La prudencia como valor pedagógico

“La principal obligación de los padres es dar la tabarra a sus hijos”

Entrevistamos a Gregorio Luri, autor de un nuevo libro que pretende ayudar a encontrar la cordura a aquellas familias que no salen en los anuncios

Foto: Gregorio Luri. (Pere Tordera)
Gregorio Luri. (Pere Tordera)

Durante la charla desenfadada que mantenemos con él antes de la entrevista, Gregorio Luri nos pone sobre aviso: “Mi responsabilidad no es la contar a los padres ciertas teorías sobre la educación, sino poner en valor las cosas elementales que estamos olvidando. Yo al final de mis charlas suelo señalarles que si me han escuchado decir algo nuevo, mejor que lo olviden”.

A sus 62 años, el filósofo y escritor navarro ha decidido aprovechar su experiencia como progenitor, docente y pedagogo para escribir un volumen cuyo título es toda una alabanza a los esfuerzos que los padres, madres, hijos y abuelos llevan a cabo para mantener y mejorar sus lazos a pesar de los conflictos cotidianos: ‘Elogio de las familias sensatamente imperfectas’ (Ariel).

La familia tiene muchos defectos, pero es el único lugar en el que nos quieren sin condiciones. ¿Dónde hallarás ese refugio?

Luri reconoce que la suya no es una pedagogía teórica, sino que se basa en principios como la sensatez: “Cuando en las cuestiones humanas intentas sustituir la prudencia por la ciencia acabas equivocándote”, nos confiesa. Su primer objetivo es el de desmontar una abstracción tan irreal como la de la familia perfecta: un grupo humano en el que, como señala en su libro, los padres deberían tener a su segundo hijo antes que al primero, los estados de ánimo de sus miembros son siempre previsibles y educar a los niños no implica ninguna renuncia para los progenitores. Indagamos un poco más en su particular punto de vista acerca de esta institución social básica.

PREGUNTA. Dice usted que tener una familia normal en vez de una perfecta es un chollo psicológico, ¿cómo es eso posible?

RESPUESTA. Lo veo clarísimo, cada vez más. Al preocuparnos tanto por la Justicia, con mayúscula, ignoramos las pequeñas injusticias cotidianas que se curan con las minúsculas solidaridades del día a día. Estas últimas no tienen sustituto. La familia tiene muchos defectos, es una institución imperfecta, pero es el único lugar en el que nos quieren incondicionalmente por el mero hecho de haber llegado. ¿En qué otros sitios puedes encontrar ese refugio? Mis hijos tienen más de 30 años y ese cariño no caduca. A medida que pasa el tiempo nos queremos incluso más. Los problemas siempre van a estar ahí. Hay personas que ante los mismos se dedican a chillar y pegarle patadas a la realidad, mientras que hay otros que intentan gestionarlos con una cierta confianza en sí mismos. Son estos los que llevan las de ganar. La manera de enfrentarse a los problemas es uno de los aprendizajes más básicos que existen de la vida y esta es la enseñanza esencial que transmite la familia imperfecta.

Dar ejemplo es más importante que defender valores. Los niños saben cuándo una conducta emerge de unas convicciones

Todos sabemos que las condiciones para la perfección familiar no están a nuestro alcance, vamos a aspirar entonces a lo que hay por debajo de la perfección, ¿no? ¿Y qué es lo que hay debajo? Una imperfección sensata. En un ambiente tan cargado como es el de la familia, los problemas de convivencia siempre van a estar ahí. Nadie sabe mejor cómo herir a otra persona que el niño que conoce la palabra exacta que le va a hacer daño a su hermano. Por eso digo que la familia normal es la que aprende a gestionar sus neurosis sin demasiadas gesticulaciones.

P. Señala que la figura del padre está despareciendo de los discursos sobre la familia, ¿tiene algún sentido que eso esté ocurriendo?

R. Hay una serie de palabras que no nos atrevemos a decir, pero tampoco conseguimos encontrar un sustituto para el concepto que siempre ha estado ahí. Una de ellas es la autoridad, tan ligada al concepto de padre. Yo creo en ella. Estoy convencido de que los niños necesitan aliados fuertes para combatir a sus fantasmas, como los monstruos que hay debajo de la cama. La imagen idílica que tenemos de la infancia como una edad paradisíaca de paz y armonía no se corresponde con la realidad. Es una edad muy problemática, con muchas angustias e incertidumbres. La autoridad no se mide por la altura del pedestal en el que uno se está subido, sino por la capacidad de proporcionar recursos a la persona que lo necesita. Para eso, ese individuo tiene que creer en ti y en tus competencias.

