La guerra civil de la mascarilla en la calle: los "enfermos" que la llevan y los "sociópatas" que no
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Las posturas, más violentas que nunca

La guerra civil de la mascarilla en la calle: los "enfermos" que la llevan y los "sociópatas" que no

Si llevas la mascarilla en exteriores, eres un enfermo con síndrome de Estocolmo; si no, eres un sociópata que quiere ponernos en peligro. La batalla está servida y es más agresiva que nunca

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Imagen: Getty.

Aquí van, a modo de ejemplo, dos tuits recogidos en las últimas semanas:

–Tuit 1: Sociedad enferma. Casi todo el mundo con mascarillas por la calle. Vacunados y no vacunados.
–Tuit 2: ¡No os quitéis la mascarilla por la calle, hijos de p+++!

Entre ambas posiciones hay todo un universo de grises, pero ilustran a la perfección dos cosas: en primer lugar, la polarización que muchos españoles están experimentando en el debate sobre llevar o no mascarilla en exteriores; en segundo, la agresividad verbal con la que ambos polos se dirigen hacia su 'rival'. Porque, tras los policías de balcón, han llegado los policías de la mascarilla en exteriores, tanto a favor como en contra.

"Yo por la calle no me la pongo, pero ni loco", nos cuenta Pablo, un consultor madrileño de 38 años. "Es que no tiene sentido: el virus se contagia sobre todo en interiores. Cuando veo a la gente en espacios abiertos con la mascarilla puesta me pongo malo. Y encima te miran mal si tú no la llevas. Que te dan ganas de decir: 'Oye, si tienes síndrome de Estocolmo con la mascarilla, pues allá tú, pero a mí déjame hacer lo que quiera'".

Las declaraciones de Pablo contrastan con las de Silvia, periodista de 42 años, que no se muestra en el lado totalmente opuesto, pero sí critica la actitud del consultor: "Para empezar, la norma dice que puedes quitarte la mascarilla en exteriores si-puedes-guardar-distancia-de-seguridad, por favor, es que no se nos puede olvidar eso". En cualquier caso, "teniendo en cuenta que las posibilidades de contagiarse en la calle son más reducidas, si alguien está en un espacio abierto y considera que puede quitársela, pues que se la quite, pero que no nos ataque a los que nos la dejamos". Y es que, para ella, la clave está precisamente ahí, en la actitud: "Mucha gente que se quita la mascarilla dice que los demás le miramos mal. No, perdona, a lo mejor, lo que pasa es que simplemente te molesta ver que hay gente que sigue llevándola y eso hace que te sientas atacado. Pero que seas un poquito sociópata es tu problema, no de quienes seguimos llevando la mascarilla".

"Hay radicalización e incluso violencia física"

¿Estamos ante un escenario de polarización y, sobre todo, de agresividad? Para Timanfaya Hernández, vicedecana del Colegio Oficial de la Psicología (COP) de Madrid, "estamos viendo posturas muy radicalizadas, se responde con violencia verbal e incluso con violencia física. No olvidemos la agresión en el metro a un sanitario que le recriminó a un hombre que se pusiera la mascarilla". La realidad es que "llevamos mucho tiempo con una situación de mucho estrés, que condiciona nuestra vida cotidiana y que genera una percepción de riesgo. En estos contextos nos movemos hacia posturas más extremas. La gente, en vez de situarse en la media, se radicaliza y se va hacia un bando. Y si se identifica en ese bando, será más fácil pensar que el contrario es el que tiene la culpa".

Foto: Foto: EFE/Marta Pérez.

Más allá de la bronca que, como decimos, a veces se muestra demasiado polarizada, ¿puede que sean los grises quienes van ganando? "Sí. Las situaciones extremas siempre tienen más relevancia, pero no podemos olvidar que los ciudadanos, en general, han aceptado las normas". Los datos, en efecto, parecen mostrar que nos hemos puesto la mascarilla de manera generalizada, aunque quizá no en función de la normativa vigente, sino de nuestra percepción del peligro del virus. La Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (Fecyt) lleva, desde el año pasado, haciendo diversas encuestas para ver cómo valoran los españoles diversas medidas de protección contra el covid. Como podemos ver en el gráfico de abajo, la evolución en el uso de mascarilla en exteriores subió cuando éramos conscientes de las peores olas, pero bajó cuando la situación parecía relajarse.

En cuanto a las edades, no parece fácil sacar una conclusión sencilla. Cabría prever que el uso de la mascarilla ascendiese a medida que sube la edad, pero no ha sido así. De hecho, los mayores de 65 años se la pusieron en un índice idéntico al de aquellas personas entre 25 y 34 años.

