UN ATLAS DISTÓPICO

La galería de esperpentos ultras y fascistas que espera su oportunidad en Europa

El bestiario ultraderechista crece en número e importancia y cabe preguntarse si existe un caldo de cultivo propicio para que se den y prosperen sus ideas

Foto: Manifestación ultra en Berlín el pasado 3 de octubre. (Reuters)
Manifestación ultra en Berlín el pasado 3 de octubre. (Reuters)

Se suele decir que la política hace extraños compañeros de cama, pero tal vez habría que añadir que los políticos deberían mirar debajo de la cama antes de "acostarse". Porque los monstruos, esos que según dijo el filósofo italiano Antonio Gramsci "surgen en el claroscuro que existe cuando el viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer", suelen esconderse, pero nunca andan muy lejos.

Como si se tratase de una extensión del capitalismo, a veces la democracia parece funcionar bajo la ley de la oferta y la demanda: cuando hay demanda de algo, aparecerá una oferta dispuesta a satisfacerla. Y los nuevos “productos” que están apareciendo en las estanterías del supermercado político, reflejan una inquietante demanda de esperpentos ultras, nativistas y fascistas. En los países de Europa Central y del Este, donde la democracia ha tardado más en llegar y asentarse, estos estrafalarios personajes esperan una oportunidad para salir del espejo deformante donde viven y cruzar el umbral del poder. En Polonia, Hungría, República Checa, Bulgaria y otros países –cada vez más-, la galería de esperpentos ultras crece en número e importancia y cabe preguntarse si existe aquí un caldo de cultivo propicio para que se den, y lo que es más preocupante, prosperen tales ideas.

Por su tamaño, peso específico e influencia, Polonia es el país cuyos renglones torcidos preocupan más en Europa. Las reformas judicial y educativa con que el PiS (siglas de Ley y Justicia en polaco) pretende “crear un nuevo polaco” blanco, cristiano, heterosexual y nacionalista, han conseguido normalizar un discurso plagado de incongruencia (ayudas económicas por tener hijos, pero sin tener en cuenta la renta de los receptores), hipocresía (rechaza a los inmigrantes, pero concede más visas extracomunitarias que ningún otro país) y un populismo lleno de recelos paranoicos y complejos de inferioridad.

La ultraderecha de los tópicos

En las últimas elecciones, el conglomerado de Konfederacja, que aglutina a algunos de los personajes más estrafalarios al este de Berlín, tiene en el inefable Janusz Korwin-Mikke a su referente. Tras conseguir casi un 7% de los votos, Konfederacja ocupó 11 escaños en el Parlamento, un resultado tan excepcional como inesperado. Durante la campaña, sus líderes prefirieron abandonar la retórica beligerante, provocadora y antisistema que suelen desplegar y se centraron en reclamar la homogeneidad étnica de Polonia, la eliminación de gran parte de los impuestos y la reducción del Estado y su poder.

Autocalificándose con eufemismos como “protolibertarios”, lograron atraer el voto de muchos jóvenes polacos (la mayoría de ellos varones y del ámbito rural) con una mezcla de ocurrencias y bravatas que difícilmente se pueden calificar de programa político. El casi octogenario Mikke solía escandalizar al Parlamento Europeo con afirmaciones como que las mujeres deben tener un salario menor porque son más débiles y menos inteligentes -lo cual, según él, también hay que aplicar a los hombres bajitos-.

En sus mítines y en su florido blog, Korwin no cesa de soltar perlas que pocos humoristas del absurdo se prestarían a reproducir, como que “la educación sexual es innecesaria, porque yo no recibí ninguna y he tenido seis hijos”. En cierta ocasión decidió quejarse de los impuestos comiéndose su declaración de la renta delante del Ministerio de Hacienda. La retahíla de sandeces pronunciadas por Korwin se podrían resumir en sus propias palabras cuando pidió que las vacunas y los cinturones de seguridad no fuesen obligatorios: “El hombre tiene derecho a ser estúpido porque aprende de sus errores; así es como se aprende”.

Orbán, Soros y el fútbol

En Hungría, donde Viktor Orbán acuño el término “iliberal” para definir a todo aquél o aquello que no comulgue dócilmente con su visión del mundo, desde países hasta antiguos amigos pasando por oscuras sociedades secretas gobernadas desde la sombra por George Soros, es difícil encontrar figuras aún más ultras que el propio Primer Ministro húngaro. Tal vez, el matiz diferencial que el orbanismo aporta a este particular club de ultras es precisamente la desmedida pasión por el fútbol.

Cuando en 1998 accedió al poder, su primer viaje oficial al extranjero fue para asistir a la final del Mundial en París y jamás ha permitido que sus obligaciones le impidan asistir a una final de la Champions League. Como curiosidad añadida, tres de los hombres más poderosos de Hungría -el Presidente János Áder, el portavoz del Congreso László Kövér y el propio Orbán-, jugaban juntos cuando eran jóvenes en el mismo equipo de fútbol-5.

