la presidencia de trump a mitad de mandato

Dos años de Donald Trump, el presidente que necesita una tormenta permanente

A su llegada a la Casa Blanca, Trump dijo a sus subordinados: "Pensad en mi presidencia como una serie de televisión en la que yo venzo a mis enemigos". La serie definitiva. Y funciona

Foto: El presidente Donald Trump durante una demostración de la 10ª División de Montaña en Fort Drum, el 13 de agosto de 2018. (Reuters)
El presidente Donald Trump durante una demostración de la 10ª División de Montaña en Fort Drum, el 13 de agosto de 2018. (Reuters)

Cuando Donald Trump se instaló en la Casa Blanca, hace hoy dos años, dio un pauta a sus colaboradores. Les dijo: "Pensad en mi presidencia como una serie de televisión en la que yo venzo a mis enemigos". Su gestión no había empezado, y ya teníamos la definición más perfecta de lo que nos esperaba. Una serie de telerrealidad como no ha visto el mundo, con un protagonista impredecible, giros bruscos y apuestas altísimas. La serie de televisión definitiva.

En 2002 los investigadores Robert Kubey y Mihaly Csikszentmihalyi se hicieron una pregunta: ¿por qué nos gusta tanto ver la televisión? Llegaron a la conclusión de que, en realidad, la narrativa televisiva apela a nuestros instintos. Cuando tu personaje favorito, por ejemplo, se encuentra acorralado por un gánster, tu cerebro se activa. La actividad neurológica pasa del hemisferio izquierdo al hemisferio derecho; de la parte lógica a la parte emocional. Aunque tu cuerpo esté sentado en el sofá, tu cerebro ha vuelto al bosque prehistórico. La pistola del gánster es como un arbusto que se agita a tus espaldas. Una amenaza letal. En ese momento, con tu vida en peligro, no vas a cambiar de canal ni te vas a ir al baño. Sigues pegado a la pantalla.

La televisión más adictiva tiene sus trucos, la novedad, el suspense, y son esos trucos los que está aplicando el presidente de Estados Unidos. Primero se convirtió en el protagonista del drama al anunciar su campaña presidencial en 2015. Aprovechó el clima de polarización para ganarse, mediante eslóganes radicales, el apoyo de millones de americanos y el rechazo visceral de otros tantos. Desde entonces solo ha tenido que cultivar ese vínculo emocional. Igual que ocurre con las buenas series, cada "aventura" del presidente arrastra a las audiencias y las obliga a tomar partido. Millones de personas quieren ver al villano defenestrado, esposado y sentado detrás de unos barrotes bien gruesos. Otros millones lo ven como un héroe. Y estos son, al final, la razón última de esta incansable gimnasia televisiva.

Si la realidad empírica no ofrece una buena dosis de emoción y de peligro, hay que tergiversarla. Si no hay crisis hay que inventarla. Por ejemplo: las detenciones en la frontera con México (el baremo que se usa para medir los cruces ilegales) han caído un 75% desde 1999, según datos del Gobierno. El número de inmigrantes sin papeles en EEUU está hoy al menor nivel desde hace 15 años. Y sin embargo, el presidente habla de "invasión" y se refiere a la frontera como "el frente". Dice que vienen “pandilleros" y no deja de relatar los casos en los que un "alien ilegal" ha robado, violado o asesinado a un estadounidense de bien. Y funciona: ahora mismo el 72% de los votantes republicanos creen que hay una "crisis de inmigración ilegal".

Donald Trump es como un general que refuerza la lealtad de sus tropas. Por eso necesita un estado de guerra permanente, para mantener la moral de las bases que le dieron la victoria en 2016 y que podrían reelegirlo en 2020. Necesita batallas gráficas e identitarias, televisivas; no hay semana de paz en la Casa Blanca. Si el espectador estira el brazo para agarrar el mando a distancia, ¡zas! Nuevo tuit, casualmente, a primera hora de la mañana. Y la agenda del día vuelve a ser suya.

Más que una estrategia, para Donald Trump esto es una forma de vida. Los tabloides neoyorquinos lo saben bien; divorcios, escándalos, peleas a toda página con políticos y periodistas. Cualquier cosa valía para mantener el foco sobre sí mismo y sus proyectos. Son décadas de práctica. Lo mismo en su programa, 'The Apprentice': 14 temporadas vendiéndose como un líder fuerte al subconsciente de América.

Partidarios de Trump cantan el himno nacional durante un acto de 'Make America Great Again' en Chattanooga, Tennessee, el 4 de noviembre de 2018. (EFE)
Partidarios de Trump cantan el himno nacional durante un acto de 'Make America Great Again' en Chattanooga, Tennessee, el 4 de noviembre de 2018. (EFE)

Las críticas son parte del juego

En lugar de ir al gimnasio, Trump ve la televisión; lo mantiene en forma. "Está completamente sumergido", dijo su biógrafa, Gwenda Blair, a este diario. "Es un mundo que no está basado en hechos, sino en tener una noticia, una historia absorbente, algo que atrape la atención de la gente. Esa dependencia ha sido una fuente de poder. Es una debilidad en términos de hechos, pero es una fuerza en términos de tener casi una memoria muscular de saber cómo reaccionar. Es como un músico, como una atleta; algo completamente instintivo".

En este contexto de polarización, las críticas feroces que despierta no importan. De hecho son parte del juego, como demuestran dos datos recientes de la agencia Gallup. La última peripecia de Trump, el duelo que mantiene con los demócratas respecto a la construcción del muro con México y que ha cerrado parcialmente el Gobierno, con daños a la economía, no le está pasando factura. Su popularidad sigue en la media, 37%. Su base electoral, sus tropas, no claudican. Siguen firmes. Cuantas más críticas despierta del 'establishment', con más fiereza le apoyan.

