UN DEPREDADOR DE EMBOSCADA

La verdad sobre Joe Biden: los puntos débiles del candidato fantasma

A menos de tres meses de las elecciones, Biden se muestra cada vez más activo. Y sus intervenciones generan cierto nerviosismo en el campo demócrata

Foto: Joe Biden. (Reuters)
Joe Biden. (Reuters)

En zoología se les llama “depredadores de emboscada”: aquellos animales que, para cazar, en lugar de usar la rapidez o la fuerza bruta, se camuflan o aguardan pacientes en su escondite. Cuando el enemigo se pone a tiro, disparan. Esta suele ser la estrategia de las arañas, la tortuga caimán o el aguilucho negro. Y esta parece ser la estrategia del candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Joe Biden. Mientras la pandemia y la crisis económica desgastan a su enemigo, Donald Trump, Biden se limita a observar el espectáculo y a crecer en las encuestas.

Pero un candidato presidencial no puede estar siempre en el sótano de su casa de Delaware. A menos de tres meses de las elecciones, Biden se muestra cada vez más activo: pronuncia discursos, hace viajes cortos y concede más entrevistas. Lo cual genera cierto nerviosismo en el campo demócrata, que teme que Joe Biden, en honor a su fama y como dicen los estadounidenses, acabe disparándose en el pie.

Porque Joe Biden no es nuevo en el mundo de la política. Antes de jurar el cargo de vicepresidente en 2009, el rol que le dio proyección internacional y que ligó su destino al icónico Barack Obama, había sido senador de Delaware durante 36 años. Llegó a Washington recién cumplidos los 30. Son tres décadas y media de experiencia que incluyen dos accidentadas campañas presidenciales.

Una carrera cargada de mentiras

Uno de sus discursos más memorables lo dio en el debate de las primarias demócratas en Iowa, en 1987. “Empecé a pensar, mientras venía hacia aquí, ¿cómo es que Joe Biden es el primero de su familia en ir a la universidad?”, dijo el entonces candidato, hablando de sí mismo en tercera persona. “Mis ancestros, que trabajaron en las minas de carbón del noreste de Pensilvania...”, continuó, haciendo valer sus raíces proletarias y erigiéndose en paladín de los necesitados, y concluyó diciendo que sus antepasados “no tenían una plataforma a la que subirse”.

La alocución fue bien recibida, pero, poco después, su rival Michael Dukakis filtró a la prensa la inspiración de aquellas líneas: Joe Biden había plagiado, casi palabra por palabra, partes de un discurso del entonces líder del Partido Laborista británico, Neil Kinnock. Según Maureen Dowd, periodista del 'New York Times' de la época, Biden lo había imitado “con frases, gestos y la sintaxis galesa intacta”. El estadounidense ya había usado algunas frases de Kinnock en otras ocasiones, citándolo por su nombre.

Biden había fusilado, al pie de la letra, fragmentos de un discurso dado por el mártir Robert Kennedy, poco antes de morir asesinado en 1968

Los periodistas empezaron a tirar del hilo y destaparon otros trapos sucios del candidato. Resulta que, en una intervención ante el Partido Demócrata de California, Biden había fusilado, al pie de la letra, fragmentos de un discurso dado por el 'mártir' Robert Kennedy poco antes de morir asesinado en 1968. Casi al mismo tiempo se conoció que Biden, cuando estudiaba primero de derecho, plagió un artículo. Lo pillaron, lo suspendieron y tuvo que reexaminarse en septiembre.

El vapuleado aspirante, como recuerda el portal de verificación de hechos Snopes.com, quitó importancia a estos asuntos en una comparecencia ante los medios. Es más: hizo público su historial universitario. Los periodistas indagaron y descubrieron que Biden, en otros de sus actos públicos, había exagerado sus hazañas académicas. El demócrata, que había presumido de acabar entre los mejores de su promoción, en realidad había terminado de los últimos.

Aún había más para escarbar. Desde al menos 1983, Biden se había referido varias veces a su participación en las protestas por los derechos civiles en los años sesenta, un emblema de honor para cualquier demócrata. “Marché con decenas de miles para cambiar conciencias”, dijo una vez. Los reporteros lo presionaron al respecto. Biden acabó alegando que, una vez, cuando era socorrista de una piscina en Delaware, se unió a un piquete en torno a un teatro racialmente segregado.

En septiembre de 1987, apenas tres meses y medio después de presentarse a presidente, el senador de Delaware se retiró de la carrera, dolido con los medios y la “exagerada sombra” que estos habían dado a sus errores pasados. Biden, que había empezado como uno de los favoritos, no tenía un sólido bastión en el que apoyarse y estas acusaciones terminaron pulverizando su campaña.

Veinte años después, Biden volvió al ruedo presidencial, pero solo obtuvo el 1% de los votos en la primera cita de las primarias, los caucus de Iowa. Un Biden lloroso anunciaba que ahí se acababa la cosa, que volvería al Senado, donde había estado siempre. No sabía que el azar le tenía reservada una sorpresa. Algunos meses después, Barack Obama lo eligió como compañero de ticket. Su vasta experiencia en el Capitolio y en política exterior suplía las carencias del afroamericano, y ambos demostraron una buena sintonía personal y profesional durante los dos mandatos.

Los ocho años que pasó en la Casa Blanca dieron a Biden un brillo nuevo. Lo transformaron en el “Tío Joe”, el socarrón padrino de América: un tipo bregado, pero siempre dispuesto a bromear y a darte una palmada en la espalda. La muerte de su hijo mayor, Beau Biden, por cáncer de cerebro en 2015, reforzó su imagen de hombre curtido y sabio, de veterano conocedor de los recovecos de la política y la vida. De joven ya había perdido a su primera mujer y a su hija en un accidente de tráfico, y este nuevo golpe le había dejado el camino libre a Hillary Clinton. Si uno se presenta a presidente, dijo el demócrata, tiene que hacerlo de una pieza.

La leyenda de Biden se consolidó tras la derrota demócrata en 2016. Incluso se propagó la idea, no sostenida en hechos comprobables, de que “Middle Class Joe” habría sido capaz de vencer a Trump en las elecciones. Se trataba de un hombre que, durante sus 36 años en el Senado, se había negado a mudarse a la capital. Biden iba a trabajar en tren, desde Delaware, todas las mañanas. Y por las noches volvía a casa. El senador tomó el mismo tren 8.200 veces, como un ciudadano más. Su estilo y su carácter le daban una conexión intuitiva con los trabajadores blancos del interior. Al fin y al cabo, como nos había dicho, desciende de mineros de Pensilvania.

Joe Biden y Barack Obama. (Reuters)
Joe Biden y Barack Obama. (Reuters)

Con este capital de respeto, el demócrata lanzó su campaña presidencial en 2019. La opinión publicada lo daba como probable ganador de las primarias demócratas. Tenía el apoyo del 'establishment' y su vínculo con el adorado Obama, como sugerían las encuestas, le podrían permitir resucitar la “gran coalición” de 2008 y 2012, esa mezcla de minorías, jóvenes, profesionales y algunos votos en condados del interior.

De repente los observadores más veteranos recuperaron la memoria: se acordaron de que Joe Biden, en realidad, tenía tendencia a equivocarse y a hablar más de la cuenta. No solo eso: siempre se las apañaba para enfrentarse con alguien en términos anticuados y virulentos. Términos que usaría John Wayne. En los mítines se le veía cansado, leyendo sin ganas de un documento grueso como un álbum de fotos, recayendo en el ligero tartamudeo que lo había acompañado siempre.

Las sospechas de que Biden nunca ha sido un buen candidato parecieron confirmarse en los caucus de Iowa. La cita de las primarias considerada más importante por su reflejo del electorado nacional y porque da el impulso de salida a la carrera presidencial acabó en un fiasco. Biden, que hasta entonces había liderado las encuestas nacionales, quedó cuarto: por detrás de Bernie Sanders, Pete Buttigieg y Elizabeth Warren, y muy cerca de la senadora Amy Klobuchar. “No lo voy a endulzar”, reconoció. “Recibimos un puñetazo en el estómago en Iowa”.

Menos mal que le quedaban las primarias de New Hampshire para compensar el golpe. Pero allí Biden quedó aún peor: en quinto puesto y con cero delegados. La campaña de Biden, después de haber estado viviendo de la inercia de su vicepresidencia, parecía herida de muerte. Lo que salvó al demócrata fue su “muro de fuego” de Carolina del Sur. Un estado más conservador, con una buena proporción de afroamericanos, que demostró ser leal al veterano político. Esa noche, después de confundir a su hermana con su esposa sobre el escenario, Biden clamó victoria y los titulares le dieron un respiro.

Las primarias se encontraban en un momento clave. Ahora, la carrera se limitaba a dos candidatos: Joe Biden y Bernie Sanders. Los otros moderados, Buttigieg y Klobuchar, no tenían nada que hacer en los estados que quedaban por votar, según las encuestas. Y unas oscuras maniobras del partido, sumadas quizás a promesas de un buen puesto, forzaron la dimisión de estos moderados: esto unificó el voto detrás de Biden y, en el supermartes, se alzó con la victoria decisiva.

Poco después estalló la pandemia y Joe Biden adoptó la estrategia del depredador de emboscada. Acurrucado en su sótano de Delaware, ha dejado que Donald Trump tropezase con el coronavirus, las protestas y la crisis económica. El republicano se hundía en las encuestas muy por detrás de Joe Biden, que lidera en muchos de los detalles clave de los sondeos, con algunas excepciones. Biden gana en cantidad de votos, pero el entusiasmo de su electorado está muy por detrás del de Trump.

Ahora el viejo Joe vuelve a salir al aire libre. En algunas entrevistas mete la pata o se enfrenta al entrevistado, como si le fuera a dar un guantazo. Uno de ellos le preguntó si, como había hecho Trump, se ha hecho la prueba cognitiva. “No, no he hecho la prueba. ¿Por qué carajo la haría? Venga, tío. Es como decir que tú, antes de empezar el programa, te haces una prueba para ver si has tomado cocaína”, dijo Biden, visiblemente enfadado. “¿Qué te crees? ¿Eres un yonqui?”.

La campaña de Donald Trump saborera estas reacciones, las multiplica en las redes sociales y acusa a Biden, directamente, de estar perdiendo la cabeza y de ser un pobre hombre senil, dominado por la extrema izquierda. Pero Biden, a día de hoy y si no sucede nada de las muchas cosas que pueden suceder, tiene las de ganar. Si imita a la tortuga caimán y deja que su enemigo, finalmente, se le ponga a tiro.

Mundo

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
4 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios