Daño moral, sucesión del partido y votos

Tres motivos para el no de Merkel a los coronabonos europeos (y una esperanza)

La canciller Angela Merkel es una de las que más se han negado a ceder en cuanto a la propuesta de coronabonos, deuda mancomunada, que solicitan España e Italia

Foto: La canciller alemana, Angela Merkel, junto al líder del estado de Bavaria, Markus Soeder. (Reuters)
La canciller alemana, Angela Merkel, junto al líder del estado de Bavaria, Markus Soeder. (Reuters)

La pandemia de coronavirus ha desenterrado uno de los mayores caballos de batalla interna para la Unión Europea. La mancomunación de las deudas de sus miembros para hacer frente a un enemigo común. Ayer fue la crisis de la deuda. Hoy es la batalla contra el Covid-19, una enfermedad que ha infectado al menos a 377.000 personas en el bloque y matado a unas 28.000. Pero los ahora llamados coronabonos (bautizados por la Comisión Europea en 2011 como eurobonos) han vuelto a topar con la férrea oposición de varios miembros, entre ellos, una voz clave: la de Angela Merkel.

La canciller, poco dada a posiciones nítidas y titulares con aristas, no ha dudado en esta ocasión en negarse tajantemente a la propuesta de Italia y España, los dos países con un mayor número de muertos por el coronavirus. Prefirió en esta ocasión que fracasase la cumbre europea de la pasada semana a buscar, como suele, complejos consensos. Tiene sus motivos. Partidistas, electorales e ideológicos. Pero también hay un argumento —y de peso— para no tirar la toalla en Madrid y Roma. Aunque para eso Europa deba verse primero al borde del precipicio.

No, por el bien del partido

La canciller está ya en la rampa de salida. En 2018, abandonó la presidencia de su partido, la Unión Cristianodemócrata (CDU), y ya ha anunciado que al término de esta legislatura, como tarde en septiembre de 2021, dejará la política activa tras 16 años al frente de la primera economía europea.

Merkel, como mujer de partido, piensa más en su formación que en su propio legado personal y sabe que los coronabonos serían una indigesta herencia para cualquiera de los tres políticos que se han postulado ya para sucederla al frente del partido (y ser, por tanto, los candidatos conservadores a la Cancillería).

Ni Armin Laschet, ni Norbert Röttgen ni Friedrich Merz están a favor de mancomunar deudas en el seno de la UE. Sus posiciones no son exactamente iguales en este punto, pero ninguno se ha mostrado a favor de los coronabonos (como sí han hecho otros líderes políticos alemanes, en especial dentro de los Verdes). También los ha rechazado abiertamente el otro potencial candidato conservador a la Cancillería, Markus Söder. Él es el presidente de Baviera y de la Unión Socialcristiana (CSU), el partido hermanado con la CDU de Merkel, con quien siempre presenta un candidato común consensuado a las elecciones generales.

El daño moral y el mito del ama de casa suaba

Merkel también tiene razones a nivel ideológico para su no a los coronabonos. La idea nunca ha tenido gran tracción en su país y, más concretamente, en la mitad a la derecha del centro del espectro ideológico. Especialmente en ese entorno se esgrimen recurrentemente, tanto en la crisis de la deuda como en la actual, el temor al daño moral y el mito del ama de casa suaba, que ahorra penique a penique (de marco) y nunca se endeuda. Dos elementos que encajan muy bien en la mentalidad alemana y en la tradicional ética protestante del esfuerzo y el ahorro.

El concepto del daño moral es la doctrina, muy extendida en el norte de Europa, que argumenta que ayudar económicamente a otros países promueve la indisciplina fiscal.

Ayudar a otros países promueve la indisciplina fiscal, según la doctrina del daño moral

En su mentalidad, el crimen debe ir seguido del castigo. En este caso, quien requiera ayuda debe contar con la asépticamente denominada "condicionalidad", esto es, los ajustes presupuestarios y las reformas estructurales. Es lo que sucedió en la crisis de la deuda con la periferia.

