MILES DE VOLUNTARIOS DEL ESTE LUCHAN EN EL ISIS

El yihadista que surgió del frío

Son voluntarios de países del antiguo bloque comunista: los Balcanes, el Cáucaso y Asia Central. Suponen un porcentaje importante de los 20.000 extranjeros del ISIS. Y una amenaza para Rusia

Foto: Dos hombres posan ante la mezquita Corazón de Chechenia, en Grozni, en abril de 2013. (Reuters)
Dos hombres posan ante la mezquita "Corazón de Chechenia", en Grozni, en abril de 2013. (Reuters)

Hace exactamente un año, en la provincia turca de Nigde, varios hombres armados abrieron fuego con rifles Kaláshnikov desde un vehículo contra un control de carretera establecido por la Gendarmería. Un camionero, un policía y un soldado murieron en el acto, mientras que otras cinco personas resultaron heridas. Los sospechosos trataron de escapar, pero fueron rápidamente capturados por las autoridades turcas. Aunque en un primer momento, cuando los autores del tiroteo todavía se encontraban huidos, el vice primer ministro Besir Atalay informó que “probablemente se trataba de sirios”.

Pero la sorpresa llegó tras la identificación de los asaltantes: eran, efectivamente, miembros del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS), pero no árabes, como se había pensado, sino albaneses. Mientras uno de ellos era ciudadano macedonio, otros dos tenían nacionalidad suiza y alemana, respectivamente. Durante su juicio, que se celebra estos días, el principal responsable del atentado, Çemdrin Ramadani, ha asegurado que hizo “una buena acción” matando al gendarme. “No le rindo cuentas a nadie más que a Alá. No testificaré ante vosotros. Sois todos unos paganos”, afirmó ante el tribunal. El juez encargado de su defensa de oficio se retiró a principios de este mes, declarando que los acusados “no son ni bestias ni seres humanos”. Ese mismo día empezó a recibir amenazas telefónicas, aparentemente de simpatizantes turcos del Estado Islámico.

El episodio pone de manifiesto la peligrosidad de este tipo de células terroristas. Pero mientras oímos hablar de la llegada masiva de militantes del Estado Islámico desde países árabes u occidentales, poco se ha mencionado la presencia nada desdeñable de voluntarios procedentes de países del antiguo bloque comunista: los Balcanes, el Cáucaso y Asia Central suponen un porcentaje importante de los más de 20.000 extranjeros que, según el Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización y la Violencia Política de Londres, combaten en el Estado Islámico. Se cree que la propia Rusia es el tercer país que más militantes envía a Siria e Irak.

Es cuestión de tiempo que el ISIS use los Balcanes para planear y lanzar ataques en el resto de Europa”, aseguraba, a principios de febrero, el analista militar Luke Coffey. Apenas dos días después, un tribunal estadounidense imputó a seis ciudadanos bosnios radicados en Missouri, presuntamente por haber recolectado y enviado fondos y material militar para ayudar al Estado Islámico.

Magomed Z., checheno acusado de luchar con el ISIS, en su juicio en Krems (Reuters).
Magomed Z., checheno acusado de luchar con el ISIS, en su juicio en Krems (Reuters).

Una seria amenaza para Rusia

No es casual que haya sido en los países vecinos del espacio post-soviético donde antes se ha percibido este riesgo. “El objetivo del Estado Islámico de establecer un Califato es una seria amenaza para Rusia. El potencial de este objetivo para influir en ciudadanos rusos, especialmente aquellos que habitan las repúblicas musulmanas del Cáucaso norte como Chechenia, Daguestán e incluso Tartaria, es significativa”, escriben Anna Maria Dyer y Kacper Rekawek, del Instituto Polaco de Relaciones Internacionales. “Más de cuatro millones de inmigrantes uzbecos, tayicos y kirguises embarcados en trabajos mal pagados en Rusia son vulnerables a las redes yihadistas”, afirma Phunchok Stobdan, del Instituto de Análisis y Estudios de Defensa de Nueva Delhi.

Este mismo fin de semana, las autoridades turcas detuvieron y deportaron a cuatro rusos que trataban de cruzar la frontera siria para unirse al EI. Y según todas las estimaciones, incluso las más conservadoras, más de un millar de ciudadanos rusos –chechenos en muchos casos, aunque no exclusivamente– se encuentran en estos momentos combatiendo en Siria, bien con el Estado Islámico o con el Frente Al Nusra.

“Algunos chechenos, incluyendo a Abu Omar Al Shishani, que se sienta en el consejo central del Estado Islámico y es uno de los miembros más reconocibles de la organización, juegan papeles prominentes entre los rebeldes sirios”, dicen Dyer y Rekawek. “El llamado Ejército de los Emigrantes y los Partidarios [del Islam] es percibido como una de las unidades rebeldes más efectivas en la guerra en marcha”, indican. Por ello, otros voluntarios del Cáucaso y Asia Central adoptan también el apelativo “Al Shishani” (“el Checheno”), debido al prestigio de implica. No obstante, la mayoría de los chechenos en Siria son demasiado jóvenes para tener verdadera experiencia militar en las dos grandes guerras libradas contra el ejército ruso. Pertenecen a las nuevas generaciones, reclutados ante todo a las redes sociales, hasta el punto de que el presidente prorruso de Chechenia, Ramzan Kadírov, ha hecho un llamamiento a Moscú para que bloquee el acceso a ciertas páginas de internet para limitar la exposición a contenidos yihadistas.

