LA CIUDAD DONDE LOS KURDOS CONTUVIERON AL EI

Los cadáveres del ISIS se pudren en Kobane

La ciudad siria de Kobane, donde los kurdos frenaron al Estado Islámico, es un inmenso cementerio. Los yihadistas no se pararon a enterrar a sus muertos. Los dejaban tirados en medio de la calle
Foto: Mahmut mira la fosa común donde arroja los cadáveres de los yihadistas a las afueras de Kobane (J.M. López)
Mahmut mira la fosa común donde arroja los cadáveres de los yihadistas a las afueras de Kobane (J.M. López)

“¡Puagggg!”, dice Mohammad poniendo cara de asco y acercándose a los restos de un combatiente del ISIS. “Nunca los había visto tan de cerca. La verdad es que es algo asqueroso”, confirma el muchacho, contemplando los fragmentos de una pierna que perteneció a un yihadista. El olor es nauseabundo. La escena es dantesca pero Mohammad, de 11 años, no puede apartar sus ojos de la carne putrefacta.

Kobane es un gigantesco cementerio donde centenares de cuerpos se pudren al sol o debajo de los escombros de los edificios destrozados por la aviación de la coalición internacional. La ciudad huele a putrefacción y a muerte… Una pierna colgando entre las ruinas de una casa deshecha a morterazos; un cráneo mimetizado entre pedazos de hormigón; un cuerpo partido por la mitad donde aún se puede distinguir la camiseta de FC Barcelona. No es complicado toparse con restos de combatientes del Estado Islámico. En algunas zonas, donde los combates han sido más intensos, hay que tener cuidado donde se pisa porque muchos cuerpos permanecen semienterrados entre los edificios bombardeados.

Según las estimaciones kurdas, cerca de 3.000 yihadistas habrían muerto en los combates, una cifra que nadie puede calcular con exactitud debido a la destrucción de la ciudad –muchos cadáveres se encuentran bajo los escombros– y a que muchos cuerpos han sido volatilizados por los bombardeos aéreos. Algunos cuerpos llevan descomponiéndose desde hace meses, casi desde los primeros albores de la ofensiva yihadista contra la ciudad kurda. “Los yihadistas no se pararon a enterrar a sus muertos. Los dejaban tirados en medio de la calle o debajo de las casas. Les ha dado exactamente igual”, denuncia Saber Damer, director de las brigadas de limpieza de la ciudad.

Un hombre camina por las calles derruidas de Kobane (Reuters)
Un hombre camina por las calles derruidas de Kobane (Reuters)

Damer, que estuvo preso desde 1992 a 2003 por oponerse al régimen de Hafez Al Assad, comanda un grupo de ocho hombres que, en el último mes, han recogido los cadáveres –lo poco que quedaba de ellos– de centenares de combatientes. “No podemos contabilizar con exactitud cuántos cuerpos hemos recogido en estas semanas, porque muchas veces sólo podemos recuperar brazos, piernas o el torso; pero estoy seguro de que han sido más de 350”, comenta.

Provistos de trajes ‘especiales’, guantes, mascarillas y gafas de plástico recorren las calles de Kobane recogiendo cualquier resto que encuentran a su paso. En muchas ocasiones son los propios vecinos los que les llaman. “Cuando regresamos a nuestras casas nos encontramos con más de una docena de cadáveres. Algunos los tapamos con mantas para tratar de mitigar el hedor que desprenden”, apunta Ahmed, un vecino de la zona que acompaña a la brigada señalando los cuerpos de los islamistas. “Esto es un foco de infecciones y de insalubridad. ¿Qué pasará cuando llegue el buen tiempo y el calor?”, se pregunta este vecino.

Y ese es el principal problema al que se enfrentan ahora los habitantes de Kobane. Las enfermedades infecciosas. “Hay cientos de cuerpos en descomposición bajo los escombros y en las calles. Los cadáveres están llenos de larvas y con el calor eclosionarán y comenzarán a transmitir enfermedades a los habitantes de la ciudad. Tendríamos que fumigar debajo de los escombros para aplacar la epidemia antes de que sea demasiado tarde”, denuncia Mahmut, uno de los operarios del equipo de limpieza. El problema es que esta brigada carece de todo menos de ímpetu a la hora de trabajar sobre el terreno.

Mustapha y varios compañeros retiran el cadáver de un yihadista entre los escombros (J.M. López).
Mustapha y varios compañeros retiran el cadáver de un yihadista entre los escombros (J.M. López).

Pasaportes, dinero y coranes

Mientras esperan la llegada de ayuda para combatir las posibles epidemias que se ciernen sobre la población de Kobane, el equipo continúa sus labores de recogida de los cadáveres. Al este de la ciudad, donde la intensidad de los combates se mide por el número de casas que han quedado en pie –casi ninguna–, los cuerpos se acumulan en las calles.

“Lo primero que hacemos es revisarles los bolsillos”, apunta Mustapha, otro de los componentes del grupo. Un ejemplar del Corán. Pasaportes. Dinero de su país de origen. “Hemos encontrado varios pasaportes de Jordania o documentos de identidad de Siria, pero los cadáveres estaban en tan mal estado que no hemos podido confirmar si se trataban de ellos o no”, recuerda.

Monedas de Marruecos, euros o billetes de Irak son algunas de las cosas que han podido recuperar de los cuerpos. “Aparte de esto no sabemos absolutamente nada más de su origen. Ni fotos de la familia ni teléfono móvil”, comenta Mustapha mirando con desprecio el cuerpo de un combatiente del Estado Islámico que tiene varias heridas de bala en el torso.

Siento desprecio por ellos. Si dependiese de mí se quedarían aquí pudriéndose al sol o para que sirviesen de alimento a los perros que vagabundean por las calles de la ciudad; pero no queremos ser como ellos. Nosotros respetamos los cadáveres y los enterramos. A pesar de todo… siguen siendo seres humanos, aunque su humanidad quede en duda”, puntualiza este hombre que ha encontrado, mientras trabajaba, los cadáveres de varios amigos que murieron combatiendo al Estado Islámico. “Los reconocí por la ropa o por algún objeto que llevaban consigo… A ellos los enterramos con todos los honores”, puntualiza.

Combatientes kurdos caminan entre escombros en Kobane (Reuters).
Combatientes kurdos caminan entre escombros en Kobane (Reuters).

¿Y qué ocurre con los cuerpos de los yihadistas? Mahmut Sadei conduce su pequeño tractor por las calles de la ciudad. En la caja se acumulan cuerpos y más cuerpos putrefactos. Las miradas de los vecinos se fijan en las manos o piernas que sobresalen. Algunos hacen fotos. Otros vitorean a Mahmut. Los menos apartan la mirada. “Los llevo a las afueras de Kobane. Allí hemos abierto fosas comunes donde los tiramos todos juntos y los enterramos. ¿Deberíamos quemarlos? Quizás, pero sólo Alá tiene la potestad de quemar a una persona. Dejemos que sea Él quien lo haga”, comenta el tractorista, que hace el mismo camino varias veces al día.

“Este trabajo es ingrato, pero alguien lo tiene que hacer. Nunca había visto un muerto. Ahora, casi estoy inmunizado. Lo que más me preocupa es el impacto que pueden tener sobre los niños que juegan por la ciudad y se topan con esto”, se sincera.

El skyline de Kobane está cercenado por las bombas. La situación convierte a la urbe en inhabitable. Pero, aun así, la vida vuelve a abrirse paso en la ciudad mártir del Kurdistán

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