el presidente inicia su tercer año en el poder

A mitad de su mandato, Trump ha cumplido la mayoría de sus promesas electorales

Si hay algo que no se le puede negar a Donald Trump es que se esfuerza por hacer exactamente lo que dijo que haría, por disparatado, irracional o arbitrario que pueda parecer

Foto: Donald Trump, durante un mitin de Make America Great Again, en Southaven, Mississippi, el 2 de octubre de 2018. (EFE)
Donald Trump, durante un mitin de Make America Great Again, en Southaven, Mississippi, el 2 de octubre de 2018. (EFE)

Sobre el guion, el propósito era bueno: "Ahora nosotros, los ciudadanos de Estados Unidos, estamos unidos en un esfuerzo nacional para reconstruir nuestro país". Tras saludar a las autoridades presentes, esas fueron las primeras palabras de Donald Trump en su discurso de investidura. Llevaban implícitas una crítica a las anteriores administraciones, pero hacían una apelación a la unidad después de una campaña electoral tóxica. Pura retórica institucional. Dos años después, nadie ha encontrado el pegamento capaz de reconciliar el abismo social. Eso sí, al presidente lo respalda con pocas fisuras el bloque republicano.

La polémica, desde el primer día: la asistencia a la ceremonia inaugural determinó la presidencia de los "hechos alternativos" (expresión de la consejera presidencial, Kellyanne Conway). Todo con tal de no asumir la realidad de que el número de personas que asistió estuvo muy por debajo del poder de convocatoria de Barack Obama. Hechos alternativos continuamente en la boca del presidente, líder sin discusión de la clasificación de —seamos políticamente correctos — declaraciones imprecisas. Eso sí, lo cortés no quita lo valiente. Con independencia de lo que uno piense sobre ellas, Trump ha cumplido en dos años muchas de sus más significativas promesas de campaña.

De acuerdo. El muro no ha llegado, pero nadie podrá negar su obstinación. El segundo aniversario de su presidencia queda a la sombra, alargada ya durante un mes, del cierre de Gobierno más largo de la historia (otra clasificación en la que Trump tardará en ser desbancado): el 'shutdown' del muro, asumido por él mismo ante las cámaras para luego intentar cargarlo a la cuenta demócrata (hechos alternativos). Ni un solo metro más de muro desde que se sienta en el Despacho Oval, pero tanta saliva gastada en él como cemento necesario para construirlo (o acero. Acero también vale). México, por supuesto, no está ni se le espera dispuesto a asumir el coste.

Otro tipo de costes son los generados por una promesa cumplida: la bajada de impuestos. Pan para hoy, ¿hambre para mañana? Una promesa golosa y populista (más dinerito en el bolsillo) con trampa y riesgo. Un análisis de un comité independiente del Congreso describía que la bajada generalizada iría reduciéndose hasta que en 2027 solo la disfruten las grandes fortunas (a las corporaciones les bajó las tasas del 35 al 21%, aunque inicialmente prometía un 15%). Las consecuencias, advertidas por muchos economistas, empiezan a constatarse. El año pasado el déficit público estadounidense llegó a su nivel más alto desde 2012, un 3'9% del PIB. Trump aprovechó para colar en el proyecto de ley la derogación de la obligatoriedad de tener seguro médico, una de las principales características de Obamacare, el plan de salud de su antecesor en el cargo. El famoso dedo pulgar hacia abajo del ya difunto senador republicano John McCain echó al traste su promesa de tumbarlo por completo.

Parte del 'sex appeal' de la bajada de impuestos está en generar unas condiciones que seduzcan a empresas que se fueron del país en busca de la mano de obra barata. Esencia de su America First!, expresada en el discurso inaugural con una frase muy sencilla: "Comprar en Estados Unidos y contratar en Estados Unidos". Y la contratación ha ido bien, con un paro actual del 3'9%.

Donald Trump habla sobre sus políticas económicas en una fábrica en Blue Ash, Ohio, en febrero de 2018. (Reuters)
Donald Trump habla sobre sus políticas económicas en una fábrica en Blue Ash, Ohio, en febrero de 2018. (Reuters)

Campeón contra la globalización

Donald Trump quiere deshacer la globalización. Aunque ha subido la contratación de mano de obra en casa, las empresas han ido surfeando las agitadas aguas de la guerra comercial con China. El presidente se ha enfrentado, entre otras, a General Motors y Harley Davidson, dos de los iconos de la industria estadounidense, que han hecho números y no les sale a cuenta ni contratar ni quedarse en casa. Aun así, Trump presume que, como los hijos en el anuncio del turrón, las empresas están volviendo a casa. Hay verdad en ello, aunque la tendencia, según los datos de Reshoring Initiative, grupo que trabaja por el retorno de las empresas a Estados Unidos, comenzó con Obama y se intensificó con él.

En materia de acuerdos económicos internacionales cumplió la promesa de finiquitar el Acuerdo Transpacífico (TPP), que Obama había firmado con once países de América y Asia, y ha ido a degüello contra el NAFTA, el acuerdo comercial con México y Canadá que Donald Trump ha enterrado para dar a luz a una nueva versión, todavía pendiente de aprobación por el Congreso estadounidense.

