la guerra contra la yihad en el kurdistán

Los kurdos se rearman en el bazar: "Son voluntarios para detener al Estado Islámico"

Ali ha convertido su casa en un taller de armamento y munición. La mayoría de sus clientes son militares. Los peshmerga tienen que hacerse con su propio material

Ali Mahmud ha convertido su propia casa familiar en un taller de armamento y munición. Los rifles y los revólveres se apoyan sobre las mesas, estanterías y esquinas; los cartuchos de balas se apilan sobre la pared; unas cuantas escobillas para limpiar revólveres se agrupan junto al televisor. Desde hace años, este comerciante de armas kurdo trabaja en uno de los negocios de compraventa más populares de la región. Por esta vivienda de los suburbios de Erbil pasa buena parte del arsenal de fuego que manejan los kurdos de Irak.

Hoy le visita un oficial del ejército peshmerga, las fuerzas del Kurdistán. Es el joven Khoshnau y viene a comprarse un rifle M-16. Los dos observan algunos de los ejemplares y pronto comienza la discusión sobre el precio. “Yo lo conseguí por 3.000 dólares”, cuenta Ali, y apunta en un papel por cuánto piensa venderlo. El oficial Khoshnau agarra el rifle y hace un disparo con el seguro. “Las armas americanas son las mejores”, afirma. Lo dirá por experiencia: cuando en junio el Estado Islámico tomó la ciudad de Mosul y los soldados iraquíes huyeron de sus puestos, los kurdos se hicieron con sus arsenales americanos. “Así conseguimos los kurdos estas máquinas”, exclama Ali. Además, tanto los peshmerga como el YPG (Unidades de Protección kurda en Siria) han capturado en los últimos meses armas ligeras del Estado Islámico, que habían sido previamente donadas por Estados Unidos a los rebeldes de Siria.

La mayoría de sus clientes son militares, porque los peshmerga tienen que hacerse con su propio material de defensa. Pero el sueldo de un soldado kurdo no supera los 400 dólares mensuales. ‘Por eso revendemos nuestros rifles, para sacar algo de beneficio’, cuenta KhosnauAli es muy conocido por los peshmerga de Erbil, porque “tiene cualquier cosa que le pidas”, cuenta Khoshnau. El mercader compra y vende armas a partes iguales, ya que cuenta con una extensa red de vendedores que le proveen con más mercancía. La mayoría de sus clientes son militares, porque los peshmerga tienen que hacerse con su propio material de defensa. No lo tienen fácil: el sueldo de un soldado kurdo no supera los 400 dólares mensuales. “Por eso revendemos nuestros rifles, para sacar algo de beneficio”, dice Khosnau. Las últimas semanas también han hecho mella en el negocio de Ali, quien asegura que con los nuevos envíos de armas desde Europa sus ventas han bajado. “Antes, por ejemplo, venía un comandante y me hacía un pedido de diez fusiles. Ahora esperan a recibir el cargamento europeo”. 

Entre las memorias de este guerrero kurdo de 44 años está la masacre de Halabja de 1988, en la que el ejército de Sadam Husein mató con armas químicas a 5.000 ciudadanos kurdos. “Recuerdo el olor a manzana de los gases”, dice Ali, “afortunadamente yo conseguí salvarme. Aquel día la lluvia y el viento consiguieron dispersar parte de aquellos gases”. Este kurdo rubio cogió su primer fusil con tan sólo 13 años (“en el 83, cuando las milicias kurdas nos rebelamos contra Sadam Hussein en las montañas del norte”) y, desde entonces, se confiesa adicto a cualquier tipo de arma. “Incluso cuando duermo sueño con ellas”, espeta.