P. En repetidas ocasiones, a las familias no les queda otro método para educar a sus hijos que el de darles la tabarra. ¿Cualquier tratado para padres debería empezar con esta “técnica” como base?

R. ¿Qué familia no sabe que tiene que dar la tabarra? ¿Cuál de ellas no lo está haciendo continuamente? Que si hay que irse pronto a la cama, que si hay lavarse los dientes… Si todos estamos haciendo eso, tendremos que asumirlo como parte de nuestra normalidad. Lo preocupante es que fuera de la realidad doméstica se quiera transmitir una vida familiar idílica. La obligación del padre es dar la tabarra y en algunas cosas de manera tajante y clara. Por ejemplo, cuando digo que las horas más importantes del día no deberían ser las más caóticas. No dormir lo suficiente tiene efectos nocivos en el desarrollo de los niños. Yo les pregunto a los padres: ¿sabéis que vuestros hijos están consumiendo sustancias tóxicas delante de vosotros? "¡Imposible!", responden. La falta de sueño equivale a la ingesta de un producto tóxico. Si sabes que eso es importante, ahí no puedes dimitir.

P. Destaca usted la relevancia que tienen los hechos sobre las ideas en el seno de la familia y pone como modelo una cita de Umberto Eco: “Somos lo que nuestros padres nos enseñaron cuando intentaban no enseñarnos nada”.

R. Los padres estamos ahí para marcar límites, pero frente a lo que normalmente se cree, eso se hace dando ejemplo. Más importante que defender valores es decir “los Pérez nos comemos todo lo que tenemos en el plato”, “los Pérez nos duchamos cada día”. De esa manera nos comprometemos todos los miembros.

Las leyes educativas no son tan relevantes. Los sistemas en España funcionan bien o mal independientemente de la legislación

Todos los padres hemos dado grandes consejos, pero no siempre nuestros ejemplos están a la altura. ¿Qué es más verosímil para nuestro hijo, nuestro comportamiento o nuestras recomendaciones? Los niños son suficientemente perspicaces para entender cuándo una conducta emerge de unas convicciones. Lo importante no es defender los valores sino los compromisos colectivos. Cada familia tiene que crearse su propio estilo moral.

P. Señala usted en el libro que a veces la mejor manera de estropear tu relación con tu hijo adolescente es intentar dialogar con él. ¿La comunicación en la familia está sobrevalorada respecto a otros factores como el cariño?

R. Hay que partir del hecho de que los niños y los adolescentes se caracterizan por tener más energía que sentido común para controlarla. Adolfo Suárez decía que la Transición consiste en cambiar las instalaciones de agua, electricidad, teléfono, etc. en un bloque de viviendas enorme sin que la gente note ningún cambio. Eso es imposible, va a haber problemas sí o sí. Es lo que pasa durante la adolescencia. La familia, sin embargo, tiene unas virtudes esenciales que si no las cumple nadie lo va hacer por ella. La primera es enseñar que el amor es posible, que dos personas pueden adorarse, no porque estén ciegas sino porque aunque conocen los defectos del otro, se quieren.

P. Propone usted un curioso medidor para establecer el estado en el que se encuentran las relaciones en el seno familiar: “¿Se consideran ustedes mejores o peores que los Simpson?”.

R. Aquí hay componente retórico porque hay muchísimas cosas para las que los Simpson no nos sirven de modelo. Eso sí, siendo ellos como son, tienen algunas virtudes muy destacables. Como digo en la dedicatoria de mi libro, a pesar de que Homer está convencido de que “la solución a todos los problemas de la vida no está en el fondo de una botella sino en la tele”, cena cada día con su familia y sin televisión. Lo que intento es dar valor a las cosas elementales. Por ejemplo, en cada capítulo, esa familia comienza desde cero, sin arrastrar los agravios de los episodios anteriores. Frente a no olvidar, el perdón te libera de las ataduras del pasado.

P. En uno de los puntos del libro llega a afirmar que “la educación no es para tanto”. ¿Es ingenuo estar cargando toda la responsabilidad de la formación de los niños en esta institución?

R. Para los políticos la educación tiene un componente de propaganda, pero si tú te dedicas a fomentar la educación sin darle criterios de valor, lo que estás haciendo es tirar el dinero inútilmente. Lo que yo planteo es que igual las leyes educativas no son tan relevantes. Respecto a los diferentes sistemas que hay en España, hay algunos que lo hacen mal, muy mal incluso, y hay otros que lo hacen bien. Es curioso, porque unos y otros lo siguen haciendo de la misma manera, independientemente de las legislación que esté vigente.

