Historia: La batalla de la isla de las Flores: Inglaterra, derrotada una vez más por España
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La batalla de la isla de las Flores: Inglaterra, derrotada una vez más por España

A falta de algo que llevarse a la boca, con una agricultura muy precaria, una ciudadanía desencantada y excluida del gran pastel de la colonización, solo aspiraban a esto

Foto: 'El último combate del Revenge', de Charles Dixon.
'El último combate del Revenge', de Charles Dixon.

"Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota; quien no se atreve a pensar es un cobarde"
Francis Bacon

El 9 de septiembre de 1591, los ingleses, para variar, estaban al acecho. Un nutrido convoy de galeones españoles en numero de cincuenta y cinco venía de poniente con vientos portantes y a buen ritmo de navegación. Rebosantes de cargamento, pretendían hacer aguada, esto es, una parada técnica en las Azores para abastecerse de fruta, agua y viandas de primera necesidad antes de poner rumbo a la península. Hasta ese momento, todo iba bien.

A falta de algo que llevarse a la boca –las hambrunas eran endémicas–, con una agricultura muy precaria, una ciudadanía desencantada, y viéndose excluida del gran pastel de la colonización, para Inglaterra, su única aspiración no era otra que dar rienda suelta a lo que mejor sabían hacer, que era vivir del asalto y la predación de convoyes en el Atlántico y de acciones esporádicas en el Caribe. Habían descubierto un filón de oro y habían convertido la piratería y el corso en un arte mayor.

El acumulado de derrotas era lacerante para los anglos, pero seguían intentándolo a pesar de los escarmientos infligidos por nuestros marinos

El hostigamiento permanente a las líneas de comunicación del Imperio Español, les suponía, a pesar de los grandes riesgos que corrían, en ocasiones, pingües beneficios. El acumulado de derrotas era lacerante para los anglos, pero seguían intentándolo con tenacidad a pesar de los escarmientos infligidos por nuestros marinos.

Ese día nueve de septiembre era una apuesta a vida o muerte.

No lo vieron venir

Inglaterra había enviado a lo más granado del corso en dirección a las Azores y a la cabeza de esa formidable expedición estaban ni más ni menos que dos de los más temidos primeros espadas de las islas; Thomas Howard y Walter Raleigh. Pero no habían reparado en la capacidad de liderazgo del durísimo oponente al que se iban a enfrentar.

El retrato oval de sir Walter Raleigh pintado por Nicholas Hilliard. (The Yorck Project)
El retrato oval de sir Walter Raleigh pintado por Nicholas Hilliard. (The Yorck Project)

Entre las islas de Flores y la de Corvo, el ilustre marino Don Alonso de Bazán, que les tenía cogida la medida a estos dos elementos, aguardaba pacientemente una conjunción de corrientes favorables y viento benefactor. Todo estaba preparado para este choque de colosos y la infantería de marina embarcada en las naves españolas era una sorpresa táctica que los ingleses no se esperaban.

Mientras los anglos se las prometían felices con sus más de veinte galeones y cerca de diez mil hombres embarcados, los españoles, en número similar pero con más potencia de fuego, habían hecho las tareas con auténtico primor y el ánimo era más que elevado.

Raleigh se dio a la fuga a todo el trapo que daban las velas en dirección nordeste, impresionado por la audacia y la superioridad de los españoles

La inferioridad inglesa se puso de manifiesto rápidamente, cuando Walter Raleigh, habituado a moverse en relaciones de superioridad sobre sus presas como corsario que era, se dio de bruces con una flota de verdad y compuesta. A las primeras andanadas de Aramburu –el segundo de Bazán–, se dio a la fuga a todo el trapo que daban las velas en dirección nordeste, impresionado por la audacia y la superioridad de los españoles.

Mapa de la batalla. (Military History Online)
Mapa de la batalla. (Military History Online)

Pero no todo fue cobardía entre los ingleses. Dos fragatas y el galeón de Drake –el Revenge–, a la sazón en Inglaterra condenado al ostracismo por un acumulado de incompetencias, plantaron cara ante la adversidad a sabiendas de que estaban perdidos. Al atardecer de aquel día temprano de septiembre, dos de los galeones ingleses, el Foresight y el Golden Noble, tenían vías de agua importantes y razonablemente buscaban el amparo de la noche para huir. El más prestigioso buque de guerra de Inglaterra –por lo simbólico–, el Revenge, había caído en manos de los españoles y sus pendones regios, arriados, serían llevados al camarote de oficiales donde Alonso de Bazán los pondría a buen recaudo.

La batalla de la Isla de las Flores en los confines de las Azores, donde el Atlántico más duro solo da entrada a los marinos más bragados, no fue una batalla en el sentido estricto: aun en igualdad numérica, el posicionamiento en el combate con un viento claramente favorable, la estrategia –se enviaron rápidas fragatas a hostigar la vanguardia inglesa–, un lider carismatico –Bazán– y la incapacidad para afrontar una batalla en toda regla por parte de una marinería más volcada en el pillaje que en las tácticas navales, dieron una victoria inapelable a las armas del Imperio Español.

Una vez más, Inglaterra sufría una severa derrota a manos de su némesis.

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