Pero es sin duda en Asia Central donde la tendencia es más preocupante. El número de militantes de esta zona geográfica que ha viajado a las regiones dominadas por el EI en los últimos tres años supera los dos millares, según valoraciones oficiales, pero la cifra real podría duplicar dicha cantidad. Existen como mínimo dos “batallones kazajos” en el seno del Estado Islámico, aunque al menos uno de ellos admite a miembros de otros estados centroasiáticos, así como a varios cientos de miembros de la minoría uigur de Xingjian, la región musulmana del oeste de China. El emir de la región de Raqqa, la capital yihadista en el norte de Siria, es originario de Tayikistán. Y el pasado septiembre, el líder del Movimiento Islámico de Uzbekistán (IMU), Usman Ghazi, juró obediencia al Estado Islámico. Aparentemente, este y otros grupos yihadistas de la región abrazan la idea de crear un “gran Jurasán unificado” bajo la enseña del Califato, que abarcaría toda la región centroasiática, incluyendo partes de Irán, Afganistán y China.

El fenómeno ha adquirido tal magnitud que el prestigioso International Crisis Group publicó el mes pasado un informe sobre esta cuestión, titulado “Syria Calling: Radicalisation in Central Asia” (“La llamada de Siria: radicalización en Asia Central”). De acuerdo con su análisis, el perfil de los militantes de estas regiones tiende a ser más clásico que el de los europeos o el de muchos árabes. “El reclutamiento para la causa extremista tiene lugar en mezquitas y ‘namazkhana’ (salas de oración) por toda la región. Internet y las redes sociales juegan un papel crítico pero no decisivo”, se lee en el informe. “Las recompensas económicas no son una motivación para aquellos que se dirigen a territorio controlado por el EI. Para algunos es una aventura personal; para otros es un llamamiento a las armas”, indica.

 

Un miliciano del ISIS en una inspección de productos en Raqqa (Reuters).
Un miliciano del ISIS en una inspección de productos en Raqqa (Reuters).

Sobre este punto discrepa Stobdan: “Una razón por la que los combatientes centroasiáticos ven lucrativo dirigirse a Oriente Medio antes que a la región de Afganistán y Pakistán es porque encuentran al Estado Islámico más inspirador, prestigioso y gratificante. Es más, los centroasiáticos nunca han sentido empatía hacia los talibanes de Af-Pak porque suponen una amenaza directa a la región”, asegura el analista indio. “Además, tienen tal vez otros motivos para ir a Siria, como mejores estándares de vida, como por ejemplo, permiso para traer a sus familias o para casarse con mujeres locales. También es menos complicado llegar a Siria que a Af-Pak debido a que Turquía proporciona un acceso fácil. Todos los estados de Asia Central tienen un régimen de visados favorable con Turquía”, comenta.

Es correcto: los ciudadanos de Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán no necesitan visado para viajar a Turquía, mientras los de Uzbekistán pueden conseguir uno de 30 días a su llegada, lo que facilita mucho el proceso de entrada en el país. Según el International Crisis Group, algunos militantes sobornan al personal del aeropuerto de sus países para evitar ser arrestados a la salida. Una vez en territorio turco, existen redes completas de “acompañantes y facilitadores” para ayudar a los voluntarios a llegar hasta Siria.

Sin embargo, algunos de estos voluntarios no viajan para combatir, sino para empezar una nueva vida en el seno del Califato, y muchos son empleados en tareas principalmente logísticas. Otros, por otro lado, han expresado su decepción por ser considerados luchadores de segunda fila. “Los tipos de Asia Central no están para nada preparados, son carne de cañón. Toda operación se salda con víctimas”, indica un anónimo militante uzbeco citado en el informe del ICG.

A pesar de ello, en lugar de establecer cauces que permitan aprovechar ese descontento y desactivar así la amenaza que supone el regreso de estos yihadistas a sus países de origen, prácticamente todos los estados post-soviéticos han optado por políticas de mano dura, deteniendo e imponiendo largas penas de prisión a los retornados en un intento de disuadir a otros potenciales reclutas. “Tayikistán y Kazajistán han introducido leyes criminalizando el luchar en el extranjero. Uzbekistán ha prohibido recibir entrenamiento terrorista, sin referencia a la localización, pero la ley ha sido ampliamente interpretada como dirigida contra los combatientes entrenados fuera del país. El parlamento kirguís ha aprobado una modificación del código penal que establece penas de ocho a quince años para quien tome parte en conflictos u operaciones militares, o reciba entrenamiento terrorista y extremista en un estado extranjero”, explica el mismo informe.

En parte por ello, algunos observadores han expresado su temor de que se utilice el presunto peligro yihadista para criminalizar y perseguir aún más a la oposición legítima de estos países. “Por ejemplo, la prensa rusa ya ha publicado artículos sobre la radicalización de los tártaros de Crimea, y esto podría ser visto como una excusa para que los servicios de seguridad rusos se infiltren en este grupo étnico”, señalan Dyner y Rekawek. “Lo más preocupante que está sucediendo es que los Gobiernos centroasiáticos están marcando la disidencia política como una amenaza terrorista”, explicó un funcionario estadounidense a los investigadores del ICG el pasado octubre.

Esto, sin embargo, no eclipsa el elevado riesgo que supondrían aquellos miles de yihadistas en caso de que decidiesen regresar a casa tras haber adquirido experiencia en los teatros bélicos de Oriente Medio. Los regímenes de estos países del antiguo bloque del Este, en su mayoría autoritarios y corruptos, se muestran indolentes o incapaces de hacer frente a la amenaza. Pero esto, mientras tanto, sólo contribuye a incrementarla.

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