un país enfrentado en la carrera hacia el elíseo

Las cuatro Francias y su imposible reconciliación

La campaña para las presidenciales ha fracturado a la ciudadanía en diferentes bloques irreconciliables que acuden hoy a las urnas para elegir entre Emmanuele Macron y Marine Le Pen

Foto: Dos carteles de los candidatos Emmanuel Macron y Marine Le Pen a la presidencia de Francia. (Reuters)
Dos carteles de los candidatos Emmanuel Macron y Marine Le Pen a la presidencia de Francia. (Reuters)

Francia elige hoy entre dos opciones. Emmanuel Macron y Marine Le Pen atraen los votos de dos mundos diferentes en un mismo país. Pero la campaña para las presidenciales ha fracturado a la ciudadanía en diferentes bloques irreconciliables. Son las cuatro Francias llamadas hoy a las urnas.

Emmanuel Macron y sus seguidores preparan ya la fiesta de la victoria. El debate-pugilato del miércoles les sacudió las últimas dudas. La euforia del triunfo, si las encuestas se confirman, no podrá ser refrendada, pero está por ver si en esas primeras horas de celebración justificada el nuevo Jefe de Estado muestra algo de 'retenue', de moderación, en una fiesta que no compartirán millones de los ciudadanos.

La victoria del candidato "de lo bueno de la izquierda y lo bueno de la derecha" no le dará derecho a los cien días de confianza. No tendrá ni uno de tranquilidad. La situación de Francia y la dureza de la larga campaña han crispado a una ciudadanía que espera respuestas rápidas para solucionar una crisis que vista desde España puede parecer desproporcionada, pero que es real. Francia vive una situación económica diferente a la sufrida por sus vecinos del sur, pero la crisis psicológica que conlleva su decadencia y el fin del paraíso social cimentado en los 30 años gloriosos amplían su impacto.

Un asesor de imagen del nuevo presidente debería aconsejarle reducir en la noche del domingo el consumo del champán y demostrar humildad. Ya se le reprochó su celebración del 23 de abril en un local bobo-chic. La imagen de la victoria le puede perseguir durante años, como le pasó a Nicolas Sarkozy.

La situación de Francia y la dureza de la larga campaña han crispado a una ciudadanía que espera respuestas rápidas para solucionar la crisis interna

Macron puede seguir rompiendo esquemas. Puede ser el primer Presidente sin partido, el primer presidente que no ha pasado por ninguna otra elección popular. Su movimiento, En Marche! tiene apenas un año. Su candidatura al Elíseo, solo siete meses. Todo ello le confiere un mérito evidente. Pero también le será difícil borrar la imagen de tapado de François Hollande.

El todavía presidente llamó a Macron a su lado como consejero y, después, como ministro, sabiendo que su protegido tenía el aplomo suficiente como para proponer las reformar liberales que otros históricos del Partido Socialista no se atreverían ni a sugerir.

Macron hizo lo que pudo, hasta que la izquierda del partido le pudrió la vida al presidente. A partir de ahí, la historia es conocida: primarias socialistas ganadas por el representante más radical y apoyo del ala reformista a Macron, un candidato externo. Si se estudian las declaraciones y los escritos de Macron, afirmar que el líder de En Marche! hará lo que Hollande hubiera soñado no es caer en el juego de la conspiración que la derecha ha denunciado.

Emmanuel Macron quería hacer las reformas que en otros países, en otros tiempos y otras circunstancias, hicieron políticos como Felipe González, Tony Blair o Gerhard Schroeder. Pero ni la sociedad francesa es como la alemana o la española, ni las circunstancias actuales son las mismas que en los 80, 90 o principios del 2000.

Macron puede ser el primer presidente sin partido y que no ha pasado por ninguna otra elección popular. Su movimiento tiene apenas un año

Macron sabía que desde el PS era imposible acometer las reformas que transformen el anquilosado sistema económico francés. Y como «liberalizar» o ser tildado de «liberal» es poco menos que un delito en tiempo de populismos, el joven aspirante al Elíseo ha tenido que jugar camuflado en la ambigüedad para no ser expulsado del terreno de juego al inicio de la contienda.

La indeterminación como programa. El "esto es así, pero también podría ser de otro modo" le ha llevado a las puertas del poder. Las circunstancias también han estado de su lado. Que el PS estaba en crisis y no repetiría mandato estaba claro. Que el centro-derecha se viniera abajo por el Penelopegate no estaba previsto. ¿O sí?

