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Bienvenidos a Draghistán: ¿es democrático exigir el pasaporte covid?
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Protestas en el paraíso de 'Super Mario'

Bienvenidos a Draghistán: ¿es democrático exigir el pasaporte covid?

Algunas grietas en el apoyo masivo a Draghi, especialmente de un grupo de intelectuales que critican el pasaporte covid como una medida de carácter antidemocrático

Foto: El primer ministro italiano, Mario Draghi. (EFE/Riccardo Antimiani)
El primer ministro italiano, Mario Draghi. (EFE/Riccardo Antimiani)
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Hace casi un año, en febrero de 2020, Italia sorprendió al mundo con Mario Draghi. Un banquero providencial, ilustre, inteligente y discreto, tomaba las riendas de un país cíclicamente asolado por las guerras de poder. Fue por designación del presidente Sergio Mattarella y ante la incapacidad el Parlamento de encontrar una solución a la entonces parálisis política. Los primeros meses fueron una fiesta. Nadie ponía en discusión la gestión de 'Super Mario', el hombre que ya se había ganado el título del salvador de la moneda común europea en 2012. El guion parecía prácticamente escrito, y el asunto siguió así hasta el verano cuando, en un momento en el que al mundo le preocupaba la variante delta, Italia se convirtió en uno de los primeros países en Europa en introducir el pasaporte covid, el documento que certifica la inmunización contra el coronavirus.

Fue el inicio de la guerra

Quien desde entonces ha puesto en la diana a Draghi es un pequeño pero muy vocal grupo de intelectuales italianos que han dado la cara para criticar medidas que consideran autoritarias y de riesgo para la democracia. El grupo ya se ha reunido varias veces, en Palermo en octubre y en Turín el mes pasado, por ejemplo. Y entre ellos hay nombres de prestigio: el famoso filósofo Massimo Cacciari, también exalcalde de Venecia, y luego Giorgio Agamben, traductor de Walter Benjamin y conocido —ya antes de la pandemia— por haber investigado sobre las consecuencias que acarrea la imposición del estado de excepción para “resolver los problemas de la manera que sea”.

Foto: Una protesta contra la vacunación. (EFE/Kostas Tsironis)

“Ninguna persona sensata está en contra de las vacunas. Decimos no al pasaporte covid que no tiene nada que ver con las vacunas”, ha argumentado Cacciari, intentando alejar la etiqueta de “antivacunas” del grupo. Esa es “una fórmula para demonizarnos todos”, ha puntualizado. “La intención [del Gobierno] es la de transformar el pasaporte covid en una herramienta de control y vigilancia cada vez más penetrante”, ha añadido en otra ocasión el filósofo.

Otros han sido incluso más punzantes en sus comentarios. Italia es hoy el país de “Draghistán”, llegó a decir el profesor Gandolfo Dominici, de la Universidad de Palermo, en alusión a Turkmenistán, uno de los primeros en instaurar la vacunación obligatoria. “Vivimos claramente en un régimen totalitario”, añadió Dominici al portal Politico.

1.100 profesores

Él mismo organizó una petición en línea para aglutinar a los docentes universitarios que comparten su visión. La queja quiere expresar la negativa a “la naturaleza discriminatoria del pasaporte covid” y tiene como objetivo “iniciar un serio y profundo debate sobre los peligros de esta medida”, según se lee en la petición, que desde que fue creada hasta la redacción de este artículo sumaba un total de 1.100 profesores firmantes. Aun así, algunos han acusado al grupo de no ser una realidad homogénea y contener en su interior también a personas que dudan abiertamente de las vacunas. Unas críticas rechazadas por algunos de los interesados que, insisten, se sienten víctimas del relato predominante en Italia.

Estos filósofos e intelectuales no solo han puesto en duda el pasaporte covid. También critican otras iniciativas gubernamentales. En particular la decisión del Gobierno de extender el estado de emergencia (recién prorrogado hasta marzo) y el recurrente uso de la herramienta jurídica del decreto ley, que permite la entrada en vigor de medidas gubernamentales sin la aprobación previa del Parlamento. Todo esto habría aumentado el poder de Draghi de manera exponencial, según los rebeldes.

De ahí las palabras de otro profesor, el jurista Ugo Mattei, de la International University College de Turín. “Es un insulto que me digan que soy un negacionista o un antivacunas. He perdido a dos tíos por culpa de este virus y me he vacunado”, ha explicado. “El pasaporte covid no tiene ninguna justificación científica. En todo caso, se deberá invertir en las pruebas moleculares”, ha añadido el oncólogo Mariano Bizzari.

