El último éxodo de los Mashco Piro

Viaje al corazón de una de las últimas tribus aisladas de la Amazonía

El Gobierno de Perú evita contactar con una de las últimas tribus aisladas del Amazonas, que pide herramientas desde los márgenes del río Madre de Dios y ataca a las comunidades nativas

Cuando un grupo de indígenas rastreó a principios de 2018 las profundidades de la selva peruana, descubrió las pisadas ágiles y livianas de dos jóvenes y las huellas torpes y pesadas de un hombre viejo. El rastro narraba la persecución agónica entre dos cazadores y una presa, y todo parecía indicar que la presa era Víctor Zorrilla, el pescador de 72 años que desapareció dos días antes cerca de la comunidad nativa de Diamante. Los jóvenes debieron de seguir al viejo a cierta distancia, mientras éste trastabillaba hacia el interior del bosque, atajaron por la espesura y se colocaron a ambos lados de la víctima.

Las huellas desaparecían y volvían a juntarse un centenar de pasos más adelante, en el mismo punto donde encontraron el cadáver. Tenía una flecha clavada en el pecho, dos heridas por impacto en la cabeza y una capa de insectos negros sobre la piel. Algunos aseguran que sus ojos estaban “picados con una punta de flecha”, aunque la autopsia no pudo confirmar este extremo. Era la tercera persona en morir desde que la tribu aislada de los Mashco Piro apareció en la orilla izquierda del río Alto Madre de Dios. Los testimonios recabados después de navegar en kayak por el límite de este territorio cuestionan las versiones gubernamentales y cuentan la compleja historia de los últimos humanos salvajes que habitan nuestro planeta.

De acuerdo con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, alrededor de 200 pueblos viven ajenos a la civilización en países latinoamericanos como Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Venezuela, además de Papúa Guinea y la isla india de Sentinel. Las cifras son aproximadas, pues no hay ningún censo real y la mayoría de las poblaciones se ocultan en lugares tan remotos y boscosos que ninguna avioneta podría avistarlos. Los Mashco Piro constituirían uno de los once pueblos que habitan la selva peruana y su territorio abarcaría enormes extensiones de bosque, desde las cabeceras del Alto Purus hasta los confines del Parque de Manú.

Antes de aparecer en Madre de Dios, las únicas evidencias de su existencia consistían en avistamientos fugaces y pruebas circunstanciales, como las brasas frías de una fogata, un tapir flechado o las chozas abandonadas en mitad del bosque. Si detectaban que un foráneo había entrado en su territorio, dejaban dos flechas clavadas en el suelo en forma de X, una advertencia anónima que llevaba implícita la amenaza de muerte.

[Vea la galería completa sobre los Maschco Piro, una de las últimas tribus aisladas de la Amazonía]

Este comportamiento huidizo, sin embargo, no parece responder al tópico de las tribus felices, que buscan la pureza en el interior de la selva, sino más bien a un síntoma de desconfianza heredada hacia los “hombres civilizados”. La biografía de Carlos Fermín Fitzcarrald, el gran cauchero del siglo XIX, menciona una cruenta batalla entre sus secuaces y unos indios llamados “mashcos”. La matanza debió de ser terrible: “Al día siguiente ya no se podía tomar agua en el río, porqué se encontraba sembrado de cadáveres”. Algunos antropólogos proponen que los actuales Mashco Piro provienen de aquellos indios rebeldes, que ya entonces vivían bastante ajenos al mundo civilizado. Al refugiarse en los bosques abandonaron la agricultura y retornaron a un modo de vida nómada.

Desgraciadamente, aquella persecución contra los indígenas continuó a manos de madereros, prospectores de gas, empresas petroleras y narcotraficantes. Las 7.000 páginas del Informe Figuereido detallan el tipo de atrocidades cometidas contra los pueblos amazónicos a mediados el siglo pasado, como envenenar suministros de comida, inyectar viruela en ropas o masacrar tribus enteras. La foto del maderero de Pariamanu atravesado en 2017 por una flecha mashco demuestra que estos enfrentamientos siguen tiñendo la selva de sangre. Los misioneros que trabajaron en el Alto Urumbaba recuerdan el caso de dos hermanos matsigenkas aislados que, al ser contactados, mencionaron los nombres de señores caucheros a los que nunca pudieron conocer, Italiano y Romano, y a los que temían profundamente. Era tal su estado de paranoia persecutoria que cuando caminaban por el bosque pisaban sobre piedras para no dejar huellas.

