los nativos), unas extrañas hierbas de consumo habitual entre los autóctonos que te reventaban de risa la caja torácica, pieles, carnes maceradas, abalorios y herramientas varias para usos artesanales.

Con los segundos, a su vez enemigos de los apaches, la guerra fue a muerte alcanzando una crueldad ilimitada e inevitable, posiblemente por las atrocidades y la espiral de reacción que iba sumando agravios y rencores sin cuento. Fue un conflicto brutal y despiadado que corrió en gran medida a cargo de los famosos "Dragones de Cuera", destacamentos de caballería ligera de alta movilidad prácticamente indetectables para el enemigo por su capacidad de mimetizarse con el entorno y que las fuerzas españolas usaban prolijamente en emboscadas, golpes de mano, objetivos que requerían una ejecución rápida. Por supuesto, desparecían con la misma rapidez con que se presentaban.

La memoria de la presencia española en la mitad exacta de la geografía de EEUU parece haber sufrido en sus libros un amnésico exorcismo

Su cabalgadura era casi ubicua (se movían sigilosamente al alba y al crepúsculo) y cuando caían sobre sus enemigos no había remedio alguno. La administración colonial española había recibido encargo en aquel tiempo de convertir la frontera sur de Arizona en una región atractiva para los colonos españoles y, por ende, había que apuntalar la precaria seguridad de la inestable área en la que actuaban varias tribus muy violentas en defensa de lo que estimaban sus territorios.

Los franciscanos habían fundado pequeños asentamientos ligeramente fortificados a instancias de la autoridad militar en todo el territorio a la vez que mantenían unas relaciones correctas con los indios pimas, un sucedáneo de los llamados "apaches mansos", que estaban más por la integración y las relaciones mercantiles y una interpenetración cultural simbiótica. Esta filosofía, que jamás se pudo dar entre los aborígenes locales y los invasores anglosajones que más tarde arrasarían de cabo a rabo cualquier forma de vida indígena en lo que configura la geografía del actual territorio norteamericano, convirtió en un genocidio sin precedentes en la historia de la humanidad la llamada conquista del oeste.

Sin embargo, una relación más amable aunque no exenta de durísimos brotes de violencia (sobre todo en las guerras comanches) se pudo dar con los españoles por el diferente tratamiento aplicado a los indígenas locales durante los tres siglos de dominación inestable de la diagonal de influencia que va de desde Florida hasta el actual estado del noroeste, llamado Washington.

Paraíso potencial

La creación de zonas ganaderas, promoción de la cabaña equina (que más tarde derivaría en los famosos Mustang), cultivos de arado, árboles frutales y una extensa red de acequias; apuntaban a un indicio de potencial paraíso o vergel en aquellas inmensas llanuras de potentes silencios y estrellas de poderosa presencia. Pero los apaches “radicales” tenían otra interpretación de la partitura y las incursiones, saqueos y matanzas de colonos eran continuas.

La reorganización de la defensa de Arizona encargada a Hugo O’Connor, irlandés de tercera generación naturalizado español, como muchos miles que se refugiaron en España huyendo de los ingleses y sus atrocidades contra este valeroso pueblo, surtió de seguridad inmediata a los aterrorizados colonos que vieron en las disposiciones de este perspicaz militar la solución que les permitía trabajar el campo, mercadear y protegerse tras unas empalizadas que les daban una seguridad relativa en caso de ataque o aviso a través de los vigías adelantados en caballerías.

Aquella zona sería a partir de entonces un símbolo del poder español y una metáfora del valor extremo

El fuerte en cuestión, en la época llamados presidios pero sin la connotación que tiene hoy como penitenciarías, fue fortificado sólidamente con una compacta construcción de madera y adobe abundante rodeado de una fuerte protección de piedras robadas al desierto. La obra vino a durar unos siete años, comenzó en 1775 y fue un prodigio de protección y defensa adelantada en un territorio extremadamente hostil.

Las rutas comerciales al norte de Sonora y sur de la Alta California quedaron aseguradas con fuertes de pequeñas dimensiones en alturas inaccesibles ocupados por destacamentos muy reducidos en los que la caballería (los Dragones de Cuera), eran el eje de toda la estructura ofensivo – defensiva. Desde estas pequeñas pero inexpugnables posiciones, perseguirían a los apaches hasta los más recónditos escondites diezmándolos física y psicológicamente. Los indios pimas, antaño víctimas propiciatorias de esta otra tribu, eran ahora la punta de lanza que actuaba como exploradores y rastreadores.

Lluvia envenenada

El 5 de diciembre del año 1779 ocurrió un acontecimiento imprevisto y desconcertante por su caprichosa aleatoriedad meteorológica y estadística. Una manga de aire de una turbulencia extrema en un lugar muy inapropiado para este tipo de fenómenos había abducido en algún remoto lugar a una ingente colonia de alacranes de gran tamaño y los había embarcado en un "vuelo chárter" a través del desierto para arrojarlos en un aterrizaje forzoso en la zona donde una escasa guarnición española protegía a los colonos y a sus aliados. La sorpresa, mayúscula al principio, fue interpretada como un mal augurio, pero más tarde sería traducida en una bendición táctica al ocurrírsele al capitán Pedro Allende y Saavedra, al mando a la sazón, previa solicitud de ayuda a la entera comunidad afincada en las cercanías del fuerte, barrerla hacia el perímetro exterior del mismo.