Una vez más en la historia un presidente de Estados Unidos ha agitado Oriente Medio, en este caso con su salida unilateral del acuerdo nuclear con Irán (aunque los inspectores de OIEA aseguran que el país lo cumple). En la región, Estados Unidos sigue básicamente los dictados de Israel (Trump cumplió su promesa de trasladar de Tel Aviv a Jerusalén su embajada) y hace buenas migas con Arabia Saudí (a quien el macabro asesinato del periodista Jamal Khashoggi no parece haber pasado especial factura). A final de 2018, el presidente anunció la retirada de las tropas de Siria después de haber "derrotado" al ISIS, que hace tan solo unos días mató a cuatro soldados sobre el terreno del que pretende retirarse. La vuelta a casa de las tropas es una promesa de campaña (y síntoma del repliegue del imperio en su actual versión nacionalista), pero en septiembre de 2017 envió 3.000 soldados más a Afganistán.

Más desacuerdos en materia de acuerdos: Trump quiere irse del climático de París, aunque técnicamente solo puede iniciar los trámites a partir de noviembre de este año. En casa, un festín para las empresas contaminantes. Le ha dado la vuelta a las regulaciones de emisiones contaminantes de la era Obama y firmó la mayor reducción de tierras públicas protegidas de la historia del país al recortar más de 9.200 kilómetros cuadrados la superficie de dos parques de Utah.

Otro tipo de reducción: el del número de inmigrantes. Después de dos prohibiciones de entrada al país de ciudadanos de mayoría musulmana tumbadas por los tribunales, a la tercera fue la vencida con el beneplácito del Tribunal Supremo. Veto a ciudadanos de Chad, Irán, Libia, Somalia, Siria y Yemen. En campaña defendió la deportación de los aproximadamente once millones de irregulares que viven en Estados Unidos, pero se ha quedado a medio camino de las cifras de deportación de Barack Obama. Además, dejó en precario la situación legal de cientos de miles de jóvenes llegados al país de forma irregular de la mano de sus padres al acabar con el programa DACA, que les daba cobertura (aunque parece dispuesto a dar marcha atrás, a cambio de que los demócratas acepten su petición de 5.700 millones de dólares para el muro). Pero la mayor muestra de represión de la inmigración la hemos constatado en la política de separación de familias, con miles de menores arrebatados a sus padres en una práctica gestionada de forma caótica que esta semana se ha descubierto que afectó a muchos más niños de los reconocidos inicialmente por la administración.

Manifestantes de la Marcha por las Mujeres protestan frente a la Torre Trump en Nueva York, el 19 de enero de 2019. (Reuters)
Manifestantes de la Marcha por las Mujeres protestan frente a la Torre Trump en Nueva York, el 19 de enero de 2019. (Reuters)

Asediado por las investigaciones

No hay día en que los medios no recojan el enésimo escándalo, sospecha e investigación sobre el presidente. Trump es, no solo en cuanto entretenedor y agitador, un festín para los medios en materia (presuntamente) delictiva. Háganse a la idea. Que se sepa, hay 17 investigaciones abiertas respecto a la relación entre Trump (y su campaña) con los rusos. La "¡Caza de brujas!" de Trump. El nombre clave aquí, ya lo conocen, es el del fiscal especial Robert Mueller, del que se espera no tarde mucho en entregar el informe definitivo de una investigación que lidera desde mayo de 2017.

Seguir todos los hilos de la trama es sumamente engorroso y son muchas las perspectivas desde las que analizar los indicios delictivos del presidente de Estados Unidos. Si las 17 investigaciones impresionan, no menos este titular de 'The Washington Post': "Dos años después de que Donald Trump ganara la presidencia, casi todas las organizaciones que ha dirigido en la década pasada están bajo investigación". Entre ellas, la Trump Foundation (recientemente cerrada tras ser acusada de "seguir un patrón de ilegalidad persistente"), la Trump University y la Trump Organization. Para seguir la fiesta, a partir de ahora, con mayoría demócrata, la Cámara de Representantes puede iniciar sus propias investigaciones, bloqueadas por la mayoría republicana en la anterior legislatura.

Ante un comité del Congreso comparecerá el próximo 7 de febrero el ex-abogado de Trump, Michael Cohen. A su confesión hace unos meses de haber pagado a dos mujeres, por indicación de su cliente, para que no revelaran su supuesta relación con el entonces candidato a la presidencia (posible violación de financiación de campaña), se sumó el viernes una noticia publicada en 'Buzzfeed' que señalaba al presidente en un posible caso de obstrucción a la justicia (una grave acusación que rondaba ya en su despido del que fuera director del FBI, James Comey). Según este portal, basándose en fuentes anónimas, Cohen habría mentido al Congreso en agosto de 2017 al respecto de las negociaciones para abrir una Torre Trump en Moscú por indicación del propio Donald Trump. Desde la oficina de Robert Mueller, que no suelen comentar nunca informaciones sobre la investigación, calificaron el reporte de “impreciso”, sin especificar exactamente en qué.

Ante lo que pueda venir, y según informó 'The Washington Post', la Casa Blanca ha contratado 17 abogados en las últimas semanas con los que estaría preparando la estrategia ante el final de la investigación del fiscal especial. De acuerdo con este periódico, Trump estaría valorando la posibilidad de acogerse a un privilegio ejecutivo que le permita ocultar al Congreso detalles del informe si considera que se refieren a material confidencial y sensible de las comunicaciones con sus asesores. Del (todavía por confirmar en el Senado) nuevo fiscal general, William Barr, dependerá en gran medida qué información se comparte con el Congreso y la opinión pública. Aunque el año pasado expresó opiniones críticas sobre la investigación del Rusiagate, esta semana Barr reconoció ante el Comité Judicial del Senado que "no creo que Mueller esté involucrado en una caza de brujas".

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