El otro dato confirma que Trump es el presidente más polarizante de la historia reciente. Lo respaldan un número altísimo de republicanos y uno bajísimo de demócratas. La diferencia de apoyo entre ambos grupos es de 79 puntos. Es decir, que el terreno común, allí donde se pueden llegar a acuerdos, ya no existe. Se ha evaporado. Nadie se mantiene indiferente. O estás con el héroe o contra el villano.

Incluso los múltiples escándalos que lo rodean, desde la supuesta connivencia con Rusia hasta sus tejemanejes privados y los trapos sucios de su empresa, se diluyen por ahora en el vórtice del espectáculo. "La presidencia de Trump va a ser una miniserie de crímenes cautivadora", dice el cómico Dean Obeidallah. "Tenemos dinero, grabaciones secretas, una estrella del cine de adultos, una antigua conejita de Playboy, testigos que han 'cantado' y un montón de tuits. Y esto solo basado en lo que hemos visto por ahora". La serie, añade, "será digna de un maratón televisivo".

El público es adicto al show de Trump, como demuestran los índices de audiencia, y los medios han sacado tajada desde el principio; se han convertido en los 'camellos' de Trump. Mandan a los periodistas de cabello más plateado y mandíbula más cuadrada a plantarle cara al tirano. Pero en realidad le dan todo el espacio que quiera. No hay droga como la indignación y las televisiones pulverizan una y otra vez sus récords de visionado; lo mismo que las suscripciones a los periódicos. El público sigue sin poder apartar la vista de la pantalla, y todo el mundo ordeña a la vaca.

"Me está pagando la hipoteca”, dice un periodista inglés con una mueca de satisfacción que le llena toda la cara. Vive en Brooklyn y no deja de escribir sobre Trump. Cobra a la pieza, y está feliz porque los lectores hacen clic en todas las travesuras del presidente. Sus editores piden más. Y eso que es extranjero. En Estados Unidos los redactores llevan ya varios años en las galeras de la información, remando bajo el chasquido del mismo látigo: Trump, Trump, Trump.

El vicesecretario de prensa de la Casa Blanca Hogan Gidley escucha a su superiora, Sarah Huckabee Sanders, durante una rueda de prensa en octubre de 2018. (Reuters)
El vicesecretario de prensa de la Casa Blanca Hogan Gidley escucha a su superiora, Sarah Huckabee Sanders, durante una rueda de prensa en octubre de 2018. (Reuters)

Medidas en la vida real

Los académicos que estudian las instituciones democráticas y que no dejan de sacar libros alertando sobre lo fácil que sería imponer una tiranía, se echan las manos a la cabeza. Esta semana, Yascha Mounk, autor de 'El Pueblo vs. La Democracia', perdió los estribos en Twitter al ver cómo todo el mundo comentaba las pirámides de hamburguesas en la Casa Blanca. "Amigos, por el amor de Dios, [en mayúsculas] por favor dejad de obsesionaros con Trump sirviendo comida rápida al equipo de fútbol de Clemson" (9). El presidente había hecho otra de las suyas y el mundo se había vuelto loco. Insultos, críticas, memes, análisis, columnas de opinión. Hasta Burger King troleó al presidente en las redes sociales. Mientras, recordaba Mounk, el Gobierno seguía parcialmente cerrado y "Trump está amenazando con declarar una emergencia nacional" (para construir el muro sin pasar por el Congreso).

Pero Mounk tenía enfrente un poderoso adversario. El norteamericano medio ve la televisión más de cinco horas cada día. Es decir, 35 horas semanales, o 77 días al año, o 13 años de su vida, si llega a cumplir 80. Ninguno emplea el mismo tiempo en leer los ensayos de Yasha Mounk, reducido a una voz en el páramo gris de la realidad. Un eco solitario en el hemisferio izquierdo del cerebro; allí donde habitan la reflexión, los matices y los datos empíricos. Un desierto aburrido que no cabe en pantalla.

Una realidad gris que, sin embargo, también está cambiando. La administración Trump ha implementado el mayor recorte fiscal en tres décadas, ha quitado límites burocráticos a todas las industrias, desde la financiera a la farmacéutica o la del petróleo; ha nombrado a dos jueces jóvenes para el Tribunal Supremo, ha expulsado de su partido a voces moderadas que han sido sustituidas por nacionalpopulistas; ha ofendido a los aliados de EEUU y cortejado a sus adversarios; ha iniciado una guerra comercial con China y un proceso de paz con Corea del Norte, y ha reformado o cancelado tratados fundamentales de comercio y del cambio climático.

También ha despertado una fuerte movilización en su contra. Las elecciones legislativas (que Trump, siguiendo su estilo, trató de centrar en la caravana de inmigrantes de Centroamérica, en lugar de presumir de algo abstracto como la economía) brindaron la mayor victoria parlamentaria de los demócratas en cuatro décadas. La demografía juega en contra del presidente, y quizás en 2020 no se enfrente a una aspirante manchada como Hillary Clinton. No las tiene todas consigo.

Si las series de televisión nos han enseñado algo, es que las apuestas siempre suben. La cuesta siempre se hace más empinada y el héroe se ve obligado a volverse más temerario. Lo que lo que ahora nos parece un magma psicodélico de griterío y escándalos, es posible que solo acabe de empezar.

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