Un nuevo camino de futuro para la región

Úlster, el 'juguete roto' sacrificado en el Brexit por las intrigas políticas británicas

Belfast ha sido un juguete roto utilizado para las apuestas políticas internas del Reino Unido. El Brexit ha sido un capítulo más, pero ahora se abre un nuevo camino para Irlanda del Norte

Foto: Estación en una vía abandonada de tren donde antes había un control de fronteras. (Reuters)
Estación en una vía abandonada de tren donde antes había un control de fronteras. (Reuters)

"¿Recuerdas ese pueblo en el que la frontera corría, por mitad de la calle, con el carnicero y el panadero en distintos Estados?", reza un poema de 1980 de Paul Muldoon. Y en esas pocas palabras está encapsulado el enorme drama de la isla de Irlanda, partida en dos: la República ocupando la mayoría del terreno, y seis condados por encima, Irlanda del Norte, provincia del Reino Unido. Un auténtico laberinto tremendamente inflamable de emociones, identidades, odios y resentimientos. Durante unos años sus fantasmas durmieron una larga siesta. Pero el Brexit ha vuelto a despertarlos. Porque esa frontera de la que habla Muldoon, que pasa por mitad de la calle, amenazó con volver.

Este verano se celebró como una victoria para el trabajo entre comunidades el cambio de unas puertas de metal por unas rejas en el muro que separa los barrios Shankill Road y el de Falls Road en Belfast. Porque sí: en 2019 hay un muro que separa a una zona en la que viven protestantes unionistas, y otra en la que viven nacionalistas católicos. Y las puertas de ese muro sigue cerrando cada día de la semana a las 17:30. Olvidado por el resto del mundo, las viejas tensiones dele conflicto irlandés siguen latiendo en el corazón de Belfast.

El Brexit ha acabado devolviendo a la mesa el problema irlandés, los fantasmas de un conflicto que dejó más de 3.000 muertos y que solo levantó el pie del acelerador con los Acuerdos del Viernes Santo (1998). Para el mantenimiento de ese delicadísimo equilibrio, es obligatorio mantener la frontera en la isla abierta, entender lo sensible que es este asunto. Increíblemente, el francés Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea, parece haber comprendido mejor el problema, y parece haber tratado con más delicadeza el asunto que los dos primeros ministros británicos que han participado en las negociaciones, los conservadores Theresa May y Boris Johnson.

Un frontera social

El Úlster (utilizaremos este término para referirnos al territorio norirlandés, si bien esta región también incluye varios condados que se sitúan en la República) ha sido un juguete roto en manos de la política británica, y a veces también de la irlandesa. Para comprender por qué se ha hablado tanto de Irlanda durante las negociaciones del Brexit debemos hacer un brevísimo recorrido por la historia moderna de la isla que permitirá comprender su complejidad. No se preocupen si se pierden: es la esencia de la historia irlandesa.

Algunos defienden que Irlanda es un juguete roto desde lo que consideran el pecado original, cuando en el siglo XVII Londres decidiera proceder con la denominada 'The Plantation': llenar el norte de la isla con colonos protestantes procedentes de Gran Bretaña tras una larga guerra de los antiguos pobladores contra el dominio inglés.

La rebelión fallida de 1798, buscando romper vínculos con Gran Bretaña, obligó a cambiar el nombre al país en 1800: Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda

La rebelión del Úlster de 1641 por parte de católicos que se revolvían contra el dominio británico y protestante fue el inicio de una polarización que partió Irlanda en dos antes de que existiera ninguna frontera física. En las batallas del Boyne (1690) y Aughrim (1691), los católicos perdieron la esperanza de poder recuperar su estatus en el norte, y el Úlster se confirmó como una zona de dominio protestante y británico, frente al resto de provincias históricas de Irlanda.

Irlanda prácticamente no existía para Londres hasta que la rebelión fallida de 1798, buscando romper vínculos con Gran Bretaña, obligó a cambiar el nombre al país en 1800: Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. La isla empezó a contar desde entonces con 100 diputados en Westminster.

A lo largo del siglo XIX, mientras en el sur empezaba a florecer un movimiento nacionalista entre los católicos, Belfast se aprovechó de una fuerte industrialización que enriqueció la zona y apuntaló un discurso clave en el largo plazo: el Úlster era más británico, más avanzado, diferente al resto de Irlanda.

La situación se aceleró a finales de siglo XIX y el inicio del pasado, con una creciente polarización a medida que el sur buscaba independizarse. La "partición", la imposición de una frontera, fue la aceptación de una barrera psicológica y social entre el norte y el sur, y según muchos historiadores, la única alternativa viable a una sangrienta guerra civil. En 1922 el sur se independizó, y convirtió la unificación de la isla en un elemento central de su ADN.

