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entrevista a núria vilanova e iñaki ortega

“Los millennials son un bluf. Los que de verdad van a cambiar el mundo son los Z”

Son los verdaderos nativos digitales y ya comienzan a salir de las universidades o del desempleo para incorporarse al mundo laboral y reclamar su sitio en la sociedad

Foto: Núria Vilanova e Iñaki Ortega. (Universidad de Deusto)
Núria Vilanova e Iñaki Ortega. (Universidad de Deusto)

No ha habido en la historia generación más analizada, criticada y vilipendiada que la millennial: cómo viajan, qué leen, si ahorran o no, su ocio, qué estudian y hasta qué comen. Y, sin embargo, esta obsesión ahora tiene un nuevo objeto de estudio: los nacidos a partir de 1994, aquellos que no recuerdan un tiempo anterior a internet, para los que haber tenido un presidente negro en la Casa Blanca o compañeros de colegio con dos padres casados forma parte del rango de lo normal, aquellos que, en definitiva, conforman la generación Z.

“Se ha hablado tanto de los millennials, de sus esperanzas, de cómo iban a cambiar el mundo (para bien o para mal), pero detrás de todo esto encontramos una burbuja de atención y expectativas”, explica Iñaki Ortega, director de la Deusto Business School y autor, junto Núria Vilanova, fundadora y presidenta de ATREVIA, del libro 'Generación Z. Todo lo que necesitas saber sobre los jóvenes que han dejado viejos a los millennials' (Plataforma Editorial). “Son un bluf”, resume durante una entrevista a El Confidencial en el campus madrileño de la escuela de negocios y economía.

'Generación Z'. (Plataforma Editorial)
'Generación Z'. (Plataforma Editorial)

En la otra cara de la moneda encontramos a los Z, es decir, a los más de 2.000 millones de jóvenes en el mundo y casi ocho millones en España que ahora, como mucho, tienen 23 años y están comenzando a incorporarse al mercado laboral. Sería fácil suponer que tan solo son una versión exagerada de la que les precedió: más enganchados al smartphone, adictos a las compras online, enviando más whatsapps por minuto y con mucha menos prisa para tener hijos. Pero la disrupción generacional de los Z es mucho más amplia.

Como explica Vilanova, “las generaciones no son ningún invento de márketing de alguien con ganas de vender libros”, sino que constituyen un conjunto de personas de edades similares que reciben una educación e influjos culturales concretos por los que adoptan una actitud y modos de comportarse radicalmente diferente a las anteriores. ¿Y qué diferencia a los Z del resto? Que ya no cabalgan entre el mundo digital y el analógico. “Esto es mucho más profundo que el movimiento hippie o el Mayo del 68. Nos atrevemos a decir que es casi un tema de configuración neuronal diferente. Es un cambio en la esencia de la persona”, señala Ortega.

Para nosotros vivir bien es tener casa, coche y estabilidad, pero no para ellos. No es cuestión de vivir mejor o peor, sino de vivir diferente

Llegados a este punto, al profesor de Deusto le gusta explicarlo con el ejemplo de Justin Bieber, que nació en el inicio de la generación, en 1994, y consiguió pasar en algo menos de dos años de ser un niño anónimo a ser el famoso más buscado en Google. Su mundo, así como el de los Z, se organiza y se entiende en relación a "las cuatro íes: internet, irreverencia, inmediatez e incertidumbre". El cantante canadiense reúne todas las contradicciones de su generación: ¿Qué sería de Bieber sin internet, sin la irreverencia con la que escandaliza a los más mayores pero con esa inmediatez que encandila a sus seguidores?

Internet

A ojos de los autores, internet es la circunstancia histórica que más ha afectado a los nacidos a partir de 1994, más incluso que la crisis económica o el auge del terrorismo global. Es la primera generación que se ha educado y socializado desde el principio con libre acceso a la web. Desde el año 2014, los jóvenes ya pasan más tiempo navegando desde el móvil (el centro de su ecosistema) que viendo la televisión. Esta hiperconectividad empodera y, sin embargo, tiene sus detractores, que aseguran que fomenta la superficialidad y el aislamiento.

Ni Ortega ni Vilanova están de acuerdo: “No cabrían en este edificio los miles de informes que hablan mal de los jóvenes digitales. Sesudos estudios en contra de la tecnología y las pantallas. Todo esto me recuerda a otras épocas cuando se quemaban los telares en la Revolución Industrial o cuando franceses destruían las fresas españolas porque decían que la UE iba a ser un horror”. No obstante, es un tema que preocupa a los padres. “¿Y cuántas horas pasan ellos con el móvil? ¿Quiénes son los que se creen y fomentan la posverdad? Los adictos al Facebook y al Whatsapp son los que luego dicen que los niños están enganchados”, asegura Ortega.

Irreverencia

“El principio de autoridad tiene que ver con la religión, la disciplina y el orden establecido. Si el profesor lo dice, entonces que es debe ser así. Hoy ese principio se ha ido rompiendo. Y no es que haya grietas, es que ha explotado por completo”, señala el profesor de Deusto. Internet, es decir, tener todas las respuestas a golpe de click, ha contribuido a crear esta irreverencia, este cuestionamiento continuo de las supuestas figuras de autoridad (padres, profesores y jefes). Sin duda, a los jóvenes les supone un conflicto, pero los autores aseguran que les permite avanzar y no quedarse anclados en el “es así porque lo digo yo”.

