Expectativas: ¿las tuyas o las mías?

¿Qué significa ser un buen líder? ¿Quién lo determina, y cómo lo hace? A todos nos gusta pensar que somos buenos líderes, pero sólo unos pocos

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    ¿Qué significa ser un buen líder? ¿Quién lo determina, y cómo lo hace? A todos nos gusta pensar que somos buenos líderes, pero sólo unos pocos llegan a ocupar los escasísimos puestos de liderazgo empresarial. Y entre ellos suele haber unos cuantos que no tienen nada de buenos, la verdad.

    En el informe anual de 1988 de la compañía Berkshire Hathaway, Warren Buffet declaraba: “La suprema ironía de la gestión de negocios es que es mucho más fácil que un CEO inadecuado conserve su empleo de lo que le resulta a un mal subordinado agarrarse al suyo.” Y de esto hace ya más de veinte años.

    Por un lado es casi imposible aislar la relación entre el rendimiento personal del máximo directivo y el “bottom line”, por muchos modelos microeconómicos que intenten articularla, o tantas encuestas de liderazgo que prometan desvelarla. Todos nos llenamos la boca de palabras como rendimiento, resultados, eficiencia…¡Para qué voy a negarlo!...¡Yo incluida!

    Asumimos que los demás piensan en conceptos y realidades iguales porque usan las mismas palabras que nosotros, hasta que comprobamos, estupefactos, que no. No hay más que encender la tele o abrir un periódico para comprobar que hay muchos ‘líderes’ que incumplen sus propios compromisos uno detrás de otro. Y sí, seguimos estupefactos, porque siguen conservando sus empleos.

    Para medir el rendimiento de los CEO’s nos entregamos al culto preponderante al método científico, buscando demostraciones inequívocas, del tipo que sólo se producen dentro de los laboratorios…será por eso que no las encontramos.

    Unos avanzan conclusiones intelectuales sobre cómo la bolsa premia a los mejores ejecutivos y castiga a los malos. Otros publican sofisticados estudios científicos sobre cómo se ha demostrado en las quinientas entrevistas que han realizado, muy asépticamente, eso sí, que para ser buen líder hay que empatizar con los subordinados.

    Mientras, seguimos sin dar con la fórmula mágica, y, mucho me temo, seguimos sufriendo las meteduras de pata de muchos ineptos directivos, ejecutivos, líderes y decisores varios.

    La verdad es que bueno y malo son dos campos separados por una fina línea: la de línea de las expectativas. Si las cumples o las superas, lo has hecho fenomenal, y si no llegas, eres un zarpas. Parece sencillo, ¿no?

    ¡Ojalá! ¿Qué expectativa usamos para medir? ¿Quién la formuló? ¿Es tuya o es mía? ¿O de ninguno de los dos?

    ¿El buen líder es el que hace subir el precio de la acción, contentando a sus accionistas, o el que motiva a sus empleados? ¿Será el que nunca discute con el dueño, satisfaciendo la necesidad de tener razón de este último? ¿O el que sale en las revistas, acompañado de súper-modelos, con dentadura impecable y labios inmovilizados por el bótox rejuvenecedor?

    Son muchos los colectivos y los individuos que formulan expectativas sobre los requisitos que debe cumplir el buen líder, pero pueden llegar a ser completamente irrelevantes cuando se comparan con las suyas propias. Las que no le cuenta a nadie. Las que usa para juzgarse al espejo cada mañana antes de salir a trabajar.

    Si se pone expectativas fáciles sonríe a menudo y sigue soltando tonterías por doquier por mucho que los demás le recriminen su falta de visión o su indecorosa mediocridad. Mientras le dejen seguir jugando, él seguirá decepcionando, feliz y contento de ser quien es. De estos conocemos a unos cuantos, ¿a que sí?

    Pero si el líder se propone expectativas sobre sí mismo demasiado altas, entonces no importa lo mucho que lo alaben y lo aprecien todos los demás. Sigue sin estar satisfecho, y nunca puede dejar de trabajar. Siempre falta un poquito más, un último esfuerzo, un email nocturno que contestar.

    Muchas de nuestras expectativas sobre nosotros mismos son voces invisibles que pululan nuestros sueños y que no llegamos a articular con palabras. No recordamos si nos hicimos abogados porque adorábamos el derecho o porque toda la familia había marcado cuidadosamente el camino.

    A los treinta y a los cuarenta empezamos a darnos cuenta de cuántas expectativas perseguimos de jóvenes porque creíamos que eran nuestros deseos, pero que luego han demostrado ser deseos de los demás.

    Si aspiras a ser un buen líder, tendrás que empezar a preguntarte por las expectativas que te empujan a serlo. Desde cuando las tienes, de donde salieron, y sobre todo, cuántas son tuyas.

    No vaya a ser que llegues a líder porque lo quería tu padre, te empujaba tu pareja, o te chantajeaba una sombra del pasado. Si tú no te marcas el estándar, la línea justa que separe la bueno de lo malo, nadie más podrá hacerlo por ti.

    Es uno de los secretos que te llevarás contigo a la tumba. Si fuiste grande, o por el contrario, no fuiste más que un mediocre con suerte.

    Alma, Corazón, Vida
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