el legado de la canciller es difuso

Merkel, la sobria mujer del este que se alzó con el poder y se va por la puerta de atrás

De Angela Merkel, la austera dama que llegó del este, quedará, seguramente, una imagen, su rostro austero, cada vez más preocupado

Foto: Merkel, lento adiós a un liderazgo alemán y europeo basado en la sangre fría. (EFE)
Merkel, lento adiós a un liderazgo alemán y europeo basado en la sangre fría. (EFE)

¡Ah!, la historia moderna de Alemania, tras la barbarie de Hitler, qué brillante en lo económico, qué ejemplar en lo democrático. Nos queda la imagen del padre de la nueva Alemania, Konrad Adenauer, la reconciliación con Francia; la del “milagro alemán”, el padre del marco, Ludwig Erhard; la del hombre que se arrodilló en el gueto de Varsovia, Willy Brandt; o la del que forjó la unificación, Helmut Kohl. Queda de ellos más lo positivo que sus errores. De Angela Merkel (Hamburgo, 1954), la austera dama que llegó del este, quedará, seguramente, una imagen, su rostro austero, cada vez más preocupado. O quizá, la foto de su saludo a los refugiados a finales de agosto de 2015, cuando entraban por cientos de miles en Alemania. El comienzo de su hundimiento.

Merkel, la sobria mujer del este que se alzó con el poder y se va por la puerta de atrás

Al final, ha tenido que admitir la derrota, los reveses. Ha tardado bastante tiempo. Y la aceptación de sus errores, de sus retrocesos sucesivos en las generales del año pasado, y este mes en los muy importantes Estados federados de Baviera y Hesse, la daba ella misma en la Casa Konrad Adenauer, la sede berlinesa de la CDU. Detrás de la canciller, un escueto eslogan: "Die Mitte", el centro.

Pero ese centro, donde todos los partidos en todas las latitudes dicen que se ganan las elecciones, se está quedando vacío. En Alemania, el centroderecha, la CDU-CSU, y el centroizquierda, el SPD, sufren una auténtica hemorragia de votos hacia la izquierda moderada de los Verdes, preocupados por el medio ambiente, por escándalos como la mentira de los diésel trucados, y hacia la derecha más dura de Alternativa para Alemania, que nació contra el euro, contra la ayuda a los países del sur de Europa en la crisis, y que ha subido con sus consignas en contra de la inmigración.

Merkel se fotografía con un grupo de refugiados a la salida de un centro de acogida. (Reuters)
Merkel se fotografía con un grupo de refugiados a la salida de un centro de acogida. (Reuters)

Merkel lleva 13 años en la cancillería y ha dirigido la democracia cristiana en los últimos 18 años. Prácticamente todo el siglo XXI alemán es Merkel. Muchos mandatos para estos tiempos vertiginosos. El panorama ha cambiado radicalmente en esta década: refugiados, populismos, bulos difundidos por internet, amenazas del este, de Putin, desprecio del oeste, de Trump. Merkel no ha visto venir los cambios, el cambio de era. Sale de la jefatura del partido porque ella es incapaz de proceder a la renovación o de ofrecer nuevas ideas. Sus decisiones, en última instancia, han sido siempre tomadas arrastrada por los acontecimientos.

Que había un desastre nuclear en Japón, pues se apuntaba al cierre de las centrales nucleares, como pedían los Verdes. Que entraban cientos de miles de refugiados, pues se sumaba a las tesis de la izquierda y los dejaba entrar. Tras el fuerte batacazo de sus socios bávaros reconocía que, aunque la economía iba muy bien, ellos, los grandes partidos, habían perdido la confianza de la población. Pero no hizo nada en las dos últimas semanas, desde Baviera hasta el nuevo desastre de Hesse, la gota que ha colmado el vaso.

Poco después de llegar a la cancillería fui a Lisboa a una cumbre europea y me encontré allí a un colega de la televisión alemana, ZDF, de aquellos viejos tiempos de la serena y aburrida capital federal de Bonn. “Quién hubiera dicho que Angela iba a llegar a ser canciller”, me comentó. “Quién lo hubiera pensado”, le respondí yo.

