johnson prometió prohibirlos pero ahora calla

Por qué el pollo clorado de Trump esconde la clave del futuro comercial de Europa

La controversia por los pollos clorados americanos esconde las claves económicas y políticas del futuro comercial del Reino Unido con Europa, Estados Unidos y otras partes del mundo

Foto: Imagen de archivo de una protesta contra los pollos clorados. (Reuters)
Imagen de archivo de una protesta contra los pollos clorados. (Reuters)

El Gobierno de Boris Johnson está dispuesto a ofrecer en los supermercados del Reino Unido pollos clorados importados de los Estados Unidos. Lean bien la frase, porque es importante. Sí, vamos a hablar de pollos clorados. Al igual que el arenque se convirtió en su día en el mejor símbolo para entender el sentimiento pro Brexit, los pollos clorados reflejan ahora las claves del futuro comercial del Reino Unido: el acuerdo comercial que están negociando Londres y Washington, las dificultades que esto entraña para cerrar un pacto con Bruselas, la guerra civil abierta en el Partido Conservador en torno al proteccionismo y la amenaza que se cierne sobre los agricultores británicos. Resulta que salir de la UE no es como muchos habían imaginado. O al menos no como los 'tories' les habían contado.

Promesas incumplidas. Así es como comienzan siempre las historias en política. El manifiesto del Partido Conservador —el mismo con el que Johnson consiguió en diciembre una aplastante mayoría absoluta para poder ejecutar el divorcio con el bloque— especificaba que las negociaciones comerciales en las que se embarcaría el Gobierno “no comprometerán nuestros altos estándares de protección ambiental, bienestar animal y alimentos”. Pues bien, seis meses después de los comicios, la promesa ha sido abandonada. Downing Street se niega ahora a repetirla, cuando le preguntan si está dispuesto a importar pollos clorados de Estados Unidos, uno de los grandes exportadores mundiales de carne avícola.

La técnica consiste en bañar al animal después de su muerte en una solución antimicrobiana de agua clorada para matar bacterias y otros patógenos que causan enfermedades, como la Salmonella y la Campylobacter. Las autoridades de Estados Unidos creen que esa solución es inofensiva para el consumo humano. Pero la UE considera que pone en riesgo la salud de los consumidores porque hace que no se implementen otras medidas de higiene necesarias en las granjas y mataderos.

Una de las razones por las cuales el acuerdo comercial propuesto entre los Estados Unidos y la UE nunca llegó a materializarse fue precisamente porque Bruselas se negó al acceso libre de aranceles para los pollos estadounidenses, cuya producción es un 20% más barata.

Por lo tanto, si Londres está dispuesto ahora a poner este producto en los supermercados del Reino Unido, ¿hasta qué punto se está poniendo en riesgo el pacto comercial que está negociando con la UE? Los británicos abandonarán el bloque, a efectos prácticos, el 31 de diciembre de 2020. Hasta ahora, las conversaciones no están siendo especialmente fructíferas y, sin pacto, las relaciones entre ambas partes se regirán únicamente a partir del próximo mes de enero por las directrices de la Organización Mundial del Comercio.

Mucho en juego para UK... o para Boris

El 47% de las exportaciones del Reino Unido va actualmente a la UE, por lo que hay mucho en juego. Respecto al pacto comercial con Washington, Downing Street admite en documentos revelados en la prensa que, en el mejor escenario, conduciría a un pequeño impulso de la economía británica de solo el 0,16% del PIB. Ahora bien, políticamente, sería humillante para Johnson no cerrar nada con la Casa Blanca, ya que siempre ha presentado esta opción como alternativa a la membresía comunitaria.

El problema es que las concesiones que el 'premier' parece estar dispuesto a hacer ahora a Donald Trump preocupan incluso a sus propias filas. Un grupo de 22 'tories' rebeldes votó el mes pasado a favor de la enmienda presentada por el conservador Simon Hoare a la Ley de Agricultura que se tramita actualmente en Westminster, para garantizar que las importaciones de alimentos en la era pos-Brexit sigan con los altos estándares del Reino Unido. Pese al apoyo de la oposición, la enmienda no consiguió salir adelante por 51 votos en la Cámara de los Comunes, donde Johnson cuenta con una mayoría absoluta.

Hoare asegura que muchos de sus compañeros no votaron por ella porque recibieron garantías por parte de los ministros de que se iban a respetar los estándares. “Si ahora no va a ser el caso, es deprimente, porque cuestiona la confianza en el Gobierno y socava las promesas del manifiesto del Partido Conservador”, señala.

La Ley de Agricultura —que esta semana está en las últimas fases en la Cámara de los Lores— representa la mayor reforma del sector agrícola desde 1945. Sin embargo, con el centro de atención puesto en la pandemia del coronavirus, nadie está prestando atención a la norma. Por lo tanto, el Ejecutivo se puede tomar todo tipo de licencias. Aún más de las que se ha tomado hasta ahora.