Orbán tiene un rival en el aún más ultra Jobbik, un grupo que cultiva sus propias obsesiones antisemitas, negacionistas y un giro ultracatólico

La hemeroteca reciente está llena de citas orbanescas que provocarían el rubor de casi cualquier dignatario. A diferencia del bloguero Korwin, Orbán prefiere dar lo mejor de sí mismo en los mítines. Es en estas ocasiones cuando saca a pasear los fantasmas habituales: una Europa no blanca ni cristiana, montones de gays imponiendo un nuevo orden mundial homosexual y una Bruselas dictatorial desde la que Soros controla medio mundo y prepara un nuevo orden mundial. Fidesz, el partido construido por y alrededor de Orbán, solo tiene un rival: el aún más ultra Jobbik, un grupo que cultiva sus propias obsesiones antisemitas, negacionistas y un giro ultracatólico promovido por el recientemente elegido secretario general Tamás Sneider.

Recordando las palabras del líder del polaco PiS, Jaroslaw Kaczynski: “a nuestra derecha, el muro”, el tándem formado por el presidente checo Miloš Zeman y el premier Babiš, de signo populista, también tiene a su particular versión sin blanquear aporreando desde el otro lado de la pared. Se trata de Libertad y Democracia Directa, otra formación que invoca grandes palabras en su nombre y que esconde mucha letra pequeña en su hemeroteca. Para muestra un botón: su líder, Tomio Okamura, animó a los ciudadanos checos a pasear con cerdos cerca de las mezquitas para marcar territorio cristiano y recordar a los musulmanes que esto es Europa. El señor Okamura nació en Tokio.

Brindis por el colaboracionismo nazi

Viajando aún más al Este, los monstruos de debajo de la cama parecen campar a sus anchas por la habitación y se exhiben sin pudor. Es el caso de Zvezdomir Andronov, que promovió y encabezó el tenebroso desfile, antorchas y pañuelos en la cara incluidos, de hace menos de un año en las calles de Sofía. El motivo no podía ser más explícito: celebrar la memoria del colaboracionista nazi Hristo Lukov. Pero Andronov, que ya había levantado cejas al decir en la televisión pública de su país que “los gitanos, judíos y armenios son invitados en Bulgaria” y que “solo si se portan bien podrán vivir aquí en paz”, tiene un duro rival para sus ultraísmos en Nikolov Siderov, líder de “Ataque”.

El explícito nombre de este partido se entiende mejor repasando algunos de sus 20 postulados: referéndums para cualquier cosa que afecte a más del 10% de la población, nacionalización de los bancos, expropiación de bienes extranjeros… Y la preeminencia de la Iglesia Ortodoxa, cuya religión sería la oficial del país. El cóctel se completa con la teoría de que Bulgaria está dirigida en las sombras por turcos y masones.

El bestiario ultra europeo puede leerse también como un mapa. Un atlas distópico del que ya se han colado jirones en el presente y que, aunque debe ir “más allá” que los demás para diferenciarse y tratar de encontrar una identidad, también es capaz de mimetizarse con las causas de moda y adoptar las ideas y enemigos que le sean más rentables en cada momento y lugar.

El efecto que crean en los partidos políticos más “normales” es perverso. Temerosos de perder un importante apoyo electoral, muchos de estos partidos coquetean con los monstruos o incluso incluyen parte de sus mensajes en su narrativa para atraer o conservar a los ultras y descontentos. Al fin y al cabo, un voto es un voto. Se termina produciendo así un mimetismo fatal en el que se desdibujan los contornos de lo que es conservador, ultra, iliberal o sencillamente violento.

Cuando una doctrina política se basa en el rechazo y la mera descalificación revela su naturaleza destructiva y su incapacidad para construir

Así se crea, finalmente, un contexto en el que se hacen visibles y se acaban normalizando e incluso legitimizando ideas que aprovechan de manera oportunista para pescar en río revuelto y medrar. La creencia de que cualquier locura, por absurda que sea, encontrará una audiencia, parece confirmarse en casos como los de estos líderes. Y aunque no tengan en común más que el ansia de poder y en esencia se trate de excepciones que son incapaces de entenderse entre sí, su habilidad para conservar las cotas de poder que alcanzan es alarmante.

No hay una ideología consistente detrás de esta galería de esperpentos. Ni principios ni causa común. Se camaleonizan con el entorno, sintonizan con la disidencia, digieren los desechos que otros rechazan y regurgitan un plato que hace ya décadas se le indigestó a Europa. Cuando una doctrina política se basa en el rechazo y la mera descalificación (antisistema, antiliberal, anti-élites, anti-Europa), revela su naturaleza destructiva y su incapacidad para construir. Superado el Telón de Acero, Europa se enfrenta ahora a un muro interior, al otro lado del cual se proyectan las sombras de los monstruos. Y los monstruos, escribió Primo Levi, “existen, pero son demasiado pocos para ser peligrosos. Más peligrosos son los hombres comunes, los que se prestan a creer y actuar sin hacer preguntas”.

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