Una joven Angela Merkel saluda tras ser elegida para liderar la CDU. (EFE)
Una joven Angela Merkel saluda tras ser elegida para liderar la CDU. (EFE)

Recordábamos a aquella señora desconocida que llegó del este, del frío, como los espías de Le Carré, tímida, sencilla, doctora en Física, hija de pastor protestante que se mudó de Hamburgo a la RDA, a la que la mujer de Helmut Kohl, Hannelore, enseñaba a vestirse y a utilizar los cubiertos. Su esposo, el siempre tosco Helmut, la llamaba 'mein Mädchen', mi niña, y aseguraba que, efectivamente, desconocía el correcto uso de cuchillo y tenedor. Pero el canciller, al nombrarla ministra de Mujer y Juventud en el primer Gobierno de la nueva Alemania unida en 1990, había cumplido una doble cuota: era mujer y venía de los nuevos socios, de la extinta República Democrática. Todos contentos.

Años más tarde, cuando surgió el escándalo de corrupción de Kohl, cuando captó un dinero que, decía, no era para él, sino para montar la democracia cristiana en la extinta RDA, ella le “apuñaló” políticamente con un durísimo artículo en un diario alemán. Merkel no ha sido una gran figura. De su paso por el Ministerio de Medio Ambiente, al que llegó en 1994, no hay referencias destacadas. Sí supo alzarse con todo el poder, eso sí, pero ha sido “grande” porque ha dirigido el país más grande y más rico de la Unión Europea. Así de simple.

Su legado es difuso. Las necesarias reformas sociales y laborales para mejorar la economía alemana se las dejó hechas su antecesor Gerhard Schroeder, y eso le costó la derrota al dirigente del SPD. Tras 13 años al frente del Gobierno alemán, no ha sabido manejar los últimos acontecimientos. La Alternativa para Alemania (AfD), con su nuevo altavoz en el Bundestag, no para de ganar terreno, escudados en su eslogan: "Merkel muss weg", "Merkel debe irse".

Simpatizante de AfD con una camiseta con la que insta a Merkel a marcharse. (EFE)
Simpatizante de AfD con una camiseta con la que insta a Merkel a marcharse. (EFE)

Lo cierto en que en los últimos meses de su mandato Merkel ha ido de polémica en polémica. Este verano, con las manifestaciones neonazis en Chemnitz tras la muerte de un alemán, sin que actuara la policía, y de derrota en derrota. Pero una de las revueltas más fuertes que sufrió dentro de su mismo partido y que pasó desapercibida fuera del país fue la derrota, hace apenas un mes, de su candidato a la presidencia del grupo parlamentario democristiano, Volker Kauder, frente a un 'don nadie', un desconocido Ralph Brinkhaus, un fervoroso católico de 50 años y austero como buen alemán, que va por el mundo con un coche de segunda mano. La tormenta ya estaba en marcha.

De cara a la renovación del partido, Brinkhaus -un personaje al habrá que tener en cuenta porque ha derrotado al viejo y anquilosado aparato- decía una cosa muy interesante en torno a la polémica sobre la emigración que, en parte, ha arrollado a la canciller: “Hay que dejar de decir cosas de cajón, como, por ejemplo, que oponerse a la inmigración es ser racista. Hay que tener un debate serio sobre el asunto”.

En cualquier caso, la salida de Merkel, de momento de la presidencia del partido, es una cesura, como ha reconocido ella misma, para Alemania y para Europa. Y seguirá, dice, siendo canciller hasta el final del mandato actual. Porque, como estiman los sabios alemanes, muy filosóficos, ha tomado una decisión “dialéctica”: deja la presidencia del partido para enrocarse como canciller. O habría que decir, hasta que se mantenga la gran coalición, que pende de un hilo. Así que cuanto más tarde en irse, incluso del Gobierno, quizá sea peor. Al menos para ella.

Merkel fue la primera líder europea en marcar distancias con Trump en su empuje contra la UE.
Merkel fue la primera líder europea en marcar distancias con Trump en su empuje contra la UE.

Porque si, como ha dicho hoy, la imagen que da el Gobierno es inaceptable, no hace falta preguntar quién es el o la responsable. Hoy se va a medias, por la puerta de atrás. Hay mucho respeto en Alemana hacia su decisión, pero también muchos piensan que llega tarde. El daño está hecho.

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