El sectarismo y la polarización en el norte acabó en violencia entre comunidades a partir de mediados de 1969, con el Estado irlandés sopesando en algunos momentos el uso de la fuerza en Irlanda del Norte en un momento que tensó mucho las relaciones con un Reino Unido que desplegó el ejército en la región para intentar acabar con los altercados, aunque siempre tomando parte, y acabó tomando el control directo del Úlster.

El conflicto se acabó cobrando la vida de más de 3.000 personas y solo se le que se puso fin con los acuerdos de 1998, que se basaba en una frontera completamente abierta en la isla y el respeto a la identidad de quienes quisieran sentirse irlandeses o británicos, nacionalistas o unionistas, católicos o protestantes, independientemente del lado de la frontera invisible en la que estuvieran. Abrió un camino para la unificación de Irlanda, con la aceptación de que si la mayoría de votantes del norte lo deseaban se produciría, y también eliminó las reclamaciones territoriales de la República sobre el Úlster, que hasta entonces estaban recogidas en su constitución. El Brexit puso en riesgo todo eso.

De hecho han vuelto las acciones violentas, con un nuevo grupúsculo terrorista que se denomina heredero del IRA, aunque hay que apuntar que la violencia nunca ha terminado de abandonar la región, y, aunque de forma aislada, se han seguido registrando ataques y enfrentamientos serios.

Traiciones en Westminster

Los políticos británicos han utilizado siempre el problema irlandés para intentar seguir adelante con las cosas que de verdad les preocupaban. Como en 2017, a comienzos del siglo XX las fuerzas parlamentarias irlandesas eran claves en Westminster. En 1910, el Partido Parlamentario Irlandés (PPI) tenía la llave del poder, y sus exigencias eran un autogobierno para la isla dentro del imperio: sus apoyos al Gobierno en la reforma de la Cámara de los Lores allanó poco a poco el camino hacia su objetivo.

En aquellos días los unionistas, viéndose superados por el movimiento que pedía una Irlanda autónoma, decidieron limitarse a defender el terreno donde eran mayoría: el Ulster.

Los primeros ministros Lloyd George y Herbert Asquith, a pesar de la gravedad del asunto, nunca prestaron demasiada atención a un tema que consideraron secundario. "Estaban más preocupados por cómo la cuestión irlandesa podía afectar a su partido y a la política británica que al posible impacto en Irlanda, que era demasiado a menudo un peón en el juego del avance de sus carreras", escribe Diarmaid Ferriter en "The Border: The Legacy of a Century of Anglo-Irish Politics".

La descripción que hace Ferriter de la actitud de George y Asquith hacia el problema irlandés es perfectamente aplicable a la falta de seriedad y comprensión con la que el Partido Conservador ha tratado el tema de la frontera irlandesa tras el Brexit: con sus mandamases únicamente centrados en evitar que molestar a personas que pudieran descabalgarles de sus puestos, sin atender a las necesidades reales de las comunidades que, en el Úlster, sufrirían las consecuencias de sus decisiones.

La "cuestión irlandesa" era demasiado a menudo un peón en el juego del avance de sus carreras políticas

Además, como siempre ha hecho, el Gobierno británico ha priorizado únicamente su diálogo con los unionistas. Y no con cualquiera: con el Partido Democrático Unionista (DUP, por sus siglas en inglés), una formación nacida en 1971 y situada en el ala más dura de los unionistas protestantes, opuesto a cualquier "unionismo reformista". El DUP ha tenido en su mano el control del Gobierno y de la aprobación del acuerdo del Brexit, que siempre han rechazado.

Pero las comunicaciones del Gobierno con la otra comunidad norirlandesa han sido mínimas, y aunque el Ejecutivo británico siempre ha defendido que respetaría el Acuerdo del Viernes Santo, lo cierto es que muchas voces cercanas a Downing Street han jugueteado con la idea de que se estaba exagerando las consecuencias sociales que tendría una frontera en la isla.

Hay que destacar que, si bien el liderazgo de May y Johnson ha sido irresponsable en lo que a Irlanda se refiere, así como lo fue durante muchas décadas, el rol británico fue clave para alcanzar la paz en la isla de Irlanda, y el cambio de actitud de los años noventa fue fundamental para acabar con la violencia en la región. Esa flexibilidad e imaginación para buscar soluciones que pudieran asentar la convivencia no se ha mostrado en esta ocasión.

