BLOQUEO EN LA ELECCIÓN DE LA CÚPULA DE LA UE

Europa entra en una nueva era: más política pero embarrada por la polarización

El bloqueo absoluto del nombramiento de líderes de la Unión Europea es una mala señal para Europa, pero a la vez anuncia una era más política para Bruselas

Foto: Sede del Consejo Europeo en el barrio de Bruselas. (Reuters)
Sede del Consejo Europeo en el barrio de Bruselas. (Reuters)

La elección de líderes de la Unión Europea nunca ha sido sencilla. Pero seguramente nunca había alcanzado el nivel de complejidad del actual ejercicio, lleno de giros, traiciones, puñaladas traperas, propuestas de madrugada, candidatos tapados y una Bruselas más política y “polarizada”, lo que ha convertido la sucesión de los principales cargos de la UE en una auténtica batalla campal.

El bloqueo absoluto entre los jefes de Estado y de Gobierno que obligó a cancelar la reunión del Consejo Europeo tras casi 20 horas de encuentro es el reflejo de una Europa profundamente dividida en distintos ejes que van desde la defensa del sistema liberal frente a los que exploran las posibilidades y ventajas del desmantelamiento del Estado de derecho y avanzan por el sendero autoritario, una división también entre este y oeste, entre países enganchados al proyecto europeo y aquellos que claramente están desconectados como Italia, así como una profunda división interna en la familia política más importante del continente, el Partido Popular Europeo (PPE).

Varios líderes, en la sala de reuniones del Consejo Europeo. (Reuters)
Varios líderes, en la sala de reuniones del Consejo Europeo. (Reuters)

Tras el fracaso de las conversaciones mantenidas durante la madrugada del domingo y la mañana del lunes, la segunda reunión que finaliza en un no acuerdo en menos de 10 días, una alta fuente europea aseguraba que la situación se había complicado por una “politización” y “polarización” del debate. La primera es buena noticia, significa que está surgiendo un debate y una conversación europeos, y lo segundo es una muy mala noticia, que significa que Europa se parte en dos o más trozos.

Aunque hay algunas voces que invitan al optimismo respecto a esta ya tercera jornada de reuniones, y apuntan a que un acuerdo está al alcance de la mano, lo cierto es que se pueden obtener un par de lecciones. La capital comunitaria sigue siendo tierra de consenso, donde los líderes prefieren no tener que votar nada, intentar que todo sea de mutuo acuerdo, que todos los actores se sientan cómodos. Pero eso es cada vez más difícil y la culminación del proceso de sucesión de liderazgos en la UE está siendo la máxima demostración.

Al Consejo Europeo del domingo se llegó con un boceto de propuesta de paquete de nombramientos que un grupo de líderes y sus colaboradores diseñaron durante la reunión del G-20 de Osaka, que mandaría al socialista Frans Timmermas a la presidencia de la Comisión Europea. Angela Merkel, canciller alemana, estaba detrás de ese acuerdo.

Pero una demostración de que los tiempos ya no son los de antes es que el pacto que la todopoderosa Merkel había alcanzado en Japón fue recibido con una total frialdad por parte del resto de líderes del Partido Popular Europeo (PPE) en una reunión previa a la cumbre del domingo. La canciller ya no es la de antes, se huele sangre y todo el mundo toma posiciones. La oposición frontal del PPE al plan de Merkel fue el bautizo de una nueva etapa y estuvo en el núcleo de que las conversaciones tuvieran que cancelarse ya a última hora de la mañana, después de que los líderes lograran ir acercando posturas sobre un acuerdo que, sin obtener un apoyo unánime, pudiera reducir las divisiones.

Ese choque interno del PPE luego trasladado al Consejo es el resultado colateral de la buena noticia de las últimas semanas: la politización de la UE ha hecho que los candidatos que participaron en el sistema del ‘spitzenkandidaten’, un mecanismo ideado por la Eurocámara en 2014 para no elegir a ningún presidente de la Comisión Europea que no haya participado en las elecciones europeas, hayan seguido con vida, siendo importantes en los bailes que se han producido desde el fracaso de la cumbre del 20 de junio hasta la celebrada el domingo. Y de hecho, que Timmermans haya llegado como favorito a dicha reunión es la demostración de que esa politización tiene efectos positivos y de que las capitales que creían que sería sencillo doblegar al Parlamento Europeo se equivocaban.

Frans Timmermans, vicepresidente primero de la Comisión Europea. (EFE)
Frans Timmermans, vicepresidente primero de la Comisión Europea. (EFE)

Polarización corrosiva

La mala noticia es la polarización que se está viviendo. Cuando empezó a flotar el nombre de Timmermans, al Grupo Visegrado, una alianza de Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia, le faltó tiempo para asegurar que el candidato socialista era inaceptable para ellos, que son el principal club de Europa del este.

Pero la oposición no es casual. Timmermans, actual vicepresidente primero de la Comisión Europea, ha sido el azote de Varsovia y Budapest por sus intentos de desmontar el Estado de derecho en ambos países. El Gobierno húngaro directamente ha tratado de vender el mensaje de que el holandés es el candidato oficial del millonario George Soros, enemigo público número uno del primer ministro magiar, Viktor Orbán.

La UE se ve obligada a decidir entre la unidad y premiar así a un grupo de países que están asumiendo una hoja de ruta que debilita la democracia en el corazón de Europa, o una división corrosiva que alimenta el discurso euroescéptico, una doble trampa llena de cuchillas de doble filo de sierra.

El aislacionismo de una Italia incapaz de tender puentes con el resto de capitales al estar paralizada por el control exterior del líder ultraderechista Matteo Salvini, la falta de iniciativa de muchos otros países y el arrastre iliberal desde algunos países del este hacen prever que las divisiones y la polarización seguirán profundizándose y extendiéndose. Y el Brexit ha demostrado las ventajas de una Europa unida, uno de esos extraños casos en los que la UE se ha mantenido como un bloque. La división en tiempos peligrosos puede tener un precio muy alto para el proyecto europeo, especialmente cuando esa fragmentación no tiene una motivación racional con el objetivo de enriquecer la idea común de Europa desde perspectivas diversas, sino el puro placer de enfangarse en el barrizal ideológico de tratar de barrer para casa en un clima de una mayor desconfianza entre capitales.

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