Desnudos al otro lado del río

Waldire Gómez estaba en la comunidad de Diamante el día en el que un grupo de personas desnudas se asomó por primera vez al linde del bosque, hace ya nueve años. Eran altos y delgados. Los hombres tenían el pene atado a la cintura y las mujeres vestían una falda de hojas. Los habitantes de Diamante, antiguos navegantes de la cuenca del Urubamba pertenecientes a la etnia yine, son conocidos por su habilidad para el regateo y hospitalidad. También son los únicos capaces de entender a los Mashco Piro, pues comparten ancestros comunes y hablan una misma rama lingüística del Arawaka.

“No saben nadar, así que nos gritaron desde el otro lado del río. Les dijimos que no nos maten y que dejen sus arcos en el monte. Hicieron caso, me acerqué y ahí es cuando me abrazaron, como hermanos. Bailamos y saltamos juntos”, explicaba Gómez. Los encuentros amistosos continuaron y los yines les entregaron instrumentos, ropa y alimentos. “Son curiosos. Te tocan, intentan desnudarte, miran debajo del pantalón para comprobar si eres hombre o mujer, se suben a los barcos...”. Al parecer, conocen a los nativos locales, pero ignoran que Perú sea un país.

Reconocen las avionetas porque las han visto volar, igual que los barcos ‘peque-peque’. Sin embargo no asimilan el funcionamiento de las cámaras de fotos, que alguna vez han confundido con armas. En este sentido, la normalización de los avances tecnológicos es un buen baremo para determinar el grado de aislamiento al que han estado sometidos. Como recogió 'The New York Times' en 2006, alrededor de 80 miembros de una tribu nómada llamada Nukak-Makú emergieron del Amazonas colombiano dispuestos a integrarse al mundo moderno. Cuando hablaron con el intérprete, preguntaron si los aviones se movían sobre carreteras invisibles.

Una gripe devastadora

La Fenamad —la única federación de indígenas de Madre de Dios— y el Ministerio de Cultura frenaron rápidamente los encuentros de Diamante e instauraron una política de no-contacto, temerosos de que se repitiera un episodio como el que ya ocurrió a mediados de los años 80 entre un grupo de madereros y miembros de la población Nahua. Al parecer, después de un breve encontronazo, los indígenas volvieron a su campamento contagiados de gripe, propagaron la epidemia y murió más de la mitad de la comunidad. Lejos de controlar la situación, este cambio derivó en un clima de hostilidad. Los Mashco Piro salían a las playas del río y pedían herramientas, ropa y comida a los barcos que navegaban, incluido los botes de turistas que visitaban la selva. Fue entonces cuando comenzaron los ataques.

El explorador Diego Cortijo pudo observarlos a lo lejos mientras buscaba petroglifos en 2011. “Habíamos contratado a un yine como guía. Se llamaba Nicolás Flores. Él nos explicó que habían aparecido más veces y que le pedían machetes y ollas”, relata a El Confidencial. Pedro Rey, un padre dominico que lleva veinte años en la cercana misión de Shintuya, añade que una semana antes Flores ya había manifestado a los representantes de la Fenamad y el Parque Nacional del Manú su preocupación por un grupo que lo amenazó si no les entregaba herramientas. Las autoridades mantuvieron su política de no-contacto y, dos días después de abandonar la casa de su guía, Cortijo escuchó la conversación que mantenían dos guardias por radio. Habían matado a Nicolás frente a la comunidad de Diamante. La Fenamad prefiere no comentar este caso, aunque sugiere que hay versiones distintas.