Donald Trump y Boris Johnson. (Reuters)
Donald Trump y Boris Johnson. (Reuters)

Porque hay que recordar que, tal y como ha planificado las cosas, para ratificar cualquier acuerdo comercial, el primer ministro no necesitará el consentimiento parlamentario. El proyecto de Ley de Comercio que se está tramitando también en la Cámara de los Comunes no prevé escrutinio de ningún tipo. El Parlamento no tendrá derecho legal para debatir o votar sobre un eventual pacto o incluso para saber qué contiene. Los gobiernos de Escocia, Gales e Irlanda del Norte también han sido excluidos de la negociación o aprobación de tratados comerciales. En otras palabras, Johnson —o mejor dicho, su oscuro asesor, Dominic Cummings— no ha dejado nada al azar. Pregunta: ¿democracia real?

A nadie parece importarle lo que ocurre estos días en Westminster. Pero los episodios que están aconteciendo están desvelando las claves de la estrategia política de Johnson y hasta qué punto podría estar dispuesto a doblegarse a las demandas de la Casa Blanca. Porque Trump no solo quiere vender sus pollos a los británicos. Quiere que en el etiquetado no aparezca la denominación de origen, por lo que los consumidores no tendrían manera de saber si se llevan a casa un animal clorado.

El Departamento de Comercio de los Estados Unidos dice que ha “expresado constantemente sus preocupaciones” sobre el etiquetado que exige la Organización Mundial del Comercio debido a “la posibilidad de favorecer a países seleccionados y el impacto que eso provocaría en las exportaciones norteamericanas”.

La peligrosa pendiente: ¿también la NHS?

Sam Lowe, experto en comercio internacional del reputado 'think tank' Centro de Reforma Europea, sugiere que es inevitable que Londres vaya a tener que ceder en los estándares de alimentos si quiere cerrar un pacto con Trump. “Si el Reino Unido va a asegurar un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos, tendrá que encontrar una manera de darle a Estados Unidos lo que quiere en lo que respecta a los estándares agrícolas y alimentarios”, recalca.

Para dificultar más las cosas, es más que probable que los Estados Unidos insistan en que el acuerdo debe ser ejecutado por un tribunal extraterritorial, que permita a las corporaciones demandar a los gobiernos si la ley nacional afecta sus “ganancias futuras previstas”. Este mecanismo se ha utilizado en todo el mundo para castigar a las naciones por las leyes que sus parlamentos han aprobado. Asegura que, con el tiempo, la legislación en todas partes tenga que adaptarse a las demandas del poder corporativo. Por lo tanto, lejos de retomar el control —el argumento principal del Brexit—, un acuerdo comercial en estas líneas con Washington implicaría una importante renuncia del poder soberano.

Y el problema además es que si Johnson rompe ahora sus promesas con los estándares agrícolas, ¿cuál será la siguiente? ¿Va a poner también en venta el Sistema Nacional de Salud? El 'premier' siempre ha repetido por activa y por pasiva que el NHS jamás estará encima de la mesa, pero también dijo lo mismo en su día con los pollos clorados.

Según la Ley de Agricultura que se tramita ahora en Westminster, los agricultores continuarán recibiendo la mayor parte de las ayudas que se les pagó siendo miembros de la UE hasta 2022 a través de una serie de acuerdos de transición que también protegerán el medio ambiente y garantizarán altos estándares de producción.

Pero los agricultores temen quedar luego a merced de las importaciones baratas de los Estados Unidos y otros países. Si sus pollos costarán cuatro veces más en los supermercados, ¿quiénes van a comprarlos? Además, si no hay un acuerdo comercial entre el Reino Unido y la UE para finales de año, las exportaciones al bloque —su principal mercado— serán más caras.

Minette Batters, presidenta de la Unión Nacional de Agricultores, advierte de que la industria se encuentra ante una amenaza existencial si se enfrenta a una competencia sin restricciones de los Estados Unidos, porque a los productores nacionales les resultaría imposible competir por precio.

El granjero Paul McAvoy. (Reuters)
El granjero Paul McAvoy. (Reuters)

Los agricultores de Gales (donde el Brexit ganó por 52,5% frente al 47,5%) muestran ahora su frustración ante la ausencia de una campaña de alto perfil que destaque la necesidad de proteger los estándares alimentarios del Reino Unido tras el divorcio de la UE. El agricultor Wyn Evans, de Bryn Iwan (Carmarthenshire), explica que “tras el casos de las vacas locas en los noventa y la fiebre aftosa en 2001, hemos tenido que cumplir con medidas estrictas para producir alimentos en este país”.

“Elaboramos los productos más seguros, limpios y de mayor calidad del mundo, y ahora están socavando esto al aceptar carne de otros países, que no es la mitad de buena”, apunta. De momento, nadie les garantiza nada. Y parece que la era pos-Brexit está repleta de sorpresas. Porque había promesas, pero ¿Johnson está dispuesto ahora a cumplirlas?

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