El historiador Oliver MacDonagh capturó la complejidad de Irlanda del Norte en una frase: el Ulster, para los protestantes de la zona, era "más que una provincia, menos que un Estado; constituía, al menos, un pueblo". Otra frase muy utilizada y que representa bien cómo de difíciles son las cosas en el Ulster dice que para un norirlandés común solo hay un insulto peor que "irlandés", que es llamarle "inglés".

Pero los matices han desaparecido para el Gobierno británico en un nuevo capítulo de la dramática historia de la región, ha cerrado sus ojos a una de las partes y se ha entregado al DUP, para después, como ha hecho en tantas otras ocasiones, traicionarles también a ellos y cerrar el mejor acuerdo posible: Londres siempre estará del lado de los unionistas, pero nunca van a ser lo suficientemente importantes como para frenar la vida política del resto del país.

Una señal de
Una señal de

La política irlandesa no es una simple víctima de la británica. Porque en Dublín también se jugó con Belfast. Durante mucho tiempo se negó simplemente la existencia de Irlanda del Norte (a la que se referían como "los seis condados del norte"), se apretaba económicamente al Úlster y se jugueteaba con discursos peligrosos en los años treinta sobre la "pureza" de la identidad irlandesa.

Se insistió de forma tozuda en que Irlanda tenía una única identidad, y se utilizó la frontera como un objeto de campaña electoral, siempre prometiendo derribarla como fuera, pero muchas veces sin trabajar de verdad por acabar con la “partición”.

La frontera servía para apuntalar un discurso en el que Dublín se mostraba víctima de un Reino Unido que había impuesto la frontera y de la que ahora los irlandeses no se podían librar. Y ese era un discurso electoral tremendamente rentable. Michael Laffan, en “Partition of Ireland” (1994) da en el clavo: “La división beneficiaba a mucha gente, incluido a aquellos que la deploraban”.

El gran giro

Siempre el Reino Unido ha tenido la mano ganadora cuando ha mantenido un pulso con Irlanda. Porque Londres ha sido la más poderosa y fuerte de las dos, porque Dublín siempre ha vivido a la sombra de lo que se decidía en el número 10 de Downing Street. Las actuaciones de ambos Estados miembros durante sus años en la UE mostraban hasta qué punto llegaba la coordinación de las capitales.

Con el Brexit eso cambia por completo. Porque aunque Downing Street no se lo esperaba, ocurrió lo que tenía que ocurrir: que un solo Estado miembro no puede imponer las condiciones a los veintisiete restantes, por muy poderoso que sea.

Por primera vez, Dublín tiene la mano ganadora. Reino Unido mide desastrosamente mal sus fuerzas y diseña una estrategia errónea. La UE convirtió en prioridad mantener la frontera abierta gracias al trabajo de concienciación hecho por el Gobierno irlandés, e Irlanda pasó a tener la llave del acuerdo del Brexit. Barnier impuso entonces al Reino Unido un “backstop”, un plan de emergencia que dejaba al Úlster alineado con la UE en muchas materias y obligaba a ciertos controles en el mar de Irlanda.

Eso sí, en la figura de Barnier, Dublín tuvo suerte. Podría haber tocado otra persona con la que las cosas hubieran sido muy diferentes. Pero el francés conocía bien a los británicos por su dura negociación con ellos a raíz de la reforma de los servicios financieros, cuando era comisario de Mercado Interior y el Daily Telegraph se preguntaba si era “el hombre más peligroso en Europa”. Unos diez años después, esa pregunta tiene una respuesta clara: para Reino Unido desde luego que sí.

Barnier conocía muy bien el tema irlandés. Phil Hogan, comisario irlandés de Agricultura, y que dentro de poco lo será de Comercio, hizo referencia a la comprensión que el francés tenía del Úlster y las complejidades que entraña. “No aprendes eso de la noche a la mañana. Necesitas sentirlo y escucharlo de forma regular para entender los matices de la dimensión política de la paz”.

Foto: Reuters
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Durante todo el proceso los negociadores británicos minusvaloraron la intención irlandesa de mantenerles el pulso, de no ceder. También despreciaron hasta qué punto Barnier y el resto de capitales estaban dispuestas a apoyar a Irlanda. Trataron de dividir a la UE, de que los socios abandonaran a Dublín a su suerte. Jugaron hasta la carta sucia de desacreditar al primer ministro irlandés, Leo Varadkar, como un líder joven y demasiado inexperto. Y todo falló.