En 2015, los habitantes de Shipetiari, la única comunidad que limita por tierra con el territorio de los Mashco Piro, denunció su intrusión en cosechas locales. La presidenta de este poblado de etnia matsigenka, Rufina Rivero, asegura que las autoridades no les creyeron: "Dijeron que estaba ebria y que por eso había visto mal”. Cuando el joven Leonardo Pérez descubrió las huellas de unos pies descalzos, corrió a por la cámara de fotos. Los pies de los indígenas aislados son bastante característicos, pues tienen los dedos pequeños y muy separados, perfectamente adaptados para agarrarse al suelo y aguantar largas caminatas —por eso, aquellos que se incorporan a la vida civilizada rara vez llevan zapatos, ya que la puntera les incomoda—.

Leonardo volvió al lugar con la cámara en mano y una flecha mortal le alcanzó la espalda. Tres años después, la mañana del último sábado de febrero, moría la tercera y última víctima. Víctor Zorrilla salió a pescar a bordo de su pequeña canoa, que dejó anclada frente a la comunidad de Diamante. Encontraron su cuerpo dos días más tarde.

La presidenta de Shipetiari tiene a su cargo 28.000 hectáreas, varios hombres que patrullan el territorio en busca de madereros ilegales y un pequeño centro de salud sin médico ni medicinas. “El accidente con los Mashco Piro nos afectó. Teníamos un albergue cerca del río que funcionaba muy bien. Ahora los visitantes están asustados y no quieren venir”. Las comunidades indígenas viven de la agricultura y la pesca, pero intentan atraer un turismo ecológico y sostenible. Su ‘lodge’ generaba ingresos de hasta 51.000 soles al año (unos 14.000 euros), que ahora se han desplomado por completo.

Las comunidades indígenas y la cocaína

Una mujer de etnia amarakaeri llamada Victoria desaconseja dormir en ciertas playas del Madre de Dios. “Es zona de narcos. Cuando paséis por ahí, remad rápido y nunca os paréis a dormir”, advierte mientras acaricia un mono amaestrado en el puerto de Shintuya. Según fuentes gubernamentales, en esta región concreta no hay problemas con los madereros y no se han detectado invasiones de otros intrusos en el territorio. El tema del narcotráfico resulta más complicado de valorar, pues las comunidades indígenas guardan una relación difusa con las rutas de la droga.

Este mismo año detuvieron a la presidenta de la comunidad de Diamante por alquilar su pista de aterrizaje a avionetas de contrabando. Y en una de las playas que mencionaba Victoria la policía incautó un aeroplano con 300 kilos de cocaína tras un enfrentamiento armado con los narcotraficantes. ¿Fueron ellos los que ahuyentaron a los Mashco Piro? No se sabe. Algunos expertos apuntan a discusiones internas entre diferentes facciones de su etnia, otros sugieren una reducción de las especies animales que cazan y hay quien piensa que es pura curiosidad por el mundo exterior.

La Fenamad y el Gobierno peruano construyeron un puesto de vigilancia entre las comunidades de Shipetiari y Diamante, al que bautizaron como Nomole (“hermano”), para monitorear los contactos y evitar conflictos. Un equipo formado por antropólogos, intérpretes y guardias yine observa desde las alturas las playas donde aparecen los Mashco Piro. Después de subir unas tambaleantes escaleras de madera, los vigilantes ofrecen un bol de masato a los visitantes. Colgadas en las paredes de su caseta hay flechas rotas, colmillos de pecarí y delicadas artesanías fabricadas con cáscara de cangrejo. Son los regalos que los indigenas han entregado a los antropólogos a cambio de plátanos y yuca.

“Tkotko a Luis”. “Mriri a Harris”. Cada obsequio está clasificado con una pequeña etiqueta que especifica quién lo entregó y quién lo recibió. Durante estos encuentros, los trabajadores de Nomole se desnudan y adoptan apelativos de animales, como muestra de respeto hacia ellos. “Son como niños. Si no obtienen lo que quieren se amargan. Cuando son muchos nos sentimos un poco intimidados, pero la relación que hemos establecido es de tú a tú”, comenta uno de los guardias, a la vez que sorbe el potingue de yuca fermentada.

