EN LA FRONTERA ENTRE MARRUECOS Y MELILLA

Los refugiados sirios se quedan sin dinero y ya pasan hambre

El Confidencial relata la trágica situación de media docena de refugiados sirios que viven en Nador y cada día esperan horas en Beni Enzar para entrar en España

Foto: Fátima toma pollo asado comprado por una marroquí junto a sus amiga y familia siria. (A. Rivera)
Fátima toma pollo asado comprado por una marroquí junto a sus amiga y familia siria. (A. Rivera)

Les echan de los hoteles y la contundente policía marroquí utiliza la violencia cuando intentan acceder a Melilla. No sólo eso. A los refugiados sirios que viven en Nador y cada día esperan horas en Beni Enzar para entrar en España no les queda dinero para vivir… y ya pasan hambre, como relatan a El Confidencial hasta media docena de testimonios.

Fátima fue agredida por la policía alauita. (A.R.)
Fátima fue agredida por la policía alauita. (A.R.)

Como cada mañana, Fátima, de 35 años, gruesa en las formas y con la piel quemada por el sol, fue a Beni Enzar. Se camufló entre varias marroquíes. Otra vez no pudo ser. La policía alauita, según denuncia, le dio un fuerte golpe en su pierna derecha. Fátima no puede pagar los 10 euros que cuesta el hotel de Nador donde se aloja. Le echaron de la habitación y está en la calle. Ahora duerme en los jardines de Zagnn de esta ciudad del Rif a 30 minutos en taxi de Melilla.

Una voluntaria marroquí acaba de traer una Fanta de naranja de dos litros y dos pollos asados para Fátima y dos amigas. Sus hijos piden limosna por los alrededores. Para cenar no tienen nada. Y sienten miedo a que no le llegue ninguna ayuda. Por la noche temen que alguien quiera hacerles daño. Fátima, cuyo marido fue asesinado hace un año en la guerra siria en un asalto a su casa, también pide dinero y se tapa la cara para las fotografías. Sueña con entrar en Melilla. Si no logra ayuda internacional lo tiene muy difícil.

Igual de complicada es la situación de Abdulahh, de 30 años, y su sobrino, Kaild, de 24 años. Vivían en Hama, a 200 kilómetros de Damasco. Llegaron a Nador tras atravesar Líbano y Argelia. Ahora están taponados en Marruecos. Abdulahh salió en 2012 de Siria, pero un año después volvió para recoger al resto de su familia. Tiene dos hijos de nueve años y nueve meses. “Lo único que quiero es una vida tranquila, aquí, en España o Alemania”, explica este sirio con experiencia como cocinero en un restaurante y que viste una camiseta optimista de Miami Beach.

Abdulahh y Kaild en una cafetería de Nador. (A. Rivera)
Abdulahh y Kaild en una cafetería de Nador. (A. Rivera)

Abdulahh salió hace más de un año de Siria con unos 4.000 euros en el bolsillo. Los ahorros de toda su vida. Y no le ha quedado más remedio que pagar a las mafias de la inmigración. No quiere contar muchos detalles de esos episodios oscuros que inundan su rostro cansado, sin energía. Le quedan apenas cuatro días para que se le acabe todo. Ha pedido ayuda a un amigo de su país, pero aún no recibe contestación.

Él no quiere pedir asilo político porque si lo solicita, argumenta, ya nunca más podría volver a entrar en Siria. Tiene esperanzas en que el infierno del ISIS algún día se acabe. Abdulahh apura su café, mientras mira receloso por la presencia de un posible chivato que le vea hablando con el periodista y un marroquí. Hay que irse. “Antes vivía muy bien, tenía mi negocio y ahora… Al menos aquí nadie me va a matar”, relata. Y se marcha, de modo apresurado, del Café Méditerranée.

Cierre de la frontera

El miedo recorre las calles de Nador. Y también las de Beni Enzar, la ciudad que linda con Melilla. Ayer por la mañana Marruecos cerró la frontera durante una hora ante la avalancha de sirios que querían entrar en la ciudad autónoma. Han pasado unas horas y en el Mécafé, apenas a 50 metros del puesto de control de la policía marroquí se agolpan un centenar de sirios en espera de una ayuda o de un despiste de los agentes para entrar en El Dorado europeo. “Si nos quedamos en Siria nos matan”, cuenta Khatonn, de 24 años, que estudió Psicología y madre de Hanin, una niña de un año y nueve meses. Khatonn y Hussein, su marido, vivían en Idlib.

Hussein, Khatonn y Hanin. (A. R.)
Hussein, Khatonn y Hanin. (A. R.)

Hussein saca el móvil y enseña en Google –gracias a la Wifi del Mecafé– los bombardeos a su ciudad. Informativos de Al Jazeera con humo, tiroteos, hogares destruidos. Sueños de vida aniquilados como los de su hermana. “La asesinaron delante de mí”, recuerda, mientras enciende, nervioso y triste, un cigarrillo Marlboro “barato, de Argelia”. A Hussein apenas le quedan ya 40 euros para su familia. Gasta 12 euros al día. A las cuatro de la mañana salen del hotel de Nador rumbo a Beni Anzar para ver si hay alguna posibilidad de cruzar la frontera.

Hassan, sahariano de 26 años que estuvo una década viviendo en España, dice que la mayoría de los refugiados sirios “morirán muy pronto de hambre” cuando se celebre el 23 de septiembre la Fiesta del Cordero que celebran los musulmanes. Serán cuatro días en los que cerrarán comercios y cafeterías. “¿Dónde se meterán?”, se pregunta Hassan, que sueña con volver a España. Tiene amigos en Gran Canaria y Úbeda (Jaén). Este mes lo volverá a intentar camuflado en un camión y luego intentando entrar en el Melillero que conecta por barco Melilla y Málaga.

“Quiero irme de aquí, pero no sé cómo”

Khaled, natural de Haifa (Israel), de 34 años, huyó de Palestina por la guerra. Llegó a Siria y se encontró con otra, más cruenta incluso. Y hace varios meses emprendió otro exilio en busca de un lugar mejor. “Si me quedaba en Siria me mataban”. Khaled realizó una ruta que le llevó a Turquía y Argelia. Compró un pasaporte falso y espera con su esposa, Mudawar, de 29 años, que ha ejercido de camarera en Siria el mejor momento para pasar la frontera. En un excelente inglés radiografía la diáspora familiar. Hace tres años que no ve a sus hijas de 12 y 10 años. “Las llamo todos los días”, aclara. Ellas viven en Abu Dhabi con su primera mujer. Su madre y hermana están en el Líbano. Y su padre y hermano hace ya cuatros años que desaparecieron.

Mudawar y Khaled. (A. Rivera)
Mudawar y Khaled. (A. Rivera)

“Me quedan 400 euros y aquí gasto 30 euros al día. ¿Cuánto tiempo puede durar esto? Yo quiero poder trabajar”, suplica Khaled, tras lamentar cómo en el café le piden 40 céntimos de euro para ir al servicio. “Quiero irme de aquí, pero no sé cómo…”.

Y Hassan mira a izquierda y a derecha del café por si localiza algún chivato a este lado de la frontera insolidaria. 

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