Al final Varadkar y Johnson acordaron la sustitución del “backstop” por otro sistema que, en realidad, y desde la perspectiva histórica, respeta bastante más la particularidad norirlandesa y el trabajo entre comunidades. Ahora Stormont (la Asamblea de Irlanda del Norte) tendrá en su mano decidir si quieren seguir alineados con las normas de la UE que permitan mantener la frontera abierta o si quieren dejar de estarlo pasados unos años.

Aunque eso abre puertas al riesgo de una frontera en el Úlster en algún momento en el futuro, también sirve como estructura de cooperación, y algunos defienden que puede ser la plataforma que haga que poco a poco vaya dejando de ser un tabú hablar del fin de la “partición” en el norte de la isla, que obligue a los unionistas del norte a ver los beneficios de cooperar con los republicanos del sur.

El espíritu del nuevo impulso irlandés se puede encontrar en un memorando sobre los beneficios para Dublín de pertenecer a las Naciones Unidas que en 1956 escribió el primer ministro John A. Costello tras una visita a Estados Unidos: “A través de la influencia de nuestros amigos, la división puede llegar a su final. La división no puede terminar sin amigos, y la amistad no puede ganarse con una política completamente egoísta”. Y para Irlanda no hay mejor amistad que la europea, como ha quedado demostrado.

No en vano, ya en los años sesenta algunos líderes irlandeses creían que el proyecto europeo sería el fin de la división. El primer ministro irlandés Seán Lemass explicó en 1962 (diez años antes de entrar en las comunidades europeas), que la pertenencia al club haría inútil e innecesaria el corte en dos de la isla: “La división se volverá un anacronismo tan obvio que toda persona sensible querrá acabar con ella”. No ha sido así por ahora, pero sí que ha sido un elemento que ha permitido una vida bastante normal a ambos lados de la frontera invisible. Y la normalidad en el caso irlandés es un milagro que hay que cuidar.

El delicado equilibrio para el futuro

Siempre se ha jugado con la idea de que la alternativa a la división completa de Irlanda es una sangrienta guerra civil en el norte. Poco a poco se ha intentado ir alejando ese fantasma a la vez que Dublín ha ido comprendiendo la particularidad de Irlanda del Norte desde finales de los años 60 hasta este momento. Nadie habla abiertamente de unificación, pero todo el mundo, todo el tiempo, lo tiene en la cabeza.

Durante mucho tiempo el unionismo, además de sentimental, ha sido práctico: la vida en el Úlster era bastante mejor que en la República, aunque en ambas regiones se sufrían penalidades económicas. Terence O'Neill, primer ministro norirlandés de los años sesenta, decidió centrar su discurso anti-unificación irlandesa en la materia económica: "¿Quién va a pagar por nuestro Estado del Bienestar en una Irlanda unida? Porque valoramos mucho nuestro Estado del Bienestar británico. Es muy importante para nosotros en el norte. No veo ninguna ventaja económica en unirnos a Irlanda".

Pero a lo largo de las décadas pasadas, Irlanda fue estando cada vez más cerca del Ulster, y hoy por hoy Dublín es un polo de inversión (en gran parte gracias a un sistema fiscal muy laxo con las grandes compañías), con miles de europeos migrando a la capital irlandesa para encontrar empleo. Con un Reino Unido que durante los próximos años sufrirá las consecuencias del Brexit, en el Gobierno irlandés están convencidos de que en Belfast verán con muy buenos ojos el tener un estatus mejor que el resto de Gran Bretaña.

Lo más importante, más que el fin de la división, es mantener la paz, que la vida pueda seguir. No todo el mundo tiene claro que la “partición” de Irlanda fuera una mala idea, en línea con la corriente de pensamiento que apunta a que la alternativa era la exterminación de una de las partes.

En "The Cambridge History of Ireland", el historiador Geróid Ó Tauthaigh defiende que, teniendo en cuenta cómo fueron las cosas para las minorías durante las décadas de 1920 y 1930, que no fueron años precisamente fáciles para las minorías que no estaban especialmente interesadas en ser aniquiladas, “es razonable preguntarse si el destino de las minorías irlandesas bajo la partición fue la peor que podría haberles sucedido”.

Mientras que al caer la noche se cierran las puertas que separan algunos de los barrios protestantes y católicos en Belfast, pero también en Derry y otras ciudades, hay que recordar que las heridas del Ulster siguen sin terminar de cicatrizar. Los "muros de la paz", como se le han denominado, son un recordatorio de lo débil que es la misma. Después de que los líderes británicos hayan vuelto a jugar con su destino, apostándolo todo a una de las partes y arriesgando la convivencia, Irlanda del Norte tiene de nuevo un camino hacia el futuro frente a ella.

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