Los trabajadores de Nomole reconocen que mantienen encuentros casi diarios desde hace ya mucho tiempo con estos grupos, lo cual contradice la versión oficial del Gobierno. Nancy Portugal, directora de Pueblos en Aislamiento y Contacto Inicial del Minsiterio de Cultura, asegura a este medio que “desde mediados del 2016 hasta el 2019 la presencia de indígenas en aislamiento Mashco Piro en las playas y orillas del río alto Madre de Dios menguaron, y ahora es uno solo el sector de avistamiento”.

Portugal, máxima responsable en estos asuntos, evita hablar de los contactos recurrentes de Nomole y añade que Madre de Dios “es un territorio donde disponen de alimentos y hábitat favorable para su modo de vida como pueblo cazador recolector”. Algunas voces críticas sugieren que las autoridades alargan los procesos de sedentarización “por cuestiones de interés económico”, pero la directora insiste en que “el Ministerio de Cultura realiza las acciones de protección en cumplimiento de la normativa nacional” y recuerda que son los propios nómadas quienes deben decidir la forma en la que desean establecer sus relaciones con la sociedad. Por eso mismo, las reservas indígenas Isconahua, Mashco Piro y Murunahua fueron inscritas el pasado 14 de octubre en la Superintendencia Nacional de los Registros Públicos (Sunarp). Ahora, si algún maderero o minero ilegal quiere introducirse en su territorio, el Estado debería sacarlo inmediatamente.

La poca información conseguida nos indica que en Madre de Dios hay al menos dos grandes familias y varios líderes. El más “bravo” es Camotolo, que significa abejorro. Su padre era un hombre con barbas negras que falleció al caer de un árbol mientras perseguía a un mono. Aquellos que lo han conocido calculan que tendrá alrededor de 30 años y sospechan que podría estar detrás de las últimas muertes. Aun así se sabe muy poco sobre sus costumbres, su cultura y su parentesco. Isrrail Aquise, un antropólogo de la Fenamad, explica que “ellos siempre se reservan información sobre dónde andan o cuántos son. En su memoria llevan el enfrentamiento con hombres que disparaban armas de fuego. No se confían. En un corto plazo no creo que se asienten, pero probablemente en diez o quince años los jóvenes que ahora salen querrán quedarse, porque quieren conocer, sienten curiosidad. Nosotros respetaremos esa decisión”.

“Estamos creando museos antropológicos”

El obispo vitoriano de Puerto Maldonado, David Martínez, que ya trabajó durante muchos años con las comunidades matsingenka más aisladas del Alto Urubamba, teme que, en un intento por compensar los errores del pasado, “estamos creando museos antropológicos y olvidando la ayuda humanitaria”. “Aunque forme parte de nuestro imaginario romántico, el aislamiento no es constitutivo de los indígenas amazónicos. Son esencialmente comunicativos”. ¿Por qué han venido a la comunidad de Diamante, la única de todo el río que habla su idioma?, se pregunta.

“Es imprescindible que el estado ejerza una protección de estos pueblos, pero también es de justicia que les llegue el mensaje de que somos amigos”. Cuando el obispo preguntaba a los matsigenka ancianos que “vivieron escondidos en la selva” sobre qué creían ellos que habría que hacer con aquellos que todavía mantienen esas costumbres, todos decían los mismo. “Hay que ayudarles, padre”.

El dominico Pedro Rey recuerda que la ley 28736 protege a los indígenas en aislamiento voluntario o contacto inicial, “pero no dice que no se atienda a los indígenas que continuamente están reclamando ayuda. ¿Estamos protegiéndolos o condenándolos al cautiverio? Quienes mejor pueden llevar este contacto son los comuneros de Diamante. Ellos deberían gestionarlo de manera natural. Los Mashco Piro son los legítimos dueños de la selva, la civilización destruyó su casa y ahora que piden ayuda, ¿qué les damos a cambio?¿Plátanos y yuca? Y mientras tanto, ponen garitas de control, guardias, teléfonos satélite, binoculares.... Un vigilante pidió un chaleco antibalas. Parece que estamos en guerra con los mashcos y tengamos que atrincherarnos para defendernos. Hay que tender puentes y no poner muros”.

Mundo
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios