Asoma por las grietas del proyecto europeo

El 'fascismo eterno' ya está aquí: por qué tienes que vigilar ciertas actitudes

¿Cómo hacerlo? Umberto Eco ofreció unas pistas con su caracterización del “fascismo eterno” o “ur-fascismo” como categoría, no como hecho puntual en Italia, Alemania o España

Foto: El resurgimiento del fascismo en España, uno de los reportajes de 'Sin filtros'.
El resurgimiento del fascismo en España, uno de los reportajes de 'Sin filtros'.

“Sería muy cómodo para nosotros que alguien se asomara al mundo y dijera: ‘¡Quiero volver a abrir Auschwitz, quiero que las camisas negras vuelvan a desfilar solemnemente por las plazas italianas!’. Por desgracia, la vida no es tan fácil”. Lo advertía Umberto Eco en 1995 a un grupo de estudiantes norteamericanos, aún conmocionados por el peor atentado terrorista sufrido en EEUU hasta el 11-S, el perpetrado por un ultraderechista en Oklahoma. Eco les explicaba el modo en que regresaría el fascismo: bajo “las apariencias más inocentes”.

“Está a nuestro alrededor, a veces vestido de paisano”, advertía Eco. Han pasado veinte años y lo que algunos creyeron enterrado o desterrado de Occidente por la Segunda Guerra Mundial, las transiciones democráticas en países como España y Portugal, y la caída del Telón de Acero, se ha vuelto a revelar. La Unión Europea, como organización de democracias liberales que defiende el estado de derecho, fue construida sobre el trauma de la guerra con la idea de que fuera un gran dique de contención para prevenir el regreso de ese “fascismo eterno”. Hoy, sabemos que sigue aquí.

Asoma por las grietas que presenta el proyecto europeo, desde el Brexit a las reacciones a la crisis del euro y, especialmente, la crisis migratoria de 2015, hoy mutada en crisis política e identitaria pese al descenso de las llegadas de extranjeros a las costas europeas. La falta de herramientas para castigar a los países que se desvían de los valores democráticos una vez que ya están dentro de la UE contrasta con el expediente impecable que se exige a los candidatos a entrar. No, la UE no es un escudo inquebrantable.

Eco advierte de que el regreso del fascismo sería sutil, no alguien imitando las propuestas de Hitler.
Eco advierte de que el regreso del fascismo sería sutil, no alguien imitando las propuestas de Hitler.

Cualquiera que lea hoy el doliente sarcasmo con el que Stefan Zweig se mofaba del sí mismo y su generación tras el fin de la Primera Guerra Mundial -“no nos dábamos cuenta del peligro”- puede sentir un estremecimiento. ¿Estaremos siendo igual de ingenuos nosotros? Apenas unos años antes de que Eco diera su conferencia, Francis Fukuyama se atrevió a predecir el “fin de la historia” con la expansión de la democracia liberal tras la caída del muro. Pero los avances son reversibles. Polonia y Hungría lo demuestran. Y no están solos.

Guía para desenmarcar el fascismo

Decía Eco sobre el fascismo que “es nuestro deber desemascararlo y apuntarle con el índice a cada una de sus formas nuevas, todos los días, en todos los rincones del mundo”. Lo es. No ya de los políticos, ni de los medios, ni de los filósofos, ni de los rostros populares: es de todos.

¿Cómo hacerlo? Eco ofreció unas pistas con su caracterización del “fascismo eterno” o “ur-fascismo” como categoría, no como hecho puntual en Italia, Alemania o España. Enumera catorce rasgos definitorios, que nos dibujan una imagen mucho más completa que la caricatura del “facha” que se le viene a la cabeza a la mayoría de los españoles cuando lee “fascismo”. Rasgos que, en buena medida, están presentes en los populismos que han surgido en la última década en Europa, y allende los mares, ya sean de izquierdas o derechas. No quiere decir que estos populismos sean fascistas, pero sí presentan tendencias que deben inquietarnos. Por ejemplo:

