'EL CONFIDENCIAL', EN LA PUERTA DE ENTRADA A LA YIHAD

Hablamos con un traficante de yihadistas del Estado Islámico

El pueblo fronterizo de Karkemish, en el sureste de Turquía, es ahora una pasarela hacia el Estado Islámico. Este diario visita el lugar para entrevistar a un traficante de combatientes del ISIS

Ahmed al Jumal camina aprisa sobre la hierba mojada. Hace apenas una hora que ha caído el sol y comienza a ser de noche en la aldea. El campo está cortado por una hilera de alambrada ligeramente levantada. “Esta es la entrada rápida a Daesh (Acrónimo árabe del ISIS)”, explica Ahmed a El Confidencial, “por 20 o 50 liras turcas (7 o 18 euros) puedes entrar de manera ilegal en Siria”. A lo lejos, suena el estruendo de los bombardeos. Al otro lado comienza el territorio del ISIS, cuenta.

El pueblo fronterizo de Karkemish, en el sureste de Turquía, es ahora una pasarela hacia el “Estado Islámico”. Su posición estratégica y la escasa vigilancia de las autoridades han hecho de esta localidad una base idónea para los traficantes. Ahmed conoce bien los 900 kilómetros de frontera turco-siria. Cuando huyó de Irak la pasada década, aprendió el viejo oficio del contrabando. En los últimos años ha recorrido las rutas ilegales del té, del petróleo y del tabaco.

Cuando el ISIS irrumpió en el norte de Siria, hui con mi familia hacia Turquía”, explica Ahmed. Desde entonces, se asentó en una humilde chabola a pocos metros de la valla fronteriza. Dice que mantiene una cordial relación con los turcos del pueblo, acostumbrados al menudeo de extranjeros y traficantes. “Cada día vienen familias enteras en taxis o en microbuses y cruzan a pie la alambrada”, cuenta uno de los jóvenes que merodea por el pueblo.

El negocio de infiltrar yihadistas

En el último año, este iraquí ha sustituido el tráfico de bienes por el de personas. Según cuenta, quienes le distribuían la mercancía le propusieron acompañar hasta la frontera a un grupo de combatientes. “Algunos acuden a mí porque no tienen documentación y no pueden usar los pasos oficiales”, explica mientras cubre su rostro con una kufiya, “pero muchos de ellos son hombres y mujeres que quieren unirse a Daesh (…) En el último año habré infiltrado a miles, he perdido la cuenta”, espeta.

El modus operandi “es sencillo”, dice, “todo lo gestiono a través de mi teléfono móvil”. El “punto caliente” es Gaziantep, una localidad a 60 kilómetros donde aterrizan los vuelos desde Estambul. Su red de contactos le avisa cuando hay un recién llegado, “quedo con ellos en cualquier lugar, en un puente o en la dirección donde se hospeden” y conducen de vuelta a Karkemish. “Tengo muchos contactos, llevo muchos años trabajando en el contrabando y nunca he tenido problemas con la policía”, comenta. “El mejor momento para entrar es durante la noche”.

Dice que “la relación que mantiene con Daesh es puramente comercial” y que no comparte su doctrina. “Un día me llamó un hombre saudí”, explica, “y me dijo que quería rescatar a su hijo”. Ahmed le condujo hasta el otro lado de la alambrada pero, a las dos horas, estaba de vuelta en Karkemish. “Lloraba desesperado”, relata Ahmed, “me dijo que su hijo nunca volvería, que unos comandantes de Daesh le habían dicho que ahora su hijo era un proyecto de mártir”, concluye.

Ahmed asegura que tiene unas 100 peticiones al mes, “he metido a saudíes, pakistaníes, argelinos, tunecinos… (…) Pero también a europeos, italianos y franceses”, revela. Y es que fue a tan solo 30 kilómetros por donde se infiltraron las tres estudiantes británicas el pasado mes de febrero. Explica que ellas cruzaron por el pueblo de Ali Muntar, un paso controlado íntegramente por el ISIS. Habla de un tal Abu Ali, a quien describe como un “emir” del “Estado Islámico”, quien gestiona el acceso y cobra una comisión al resto de los traficantes. “Los turcos lo saben pero no hacen nada porque saben que es por ahí por donde colamos el petróleo”, cuenta.

Desfile del ISIS en las calles de Raqqa, su capital siria (Reuters).
Desfile del ISIS en las calles de Raqqa, su capital siria (Reuters).

El doble juego de Turquía

Y es que en los últimos años Turquía ha recibido duras críticas por no controlar el tráfico de terroristas en su país. Ni siquiera tomaron medidas tras sufrir atentados en sus regiones del sur, como el de Reyhanli en mayo de 2013. Desde el inicio de la guerra, Turquía optó por cierta tolerancia con el tránsito de yihadistas como una manera de desestabilizar al régimen de los Asad.

Sin embargo, el avance de los terroristas en Irak y el atentado contra el Charlie Hebdo en enero, alertó a los aliados occidentales, que aumentaron su presión sobre el Gobierno de Turquía. En el último año, Ankara ha endurecido el control en aeropuertos, estaciones y puestos de la frontera. Incluso, comenzó a construir un muro en la carretera de la provincia de Hatay para frenar el trasiego de combatientes. Pero ninguna de las medidas ha conseguido detener el libre flujo de extranjeros que se suman a la yihad, hasta la fecha, 20.000 (3.400 occidentales), según el Centro de Antiterrorismo de Washington (NCTC, por sus siglas en inglés).

¿A qué se debe el doble juego de Turquía? Según apuntan los expertos, el Gobierno turco no percibe a Daesh como una amenaza. “Podrían tener otras prioridades”, explicó al New York Times James R. Clapper, director de la inteligencia nacional norteamericana. Y así es, algunas encuestas llevadas a cabo en el país muestran a una población más preocupada por la autonomía kurda es un escenario de posguerra que por la presencia del ISIS en sus ciudades. Pero sobre todo, el Ejecutivo teme las posibles represalias, y que una política más dura contra el “Estado Islámico” pueda motivar la creación de células que operen dentro de sus fronteras.

*El nombre del traficante ha sido cambiado por motivos de seguridad.

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