Esto es mucho más profundo que los hippies o el Mayo del 68. Nos atrevemos a decir que los Z tienen una configuración neuronal diferente

Esto plantea uno de los mayores retos a los que se tiene que enfrentar el hogar familiar, la escuela o las propias empresas: saber escuchar y dejar que los más jóvenes aporten. “La palabra irreverencia asusta, pero bien entendida te hace abrazarla. La generación Z nos obliga a ser diferentes. Ya no existe eso de entrar en una empresa, formarse, asumir poco a poco nuevas responsabilidades…”, declara Vilanova, para quien el problema básico es la resistencia al cambio de estas instituciones. En cambio, la presidenta de ATREVIA apuesta por el método socrático: “Lo fácil es contar el rollo y que te hagan caso, lo difícil es hacer las preguntas adecuadas”.

Inmediatez

Los alumnos de Ortega, testifica, quieren saber la nota de sus exámenes a las dos horas después de entregarlo, no más tarde. Lo mismo pasa con Amazon, Netflix, YouTube o Tinder. Saben que esta es la generación de la rapidez, la que no sabe esperar, por lo que las empresas se amoldan a sus gustos. Todos tienen como objetivo conquistarles. Como dato, el teléfono necesitó 75 años para alcanzar los 100 millones de usuarios; Candy Crush, uno.

¿De dónde sacan entonces los jóvenes los ingresos para vivir tan rápido y tan al día? Es cierto que muchos viven todavía en casa de sus padres, que su situación económica no les da para más, pero los autores del libro prefieren centrar su atención en los esfuerzos que esta generación realiza día a día y que conforman una nueva forma de entender el trabajo: la 'gig economy' o la economía colaborativa. En definitiva, se muestran abiertos a aceptar contratos por obra y servicio, muchos de los cuales se enmarcan un limbo de desprotección laboral.

Incertidumbre

Puede que la generación Z venga pisando fuerte, pero el mundo todavía no es Z y, según Ortega, tampoco va a serlo mañana. De esta forma, los jóvenes se enfrentan a una encrucijada, un dilema que protagoniza el título del estudio que ha dado lugar al libro: adaptarse a la realidad de sus padres o abuelos o ser fieles a su identidad (con todos los riesgos que ello conlleva), buscar el trabajo que ansían sus padres para ellos o abrazar los riesgos de la 'gig economy'. Y así, cientos de disyuntivas. Según Vilanova, la tónica general es asumir el conflicto en positivo: “No lloran por no tener un trabajo estable, sino que a muchos les parecería un horror”.

Trabajar tantas horas porque había que sacar a tu profesional adelante, aguantar malos jefes... Todo eso va a acabar con los Z

“Hace poco estábamos en una empresa del Íbex35 que nos decía que nuestros hijos iban a vivir peor que nosotros. ¿Por qué nos decían este lugar común? Porque para nosotros vivir bien es tener casa, coche y trabajo estable, pero quizá no lo sea para ellos. No es una cuestión de vivir mejor o peor, sino de vivir diferente”. ¿Y es esto una cuestión de necesidad más que de elección propia? “Da igual por qué nació, porque ya está aquí. No podían escuchar música y nació Spotify. Antes se emprendía con experiencia laboral, con dinero y 35 años. Hoy los chicos más brillantes lo hacen con 23. Sienten que si quieren hacer algo realmente interesante han de hacerlo por su cuenta, sin jefes y en libertad”.

Ni ninis, ni egocéntricos, ni snobs. Si algo caracteriza a los jóvenes, y los millennials son el mejor ejemplo, es que siempre están en el candelero de la opinión pública. Ortega critica la obsesión de los que mandan por minusvalorar a los que no son como ellos. “Quienes han inventado las peores cosas que está sufriendo esta generación no son ellos, sino las generaciones anteriores. La crisis de valores que vive el mundo no es responsabilidad de los Z”, señala. No solo eso, sino que cree que gracias a ellos el fin dejará de justificar los medios: “Trabajar tantas horas porque había que sacar a tu familia o a tu futuro profesional adelante, aguantar jefes impertinentes, que tu industria invirtiese donde no debía, que contaminase, que guardase su dinero en paraísos fiscales… Todo eso va a acabar con los Z”.

¿No entiendes a tus hijos?

La juventud, por definición, es rupturista, pero no significa que no podamos entenderles a ellos ni comprender su mundo. En muchos hogares los padres dan a sus hijos por perdidos, justificándolo con base en la brecha generacional. No obstante, Ortega y Vilanova nos dan unas claves para volver a conectar con ellos:

  • Ciencia: Si tan horrible te parece internet, entra y trata de entenderlo. Aprende por qué le llega lo que le llega a tu hijo, por que si no sabes cómo funciona entonces no puedes criticarlo. Date de alta en Instagram, entra en 'El rincón del vago'… Nuestro mundo es un algoritmo y tienes que conocerlo.

  • Cambio. No puedes entender a tus hijos siendo un carca.

  • Coopera. Cada uno tiene que ceder algo, escuchar más al contrario. Si todos seguimos en nuestro sitio, perderemos.

  • Creatividad y aplícate el cuento. La mejor forma de educar a tu hijo es predicar con el ejemplo. ¿Por qué va a estudiar si tú nunca lo haces? ¿Por qué va a aprender inglés si a ti ni te interesa? Hay que ponerse delante del espejo.

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