Ese es el ADN en las tripas del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE). Por este motivo Italia se ha negado a que el MEDE sea el instrumento empleado para afrontar las consecuencias económicas del coronavirus, porque aquí los países más afectados no tienen una presunta culpa que purgar. La pandemia es una causa externa y sobrevenida. Y quizá por eso el ministro de Finanzas holandés, Wopke Hoekstra, para argumentar contra los coronabonos, se preguntó irónicamente por qué los países del sur no habían ahorrado en tiempos de bonanza para tener ahora margen fiscal al que recurrir. Plantando la semilla de la culpa.

Los votantes

El tercer motivo para el no es electoral. El votante medio alemán no simpatiza con la idea de los coronabonos. Y cada vez menos cuanto más se escoran hacia la derecha. Un viraje de este tipo sería muy costoso para la CDU en las urnas, especialmente teniendo en cuenta que a su derecha hay otra formación, los ultraderechistas de Alternativa para Alemania (AfD). La aceptación de esta opción podría llevar a parte de su electorado a la abstención y a otros a los brazos de los radicales, que ya se han lanzado en tromba contra cualquier tipo de mancomunación de las deudas en el marco de la UE.

No se puede ignorar que quienes votan a Merkel (o al futuro canciller alemán) son los alemanes. Y pocos políticos están dispuestos a tomar una decisión que puede costar dinero a sus votantes y no les va a reportar (directa y rápidamente) nada. Mientras las decisiones cruciales en la UE las sigan tomando los jefes de Estado y de Gobierno, que dependen de los votos de sus nacionales y no de los del conjunto de la Unión, será difícil que instrumentos como los coronabonos —en cualquiera de las fórmulas propuestas a día de hoy— tomen forma. Por muchas apelaciones a la solidaridad que se hagan.

Un motivo para la esperanza

No obstante, no todo está perdido en este debate. No sería la primera vez que Merkel da un giro de 180 grados en alguna de sus políticas clave. Ha pasado en significativas ocasiones. Sucedió en 2011, cuando a raíz de la catástrofe de Fukushima la canciller decidió el 'apagón nuclear' de Alemania para 2022 (apenas seis meses después de haber alargado la vida media de las centrales atómicas y situar en 2036 el cierre de la última). Volvió a ocurrir en 2015, cuando tras negar repetidamente que fuera a suceder, Merkel defendió un tercer rescate para Grecia.

Se ha repetido de nuevo en los últimos años, de forma más gradual, cuando la canciller ha accedido a reformas cada vez más restrictivas de las leyes de inmigración y asilo, pese a haber sido loada en todo el mundo por su decisión de mantener las fronteras abiertas en 2015, cuando un millón de refugiados entraron en Alemania. Y acaba, por último, de volver a suceder. A raíz de la crisis económica desatada por el coronavirus, Merkel ha accedido a enterrar —momentáneamente— el objetivo de 'déficit cero' y, tras cinco ejercicios con las cuentas en positivo, este año Berlín se volverá a endeudar.

Estos cuatro momentos tienen un denominador común. Un momento crítico que permite a Merkel asegurar que, por un bien superior, "no hay alternativa" que la de traspasar una línea roja que hasta entonces ella misma había calificado de infranqueable. Tras Fukushima y con el Covid-19, se ha tratado de la salud de los ciudadanos. Con Grecia, el objetivo era evitar el 'Grexit' y mantener la unidad de la UE. Ahora podrían ser las dos combinadas. Salud y unidad. Y esa, paradójicamente, puede ser la razón para la esperanza. Que la situación en Europa llegue a ser tan crítica con la pandemia del coronavirus que la canciller no tenga más remedio que tirar de retórica y flexibilidad y dar un bandazo que cambie la batalla contra el Sars-CoV2, Alemania y la historia de la UE.

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