¿Qué pasa cuando la mascarilla no es obligatoria?

Quizá la clave sea saber qué estamos haciendo los españoles una vez que la mascarilla en exteriores, siempre que se pueda guardar la distancia de seguridad, ya no es obligatoria. Actualmente, no existe una gran encuesta que analice eso, pero la compañía de distribución de medicamentos Cofares ya preguntó por ello hace muy poco, en el mes de mayo.

Como muestra el gráfico de arriba, el 62,3% de las personas encuestadas aseguró que seguiría llevándola en momentos concretos (uso del transporte público, visita a hospitales o en temporada de gripe y alergia), mientras que el 9,5% se resiste a quitársela bajo ningún concepto. En el otro extremo encontramos a quienes no quieren llevar mascarilla de ninguna de las maneras, que son el 28,2% de los encuestados.

A Timanfaya Hernández no le resultan extrañas las posturas antimascarilla, sobre todo si lo miramos desde el punto de vista psicológico. "Gran parte de la responsabilidad reside en cómo se ha manejado las directrices: se ha cambiado mucho de postura sobre las mascarillas, al principio no eran obligatorias, luego sí, las normativas eran distintas en una zona o en otra, todo esto se ha alargado durante mucho tiempo... Todos estos factores pueden incidir claramente en que haya gente que acabe rechazando la mascarilla".

El problema llega cuando no ponerse la mascarilla (con todo el derecho del mundo a ello si se cumple la distancia) acaba desembocando en una especie de carácter reaccionario. Según recoge Fecyt, el 30,1% de los españoles ya no es que tengan aversión a la mascarilla, sino que directamente la consideran un peligro para la salud.

Más allá del desvarío reaccionario, ¿tenían razón quienes llevaban ya mucho tiempo pidiendo que la mascarilla dejase de ser obligatoria en exteriores, antes incluso de que el Gobierno diese luz verde a esta relajación de la medida? No sabemos si tenían razón, pero lo que parece evidente es que algunos datos quizá jugaban a su favor.

En enero de 2021, CovidDataHub se propuso analizar en qué países seleccionados se llevaba más la mascarilla y en cuáles menos. Los resultados de su informe hablan por sí solos: España era, de lejos, el país con mayor predominio de la mascarilla, y esa precaución no nos llevó precisamente a tener datos de contagios visiblemente inferiores a los otros territorios.

En cualquier caso, lo que parece evidente es que las mascarillas provocan sensaciones demasiado dispares, tanto a favor como en contra. Un análisis de Maru Reports preguntó a personas de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido qué sentimientos les provocaba llevarla. Como podemos ver, predominan sensaciones como la responsabilidad y la seguridad, pero los sentimientos negativos quizá sean llamativamente negativos: un 21% de los estadounidenses encuestados, por ejemplo, aseguraron que la mascarilla estaba vulnerando sus derechos como ciudadanos.

La psicología también puede explicar la instalación de sentimientos negativos sobre la mascarilla. Timanfaya Hernández recuerda que, a la hora de recriminar al otro, no todos partimos del mismo sitio: "Quienes usamos siempre que podemos la mascarilla tenemos una postura más 'normalizada', más cercana a la postura oficial, así que, en principio, el que la lleva puede sentirse con más derecho a llamar la atención al otro". Por su parte, quienes no llevan mascarilla "reaccionan más violentamente cuando alguien les recrimina no llevarla; se sienten atacados y ofendidos, por eso su reacción es más agresiva".

Ojo, que quizá haya un sesgo que se nos esté escapando: "Piensa una cosa: en grupos grandes, cuando tenemos cerca a desconocidos, el señalado es el que no lleva la mascarilla, pero a medida que el círculo se cierra, cuando estamos con gente de nuestro entorno íntimo, el raro no es el que se la quita, sino el que se la deja puesta". ¿Y eso por qué? Porque "todos tenemos un sesgo por el que pensamos que quien nos va a contagiar es aquel al que no conocemos, al que no tenemos afecto, no nuestro amigo. Es más fácil culpar a quien no conocemos".

En esta diatriba estamos. Los datos demuestran que la mayoría de españoles hemos sido diligentes con el uso de las mascarillas y hemos ido subiendo o bajando su uso en función de la normativa vigente o de la preocupación por el covid. Sin embargo, en un nivel más profundo se ha gestado un debate mucho más polarizado y, sobre todo, mucho más agresivo. Un debate en el que tienes la obligación no solo de defender tu posición, sino también de hacerlo con uñas y dientes y, a poder ser, atacando al contrario.

Aquí van, a modo de ejemplo, dos tuits recogidos en las últimas semanas:

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