De terror de la mafia a adicto a los platós

Canción triste de Giuliani: de "alcalde de América" a abogado del diablo (y Trump)

Rudy Giuliani es sospechoso de llevar una política exterior en la sombra para el presidente, cuajada de personajes turbios, mentiras y teorías conspirativas

Foto: Rudy Giuliani junto a Donald Trump. (EFE)
Rudy Giuliani junto a Donald Trump. (EFE)

Nueva York es como un saco de gatos salvajes que se arañan y dan codazos. De aquí no salen políticos sanos y apacibles como los del Medio Oeste estadounidense, con sus ranchos y sus blancas hileras de dientes. Los políticos de Nueva York son una turbulenta mezcla de esencias: liberales y autoritarios, fanfarrones, brillantes, sucios. Políticos como el exalcalde y actual abogado de Donald Trump, Rudy Giuliani, sospechoso de llevar una "política exterior en la sombra" para el presidente, cuajada de personajes turbios, mentiras y teorías conspirativas.

"¿Qué le ha pasado a Rudy Giuliani?", se pregunta todo el mundo, a izquierda y derecha, estos días. Por ejemplo sus antiguos colaboradores. "El hombre para el que trabajé en 1993 no es el hombre que miente para Donald Trump", escribe Ken Frydman, secretario de prensa de la campaña de Giuliani para la alcaldía en 1993. "Amigos y familiares me preguntan constantemente, '¿ha perdido el juicio? ¿Está loco? ¿Cómo podías trabajar para un tipo como ese?'".

El duro fiscal antimafia, que metió en la cárcel a los jefes de la Cosa Nostra en los años ochenta y que después, como alcalde, "limpió" las calles de Nueva York, ha sido llamado a testificar ante el Congreso de EEUU. La llamada del presidente Trump a su homólogo ucraniano, Volodímir Zelenski, aparentemente para presionarlo y pedirle que investigase las acciones de Joe Biden y su hijo Hunter en este país, que al conocerse se ha convertido en el detonante del proceso de juicio político 'impeachment', habría sido idea de Giuliani.

De la admiración mundial al escarnio, pocas carreras políticas han visto semejantes vaivenes como la de Giuliani.

Nacido hace 75 años en East Flatbush, un vecindario de clase obrera de Brooklyn, Giuliani se licenció cum laude en derecho en 1968 y dio el salto a la política ese mismo año, haciendo campaña para el demócrata Robert Kennedy. Luego se mudó a Washington, se hizo independiente, después republicano y ocupó el tercer puesto más alto en la Fiscalía General de la administración Reagan. En 1983 volvió a Nueva York para ser fiscal del distrito suroeste.

Ofrecieron 800.000 dólares para matarme

Se trataba de un cargo menor al que ocupó en el Gobierno, pero Giuliani quería brillar y usó la fiscalía para convertirse en una especie de antorcha: una llama purificadora de la corrupción y el crimen. Al fiscal del distrito le gustaba esposar a los peces gordos en los parqués de Wall Street. No tuvo inconveniente en plantar micrófonos en las mesas de los restaurantes donde cenaban los grandes capos de la mafia. Todos ellos, los jefes de las "Cinco Familias" mafiosas, fueron detenidos y juzgados. La piel de Rudolph Giuliani se vendía cara en aquellos días.

"Ofrecieron 800.000 dólares para matarme", recordaría Giuliani años después en el programa de Oprah Winfrey. "Luego, hacia el final del periodo en el que fui alcalde, un tipo de la mafia, que habíamos condenado a 100 años de cárcel, ofreció un contrato para matarme por 400.000 dólares".

Esta era otra de las facetas del neoyorquino: su verborrea. La necesidad de salir en televisión, compartir detalles íntimos, a veces polémicos o contradictorios y absorber toda la atención de las cámaras.

Mano de hierro contra el crimen

En 1994, al segundo intento, Rudolph Giuliani fue elegido alcalde de Nueva York por el Partido Republicano. Inmediatamente aplicó una política de "tolerancia cero" contra el crimen. Giuliani, junto al comisario de policía William Bratton, creía en la "teoría de las ventanas rotas". La idea de que, para combatir el crimen, había que atajarlo de raíz en los pequeños delitos y faltas, como orinar en la calle, colarse en el metro o saltarse un semáforo. Los paisajes criminales suelen empezar con una simple ventana rota.

Giuliani desplegó a la policía como si fuera un "ejército de ocupación". Los uniformados patrullaban las calles, parando, cacheando e interrogando a cualquiera en cualquier momento, sin tener que dar un motivo. La fuerza policial creció un 35% en la década de los noventa, igual que aumentaron un 70% las cifras de detenciones por delitos menores. El crimen, eso sí, cayó el doble de rápido que en el resto del país: un 56%.

Aún a día de hoy, muchos neoyorquinos le dan las gracias por haber traído paz y orden a la ciudad. Los mayores pasean la mirada por un parque y dicen: "Aquí antes no podías ni acercarte. Era un mercado de la droga; había una prostituta en cada árbol".