  • Culto a la tradición: Un referendo propuesto por un gobierno socialdemócrata en Rumanía para prohibir en la Constitución el matrimonio gay, a iniciativa de un grupo a favor de proteger la “familia tradicional”.
  • Rechazo a la modernidad. El fascista es reaccionario. Se opone al liberalismo, al individualismo, incluso a la democracia: La democracia 'iliberal' (sic) de Viktor Orban.
  • Rechazo al pensamiento crítico, el desacuerdo es traición: La extensión del uso del término 'botifler' como sinónimo de 'traidor' a la causa independentista.
  • Culto a la homogeneidad, oposición a los "intrusos". De aquí emerge rápido el racismo. Puede ser contra los judíos, pero hoy el antisemitismo a dejado paso a un mayor rechazo al musulmán. "Stop Islam" del este de Europa.
  • Surge de la frustración individual o social. Hace un llamamiento a las “clases medias frustradas, desazonadas por alguna crisis económica o humillación política”. La apelación de Marine Le Pen a los "olvidados" por el sistema.

La ultraderechista francesa Marine Le Pen y el ministro italiano del Interior, Matteo Salvini. (EFE)
La ultraderechista francesa Marine Le Pen y el ministro italiano del Interior, Matteo Salvini. (EFE)

  • A aquellos que no tienen identidad social (en la definición de Henri Tajfel, “el conocimiento que posee un individuo de que pertenece a determinados grupos sociales junto a la significación emocional y de valor que tiene para él/ella dicha pertenencia), el fascismo les ofrece el nacionalismo. Esto tiene dos derivadas: la obsesión por el complot, especialmente si es externo (por ejemplo, comandado por George Soros o la UE) y la xenofobia.
  • Humillación por la riqueza que ostentan los otros y su fuerza o poder, pero al mismo tiempo una creencia de que pueden vencerles porque son débiles (quizás moralmente). La retórica de Syriza que casi lleva a Grecia a salir del euro, referendum mediante.
  • Elitismo popular, de “masa”: el mejor pueblo del mundo, los mejores ciudadanos, el mejor miembro del partido. Pero bajo un líder. “Los italianos primero”, de Matteo Salvini o el “America First”, de Donald Trump.
  • Se basa sobre un “populismo cualitativo”: el pueblo se concibe como una cualidad, una entidad monolítica que expresa la voluntad común (…) y el líder se erige como su intérprete. "Som un poble”.

Evidentemente, Syriza no es fascista. Que un movimiento presente uno o varios de estos rasgos no lo convierte automáticamente en ello. Son condiciones necesarias, pero no suficientes. Son señales de alerta, potenciales amenazas, pero no tienen por qué derivar en regímenes fascistas.

Tomar partido

Como explica Robert O. Paxton, aunque a Trump se le ha llamado "fascista" para despreciarlo, quizás se ajuste más al modelo de un ‘oligarca' pese a que "parece haberse adueñado de una cantidad de temas fascistas para su campaña presidencial”, desde la xenofobia y el prejuicio racial, al miedo a la debilidad y a la decadencia nacional, o la agresividad. ”Su tono intimidatorio, el dominio de las multitudes y la capacidad con la cual utiliza las últimas tecnologías de comunicación son también reminiscentes de Mussolini y Hitler”, afirma.

Trump tiene un estilo y aborda temas que bordean el fascismo, como la xenofobia. (EFE)
Trump tiene un estilo y aborda temas que bordean el fascismo, como la xenofobia. (EFE)

En cualquier caso, fascista, oligarca, tirano o totalitario, estas actitudes son amenazas contra el estado democrático y liberal de derecho. Que no haya prendido aún la violencia -al menos de manera determinante, no olvidemos el comando de ultraderecha desarticulado en Alemania días antes de dar su primer golpe contra la “República Federal”- No solo tenemos que apuntarlo con el dedo, como sugería Eco, sino reaccionar de una manera más contundente. Tomar partido.

El siglo XX nos ha dejado muchas lecciones. Algunas las recoge Timothy Snyder en “Sobre la tiranía”. Una es precisamente ésta: “Las instituciones son las que nos ayudan a preservar nuestra decencia. Necesitan también nuestra ayuda (…) No se protegen solas. Caen una detrás de otra salvo que cada una sea defendida desde el principio. Así que elige una institución que te importe -un tribunal, un periódico, una ley, un sindicato- y ponte de su parte”.

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