MIEDO AL FRENTE NACIONAL Y A LA ABSTENCIÓN

Francia: "Si Le Pen ha logrado en 15 años el 40% del voto, ¿qué pasará en 2022?"

Buscamos la opinión de los parisinos para saber qué han votado en esta segunda vuelta. La capital es una de las ciudades menos 'lepenistas' de todo el país

Foto: Un hombre vota en la segunda vuelta de las elecciones. (Reuters)
Un hombre vota en la segunda vuelta de las elecciones. (Reuters)

Un sentimiento de urgencia se impone en muchos votantes hoy. París es probablemente la menos 'lepenista' de las ciudades francesas, el auténtico feudo de Emmanuel Macron. Cosmopolita, educada, europea, abierta al mundo y burguesa, se moviliza en una jornada decisiva que, sea cual sea el resultado esta noche, habrá cambiado Francia, quizá para siempre. Los sondeos aseguran que, salvo catástrofe, Macron celebrará con sus seguidores en la explanada del Louvre su elección como nuevo presidente de la república. Pero, gracias al lavado de cara que les ha conseguido dar Marine Le Pen, es muy probable que cuatro de cada 10 franceses que voten lo hagan por las ideas extremas de la candidata ultraderechista. Tierra quemada por la crisis y la cólera de los perdedores de un mundo globalizado que será difícil reconquistar.

París, a diferencia de otras grandes capitales, es una ciudad que descansa los domingos. Aunque cada vez menos, en parte debido a las reformas emprendidas por Macron cuando era ministro de Economía. Reformas que, “con perdón, pero ha sido el único con pelotas para hacerlas”, señala Jean Jacques, cámara de televisión que, no obstante, se abstendrá desencantado “con todos, de derechas y de izquierdas”. Pero reformas que también le enfrentaron a los sindicatos y sacaron a la calle a miles de personas para hacer algo tan parisino y tan francés como manifestarse. Hoy, el centro de la capital, bajo la lluvia, no se parece precisamente a una fiesta de la democracia.

El candidato Enmanuel Macron. (Reuters)
El candidato Enmanuel Macron. (Reuters)

Sylvie Ballul no se siente optimista. Acaba de votar por Macron pero lo ha hecho con tristeza. Considera que Francia necesita un cambio social más radical pero, sobre todo, advierte con alarma el avance de la extrema derecha en su país. “En los últimos 30 años hemos sido testigos de la banalización de este discurso extremo. Tengo la sensación de que a los jóvenes les queda muy lejos la Segunda Guerra Mundial y sus barbaridades y votan con mas ligereza, no con las tripas, como lo hacemos los mayores”, señala esta programadora de festivales.

El goteo de votantes en este centro electoral instalado en el ayuntamiento del distrito 9 de París, donde Macron arrasó en la primera vuelta con más de un 42% de los votos, es constante. Todos están obligados a coger una papeleta de cada uno de los montoncitos perfectamente ordenados con los nombres de los candidatos y meterse tras las cortinas de los buzones de voto. “Es obligatorio coger los dos, para preservar el anonimato”, explica Séverine Tertis, que trabaja en una de las mesas electorales, y que advierte esta mañana una participación parecida a la de la primera vuelta. Las proyecciones de los institutos de sondeo, sin embargo, señalan lo contrario. Hoy más gente se quedará en casa que en las últimas elecciones presidenciales.

La abstención es precisamente lo que más preocupa a Xavier Laureille. “Los de Le Pen van a salir seguro a votar. En 2002, la izquierda hizo de tripas corazón y votó a Jacques Chirac para frenar a Le Pen padre, pero no veo que la derecha de François Fillon esté dispuesta a hacer lo mismo hoy”, se queja este jurista. “Los de Mélenchon tampoco lo tienen claro”, le recuerda su compañero, en referencia al líder de la Francia Insumisa, que se negó a apoyar a Macron en la segunda vuelta. “Eso es verdad. Y es vergonzoso”.

Si en 2002 el Frente Nacional se llevó cerca del 20% y, 15 años después, se acerca al 40%, ¿qué va a pasar cuando mis hijos sean mayores?

Farouk conduce un Uber. En 2002 era demasiado joven para votar, apenas un niño, “pero habría hecho lo mismo que hoy. Hay que parar a esta gente, incluso si la alternativa no me gusta”. A Emmanuel Macron, sus oponentes a menudo le acusan de querer “uberizar la economía” —Marine Le Pen fue lo primero que le arrojó en el debate de esta semana— porque ha defendido ese modelo de pequeño empresario individual que facilita, según él, la movilidad social y que ha ayudado a muchos jóvenes de la 'banlieu' parisina a acceder a un empleo a través de la economía colaborativa. “Entre los compañeros hay mucho macronista, claro que sí”, reconoce Farouk. Él no. Farouk ha visto cómo en pocos años el gigante californiano pasaba de quedarse con el 11% del precio de la carrera al 25% actual, y cómo la sobreabundancia de conductores hacía cada vez más difícil conseguir clientes y más precaria su vida. El joven conductor optó por Jean Luc Mélenchon, pero hoy lo tiene muy claro. Unas cuantas carreras más y volverá a su barrio de la periferia para votar en contra de Marine Le Pen.

Las hijas de Laurence y Aurélie van juntas a un colegio de infantil a dos pasos de donde este domingo ellas tendrán que votar, en el distrito 10 de la capital, el epicentro de lo que en Francia llaman lo 'bo-bo' (burgués bohemio). Ambas lo harán por Macron, como también lo hicieron en la primera vuelta, aunque sin ilusión. Aurélie es el producto impecable de la inmigración integrada. Su madre llegó de Indonesia en su juventud y se casó con un francés. Ella es urbana, moderna sin estridencias y cultivada. La perfecta parisina. Hace dos domingos votó por el candidato socioliberal, “un poco por descarte, el único de izquierda en lo social pero que cree en una economía de mercado. La mayoría de mis amigos son autónomos y todos votaron por él”. Ahora, en la segunda vuelta, con más motivos.

Marine Le Pen. (Reuters)
Marine Le Pen. (Reuters)

“Nunca me han gustado los extremos, ni a la izquierda ni a la derecha”, confiesa Laurence. “Si gana Le Pen, hago las maletas y me voy de este país. No quiero que mis hijas crezcan en un ambiente racista e intolerante”.

La jornada, a pesar de la amenaza terrorista y de lo enfrentadas que están las dos versiones de Francia que se encuentran en las urnas, se desarrolla con tranquilidad. Más de 50.000 agentes, entre policías y gendarmes, apoyados por 7.000 militares de la operación Centinela, vigilan por la seguridad de los votantes. Francia, tras 16 meses en estado de emergencia, se ha acostumbrado a los cacheos, a los registros y a los detectores de metales. Hoy, para ejercer el voto hay que enseñar antes el bolso. Los sobresaltos se han convertido en parte de la rutina y esta mañana, por ejemplo, la policía obligaba a evacuar toda la explanada del Louvre porque un perro olisqueó algo sospechoso en una mochila a la entrada de la carpa instalada para la prensa que seguirá en directo la noche electoral con Macron. Falsa alarma.

Apolline, embarazada, ayuda a su hijo a montar en un patinete mientras espera a que su marido termine de votar. El terrorismo le inquieta, pero ha dejado de ser su principal preocupación. “Si en 2002 el Frente Nacional se llevó cerca del 20% y, 15 años después, se acerca al 40%, ¿qué va a pasar cuando mis hijos sean mayores? Esta noche espero que podamos respirar tranquilos, pero el avance de estas ideas me preocupa, y mucho”.

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