Unos vieron a los policías como salvadores y otros, especialmente latinos y afroamericanos de los barrios más desfavorecidos, como una cuadrilla de matones con tendencia a encañonarte o retorcerte el brazo. Miles de adolescentes pagaron el llevar una papelina con diez años en la prisión de Rikers. Salieron de allí mayores, tatuados, marcados para toda la vida. Ellos también recuerdan muy bien los años de Rudy Giuliani.

El 11-S lo catapultó a la fama

Al final de su segundo y último mandato, sucedió lo inimaginable. Dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas en el mayor atentado terrorista de la historia occidental. Un ataque, el primero en suelo estadounidense desde Pearl Harbor, que puso a la nación del revés: la cohesionó en torno a sus líderes y preparó el clima para dos guerras en Oriente Medio.

Giuliani, a tenor de la prensa y las encuestas, dio la talla como regidor. Se personó de inmediato en el lugar de los hechos y coordinó, con las cámaras presentes, una rápida respuesta a la tragedia. La ciudad se volcó en reactivar las infraestructuras y tomar medidas de seguridad bajo la guía práctica y emocional del alcalde. "Mañana, Nueva York seguirá aquí", declaró Giuliani. "Y vamos a reconstruir y vamos a ser más fuertes que antes".

Ejemplar de la revista Time con Giuliani como 'persona del año'
Ejemplar de la revista Time con Giuliani como 'persona del año'

Su popularidad salió disparada del 36% al 79%. La revista Time lo nombró "persona del año" y le otorgó el título de "Alcalde de América", con su imagen recortada sobre el mítico skyline de la ciudad. Se produjo un telefilm sobre su vida, en el que James Woods interpretaba al alcalde, y fue nombrado caballero comendador de honor de la Orden del Imperio Británico.

Tras dejar la alcaldía, el neoyorquino trató de exprimir hasta la última gota de popularidad: aparecía constantemente en la televisión y en la radio, cobraba sus charlas a 200.000 dólares por intervención, publicó libros y se hizo socio de firmas legales involucradas en prósperos negocios.

Según sus antiguos colaboradores, Giuliani empezó a cambiar. Quizás la fama y el dinero lo habían trastornado. O su tercer matrimonio, con Judith Nathan, que desde 2003 habría convertido a Giuliani, el sencillo 'brooklynite' amante de la pizza y la Coca Cola Light, en un esnob arrogante y codicioso.

Sólo hay tres cosas que [Giuliani] menciona en una frase: un sustantivo, un verbo, ¡y el 11-S!

Aún así, Giuliani conservaba su nombre y en 2007 lanzó una campaña presidencial. Era el favorito en las encuestas, incluso por delante de John McCain. El exalcalde blandía cada minuto su actuación durante los ataques del 11-S. Hasta pedía donanciones de campaña de 9 dólares y 11 centavos en honor a la fatídica fecha. Su obsesión no pasó desapercibida entre los rivales y Joe Biden le dio una famosa estocada: "Sólo hay tres cosas que [Giuliani] menciona en una frase: un sustantivo, un verbo, ¡y el 11-S!". Giuliani acabó yendo cuesta abajo: no ganó ni un delegado en ningún estado.

Representando a dictadores extranjeros

El político siguió desempeñando las más variopintas tareas, unas menos lustrosas que otras, como la representación legal de grandes corporaciones y dictadores extranjeros. Desde 2008, según su biógrafo, Andrew Kirtzman, Giuliani "ha estado buscando un papel que desempeñar (...). Ha dirigido su esfuerzo a ganar dinero y a participar en una turbia escena internacional".

A finales de 2016 encontró ese papel: volvió a primera fila como uno de los mayores valedores de otro neoyorquino deslenguado, Donald Trump. Tras las elecciones fue barajado como posible secretario de Justicia o de Estado. Pero terminó siendo el abogado personal del presidente, uno de sus más agresivos defensores en televisión, y un "susurrador" en jefe de teorías conspirativas.

El hilo de una gran madeja que está siendo desenredada por los investigadores encargados del proceso del 'impeachment', y de momento se ha cobrado la detención de dos socios de Giuliani en Ucrania, Lev Parnas e Igor Fruman. Están acusados de haber conspirado para influir al Gobierno de EEUU y buscar material comprometido de los Biden en Ucrania.

Otros opinan que Rudolph Giuliani, en realidad, no ha cambiado. Simplemente, el delicado equilibrio que tenía dentro, entre la originalidad y la mentira, el vigor y el exabrupto, la presunción, la verborrea, la tenacidad y el dinamismo; esas cualidades y defectos del saco de gatos salvajes que se revuelven en el corazón de Nueva York, se haya inclinado hacia otro lado. Ha pasado de ser considerado el azote de la mafia neoyorquina al 'consigliere' de Donald Trump.

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