LA GRAN BRECHA RACIAL

Hablan los policías de Estados Unidos: "Esta guerra se tiene que acabar"

La confianza pública de Estados Unidos en la policía muestra serias grietas. Diferencias que, sobre todo, tienen que ver con cuestiones raciales

Foto: Un policía de Seattle, dirigiéndose a los manifestantes. (Reuters)
Un policía de Seattle, dirigiéndose a los manifestantes. (Reuters)

Las calles están calientes y el ruido es ensordecedor. Las marchas pacíficas son eclipsadas por los disturbios y la violencia policial silencia los intentos de concordia. En los últimos días, varios jefes de policía de EEUU han tratado de abrirse camino entre las protestas, dirigiéndose, sin cascos ni porras y muchas veces con una rodilla en el suelo, a los manifestantes indignados por décadas de brutalidad y racismo.

Hablan los policías de Estados Unidos: "Esta guerra se tiene que acabar"

En algunas ciudades con alto nivel de crimen, como Camden, en Nueva Jersey, policías y manifestantes marcharon juntos sosteniendo los mismos carteles. El departamento compartió las fotos en las redes sociales. “El hecho de que yo marche con los manifestantes es una forma de desescalada”, declaró el jefe de policía local, Joe Wysocki, al canal ABC News. “Tienen que ver que estoy con ellos, y lo estoy”.

[El detonante de las protestas: los George Floyd del último lustro]

Imágenes similares llegaron desde Santa Cruz, en California; desde Fargo, en Dakota del Norte, y desde Flint, en Michigan, donde los manifestantes se presentaron en la puerta de la comisaría local y pidieron a los policías que marcharan con ellos. Y lo hicieron. “Queremos estar con vosotros, en serio”, dijo el 'sheriff', Chris Swanson.

En el corazón de Nueva York, Times Square, una manifestante se abrazó a un policía frente a los vítores de la protesta. Lo mismo sucedió en Queens durante el fin de semana, cuando varios agentes hincaron la rodilla y bajaron la cabeza: una señal de rechazo al patrón de asesinatos de ciudadanos negros indefensos.

También hincó la rodilla el jefe de la policía neoyorquina, Terence Monahan. “Hemos tenido cinco días de guerra aquí, esto tiene que terminar. Tiene que terminar hoy”, declaró, de rodillas y con los brazos entrelazados con los manifestantes. “Gracias por apoyarnos, tenemos que apoyarnos los unos a los otros”, dijo uno de los presentes. Minutos antes, alguien había tirado botellas a los agentes.

Hablan los policías de Estados Unidos: "Esta guerra se tiene que acabar"

Estos gestos de buena voluntad tienen un largo camino por recorrer. Algunos de los hombres de Monahan han rociado con espray de pimienta a manifestantes que ya estaban en el suelo, ha habido porrazos, patadas, gas lacrimógeno, balas de goma y al menos dos todoterrenos policiales atravesaron un grupo de personas que les tiraban botellas: un incidente que va a ser investigado. “No hay ninguna situación en la que un vehículo de la policía deba atravesar un grupo de manifestantes”, dijo el alcalde neoyorquino, Bill de Blasio. “Es peligroso. Es inaceptable”.

La brecha insalvable

La confianza pública de Estados Unidos en la policía muestra serias grietas. Diferencias que, sobre todo, tienen que ver con cuestiones raciales. Un reciente sondeo de Axios refleja que solo el 36% de los afroamericanos confía en su policía local. Entre los blancos, la confianza es más del doble: un 77%. Cuanto más republicano es el encuestado, más tiende a respaldar el trabajo de los agentes.

Varios policías, bajo condición de anonimato, han confesado su frustración de estos días. Frustración hacia las prácticas muchas veces brutales que se dan en el cuerpo, frustración sobre los asesinos de afroamericanos indefensos que nunca fueron juzgados o por los que ni siquiera perdieron el empleo, y frustración por la mancha que estos crímenes racistas han esparcido sobre la reputación de decenas de miles de agentes.

Las protestas, en su gran mayoría, son pacíficas y necesarias. La mayoría de las voces necesitan ser escuchadas

“No creo que el tono de piel importe. Creo que si un policía mata alguien, tiene que ser castigado”, decía un agente a Bklyner. “Las protestas, en su gran mayoría, son pacíficas y necesarias. La mayoría de las voces necesitan ser escuchadas. Solo es un pequeño porcentaje las que son violentas. Pero el departamento de policía, en su conjunto, tiene que amasar recursos para sofocar estas”.

Según el agente, que no dice ni nombre ni años de veteranía, el cuerpo presenta varios problemas estructurales. Entre ellos, que la promoción depende del número de multas impuestas o detenciones realizadas, lo cual incentiva la violencia. Muchos de los agentes entran en el cuerpo muy jóvenes, con 21 años, llenos de “agresividad y testosterona” y deseando probarse ante sus jefes en las calles, y un secretismo que dificulta denunciar comportamientos racistas. El policía dice que la gente solo ve el uniforme y que se necesitan agentes “educados que sean elocuentes y abiertos y puedan explicar cómo son las cosas”.

A pesar de la narrativa racial, muchos de los grandes departamentos de policía de Estados Unidos reflejan, aproximadamente, la diversidad étnica de las ciudades en las que operan. Casi la mitad de la población de Nueva York, el 47%, es blanca: una proporción similar al número de policías blancos, el 53%. En Baltimore, la mitad de los policías son afroamericanos, lo cual no impidió que la ciudad fuese amonestada desde la Casa Blanca por hostigar desproporcionadamente a ciudadanos negros.

El Pew Research Center ha comparado los puntos de vista de los policías y de la ciudadanía en general respecto a los asesinatos de afroamericanos indefensos. La mayoría de los agentes encuestados, un 67%, cree que estas muertes son “incidentes aislados”, una proporción inversa a lo que cree el grueso de la sociedad: el 60% de los americanos piensa que los homicidios son “síntomas de un problema general”. Las diferencias son aún más extremas si tenemos en cuenta la etnia de los encuestados. En la sociedad, ocho de cada 10 afroamericanos ven el “problema general”. Una opinión que baja al 57% entre los afroamericanos de uniforme.

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En los círculos conservadores, a los que se dirige el presidente Donald Trump con sus tuits y discursos, existe la percepción de que los uniformados son víctimas de los prejuicios de una parte de la sociedad. El movimiento Blue Lives Matter (Las vidas azules importan, en referencia al color del uniforme policial) comenzó a finales de 2014, en Nueva York, como respuesta a Black Lives Matter. Una de sus principales exigencias es que los asesinatos de policías sean juzgados como crímenes de odio.

El contramovimiento fue creado tras el asesinato, en Brooklyn, de los agentes Rafael Ramos y Wenjian Liu. Los policías fueron tiroteados en su coche por un individuo que decía vengar el homicidio de Eric Garner, el afroamericano que murió estrangulado a manos de un policía blanco, mientras decía “No puedo respirar”. El policía responsable de matar a Garner, Daniel Pantaleo, fue absuelto por un jurado.

Protesta en Estados Unidos. (Reuters)
Protesta en Estados Unidos. (Reuters)

Cada año, los policías estadounidenses matan, en una media escalofriantemente estable, unas 1.100 personas: números que sin embargo varían por estado y condado. Hay estados más violentos que otros, o más pobres, o con menos fuerzas de seguridad, y con circunstancias y proporciones étnicas muy distintas. Mineápolis, por ejemplo, donde sucedió el asesinato de George Floyd y donde se han producido recientemente otros crímenes racistas, es una de las ciudades con mayor desigualdad racial de Estados Unidos.

A su vez, el número de policías que mueren cada año en acto de servicio también es más o menos constante: desde 2014 han fallecido de media un centenar cada año, en un país donde hay unos 270 millones de armas de fuego en circulación.

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En medio del caos, han resurgido propuestas para atajar los casos de brutalidad policial. Propuestas como la prohibición de las llaves de estrangulamiento, que ha dado buen resultado en lugares como San Francisco, o vetar el envío de materiales militares desde el Pentágono a los diferentes estados. Un veto que aplicó Barack Obama tras las protestas de 2014, pero que Donald Trump volvió a levantar.

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