Para una parte de la derecha, y especialmente para el protagonista del escándalo, François Fillon, los jueces y los medios de comunicación decidieron acabar con él, instigados por el gabinete negro, comandado por el propio Hollande. Dejando aparte las elucubraciones, que otros periodistas nada sospechosos de estar en la conjura también han alimentado, hay que reconocer en el aspirante un cierto mérito. Se le puede considerar un producto del marketing, de acuerdo, pero ¿qué político ahora mismo puede despreciar un equipo de asesores de imagen?

Macron ha llegado a la recta final habiendo capeado las andanadas de sus excolegas de gobierno, de la extrema izquierda, de la derecha y de los nacionalpopulistas del FN. Las invectivas que Le Pen ha utilizado contra él son las mismas que el candidato oficial del PS y La Francia Insumisa utilizaron en la primera vuelta.

La Francia que sonríe

Se le acusa de contar con el apoyo de la prensa del 'establishment'. En Francia, en realidad ese concepto se refiere solo a la prensa de izquierda y centroizquierda, desde Liberation a Le Monde, pasando por los semanarios 'L’Obs', 'Le Point' o 'Telerama'. No se puede decir lo contrario. Tras la primera vuelta, una vez eliminado el candidaro del PS y clasificada Le Pen, todos esos medios, más el conservador 'Le Figaro', 'votan' por el líder de En Marche!.

La eliminación de los llamados partidos de gobierno dan la oportunidad a Macron de mostrar si es capaz de hacer algo diferente, si se convertirá en el reformador de Francia, capaz de convencer de que la creación de empleo pasa por romper con las trabas burocráticas, con las rigideces, con el castigo fiscal que pesa sobre las pequeñas, las medianas empresas y los autónomos e independientes.

Todo un programa para Macron, que tiene el apoyo de la Francia que sonríe, de la Francia que triunfa, de los bobos, de la juventud con estudios superiores, de los jóvenes que se han adaptado a la economía digital, de los inmigrantes integrados, de los emprendedores que quieren arriesgar en su país, de los franceses que trabajan en Nueva York y en la 'City' de Londres, y también de muchos desencantados de la izquierda y la derecha, de la Francia moderada.

Macron supo utilizar su paso por el Ministerio de Finanzas para ampliar su agenda y sus apoyos. La seducción que desplegaba desde Bercy (sede del Ministerio) el joven estudiante de filosofía, luego enarca y después especialista en fusión/adquisición de empresas dentro de la Banca Rothschild, ha conquistado a políticos de todas las orillas, desde excomunistas a liberales, pasando por los centristas católicos, la derecha social-gaullista y los socialdemócratas sin complejos. Figuras políticas del pasado reciente pero que le ayudaban a tiznar su proyecto de tantos colores que fuera imposible definirle ideológicamente con los parámetros actuales.

El joven aspirante al Elíseo ha tenido que jugar camuflado en la ambigüedad para no ser expulsado del terreno de juego al inicio de la contienda

Desde los ministerios, desde los 'think-tanks', desde el mundo de la cultura, la ciencia y el espectáculo, Macron ha ido recogiendo adhesiones. Si logra la victoria, sabe que deberá hacer la criba entre los sinceros, los que creyeron en él desde el primer momento, y los que han ido subiéndose al carro a medida que olían el perfume del poder.

Macron ha sido el representante y defensor de la Unión Europea en estas elecciones. La Europa comunitaria es la representación del diablo, en boca de Mélenchon y Le Pen. La estelada azul, pisoteada por los extremos, ha sido recogida por Macron e izada al mismo nivel que la tricolor. ¡Sumisión!, acusan de un lado. ¡Dejación de la soberanía!, gritan del otro. Macron sigue cabalgando.

Los olvidados: del PC a GAFA

¿Qué será de los más de siete millones de votantes de Marine Le Pen en la primera vuelta, si su favorita pierde la gran final? ¿Cómo traducirán su frustración cuando sus esperanzas de «cambiar de una vez el sistema» hayan estado más que nunca al alcance de su voto?

La tercera y cuarta vuelta electoral, es decir, las legislativas de junio, no supondrán un alivio a la decepción. Tener a Marine Le Pen como presidenta era su sueño; la pelea en una Asamblea, que se prevé sin mayorías claras, será el retorno al politiqueo, a las transacciones ideológicas, a los compromisos y componendas que los votantes del FN detestan por infructuosos a sus aspiraciones.

La Francia de los 'petits blancs' de los suburbios volverá a compartir los trenes de cercanías con sus vecinos de 'banlieue', los franceses 'hijos de la emigración' –mucho más numerosos en esos barrios, pero tan pobres como ellos– con la seguridad de que, sin su líder en el Elíseo, su destino no vislumbra cambios.

La Francia que solo se visita desde la ventanilla de un TGV (AVE francés), ese país olvidado que ningún turista conoce y del que desaparecen los hospitales, los médicos especializados, las oficinas de correos e incluso las gendarmerías, sigue pensando en un milagro para hoy. Teme volver a su gris rutina. Al anonimato.

Marine Le Pen saluda a simpatizantes durante una visita de campaña a Grau-du-Roi. (Reuters)
Marine Le Pen saluda a simpatizantes durante una visita de campaña a Grau-du-Roi. (Reuters)

Muchos jóvenes de esa Francia profunda sueñan con que Marine les desvíe de su destino. Si su heroína pierde, volverán a pasar sus fines de semana en los centros comerciales de las ciudades más cercanas. Lejos de las atracciones de diversión y de cultura de París y las capitales medianas. En todo caso, los precios de esas diversiones no están a su alcance. En todo caso, llegar a París es caro y allí, sin dinero, todo es frustración.

Marine Le Pen se ha especializado en 'selfies' junto a obreros. Obreros desesperados por el eufemismo del plan social. Es decir, la reducción de puestos de trabajo o, simplemente, la desaparición de la empresa en la que trabajaban desde hace años. La volatilización de la ficha de salario que les permitió pedir un crédito.

La Pen no les solucionará los impagos, pero les promete que, con ella en la presidencia, la fábrica no cerrará. Que con ella, si la empresa gana dinero, no podrá deslocalizarse para pagar salarios más bajos en Polonia o Rumanía. Y muchos la creen, la votan y se fotografían sonrientes junto a la ilustre visitante.

Basta echar un vistazo al mapa sociológico del voto en la antiguas cuencas mineras del norte de Francia y en los valles de la siderurgia del este. Los viejos bastiones del Partido Comunista, primero, y de los socialistas, más tarde, votan a Marine Le Pen. Ella ha enganchado al tren de su programa la denuncia de la desindustrialización de Francia, que achaca especialmente al último mandato socialista, del que Emmanuel Macron, recalca, es también responsable.

Esa Francia que ha olvidado al PCF y al PSE, es un mundo ignorado ahora también por otras siglas más poderosas, GAFA, el acrónimo de las nuevas potencias (Google, Amazon, Facebook, Apple), cuyo objeto de predilección es Emmanuel Macron y sus tropas, adaptadas con facilidad a la webeconomía. Para Le Pen, esas marcas son el ejemplo emblemático de la globalización, uno de los culpables, según ella, de la decadencia económica de Francia y, por supuesto, del paro irrefrenable.

Le Pen promete que la fábrica no cerrará. Que con ella no habrá deslocalización. Y muchos la creen, la votan y se fotografían junto a la ilustre visitante

Por Marine Le Pen votarán también hoy muchos parados. Muchos desempleados convencidos de que 'el sistema' y, en especial, los sindicatos solo se ocupan de los que tienen empleo, y no de los que buscan recuperarlo. Y entre los parados que votan a Marine Le Pen hay jóvenes y maduros. Mayores de más de 50 años, convencidos de que jamás volverán a ser contratados. No tan ignorantes como para pensar que Le Pen les va a facilitar un trabajo, pero desesperados también por la ausencia de salidas profesionales –y, por lo tanto, personales– a media vida.

Joven y parado, un botín electoral que Le Pen pelea con el insumiso Mélenchon. Pero a diferencia de la mayoría de los simpatizantes de la extrema izquierda, los votantes de esa categoría social que se deciden por el FN no son funcionarios, no tienen, en general, estudios superiores, no hablan idiomas. Son carne de formación profesional. Y tampoco hay salidas para ellos.