El Gran Bazar de las armas

La afición de Alí parece común entre los hombres del Kurdistán de Irak, una región acostumbrada a las armas de fuego. Se calcula que el 80% de su población tiene licencia para disparar. Sobre todo durante los últimos meses, desde que comenzaran los combates contra el Estado Islámico, la demanda se ha disparado. A las afueras de algunas ciudades o junto a las carreteras se organizan varios mercadillos de armamento. Como el de Kasnazan, en la entrada de Erbil, o en Kalak, donde varios puestos muestran todo un repertorio de fusiles, revólveres y munición de distintas décadas y países de procedencia

En la ciudad de Suleimaniya, en el este de la región, hay uno de los bazares de armas más consolidados del Kurdistán. En el centro de la ciudad, entre los puestos de fruta y kebab, se esconde una estrecha calle peatonal reservada solo para pequeños locales de venta de armas. Varios hombres merodean por ellos y examinan cuidadosamente los distintos ejemplares, que pueden observarse desde los escaparates. Los más abundantes son los de fabricación rusa. A un lado del mostrador cuelga una larga fila de Kalashnikov AK-47. Según Salah, el vendedor, su precio es de 2.800 dólares. Más abajo luce una única MPK alemana, pero “esta es un poco más cara, vale 4.000 dólares”. Las de fabricación china son las más baratas, por solo 850 dólares es posible hacerse con una. Detrás del mostrador, hay colocada una larga fila de rifles americanos M-16. “De esas no puedo dar ninguna información”, repite varias veces el vendedor. 

Un negocio sin regulación

Mohamed Ali, uno de los propietarios, abre nervioso la puerta de su tienda y dice repetidamente que ellos sólo venden a quienes poseen el carné de licencia. Fusiles turcos cuelgan en las paredes de su pequeño local de apenas nueve metros cuadrados. Los comerciantes de este bazar de Suleymaniya temen que la policía cierre su mercado, saben que hace semanas desmantelaron el bazar de armamento de las afueras de Erbil y no quieren quedarse sin negocio. “Este bazar no es legal”, cuenta uno de ellos, “pero como los peshmerga y los Ashayish (fuerzas de seguridad kurdas) compran aquí, se permite que sigamos vendiendo”, dice.

Cuando el Estado Islámico estaba a 24 kilómetros de Erbil el pasado 7 de agosto, hombres de todas las edades acudieron a los bazares a rearmarseCon 23 años, Alan es propietario de uno de los puestos más concurridos del bazar. Muestra una habilidad especial con los fusiles; los monta y desmonta en un tiempo record. No quieren dar detalles de sus ventas, ninguno explica cuántos dólares ganan de beneficio mensual. Pero durante los últimos tres meses de combates contra el Estado Islámico, los precios han ido subiendo. La cercanía de las batallas y la aparición del pánico colectivo han marcado la demanda. Como cuando el Estado Islámico estaba a 24 kilómetros de Erbil el pasado 7 de agosto. Aquel día hombres de todas las edades acudieron a los bazares a rearmarse y los precios se dispararon.

“Nuestras ventas han aumentado mucho en los últimos meses”, explica otro de los vendedores mientras sonríe, “nosotros también vendemos a civiles, sobre todo a voluntarios que se han unido a los peshmerga para combatir al EI”. “Incluso les hacemos un pequeño descuento”, interrumpe otro de ellos. Mientras guarda varios revólveres bajo el mostrador masculla: “pero aquí sólo vendemos a los kurdos, nada de dar armas a los árabes o a extranjeros”. Ninguno quiere dar detalles sobre el origen de su mercancía ni de cuál ha sido su recorrido, pero al fondo del local puede verse una caja de munición con la inscripción de NATO (OTAN por sus siglas en inglés) en letras amarillas. “Yo tengo dos Kalashnikov en casa”, dice Kharsaw, otro joven kurdo de 23 años, “pero he venido para comprarme una más. Estamos dispuestos a todo para acabar con Daash (ISIS, el ahora autodenominado Estado Islámico, por sus siglas en árabe). Recuerda que somos peshmerga, que en kurdo significa “los que se enfrentan a la muerte”.

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