Cuando tu hijo tiene 15 años no puedes decir si eres un buen padre. Estás en un proceso y tienes más problemas que soluciones

Por otro lado, vivimos demasiado pendientes de lo que hacen otros países y no aprendemos de nuestros propios aciertos. El abandono escolar en Euskadi es inferior que en Alemania, los niveles en matemáticas en Navarra son equiparables a los de Finlandia, en Soria los resultados de PISA son también superiores a los del país nórdico. Para mí el enigma es: ¿por qué no somos capaces de trasmitir estos conocimientos entre nosotros mismos dentro de España?

P. Un tema muy de moda por lo que respecta a la pedagogía infantil es el del aburrimiento. Por un lado están los que defienden que los momentos de tedio deberían ser corrientes en las vidas de los pequeños, mientras que por el otro están los padres que luchan por todos los medios para que su tiempo esté en todo momento colmado. Usted señala que se trata de un problema exclusivo del niño, ¿cómo se le puede ayudar a salir de él?

R. Una de las características que hoy marcan más las relaciones entre padres e hijos es la desaparición total de los ámbitos en los que los niños podían vivir con autonomía sin la supervisión de un adulto. La imagen que tengo yo de mi infancia es la de la casa recién fregada y mi madre que me enviaba a la calle a jugar para que no manchara. ¿Qué padre y qué madre puede hoy hacer eso? La vida al aire libre ha adquirido una agresividad para el niño que antes no tenía. A todo el mundo le resultaría extraño ver a un niño de 6 años solo en una gran ciudad. Por eso ahora los llevamos a ludotecas, les compramos juegos didácticos… La experiencia aventurera ha quedado para ellos liquidada. Como han desaparecido todos estos ámbitos, los padres han asumido la función de ser unos continuos dinamizadores culturales para sus hijos. Si el niño se aburre, como no le puede decir, “vete a jugar” como antes, se vuelve complicado suplir esa sensación con actividades. A pesar de todos estos inconvenientes, lo que hay que seguir fomentando es que encuentren sus recursos con lo que tienen a mano. El adulto no siempre tiene que estar encima para buscarle al niño diversiones. Son ellos los que tienen que gestionar de alguna forma su propio aburrimento.

P. Otro asunto polémico: frente a la tan ensalzada inteligencia usted considera que es más importante la disciplina.

R. Nada mejor que una persona inteligente y disciplinada, pero la mayoría de las individuos tenemos una inteligencia que no es para tirar cohetes y una disciplina que tampoco es ejemplar. La inteligencia se puede favorecer e incrementar, pero para ello el niño tiene que vivir el mayor tiempo posible en un ambiente muy rico en estímulos intelectuales, cosa que no está al alcance de todos.

Foto: editorial Ariel.
Foto: editorial Ariel.

Por el contrario, la disciplina sí es más fácil de trabajar. Como las dos cosas están unidas, una persona con una inteligencia media, pero con una gran capacidad de disciplina siempre tendrá una gran ventaja porque sabrá obtener el máximo rendimiento de sus capacidades.

P. Cuenta en su libro que le enternece ver cómo sus hijos bromean ahora sobre los errores que usted ha cometido como padre. Afirma que “sabes, a ciencia cierta, que eres un padre normal e imperfecto cuando tus meteduras de pata pasadas sirven para unir a tu familia alrededor de una paella”, destacando la importancia que tiene la perspectiva del tiempo. ¿Merece la pena no obsesionarse continuamente con el hecho de si estamos o no siendo buenos padres?

R. Te puedo decir con toda sinceridad que este libro no lo hubiera escrito jamás cuando yo tenía dos hijos adolescentes. En aquel momento tenía muchos más problemas que soluciones. Es después cuando dices: “¡vaya!, resulta que mis hijos disfrutan viniendo a casa. No hemos debido de ser malos padres”. ¿Qué padre puede asegurar que lo está haciendo bien cuando su hijo tiene 10, 12 o 15 años? Está inmerso en un proceso. Yo he pasado por algunas experiencias como padre que me hacen sonrojar, pero si todo lo que has hecho mal no ha dejado heridas, y mis hijos se ríen de mis fallos, pues igual esto es lo que significa ser de verdad un padre normal e imperfecto.

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