También se ha criticado el lenguaje —a menudo muy colorido— de los más férreos defensores de las vacunas, como el virólogo Roberto Burrioni. “Quien no se vacuna pero se hace la prueba, respeta la ley [pero] como los que apestan, a la gente le dan asco”, escribía Burrioni en septiembre pasado.

Foto: Aeropuerto de Ciudad del Cabo desierto durante la pandemia. (J. B.)

La oposición de estos intelectuales es difícil, sobre todo porque la polémica se produce cuando Draghi se encuentra en un muy buen momento. Su gestión de las reuniones del G20, el reciente tratado firmado con Francia e incluso la renovada atención de parte de Alemania —el lunes, el nuevo canciller germano, Olaf Scholz, realizará su tercera visita al exterior a Italia, después de las tradicionales Francia y Polonia—, ha sido aplaudida a nivel internacional. A nivel interno, la pandemia está evolucionado de manera menos agresiva que en otros países, y el primer ministro italiano goza de gran popularidad, según los sondeos.

De Cenicienta a locomotora

El mérito de Draghi reside sobre todo en cómo el país se está encaminando hacia la recuperación económica. La última en certificarlo fue la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que estimó que el PIB italiano crecerá este año más de lo esperado, un 6,3%, la cifra más alta desde el ‘boom’ económico después de la Segunda Guerra Mundial, y un dato mayor al de Estados Unidos y al de muchos socios europeos, como España y Alemania. “Italia podría pasar de Cenicienta del bloque a locomotora de Europa”, ha sido la síntesis de algunos analistas.

Muchos coinciden en que mucho de esto es resultado del efecto de ‘Super Mario’, quien gobierna con firmeza y pocos titubeos. Una figura que, al parecer, también sienta bien en las élites y ha encandilado a muchos medios de comunicación. Un reflejo de ello era un artículo publicado esta semana por el diario romano 'La Repubblica', de propiedad de la familia Agnelli (Fiat Chrysler Automobiles), que ahondaba en la decisión de la revista británica 'The Economist', cuyo principal accionista también son los Agnelli, de escoger a Italia como “país del año”, por avanzar su economía.

Las otras polémicas

Sin embargo, estos intelectuales ya no están solos en su crítica. También los sindicatos se han sumado a este bando. La reciente huelga general, celebrada el jueves, ha sido una prueba de ello. Cientos de trabajadores cruzaron los brazos por unas ocho horas al considerar “insatisfactorias” las políticas fiscales, la gestión del sistema de pensiones y del mundo del trabajo del Gobierno. “El país también tiene que mirar quién se ha quedado atrás” por la crisis económica provocada por el coronavirus, afirmó Pierpaolo Bombardieri, el jefe del sindicato UIL, al insistir en que, entre otras cosas, se reclama una reforma fiscal para que paguen más las rentas más altas.

Asunto aparte es el tema de la transición ecológica. Los reiterados mensajes a favor de que Italia estudie nuevamente invertir en energía nuclear del ministro de Transición Ecológica, Roberto Cingolani, han despertado la ira de muchos ecologistas. Los italianos ya votaron masivamente en 1987 (un año después de Chernóbil) y más recientemente, en 2011, contra el uso de esta energía. "[En 2011], 27 millones de italianos se manifestaron para decir no a los planes nucleares del [entonces] Gobierno. Hoy, 10 años después, esta decisión se ha revelado no solo justa, sino, además, visionaria", recordaba recientemente Greenpeace al argumentar que esta energía “no es una opción ante el cambio climático” porque “no es una energía limpia”.

Hace casi un año, en febrero de 2020, Italia sorprendió al mundo con Mario Draghi. Un banquero providencial, ilustre, inteligente y discreto, tomaba las riendas de un país cíclicamente asolado por las guerras de poder. Fue por designación del presidente Sergio Mattarella y ante la incapacidad el Parlamento de encontrar una solución a la entonces parálisis política. Los primeros meses fueron una fiesta. Nadie ponía en discusión la gestión de 'Super Mario', el hombre que ya se había ganado el título del salvador de la moneda común europea en 2012. El guion parecía prácticamente escrito, y el asunto siguió así hasta el verano cuando, en un momento en el que al mundo le preocupaba la variante delta, Italia se convirtió en uno de los primeros países en Europa en introducir el pasaporte covid, el documento que certifica la inmunización contra el coronavirus.

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