LOS MAYORES DELIRIOS DEL POPULISMO (Y iv)

Los ‘hombres mono’ de Stalin, soldados invencibles

El destino había colocado ante él la posibilidad de crear el militar perfecto, un ejército de ‘hombres mono’ que se ajustaba a sus sueños

Foto: Ilustración: Martínez
Ilustración: Martínez

La crisis económica y política ha provocado un auge del populismo en todo el mundo. No es la primera vez en la historia que sucede; cada periodo de incertidumbre es caldo de cultivo para un populismo que acaba derivando en totalitarismo. En sus delirios, los mayores populistas de la historia acaban dejando una impronta que, con el paso de los años, se convierte en tragicomedia que no oculta ni disimula la tragedia que provoca en la ciudadanía

 

Ilya Ivánovich Ivanov tuvo la mala suerte en su vida de haber conocido a Stalin y no haber coincidido con Oliver. Si hubiera sido al revés, quizá hoy estaríamos hablando de uno de los científicos más importantes de la historia. Pero uno no elige el tiempo en el que transita por el mundo: somos esclavos del tiempo que nos toca vivir y el problema de Ilya Ivanovich Ivanov fue ser coetáneo de Stalin y haberse muerto 30 años antes de que existiera Oliver. Pero de Oliver, hablaremos después. Lo fundamental es que Ilya Ivanov, que es como se le conoce, era a principios del siglo pasado uno de los científicos más prometedores de occidente por sus avances en un campo poco explorado hasta entonces, la inseminación artificial.

Los ‘hombres mono’ de Stalin, soldados invencibles

Nació en la Rusia de los zares el 1 de agosto de 1870, estudió biología y muy pronto comenzó a demostrarle al mundo su carácter de científico innovador. Comenzó con la inseminación artificial, que a principios del siglo XX era un campo absolutamente inexplorado, y se ganó el respeto de la comunidad científica cuando lograba hitos desconocidos, como inseminar a más de 500 hembras con un solo semental; un avance espectacular porque lo normal es que ese semental solo pudiera preñar a 30 o 40 hembras.

Cuando se cansó de sus sesiones de inseminación artificial de terneras o yeguas, Ilya Ivánovich Ivanov quiso dar un paso más y empezar a experimentar con el cruce de distintas especies, algo que ya había sido documentado como extraños fenómenos de la naturaleza por Darwin en ‘El origen de las especies’. Por ejemplo, una cebra y un caballo dan lugar a un ‘cebrallo’. O una vaca domestica se insemina con el esperma de un bisonte, y da lugar a un ‘zubrón’. El prestigio de Ilya iba creciendo, y su reconocimiento internacional, pero el biólogo ruso no se conformaba; quería algo más. Y lo consiguió en 1925, cuando el Instituto Pasteur de París le apoyó en su idea más arriesgada: el híbrido del hombre y el mono.

“Quiero un nuevo ser humano invencible, insensible al dolor, resistente e indiferente con respecto a la calidad del alimento que consuma”

Cuando estaba en Kindia, en la Guinea francesa, trabajando en su proyecto fue cuando Stalin debió oír habar de él. Y tuvo que ser como una de esas coincidencias que los dictadores interpretan como un golpe de genialidad, un susurro de Dios a su oído, un soplo celestial a su mente preclara. El destino, en fin, había colocado ante él la posibilidad de crear el soldado perfecto, un ejército de ‘hombres mono’ que se ajustaba a sus sueños. Debe añadirse que, aunque los historiadores difieren sobre la autenticidad de la frase, en diversos estudios se le adjudica a Stalin la siguiente expresión: “Quiero un nuevo ser humano invencible, insensible al dolor, resistente e indiferente con respecto a la calidad del alimento que consuma”.

Si Stalin pensaba así, cosa que no es de extrañar, qué escalofrío le entraría por el cuerpo cuando oyó hablar de un biólogo que experimentaba con monos para crear un ‘humancé’, el híbrido de humano y chimpancé. ¡Y que además era ruso de nacimiento! Blanco y en botella. Cuando el Consejo de Comisarios del Pueblo recibió la propuesta de Stalin para iniciar la investigación, el régimen bolchevique vio en Illya Ivanov las puertas abiertas del triunfo final.

Además, a Ilya Ivánovich Ivanov ya se le estaba acabando el crédito del Instituto Pasteur, porque todos sus intentos estaban fracasando, así que hacia 1928 el régimen soviético acogió con los brazos abiertos al biólogo y le construyó todo lo que necesitaba para investigar en Sujumi (Abjasia), en la actual Georgia.

El biólogo Ilya Ivánovich Ivanov. (Wikipedia)
El biólogo Ilya Ivánovich Ivanov. (Wikipedia)

Ilya Ivanovich Ivanov ya lo tenía todo a su disposición pero esa circunstancia fue, precisamente, lo que lo condenó. Tenía dinero, tenía apoyo político y manga ancha para todo lo demás: nada de limitaciones morales o éticas, con lo que incluso podía intentar –de hecho, lo intentó– inseminar a mujeres ‘voluntarias’ que le proporcionaba el régimen soviético para inseminarlas con esperma de mono. Pero no; ninguna prueba salía adelante. Así que Ilya Ivánovich Ivanov siguió trabajando en su laboratorio hasta que un buen día, en otro soplo de inspiración, Stalin se cansó de él, mandó que lo detuvieran, con cargos desconocidos, y lo envió a Kazajistán exiliado.

No duró mucho tiempo, a los dos años se murió en el exilio. Pasaron los años y los años, se fue al otro mundo también Stalin, y el nombre de Ilya Ivánovich Ivanov quedó sepultado por el polvo intenso de la historia. Hasta que un día, a principios de la década de los setenta, alguien volvió a acordarse de él cuando le presentaron a Oliver, el ejemplar de mono más extraordinario jamás conocido. Oliver llegó a Europa desde el Congo, para ser amaestrado como tantos otros monos, y sorprendió a todos cuando lo veían caminar siempre erguido, sentarse en un sofá y coger un cigarrillo o mirar con ojos de enamorado a su cuidadora.

Durante años, los científicos hablaron de él como ‘el eslabón perdido’. Por eso se decía antes que la pena de Ilya Ivánovich Ivanov fue que la vida, el azar de la época en la que nacemos, lo hizo coincidir con Stalin y no con Oliver, la encarnación de su deseo más obsesivo. Aunque bien mirado, quizá sea al revés: la suerte de Oliver fue la de no haber coincidido en la vida con los dos anteriores, que lo hubieran nombrado primer comandante del Ejército de ‘hombres mono’ de la Unión Soviética. Y también hubiera acabado en un gulag.

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