Escorpión. (iStock)
Escorpión. (iStock)

Los apaches estaban agazapados sigilosamente en las medianías del fuerte español preparados para una acción sorpresa. Pero a raíz de la lluvia de escorpiones, sus monturas se llevarían la peor parte. Ni corto ni perezoso, el capitán arremetió en la más temprana madrugada con la escasa caballería de que disponía contra los sorprendidos atacantes que dormían plácidamente y pasaron como quien no quiere la cosa a dormir el sueño de los justos.

Recibieron una tunda importante ante la inesperada táctica de los españoles que habían embozado previamente a sus monturas para evitar delatores relinchos, al tiempo que mitigaban el ruido de sus herraduras con unos silenciosos calzos de filamentos de estopa. El repaso infligido a los apaches fue memorable y los alacranes se cebaron con los equinos en un mal día para esta noble raza.

Hacia la primavera del año de 1782, estos temibles indios del norte de América, auténticos amos de las praderas, desairados por la anterior derrota y la erosión de su prestigio entre las otras tribus, nuevamente atacaron Tucson, pero esta vez con el doble de guerreros (cerca de 600). A las 10 de la mañana de un plácido día dominical, tras la preceptiva misa y cháchara del tonsurado explicando las bondades del altísimo, el pueblo colindante de los indios pima, aliados de los españoles, fue atacado.

El ataque

La caballería española, en número de 200 jinetes, estaban divididos en dispersos destacamentos fuera del presidio en misiones de patrulla. Los españoles solo disponían de unos 60 jinetes en el interior del fuerte con sus correspondientes monturas y la inapreciable ayuda de los exploradores indios. Una pieza de artillería con abundante munición de postas se demostraría crucial en los combates subsiguientes; pero el tema se había puesto más que feo, la supervivencia estaba sobre la mesa del capitán en forma de mapa y solo quedaba la opción de una defensa a ultranza, pues no había escapatoria posible.

Los apaches que atacaron el pueblo indio pima se lo encontraron prácticamente vacío y avanzaron hasta el puente y los fosos con los que el capitán Urrutia había reforzado las defensas del enclave militar. Si se pudo mantener aquella posición fue gracias a las metódicas salvas graneadas de los mosquetes de los entrenados tiradores que puntualmente todos los días del año disparaban diez veces contra un ingenio diseñado por el capitán que simulaba un caballo al galope.

La reorganización de la defensa de Arizona ayudó a que los colonos pudieran trabajar el campo, mercadear y protegerse

Mientras tanto, una fuerza apache había accedido al foso e intentaba colarse para abrir las puertas del fuerte español. Un sargento, de nombre Tomillo, con la ayuda de media docena de comprometidos soldados abastecían con un automatismo digno de encomio el único cañón que vomitaba con ferocidad inusitada un fuego continuo contra aquellos desgraciados que asomaban la testuz por el borde de la empalizada. El capitán, situado en un pequeño torreón adyacente a su casa, disparaba conjuntamente con una docena de indios afines a otra fuerza que intentaba incendiar la empalizada de madera que emergía de la piedra y el adobe que la sustentaba.

Tras una cruenta batalla de cerca de tres criticas horas, los apaches, que habían recibido innumerables bajas, se retiraron no sin antes recoger los casi 200 cadáveres de los suyos, un hábito usual en ellos. Solo siete cuerpos de los cerca de seiscientos atacantes pudieron ser recogidos por los españoles, que les dieron tierra con dignidad. El contingente español que defendía el fuerte bien pertrechado y con una coordinación perfecta mantendría la posición a costa de una veintena de heridos; el susto había sido conjurado y muchos de los caballos de los atacantes, heridos de gravedad en aquel épico combate. Posteriormente su carne seria macerada bajo las sillas de cuero de los jinetes o sencillamente metida en una salmuera.

A partir de 1783 y desde Tucson, el capitán Pedro Allende y Saavedra dirigiría una campaña durísima contra los apaches donde la guerra llegaría a convertirse en un cúmulo de atrocidades sin parangón por ambas partes. Aquella zona sería a partir de entonces un símbolo del poder español y una metáfora del valor extremo. A partir de 1786, el famoso virrey Bernardo de Gálvez (que durante el sitio de Pensacola infligiría en 1781 a los ingleses la mayor derrota conocida por estos en suelo americano), conseguiría con mucha mano izquierda templar los ánimos entre las partes con festivas ceremonias bien regadas con agua de fuego y humo de reír y abundante intercambio de regalos hasta la firma definitiva de la paz en 1793, paz por la que los apaches se convertirían en aliados fieles contra los terribles comanches.

Finalmente, la zona quedaría pacificada y el objetivo de dar continuidad a los colonos en un ambiente de tranquilidad, conseguido. La memoria de la presencia española en la mitad exacta de la geografía de los actuales Estados Unidos parece haber sufrido en sus libros de historia un amnésico exorcismo. La venganza poética es que hoy, uno de cada tres norteamericanos habla español y el número de hispanohablantes crece imparable. Cosas de la vida.

Alma, Corazón, Vida

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