Un voto para Marine es su forma de protesta, la expresión de su angustia ante un futuro del que se ven excluidos. Ante un mundo reflejado por la televisión y el cine, en el que no eres nada ni nadie si no tienes los medios para consumir. La izquierda y la derecha conocen el problema, pero solo Marine Le Pen les seduce. No van a leer su programa, pero van a apostar por poner la mesa patas arriba. ¿Que los medios dicen que Le Pen es facha? Les da igual, y, además, los medios de comunicación –en su opinión– no les representan, les ignoran. Nunca serán 'target' para los publicitarios.

De insumisos, a insurrectos

Si había alguien convencido del milagro, de la tan cacareada remontada, del paso a la final, del vértigo de la toma del poder por el pueblo insumiso, esos eran Jean-Luc Mélenchon y sus simpatizantes. La decepción ha sido tan brutal que la mayoría confiesa que va a ignorar las urnas porque "entre Le Pen y Macron no quiero elegir".

Es la nueva Francia que surge del sueño frustrado. Mélenchon había conseguido hacer creer a comunistas, trotskistas, verdes y otras familias de la extrema izquierda que esta vez sí, sí se podía. El líder se negó a dar consigna de voto, abriendo el campo a la abstención de sus tropas. Mélenchon calcula así su estrategia para las legislativas de junio, pero muchos de sus seguidores han dejado claro que, como los resultados de las urnas no les complacen, llevarán la lucha a la calle.

Para los insumisos, Emmanuel Macron es el ejemplo de lo que más detestan: el representante de las élites liberales, de la finanza internacional, de la uberización de la economía, de la Europa de los recortes sociales. Entre sus tótems de la Europa de 'los dominados', solo Yanis Varoufakis les ha dado un disgusto. El griego incita a votar a Macron.

La izquierda y la derecha conocen el problema, pero solo Le Pen les seduce. No van a leer su programa, pero van a apostar por poner la mesa patas arriba

Veremos si Mélenchon les vuelve a cautivar en junio con rimas, citas librescas y promesas de paz y amor. O si el "conducator" vuelve a utilizar 'el ruido y el furor' con el que asustaba en 2012. En todo caso, la ruptura con los comunistas del PCF, con los que no mantenía una buena relación a pesar de las alianzas obligadas, puede producirse antes. La France Insoumise acusa al PC de usurpar la imagen del jefe en su propaganda. Divorcio a la vista por un puñado de escaños. La Francia más escorada a la izquierda prepara ya una tercera vuelta social, es decir, oponiéndose en las calles y bloqueando los centros de trabajo.

Del Tea Party a la tila

Hay otra Francia decepcionada, pero consigo misma. Françoise Fillon, apabulló a sus rivales en las primarias del centroderecha. A un Sarkozy agobiado por los jueces y a un Alain Juppé demasiado moderado para los votantes y simpatizantes de los Republicanos.

¡Por fin una derecha sin complejos!, se enorgullecían los fillonistas. Por fin un candidato catapultado por las encuestas y que, por ello, no escondía la medicina de caballo que pensaba aplicar para sacar a Francia del marasmo económico. Algunos de los suyos empezaron a inquietarse. Esa Francia de derechas, democrática, enemiga del FN, está harta de la política socialista, especialmente en el terreno cultural, indignada por la influencia de los pedagogos en la escuela pública, agobiada por los impuestos, cansada de servir como espantapájaros a la progresía.

El Penelopegate acabó con las esperanzas de cambio de gobierno, con la única alternativa en el mercado electoral, según Fillon. El candidato tuvo que recurrir al Tea Party local, las organizaciones que inundaron las calles en protesta por la legalización del matrimonio homosexual. Las urnas confirmaron los temores. La Francia conservadora veía pasar el tren de la victoria cuando creía tener billetes de primera clase. Con Fillon autoeliminado para la campaña por las legislativas, los Republicanos calman el enfado entre infusiones tranquilizantes para no volver a apuñalarse entre hermanos.

Fillon y los Republicanos no dudaron un segundo en pedir el muro anti-Le Pen. Los jubilados, los votantes con más edad, los ciudadanos más convencidos de la necesidad de ir a votar a pesar de sufrir con la orfandad de líder quieren dejar claro que no aceptan al FN. Pero algunos tienen sus dudas. Hay una pequeña parte de esa Francia tradicional y conservadora que podría inclinarse por el voto Marine, como venganza contra el sistema mediático-judicial que ha eliminado a su favorito.

Mundo

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
1comentario
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios