¿SOMOS MÁS VULNERABLES DE LO QUE CREEMOS?

Cerebros de izquierdas y de derechas: lo que la ciencia sabe sobre manipular a los votantes

Propaganda, redes sociales, tertulias, consejos de familiares... Hay muchas cosas que nos afectan a la hora de decidir nuestro voto, pero no a todos por igual. ¡Preparen sus cabezas para resistirlo!

Foto: Muchos estudios han tratado de acceder al cerebro de un votante. (EV)
Muchos estudios han tratado de acceder al cerebro de un votante. (EV)

El votante reflexivo nunca determina unas elecciones, nos decía el economista Bryan Kaplan en su libro de 2007 'El mito del votante racional: por qué las democracias escogen malas políticas'. Quizá por eso, en estas últimas elecciones y en las que habrá dentro de unos días, los candidatos insisten en repetir versiones de los cuatro mantras que, según identificó Kaplan, hacen que el votante se remueva en su silla:

"¡Crearemos empleo!".

"¡Os defenderemos del enemigo extranjero!".

"¡Os protegeremos de los implacables mercados!".

"¡Si no nos votáis, la economía se desplomará!".

Usar estas fórmulas no equivale, obviamente, a triunfar en unas elecciones (ver Pablo Casado), porque hay muchas capas más de complejidad que el votante filtra a través de su experiencia personal antes de decidirse por uno u otro candidato. Además de las empresas de 'marketing' o consultorías a sueldo de los partidos, también muchos científicos se han preguntado cuáles son esos resortes que hacen a un votante cambiar su papeleta.

Las respuestas a estas preguntas rara vez son evidentes. Tomemos por ejemplo las redes sociales, a las que desde hace unos años se ha culpado casi en exclusiva del triunfo de candidatos populistas como Trump, Bolsonaro o los 'brexiters' en Reino Unido, además de aumentar la polarización en las sociedades occidentales.

Ahora, un nuevo trabajo publicado en 'PNAS' por Joshua Becker y otros dos científicos de la Universidad de Pensilvania relativiza, cuando no desmiente, el supuesto efecto de las 'cámaras de eco' en internet: "Las teorías de la polarización política implican que los grupos se volverán más extremos y menos precisos— cuando sus creencias estén motivadas por un sesgo político partidista".

La lona de propaganda electoral de Cs contra Pedro Sánchez en la avenida de América de Madrid. (EP)
La lona de propaganda electoral de Cs contra Pedro Sánchez en la avenida de América de Madrid. (EP)

Sin embargo, encontraron que incluso en estas cámaras de eco demócratas o republicanas, donde el pensamiento de sus miembros era muy homogéneo, el efecto de la sabiduría de los grupos —es decir, que las decisiones consensuadas entre varias personas suelen ser mejores que las que uno toma individualmente— seguía prevaleciendo. "La influencia social no solo incrementa la precisión sino que reduce la polarización sin que existan lazos a otras redes de personas".

Tiene cierto sentido. Si una persona muy de derechas escoge seguir a gente que piense como él, es más probable que alguien afín le convenza de que una opinión suya es demasiado extrema antes de que lo haga alguien de fuera de ese grupo.

Como explica Emilio Carrizosa, catedrático de Estadística e Investigación Operativa en la Universidad de Sevilla, en las redes sociales "uno puede elegir a quién o qué seguir, y ahí entra en juego la aversión a la inconsistencia o disonancia cognitiva, es decir, la gente prefiere la información y las personas que confirman sus opiniones antes de lo que va en contra".

"Esto crea una sensación de falso consenso que nos lleva a pensar que lo que opina nuestro círculo lo opina toda la sociedad, y provoca resistencia al cambio, a querer exponerse a otras visiones de la realidad", explica este matemático, miembro de la Fundación Gadea por la Ciencia.

Propaganda emocional

Pero las redes sociales son solo una pequeña parte de la realidad. Dentro o fuera del periodo de campaña, la propaganda de los partidos políticos está perfectamente estudiada para apelar a las esquinas más primitivas de nuestra psique. Un ejemplo reciente es el uso compulsivo de la palabra 'centro' y 'centrado' por parte del Partido Popular para recuperar a esos votantes que lo abandonaron en las últimas generales.

El movimiento de Casado para estas elecciones contrasta con ese 'Valor seguro' por el que los populares apostaron antes.

El PSOE, que parte desde una posición más ventajosa tras su victoria en las generales, también apela a la emoción y a las metáforas, pero en lugar de posicionar su discurso en el eje centro-extremo opta por el retroceso-progreso, con el eslógan 'Siempre hacia adelante'.

Es, al final, una continuidad con respecto a la campaña de las generales, donde el botón emocional a pulsar por Pedro Sánchez estaba en el retroceso que supondría la llegada de Vox, resucitando aquel mismo 'efecto Le Pen' que hizo ganar las elecciones a François Miterrand. El propio líder del Frente Nacional reconoció que fue gracias al político socialista que "la omertá se rompió" con respecto a él.

Entrevista a Juan Antonio Pérez

Para conocer más sobre los resortes psicológicos que los partidos tratarán de pulsar cara al próximo 26 de mayo, hemos entrevistado a Juan Antonio Pérez, catedrático de Psicología Social en la Universidad de Valencia.

PREGUNTA. Últimamente se habla mucho del auge de los populismos, ¿pero podemos aseverarlo de alguna manera? ¿Está yendo a más esa emocionalización de la política?

RESPUESTA. Cada época tiene su emocionalidad anclada en unos u otros tópicos. La de nuestra época arrancó por los años sesenta con la lucha de los movimientos por los derechos civiles en los países democráticos. Desde entonces, la cuestión de las minorías —negros, mujeres, homosexuales, inmigrantes— siempre figura en la agenda política y su discriminación se tiene hoy por altamente indeseable. El votante va a estar muy atento a las distintas posiciones de los partidos políticos en lo que respecta a los derechos de las minorías, tanto o más que a la desigualdad económica. Es decir, de una sociedad dividida en clases socioeconómicas estaríamos pasando a una sociedad dividida por identidades (étnicas, raciales, de género, nacionales o religiosas), junto con las emociones intergrupales que este cambio genera.

P. ¿Y de esos polvos estos lodos?

R. Ese contexto histórico es uno de los anclajes de la llamada ola de populismo nacionalista, que a tenor de los resultados electorales se observa que está en auge en casi todos los países occidentales. Tiene bastante que ver con el miedo y la aversión que una parte de la mayoría siente en esta nueva sociedad de identidades múltiples, que trata de incluir o excluir de pleno derecho a las diversas minorías. Aproximadamente a partir del año 2000, acelerado por la revolución tecnológica, la globalización o el terrorismo internacional, una parte de la mayoría empieza a sentirse amenazada por la mera presencia de esas minorías en el país, por el auge de los derechos por pertenecer a una minoría o por algunas políticas de discriminación positiva. Una novedad 70 años después del genocidio perpetrado por los nazis es que parece que hemos entrado en la era del fin del tabú de la discriminación: emergen los partidos nacionalistas de extrema derecha, cuyo punto central del programa es la defensa de la mayoría nacional y la xenofobia abierta.

Y aunque la mayoría no dé su voto a esos partidos xenófobos, sí parece más propensa a proteger e intensificar la afirmación de su propia identidad étnica mayoritaria.

P. Algunos estudios hablan de variables psicológicas distintas para votantes de izquierda o derecha, como la propersión al riesgo o la intolerancia a la incertidumbre. ¿Qué fiabilidad concede a estos trabajos? ¿Pueden educarse esos parámetros para convertir a un potencial votante o hasta qué punto es algo irracional?

R. Sin duda, se puede educar en una mayor o menor sensibilidad al orden, necesidad de certeza, miedo a lo diferente, al extranjero o tolerancia a la diversidad.

La idea de que se vota siguiendo una deliberación racional no se corresponde con lo que muestra la investigación en psicología política

Con respecto a la otra cuestión, la investigación en cognición social muestra que lo racional y lo emocional, lo consciente y lo inconsciente, interactúan en todo procesamiento de la información. La idea de que se vota siguiendo una deliberación racional no se corresponde con lo que muestra la investigación en psicología política. Tampoco se puede decir que lo emocional sea simple y llanamente irracional. En las actitudes hacia los líderes y partidos políticos, lo racional suele responder más bien a una racionalización. En el comportamiento del votante, la conclusión suele anteponerse a las premisas. Y la activación emocional es determinante sobre qué conclusión se antepone. No sigue necesariamente una lógica, sino más bien una 'psicosociológica', más típica esta del pensamiento social.

P. Hay otros estudios, hechos con resonancia magnética, que sugieren diferencias en el cerebro un mayor o menor volumen de la amígdala derecha o la ínsula izquierda de votantes de izquierda y derecha. Tengo que reconocer que me han sorprendido. ¿Puede una conducta política tener una base fisiológica?

R. Hay que entenderlo bien: una base fisiológica sí, un origen fisiológico no. No existe la síntesis bioquímica del PSOE, por ejemplo. No podrá comprar la pastilla, ni en la farmacia ni en la herboristería, tomarla y que le entren ganas de votar al PSOE.

No podrá comprar la pastilla, ni en la farmacia ni en la herboristería, tomarla y que le entren ganas de votar al PSOE

Las imágenes del cerebro que muestran que en unos votantes unas zonas tienen más volumen que en otros, teóricamente, son menos novedosas de lo que a primera vista pueda parecer. La plasticidad del cerebro es hoy algo científicamente probado. Por más intuitivamente atractivo que resulte, el 'mapeo cerebral', de momento, resulta muy limitado para comprender el comportamiento del voto. No solo porque los estudios aún son bastante exploratorios, sino sobre todo porque no hay ninguna prueba de que el comportamiento de voto esté 'hard-wired', o sea, que tenga un núcleo o una red neuronal específica que lo determine. Hoy por hoy, no se sabe si son esas diferencias individuales en estructura y función del cerebro las que inducen el comportamiento político o si es más bien al revés, que son las orientaciones políticas las que determinan que se desarrolle más una funcionalidad o una parte u otra del cerebro.

Imagen de uno de los estudios que relacionan estructura cerebral y voto. (Current Biology)
Imagen de uno de los estudios que relacionan estructura cerebral y voto. (Current Biology)

En realidad, lo más probable es que un comportamiento u otro de voto surja de un proceso bidireccional que se daría entre el funcionamiento neurológico y psicológico y las orientaciones políticas. En este sentido, tanto en estudios con animales como en seres humanos, se ha demostrado que se puede modificar el cerebro mediante entrenamiento y experiencia. Por ejemplo, el entrenamiento en compasión altera las respuestas neuronales en el cingulado anterior y la ínsula anterior, regiones del cerebro asociadas con la empatía como respuesta al dolor de los demás. En otra investigación, se observaron cambios estructurales en el cerebro en un grupo de hombres que habían completado un programa de entrenamiento de cuatro años para convertirse en taxistas de Londres, que exhibieron un mayor volumen de materia gris en el hipocampo posterior.

P. Es decir, que no estamos programados cerebralmente para votar a izquierda o derecha sino que es nuestra actividad, como votantes que buscan información, la que acaba alterándonos el cerebro.

R. Estos y otros resultados sugieren que las experiencias repetidas pueden ser capaces de alterar las estructuras y funciones del cerebro humano. Aplicado al comportamiento político, piénsese el efecto que puede tener estar sobreexpuesto a un tipo particular de noticias en uno y otro medio de comunicación, o incluso la adhesión prolongada a determinados contenidos cinematográficos o series televisivas. Recuerdo haber leído una investigación que mostraba que tres meses antes de celebrarse una votación en Suiza sobre la naturalización de los extranjeros, en determinados medios de comunicación se había incrementado llamativamente la publicación de noticias y reportajes sobre el consumo de drogas y la inseguridad ciudadana asociada. Estoy seguro de que sabe adivinar qué orientación política tenían esos medios de comunicación.

El expresidente madrileño Ángel Garrido cambió de partido, ¿pero no de ideología? (EFE)
El expresidente madrileño Ángel Garrido cambió de partido, ¿pero no de ideología? (EFE)

P. En ese caso, ¿cómo se explicaría desde la psicología que un político cambie de partido o un votante cambie de voto?

R. Primero hay que señalar que una cosa es cambiar de partido y otra cambiar de orientación política, por ejemplo, votar dentro del espectro de la derecha o de la izquierda. Los estudios que he mencionado clasificaban a los participantes por orientación política. Por otra parte, como acabo de señalar, el comportamiento político no está 'hard-wired'. Simplificando, cabe suponer que si en un entorno social se entrenó el cerebro en una dirección, con otro entorno se puede volver a entrenar en otra. En todo comportamiento humano siempre intervienen múltiples factores. Lo más aceptado en psicología es que el comportamiento resulta de la interacción entre la persona y la situación.

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